LAS MARIPOSAS
jamacor 03/07/2012 09:24:22
(Mt 10)
«Llegaba una nube de mariposas de la otra orilla del río. En aquel lugar, el Amazonas tenía una anchura de más de seis leguas y los soldados miraban la nube, que parecía una enorme mancha solar flotando en el aire. Predominaban en ella dos colores: rojo y gris.
»Volaban ya fatigadas, según se podía ver, y Elvira y el paje Antoñico, que solían fijarse en aquellas cosas de la naturaleza, se decían: “No llegarán”. Elvira repetía: “Seguro que no llegarán”. Se dolía de la suerte de aquellas lejanas mariposas que ponían en el aire un inmenso reflejo flotante que hacía que las brisas cambiaran de color. Seguramente habían salido de la otra orilla empujadas por algún céfiro y contaban con llegar al otro lado, pero perdieron la brisa a la mitad del camino y no podían más. Lope dijo: “Viven tan poco tiempo que no llegan a tener experiencia verdadera de nada y no pueden aprender lo que es la distancia entre dos orillas”.
»Otros seres tenían no solo alguna inteligencia, sino experiencia también. Pero no las mariposas que vivían tres o cuatro días. En ese tiempo, ¿qué podían aprender? La nube luminosa fue bajando y, por fin, la mayor parte cayó en el agua. Iban las mariposas tan cerca unas de otras que el río, en un espacio de más de mil quinientas varas, cambió de color y parecía que habían puesto sobre él un tapiz de seda.
»En aquel momento se levantó otra vez la brisa y algunas mariposas, que no habían tocado aún el agua, volvieron a elevarse, pero carecían de fuerzas y fueron a caer un poco más adelante. Lope sonreía un poco dolido. “Así son también las personas –decía entre dientes–, se equivocan en problemas de altura y distancia”»1.
¿Por qué algunos no llegan? ¿Por qué les fallan las fuerzas y se quedan a mitad de camino, a dos pasos de la fuente de las aguas vivas? ¿Qué les pasa? ¿Es un problema de cálculo?
Dios no se arrepiente de las elecciones que hace, ni niega las gracias necesarias. Esta es la esperanza y la seguridad de la perseverancia a lo largo del camino, en medio de las tentaciones y dificultades que podemos padecer todos. El Señor es siempre fiel, y tendremos cada día las ayudas necesarias para mantener con firmeza la fidelidad. No debemos olvidar que nuestra fortaleza es prestada; por eso, hemos de acudir a Él en los momentos difíciles y todos los días. Nosotros solos no llegamos a la otra orilla; nos quedaríamos a mitad de camino.
El amor, que es necesario cultivar y proteger, incluso mimar, nos da las energías que necesitamos. «¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. –Enamórate, y no “le” dejarás»2.
En el amor está el secreto, no en nuestras fuerzas o capacidades, ni en la distancia. El amor son las alas. El amor renueva constantemente las energías que necesitamos para llegar a la otra orilla.
Las grietas de la fidelidad son las mismas que las del amor, pues la fidelidad «es fruto del amor»3, «un seguimiento amoroso, que se concreta en la donación personal a Cristo»4.
La fidelidad se apoya en una serie de virtudes esenciales. Entre ellas, la humildad, para reconocer que necesitamos ayuda. Nos lleva esta virtud a no olvidar que –como la estatua de la que nos habla el libro de Daniel (Dn2)– tenemos los pies de barro, aunque el Señor nos haya dado otros muchos dones.
Ante las propias flaquezas y faltas de amor, la humildad nos lleva a reaccionar de modo sobrenatural, con un acto de contrición, de amor: Ten piedad de mí, Señor, que soy un pecador (Lc 18). La soberbia, por el contrario, lleva al desaliento y, si no se reacciona con firmeza, tiende a preparar una nueva infidelidad: «el pecado crea facilidad para el pecado»5. Pedir perdón y recomenzar de nuevo enseguida, por el contrario, afianza el amor y la unión con Cristo y, por tanto, la fortaleza y la fidelidad. Nuestro camino debe estar lleno de actos de dolor, de amor, que colman el alma de esperanza y nos permiten levantar el vuelo hacia la otra orilla, donde nos espera el Señor.
La humildad nos lleva también a dejarnos ayudar en momentos difíciles, como hicieron aquellos dos que marchaban camino de Emaús, que pronto recuperaron la esperanza y la alegría: ¿No es verdad –dicen más tarde–que sentíamos abrasarse nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? (Lc24). Luego, ellos mismos se convertirían en muro fuerte donde otros, que también caminaban confusos y vacilantes, encontrarían un apoyo seguro.
La perseverancia no es un problema de cálculo de altura y de distancia, sino de amor. El que ama, llega.
1.- Ramón J. Sender, La aventura equinocial de Lope de Aguirre, Ed. Casals, Barcelona, 1998.
2.- San Josemaría ESCRIVÁ, Camino, 999.
3.- Beato Juan Pablo II, Homilía en Mérida (Venezuela), 28.1.1985.
4.- Beato Juan Pablo II, Mensaje, 8.11.1982, n. 2.
Cfr. El día que cambié mi vida
Para poder hablar de Dios, lo primero es Hablar con Dios y querer escucharle : Nueva Evangelización

