San Ignacio de Antioquía. Breve presentación del autor y de sus siete Epistulae.
jamacor 15/11/2011 13:41:50
San Ignacio de Antioquía fue obispo de la sede de Antioquía, ciudad que hoy se encuentra en la actual Turquía. Como recuerdan los Hechos de los Apóstoles en esa ciudad surgió una comunidad cristiana, cuyo primer obispo fue el apóstol san Pedro, y allí «por primera vez los discípulos recibieron el nombre de cristianos»1. Según nos cuenta el historiador Eusebio de Cesárea, san Ignacio fue llevado de Siria a Roma, custodiado por un piquete de diez soldados, para ser martirizado en esta última ciudad en el año décimo de Trajano (c. 107)2. Durante el viaje por Asia Menor, camino de Roma, escribió una serie de cartas a las iglesias de las ciudades por donde pasaba.
La primera etapa de su viaje fue la ciudad de Esmirna (Izmir), donde era obispo san Policarpo, discípulo de san Juan. Allí escribió san Ignacio cuatro cartas: a las Iglesias de Éfeso, Magnesia, Trales y Roma. Durante su estancia en Tróade envió otras cartas a las Iglesias de Filadelfia y Esmirna, y una al obispo Policarpo. Desde Tróade el mártir llegó a Roma, donde, en el anfiteatro Flavio, fue dado como alimento a unas bestias feroces.
Al examinar el epistolario de san Ignacio llama la atención el interés que muestra por los problemas que había encontrado en las diferentes comunidades por las que había transcurrido su viaje a Roma. Se podría decir, que como san Pablo practicaba la «solicitud por todas las Iglesias»3. En Esmirna se encontrará con el error de los docetas, doctrina de tendencias gnósticas que negaba la verdad de la encarnación del Logos divino y la reducía a una simple apariencia. De ahí que afirme con gran realismo los padecimientos sufridos por Cristo: «Nacido verdaderamente de una Virgen (…). Crucificado verdaderamente en carne por nosotros bajo el poder de Poncio Pilato y del tetrarca Herodes (…). Padeció todo esto por nosotros, para salvarnos. Padeció verdaderamente, así como también resucitó verdaderamente. No como algunos incrédulos dicen que padeció en apariencia. ¡Ellos sí son apariencia!»4. En otros lugares insiste en la realidad de la encarnación5, y a modo de corolario de esta misma verdad, hablará de la presencia real de Jesucristo en la eucaristía a propósito de los docetas que «se apartan de la eucaristía y de la oración, pues no confiesan que la eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo que padeció por nuestros pecados, a la cual resucitó el Padre por su bondad»6.
De su epistolario emerge el sentido profundo de su unión con Cristo. Benedicto XVI lo dirá poniendo un subrayado especial en este punto: «Ningún Padre de la Iglesia expresó con la intensidad de san Ignacio el deseo de unión con Cristo y de vida en Él (…). En realidad, confluyen en san Ignacio dos “corrientes” espirituales: la de san Pablo, orientada totalmente a la unión con Cristo, y la de san Juan, concentrada en la vida en él. A su vez, estas dos corrientes desembocan en la imitación de Cristo, al que san Ignacio proclama muchas veces como “mi Dios” o “nuestro Dios”»7.
San Ignacio manifestará a los cristianos de Roma su deseo de unión con Jesucristo a través del martirio: «Para mí es mejor morir en Jesucristo, que reinar sobre los confines de la tierra. Quiero a Aquel que murió por nosotros; quiero a Aquel que resucitó por nosotros (…). Permitirme ser imitador de la pasión de mi Dios»8. Sin duda, el martirio establece vínculos estrechos del mártir con la pasión del Señor. Pero, además de la imitación de Cristo que proclama Ignacio, hay también en él un vínculo de seguimiento que se manifiesta en el deseo de llegar a la plenitud que se da en Cristo: «Si estoy encadenado a causa del Nombre, todavía no he alcanzado la perfección de Jesucristo. Ahora, en efecto, comienzo a ser discípulo»9.
El anhelo ignaciano del martirio no queda expresado sólo en un deseo de comunión profunda con Cristo, sino que tiene también un estrecho enlace con su eclesiología. Las cartas de Ignacio son un espejo que refleja cómo la Iglesia se preocupa del mártir en su camino hacia el encuentro definitivo con Dios. El mártir tiene necesidad de la oración y el amor de la Iglesia10.
