UN AMOR PERSONAL
jamacor 19/12/2011 11:36:39
(Ga 4)
Un escritor cristiano de los primeros siglos cuenta el siguiente relato: Había un gran rey que poseía una piedra preciosa incrustada en su anillo de oro, pero un mal día se le cayó en una alcantarilla. Entonces, el rey se introdujo en aquel sucio lugar y logró rescatarla. La limpió a continuación con sumo cuidado y la colocó de nuevo en su espléndido anillo. La piedra preciosa –explica Tertuliano, el autor– es el hombre que un desgraciado día cayó en la ciénaga del pecado: el original y los personales. Dios no quiso perderlo, por eso se hizo hombre y lo rescató. Cada hombre, mediante esa gracia redentora, puede lucir de nuevo entre las joyas con las que Dios se engalana.

El rescate fue personal; se encarnó, sufrió, murió y resucitó por cada hombre y por cada mujer, como si no hubiera ningún otro, ninguna otra, sobre la tierra: padeció y murió por mí..., escribió san Pablo. Nuestros errores y nuestros pecados, uno a uno, fueron limpiados, redimidos, por Cristo. Ahora en el Bautismo, en la Confesión y en los demás sacramentos se nos aplican esas gracias ganadas por el Señor en la Cruz y en su resurrección. El amor que nos tiene es del todo singular, distinto al de cualquier otro. Somos, cada uno, una excepción. Y «llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración»1, al trato íntimo con Él.
Todas las personas que trataron a Jesús durante su vida terrena pudieron decir después que el Señor les trató de una manera distinta, especial, única: María Magdalena, Pedro, Juan, Bartimeo, Zaqueo... pudieron afirmar que el Señor les trató como a ningún otro. ¿Quién de nosotros no podría decir lo mismo? Cada uno llegamos a Él con una historia personal y nos acepta en su compañía como somos.
En nuestra sociedad informatizada, cuando se trata de instalar un programa nuevo en el ordenador, el fabricante ha dispuesto, de ordinario, una doble opción: «¿quiere usted instalarlo de un modo personal?», es decir, adaptándolo a sus gustos y necesidades, o bien, estándar, normal, igual para todos. El entendido, he podido comprobarlo en más de una ocasión, suele escoger la opción personalizada. El menos experto se contenta con la opción estándar, que le parece la más segura, la menos complicada.
Pues bien, Dios no nos quiere de una manera estándar, igual a unos que a otros. Dios nos quiere de modo personal, con nuestro historial, nuestra manera de ser, nuestras peculiaridades... La gracia tiene en cuenta esas particulares necesidades. Su amor es personalizado. Cuando «Dios nos ama, hácese a nuestra medida», enseña santa Teresa de Jesús2. Por eso, nadie puede decir que no puede aspirar a la santidad, a la amistad profunda con Jesucristo. Su amor posee todos los remedios que necesitemos; sabe cómo somos. Él hizo el rescate, y nos dice «tú eres una joya única para mí», a pesar de los pesares, y se alegra en su Corazón cuando vamos a Él. Nos esperaba, quizá desde hacía bastante tiempo.
El amor pide amor; y el amor da la vida al corazón. Sin él estaría muerto o enfermo. «El amor de Dios es la salud del alma –escribe san Juan de la Cruz–. Y cuando no tiene cumplido amor, no tiene salud cumplida y por eso está enferma. La enfermedad es falta de salud. Cuando el alma no tiene ningún grado de amor, está muerta. Pero cuando tiene algún grado de amor de Dios, por pequeño que sea, ya está viva, aunque muy débil y enferma, porque tiene poco amor. Cuanto más amor tiene, más salud también. Cuando tiene amor perfecto, tiene total salud»3. ¿Cómo es la salud de nuestra alma? ¿Cómo es la calidad de nuestro amor al Señor? ¿Está por encima de todo? ¿Lo cuidamos cada día?
Nuestro amor a Jesús también es «personalizado», nadie le quiere como nosotros. Ese amor es único. Ninguna criatura puede igualarlo; por eso el Señor lo valora tanto. Nadie ha querido a Dios a lo largo de los siglos, ni en el momento actual, como le queremos nosotros, a pesar de nuestras deficiencias, mediocridades y errores. Nadie, hasta ahora, ha podido imitarlo.
1.- CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, nº 2591
2.- SANTA TERESA DE JESÚS, Camino Escorial 48,11
3.- SAN JUAN DE LA CRUZ, Cántico espiritual, 11, 11
Cfr. El día que cambié mi vida
Para poder hablar de Dios, lo primero es Hablar con Dios y querer escucharle : Nueva Evangelización

