YA NO SOY YO...
vozyespiritu 27/07/2011 13:47:37
YA NO SOY YO, ES JESÚS EL QUE VIVE EN MÍ
Por Miguel Angel
Salgo a la calle por la mañana, voy manejando rumbo al trabajo y otro automovilista se me cruza de manera imprudente; tengo que frenar bruscamente. Siento una oleada de coraje y estoy a punto de “rayársela” con el claxon, pero Jesús actúa primero sobre mi corazón, mis manos y mis labios y, respirando profundamente, solamente digo: “Perdónalo Señor, porque no sabe lo que hace; enséñale a ser más precavido”. Vuelvo a respirar hondamente y sigo manejando ya más tranquilo.
Más adelante, iba yo presionado por el tiempo y algo distraído y ahora yo soy el que se cruza imprudentemente y el otro automovilista me lanza insultos y “me la raya” con el claxon. Estoy a punto de contestarle de la misma manera, pero otra vez Jesús se me adelanta y solamente digo: “Perdóname Señor, ayúdame a tener más cuidado”.
Ya en el trabajo, uno de mis más eficientes empleados deja caer un producto ya terminado y se rompe. Otra vez siento coraje y estoy a punto de decirle: “¡Con una chin......”, pero dejo que Jesús se adelante primero y solamente digo: “Mario, tu eres un empleado muy eficiente, ten más cuidado para evitar ese tipo de accidentes” y le doy una palmada en la espalda. Él me pide disculpas y me dice que no volverá a suceder.
Después del trabajo, llego a la casa y me dicen que tengo una visita. Apenas iba a preguntar quién era, cuando me encuentro frente a frente con mi hermano. Hace muchos años le presté un dinero y “se largó” a Estados Unidos sin avisar y ya nunca me pagó. Estaba yo muy enojado con él. Sin embargo, Jesús lo abrazó con cariño. Sintió que venía derrotado, pobre y abatido. Había gastado todo el dinero y le había ido muy mal y ahora venía arrepentido buscando que le diera un trabajo para ahora sí emprender de nuevo el camino del esfuerzo honrado. Jesús lloró con él, como lloró el padre al recibir a su hijo pródigo. Ese día hubo fiesta en mi casa; hubo fiesta en mi corazón. Jesús estuvo siempre presente y sirvió del mejor vino. Si el vino se hubiera acabado, seguramente Jesús hubiera transformado el agua en vino. No sé que ha pasado, pero desde entonces yo ya no vivo en mi casa ni en mi cuerpo; es Jesús el que vive allí. Ha estado desde entonces tomando mi lugar en todas y cada una de las tareas y acciones que yo normalmente llevaba a cabo.
Y tú, ¿cuándo vas a dejar que Jesús actúe por ti?
Por Miguel Angel
Salgo a la calle por la mañana, voy manejando rumbo al trabajo y otro automovilista se me cruza de manera imprudente; tengo que frenar bruscamente. Siento una oleada de coraje y estoy a punto de “rayársela” con el claxon, pero Jesús actúa primero sobre mi corazón, mis manos y mis labios y, respirando profundamente, solamente digo: “Perdónalo Señor, porque no sabe lo que hace; enséñale a ser más precavido”. Vuelvo a respirar hondamente y sigo manejando ya más tranquilo.
Más adelante, iba yo presionado por el tiempo y algo distraído y ahora yo soy el que se cruza imprudentemente y el otro automovilista me lanza insultos y “me la raya” con el claxon. Estoy a punto de contestarle de la misma manera, pero otra vez Jesús se me adelanta y solamente digo: “Perdóname Señor, ayúdame a tener más cuidado”.
Ya en el trabajo, uno de mis más eficientes empleados deja caer un producto ya terminado y se rompe. Otra vez siento coraje y estoy a punto de decirle: “¡Con una chin......”, pero dejo que Jesús se adelante primero y solamente digo: “Mario, tu eres un empleado muy eficiente, ten más cuidado para evitar ese tipo de accidentes” y le doy una palmada en la espalda. Él me pide disculpas y me dice que no volverá a suceder.
Después del trabajo, llego a la casa y me dicen que tengo una visita. Apenas iba a preguntar quién era, cuando me encuentro frente a frente con mi hermano. Hace muchos años le presté un dinero y “se largó” a Estados Unidos sin avisar y ya nunca me pagó. Estaba yo muy enojado con él. Sin embargo, Jesús lo abrazó con cariño. Sintió que venía derrotado, pobre y abatido. Había gastado todo el dinero y le había ido muy mal y ahora venía arrepentido buscando que le diera un trabajo para ahora sí emprender de nuevo el camino del esfuerzo honrado. Jesús lloró con él, como lloró el padre al recibir a su hijo pródigo. Ese día hubo fiesta en mi casa; hubo fiesta en mi corazón. Jesús estuvo siempre presente y sirvió del mejor vino. Si el vino se hubiera acabado, seguramente Jesús hubiera transformado el agua en vino. No sé que ha pasado, pero desde entonces yo ya no vivo en mi casa ni en mi cuerpo; es Jesús el que vive allí. Ha estado desde entonces tomando mi lugar en todas y cada una de las tareas y acciones que yo normalmente llevaba a cabo.
Y tú, ¿cuándo vas a dejar que Jesús actúe por ti?