Se puede afirmar, sin ambages, que la orientación de san Ignacio hacia la unión con Cristo lleva consigo una «mística de la unidad»11, que se extiende a los cristianos como miembros de la Iglesia. En este sentido, Benedicto XVI comenta que «san Ignacio llega a elaborar una visión de la Iglesia que contiene algunas expresiones muy semejantes a las de la Carta a los Corintios de san Clemente de Roma»12. «Os conviene correr a una con el obispo –escribe Ignacio a los cristianos de Éfeso–, lo que ciertamente ya hacéis. En efecto, vuestro presbiterio, digno del nombre que lleva, digno de Dios, está en armonía con el obispo como las cuerdas con la cítara (…). Por ello, Jesucristo entona un canto por medio de vuestra concordia y de vuestra armoniosa caridad. Cada uno de vosotros sea un coro, para que afinados en la concordia, a una con la melodía de Dios, cantéis al unísono al Padre por medio de Jesucristo para que os escuche y reconozca, por vuestras buenas obras, que sois miembros de su Hijo»13.
San Ignacio recomendará vivamente a los cristianos de Esmirna que «nadie haga nada en lo que atañe a la Iglesia sin contar con el obispo»14. El obispo como elemento de cohesión en la vida de la Iglesia tiene una peculiar responsabilidad compartida por los presbíteros y diáconos en la edificación de la comunidad. Así se lo comunica a san Policarpo con palabras que tienen reminiscencias paulinas: «Yo doy la vida por los que se someten al obispo, a los presbíteros y a los diáconos: ¡ojalá pudiese tener parte con ellos en Dios! Siempre unidos, trabajad, luchad, corred, sufrid, dormid, despertad, como administradores, asistentes y servidores de Dios. Agradad a Aquél por el que militáis, del cual, además, recibís la paga. Que no se encuentre entre vosotros ningún desertor. Vuestro bautismo permanezca como escudo, la fe como yelmo, el amor como lanza, la paciencia como armadura»15.
«En conjunto –declara Benedicto XVI– se puede apreciar en las Cartas de san Ignacio una especie de dialéctica constante y fecunda entre dos aspectos característicos de la vida cristiana: por una parte, la estructura jerárquica de la comunidad eclesial; y, por otra, la unidad fundamental que vincula entre sí a todos los fieles en Cristo. En consecuencia, las funciones no se pueden contraponer. Al contrario, se insiste continuamente en la comunión de los creyentes entre sí y con sus pastores, mediante elocuentes imágenes y analogías: la lira, las cuerdas, la entonación, el concierto, la sinfonía»16.
Entre los Padres de la Iglesia san Ignacio fue el primero que utilizó la expresión «Iglesia católica» (katholiké ekklesía), es decir, “Iglesia universal”: «Donde está Jesucristo –dice– allí está la Iglesia católica»17. Y en ese ámbito de eclesialidad universal, la comunidad cristiana de Roma ejerce, al servicio de la unidad, una especie de primado en el amor, como se describe en el prólogo de la Carta de Ignacio a los romanos: «A la Iglesia que preside en la región de los romanos [y es] digna de Dios, digna de honor, digna de bienaventuranza (…), la que está a la cabeza de la caridad»18.
Como resumen del pensamiento de Ignacio podemos acudir, una vez más, al magisterio de Benedicto XVI: «San Ignacio es verdaderamente el “doctor de la unidad”; unidad de Dios y unidad de Cristo (a pesar de las diversas herejías que ya comenzaban a circular y separaban en Cristo la naturaleza humana y la divina), unidad de la Iglesia, unidad de los fieles “en la fe y en la caridad, a las que nada se puede anteponer”19.
»En definitiva, el “realismo” de san Ignacio invita a los fieles de ayer y de hoy, nos invita a todos a una síntesis progresiva entre configuración con Cristo (unión con Él, vida con Él) y entrega a su Iglesia (unidad con el obispo, servicio generoso a la comunidad y al mundo). Es decir, hay que llegar a una síntesis entre comunión de la Iglesia en su interior y misión-proclamación del Evangelio a los demás, hasta que una dimensión hable a través de la otra, y los creyentes estén cada vez más “en posesión del espíritu indiviso, que es Jesucristo mismo”»20.
