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«Quieren hacer callar a Benedicto XVI porque dice la verdad»

Por Riccardo Cascioli

El cardenal Müller sobre los “apuntes” del Papa emérito respecto al tema de los abusos sexuales: “Intervención importante porque obliga a ir a las raíces de la crisis actual”. “De la mano con la revolución sexual, la teología moral comenzó a negar la existencia de actos intrínsecamente malvados, debilitando la conciencia de lo que está bien y de lo que está mal. Las consecuencias son devastadoras”. “El pastoralismo es hijo de la ética ‘caso por caso’, pero una pastoral que no se apoya sobre los fundamentos de la moral humana es falsa”. “El que dice que el Papa emérito no debería hablar es el ejemplo más evidente de la mundanización de la Iglesia. Son los que no saben nada de la misión de los obispos. El Papa emérito no sólo tiene el derecho, sino también el deber de hablar para defender la fe”. “Tratan a Scalfari como intérprete autorizado del Papa y quieren hacer callar a Ratzinger. ¿Pero dónde estamos?”


“La intervención de Benedicto XVI es muy importante en esta hora de la Iglesia, porque obliga a afrontar las raíces de esta crisis profunda… Los que quieren hacer callar al Papa emérito son gente que razona según el mundo y no saben nada de la misión de los obispos”. El cardenal Gerhard Müller -al que el papa Benedicto XVI quiso como su heredero a la cabeza de la Congregación para la Doctrina de la Fe y después fue despedido bruscamente por el papa Francisco al final de su primer mandato en el 2017- aparece confortado por los “Apuntes” sobre el tema de los abusos sexuales que el Papa emérito quiso hacer públicos hace unos días, pero es muy duro con los que consideran que Benedicto no debe hablar. Lo entrevistamos por teléfono, apenas volvió de un viaje a Alemania.

Eminencia, ¿cómo juzga la publicación de los “Apuntes” de Benedicto XVI a propósito de los abusos sexuales?

La contribución de Benedicto XVI es muy importante en esta hora que está viviendo la Iglesia, porque tenemos una gran crisis de credibilidad, y tenemos el deber de ir a las raíces o a los comienzos de esta crisis, que no ha caído del cielo. Hasta ahora se ha hablado sólo de clericalismo, un concepto muy nebuloso, un modo para no afrontar las verdaderas causas de la crisis. La cual tiene una larga historia que comienza también en la Iglesia, con la revolución sexual de los años ’60 y con la crisis contemporánea de la teología moral, donde se ha negado el intrinsece malum, es decir, la existencia de actos intrínsecamente malos. Se comenzó a afirmar que algunas acciones son pecado grave o crimen solamente en ciertas condiciones, que todo depende de la situación. Pero esto no es nada más que una autojustificación del pecado.

El papa Benedicto tiene una larga memoria sobre cuanto aconteció en la Iglesia, y tiene una gran capacidad teológica, de análisis. Es muy sorprendente que a los 92 años tenga esta lucidez de analizar la situación, por otro lado mucho mejor que otros que también alzan sus voces.

Una primera objeción que se hizo se refiere al origen del escándalo de la pedofilia, que se sitúa en el ’68 y en la revolución sexual. Se afirma que los casos comenzaron mucho antes del ‘68.

Es una objeción inconsistente. Es obvio que en todas las épocas ha habido problemas de este tipo, pero aquí la diferencia está en el pasaje de algunos casos aislados a un fenómeno difundido. Basta mirar los datos. En los años ’60, en paralelo con lo que sucedía en el mundo, hubo en la Iglesia una caída de la línea moral, de la ética y de la espiritualidad del sacerdocio. Sobre todo, se creó confusión sobre los límites entre el bien y el mal, sobre lo que está prohibido y lo que es lícito. Se produjo una desviación de la conciencia. Cuando uno es educado correctamente sabe que esto es pecado y que aquello no es pecado. La conciencia respeta estas reglas internas, pero si hay teólogos morales que comienzan a confundir, a decir que esto no es un pecado, que cada uno tiene el derecho de vivir su sexualidad, entonces después nos encontramos con estas consecuencias. Si uno sabe con claridad lo que es lícito y lo que no lo es, tiene más fuerza interior para huir de las tentaciones.

