Idioma
Clics
460
es.news

Carta del Papa Benedicto XVI al Cardenal Gerhard Ludwig Müller

[Der dreifaltige Gott: Christlicher Glaube im säkularen Zeitalter. Für Gerhard Kardinal Müller, Herausgegeben von George Augustin, Christian Schaller und Sławomir Śledziewski, mit einem Geleitwort von Benedikt XVI., Freiburg, Herder, 2017]

[El Dios trinitario: Fe cristiana en la época de la secularización. Para el cardenal Gerhard Müller, editada por George Augustin, Christian Schaller y Sławomir Śledziewski, con un prólogo de Benedicto XVI, Friburgo,
Herder, 2017]

¡Eminencia! ¡querido hermano!

Se acerca tu 70º cumpleaños, y si bien no estoy tampoco en condiciones de escribir una contribución científica adecuada al Homenaje que se te dedica en esta ocasión, me gustaría estar presente a través de una palabra de saludo y de agradecimiento.

Han transcurrido ahora 22 años desde que me obsequiaste en marzo de 1995 tu Katholische Dogmatik für Studium und Praxis der Theologie [“Dogmática católica para el estudio y praxis de la Teología”]. Esto fue para mí en ese entonces un signo alentador que también en la generación de teólogos postconciliares hay pensadores que tienen la valentía de ocuparse del Todo, es decir, de exponer la fe de la Iglesia como unidad y totalidad. Pues si bien es muy importante la investigación detallada, no menos importante es que la fe de la Iglesia aparezca como unidad interior y totalidad, y también es muy importante que la sencillez última de la fe se haga visible a través de todas las exposiciones teológicas complejas. Pues la sensación imperante en el sentido que la Iglesia nos impone un paquete de cosas incomprensibles que en última instancia solo pueden interesar a los especialistas es el principal obstáculo para el sí al Dios que nos habla en Jesucristo. En mi opinión, un gran teólogo no es el que puede ocuparse de detalles inteligentes y difíciles, sino el que es capaz de presentar la unidad última y la sencillez de la fe.

Pero tu Dogmatik en un tomo también me ha conmovido por una razón autobiográfica. Karl Rahner me había presentado en el primer tomo de sus escritos un esbozo para una nueva estructura renovada de la Dogmática, que él había elaborado en conjunto con Urs von Balthasar. Naturalmente, esto despertó en todos nosotros una sed tremenda de encontrar esta estructura completada y ejecutada. El deseo de una Dogmática según Rahner-von Balthasar que surgió por todas partes se encontró con una operación editorial en ejecución. En los años 50´, Erich Wewel había conseguido al padre Bernhard Haring para escribir en un tomo un manual de Teología Moral, el que luego de su aparición se convirtió en un éxito editorial. De allí que al buen editor se le ocurrió la idea que también en la Dogmática se podía elaborar algo similar y que se correspondiera también con la necesidad real de presentar la obra total en un único tomo. Naturalmente, se dirigió a Karl Rahner y le pidió que escribiera este libro. Pero Rahner estaba en medio de tantas tareas que no se vio con la posibilidad de estar libre para una empresa tan grande. Curiosamente, él me remite al editor, quien al comienzo de su camino en Freising enseñaba Dogmática y Teología Fundamental. Pero en ese entonces lamentablemente yo, si bien estaba en el comienzo de mi camino, estaba involucrado en muchas tareas y no me sentía capaz de escribir una gran obra dentro de un marco temporal pasable. Por eso pedí poder incorporar a un co-autor, a mi amigo el padre Alois Grillmeir. En la medida de mis posibilidades trabajé en el proyecto y me encontré varias veces con el padre Grillmeir para varias consultas extensas. Pero el Concilio Vaticano II me exigió en primer lugar toda mi energía de trabajo y luego me exigió una nueva reflexión fundamental de toda la exposición tradicional de la doctrina de fe de la Iglesia. Cuando fui nombrado en 1977 arzobispo de Munich-Freising, fue claro que yo no podía pensar más en una obra de ese tipo. Cuando tu libro llegó a mis manos en 1995 vi inesperadamente cumplido por un teólogo de la siguiente generación lo que se quería en ese entonces y que hasta ese momento no se había logrado.

Pude conocerte personalmente después, cuando la Conferencia Episcopal Alemana te propuso como miembro de la Comisión Teológica Internacional. En ella te destacaste, ante todo por la riqueza de tu conocimiento y por la fidelidad a la fe de la Iglesia que proviene del interior más profundo. Cuando en el año 2012 el cardenal Levada dejó su trabajo como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe por motivos de edad, apareciste tú después de todas las consideraciones como el obispo más adecuado para asumir esta tarea.

Cuando asumí el cargo [de prefecto] en 1981, el arzobispo Hamer -en ese entonces secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe- me aclaró que el prefecto no debía ser precisamente un teólogo, sino un sabio, que no ofreciera juicios de experto sobre las cuestiones teológicas planteadas, sino que supiera lo que hay que hacer en cada momento para la Iglesia.

La competencia teológica debe estar en el secretario que dirige la “Consulta”, la asamblea de los teólogos profesionales, quienes ofrecen en conjunto un juicio científico correcto. Pero al igual que en la política, la decisión última no puede estar en las personas expertas, sino en las personas sabias que conocen el aspecto profesional, pero que además tienen a la vista toda la vida de una gran comunidad. En los años que trabajé como prefecto intenté ajustarme a este criterio. En qué medida lo logré lo pueden juzgar otros.

En los tiempos tormentosos que vivimos me parece que es particularmente importante la cooperación del conocimiento profesional con la sabiduría del que decide en última instancia. Por ejemplo, pienso que en la reforma litúrgica hubiera sido diferente si no se hubiese dejado la última palabra a las personas expertas, sino que se hubiera juzgado sobre ella en base a una sabiduría que conoce los límites del mero erudito.

En tus años en Roma te has esforzado constantemente para trabajar no sólo como experto, sino como hombre sabio, como padre de la Iglesia. Has defendido las claras tradiciones de la fe, pero has intentado una comprensión de ellas en el sentido del papa Francisco, tal como pueden ser vividas hoy.

El papa Pablo VI quiso que las grandes tareas en la curia -las de los prefectos y secretarios- fuesen concedidas solo por cinco años, para proteger de esta manera la libertad del Papa y la movilidad del trabajo en la curia. Entretanto transcurrió tu compromiso de cinco años para la Congregación para la Doctrina de la Fe. Por cierto, ahora no tienes un cargo determinado, pero un sacerdote, y mucho más un obispo y cardenal, jamás están meramente jubilados. Por eso puedes ahora, y también en el futuro, servir públicamente a la fe a partir de la esencia interior de tu compromiso sacerdotal y de tu carisma teológico. Todos estamos contentos de que tú, con tu gran responsabilidad interior y con el don de la palabra que te ha sido concedido, también permaneces presente en los conflictos de nuestro tiempo para la comprensión correcta del ser humano y del ser cristiano. Que el Señor te ayude en esto.

Por último, tengo que expresar un agradecimiento totalmente personal. Como obispo de Ratisbona, tú fundaste el “Instituto Papa Benedicto XVI”, el cual -dirigido por uno de tus discípulos- lleva a cabo un trabajo realmente excelente para mantener públicamente presente mi obra teológica en toda su amplitud. El Señor recompensará tu esfuerzo.

Ciudad del Vaticano, Monasterio “Madre de la Iglesia”

en la fiesta de san Ignacio de Loyola en el 2017

Tuyo, Benedicto XVI

A través

Traducción del texto original en alemán por:

José Arturo Quarracino

Escribir comentario…