Domingo Ramos-Lissón
Apéndice
«Ignacio, llamado también Teóforo, a la Iglesia que ha alcanzado misericordia en la magnificencia del Padre Altísimo y de Jesucristo, su único Hijo, [a la Iglesia] amada e iluminada en la voluntad del que ha querido todo lo que existe conforme al amor de Jesucristo, nuestro Dios; [Iglesia] que preside en la región de los romanos [y es] digna de Dios, digna de honor, digna de bienaventuranza, digna de alabanza, digna de éxito, digna de pureza; la que está a la cabeza de la caridad, depositaria de la ley de Cristo y adornada con el nombre del Padre. A los que están unidos en carne y en espíritu con todo mandamiento suyo, a los que están inquebrantablemente llenos de la gracia de Dios y a los que están purificados de todo extraño tinte les deseo una abundante alegría sin mancha, en Jesucristo, nuestro Señor» (Epistula ad Romanos, Prol.).
Comentario
El término Theoforós = “portador de Dios” es como un “sobrenombre” que empleará también Ignacio en el comienzo de la Carta a los efesios. Cabe pensar que dicha expresión identitaria de Ignacio podría considerarse como equivalente a la utilizada por san Pablo de “templo de Dios” (naós tou Theou) para designar a los fieles cristianos (1Cor 3, 17; 6, 19; 2Cor 6, 16s). No hay que olvidar que Ignacio de Antioquía era discípulo de san Pablo y que para las comunidades de fuerte impronta paulina, como las de Roma y Éfeso esa terminología les podría resultar familiar.
Con todo, la importancia de este prólogo se centra en dos expresiones referidas a la Iglesia de Roma, que algunos autores consideran como un reconocimiento del primado de esta Iglesia por parte de Ignacio. La primera reza así: «Iglesia que preside (prokathetai) en la región de los romanos». Hay autores, como Camelot, que interpretan estas palabras en el sentido de expresar la preeminencia de Iglesia de Roma sobre las otras Iglesias21.
La otra frase dice: «la que está a la cabeza de la caridad». Sobre esta expresión se han dado dos interpretaciones fundamentales: a) la Iglesia de Roma está por encima de las otras Iglesias por su caridad22; b) la Iglesia de Roma preside la asamblea del amor que es la Iglesia23. Aún cuando no entremos a matizar ambas posiciones, nos parece importante destacar que en esas apreciaciones nos encontramos ante una afirmación muy expresiva del “primado de la caridad”, como rasgo que define a la Iglesia de Roma. Como es lógico, no podemos prescindir del transfondo petrino que hay en estas palabras, sobre todo, si tenemos en cuenta que Ignacio había sido también discípulo de Juan evangelista, y habría leído o, tal vez, escuchado de labios del propio apóstol las palabras del Señor en la colación del primado a Pedro24.
Domingo Ramos-Lissón
1 Hch 11, 26.
2 Eusebio de Cesárea, Hist. eccl., III, 36.
3 2 Cor 11, 28.
4 Ep. ad Smyr., I-II.
5 Cf. Ep. ad Eph., VII, 2; Ep. ad Trall., IX, 1-2.
6 Ep. ad Smyr., VII, 1.
7 Benedicto XVI, Audiencia general, 14 de marzo de 2007.
8 Ep. ad Rom., VI.
9 Ep. ad Eph., III, 1.
10 Cf. Ep. ad Magn., IV; Ep. ad Trall., II, 3.
11 Benedicto XVI, Ibid.
12 Ibid.
13 Ep. ad Eph., IV, 1-2.
14 Ep. ad Smyr., VIII, 1.
15 Ep. ad Poly., VI, 1-2.
16 Benedicto XVI, Ibid.
17 Ep. ad Smyr., VIII, 2.
18 Ep. ad Rom., prol. En el apéndice a esta collatio haremos un comentario a este texto.
19 Ep. ad Smyr., VI, 1.
20 Benedicto XVI, Ibid.
21 Th. Camelot, Ignace d’Antioche. Polycarpe de Smyrne. Martyre de Polycarpe, SC 10, Paris 1951, p. 124.
22 J. B. Lightfoot, The Apostolic Fathers. Part II: S. Ignatius. S. Polycarp, I, London-New York 21889, pp. 192-193.
23 Th. Camelot, o. c., p. 125.
24 Jn 21, 15-17.
Domingo Ramos-Lissón