A este respecto, Benedicto XVI remite a la encíclica Veritatis Splendor (1993) como la respuesta de san Juan Pablo II a esta derivación de la teología moral. Suena como una indicación también para hoy, visto que la ética de la situación, la ética del “caso por caso”, parece triunfar.

El juicio “caso por caso” quiere ser una línea de la pastoral, pero la pastoral debe tener un fundamento. Se piensa que si evita decir las cosas en una forma clara se puede evitar que la gente se aleje de la Iglesia, pero es totalmente falso sustituir los fundamentos de la moral humana con una presunta e indefinida regla de la pastoral. Y la Iglesia, sobre todos los obispos y el Papa, tiene la obligación de parte de Dios de predicar la verdad, también la verdad moral. Éste es el único camino.

Hoy se nota esta falta de claridad sobre todo cuando se habla de homosexualidad y de ideología de género.

Es verdad, una cosa es ocuparse de las personas que tiene tendencias homosexuales, otra cosa es avalar la falsa antropología de género. Sobre esto, también públicamente, debemos ser muy claros, no se deben dar falsas señales. La Iglesia Católica no puede aceptar la ideología de género, de ninguna manera, porque esto es contra la naturaleza, contra la voluntad de Dios, contra el bien de la familia, contra el bien de las personas individuales, del hombre y de la mujer, y de los niños. La Iglesia debe ser muy clara, no debe tener miedo de la prensa internacional y de las organizaciones que quieren introducir esta falsa antropología que destruirá a toda la humanidad.

A propósito de los casos de pedofilia entre los sacerdotes, el papa Benedicto recuerda que en un cierto punto la competencia ha pasado de la Congregación para el Clero, que no era adecuada, a la Congregación para la Doctrina de la Fe. ¿Puede explicarnos por qué se hizo este traspaso?

Después del Concilio prevaleció una línea mórbida, se decía que no debemos ser demasiado legalistas, como sucedía en los tiempos del judaísmo. Se decía que estamos en los tiempos del Evangelio, por eso debemos aceptar a los hombres y no concentrarnos en sus límites y en las cosas que hay que prohibir, sino que hay que preocuparse de vivir la Gracia del evangelio. Pero esta línea suave no funciona con la naturaleza humana. La naturaleza humana es débil, necesita la ayuda de la Gracia, pero también de una disciplina personal y eclesial. Por eso la Congregación para el Clero no era adecuada para evaluar los casos de abusos sexuales por parte de los sacerdotes, por eso esta tarea pasó a la [Congregación para la] Doctrina de la Fe, que es el tribunal apostólico supremo para estas causas contra la fe.

Respecto a esto, en su escrito Benedicto XVI insiste mucho sobre el hecho que no se debe pensar sólo en el garantismo para los abusadores, sino que también hay que proteger la fe. ¿Qué quiere decir exactamente?

Los actos de pedofilia no son sólo crímenes sexuales, son también crímenes contra la fe, porque muchas víctimas sufren en su relación con Dios. El sacerdote no es un funcionario del sistema, es el representante de Jesús, el Buen Pastor que dio su vida, y todos los fieles -sobre todos los menores- tienen el derecho fundamental de encontrar un sacerdote que testimonie esto y que sea una persona de gran confianza. La credibilidad de la Iglesia y del representante de Jesucristo es la puerta a través de la cual entra la fe teológica, la fe como virtud, la fe como unión con Jesús. Por eso hablamos de delitos contra la fe. También en el periodo que estuve en la Congregación para la Doctrina de la Fe había personas que no querían comprender, que decían que la Congregación es demasiado rígida, que debemos respetar más los derechos de los que delinquen.

Es verdad que también hay acusaciones falsas, pero cuando las acusaciones son verdaderas debemos tomar medidas drásticas contra los culpables. No se puede decir: “Han abusado de un niño, pero tengamos misericordia de estos delincuentes”. No es válido el argumento según el cual pierden el sacerdocio, que nosotros sacerdotes tenemos un carácter indeleble y es un dolor cuando ya no puede celebrar la Misa. Claramente es una pena, pero una pena justa. En estos casos, el sacerdote es responsable de actos contra la vida y contra la dignidad humana: no sólo es un pecado -todos somos pecadores-, pero cuando se trata de un crimen contra Dios y contra los hombres, no se puede seguir subiendo al altar como representante de Jesucristo.

Hay una cierta actitud que es también una falsa idea de la misericordia. Es cierto que existe el perdón para quien hace penitencia, pero este perdón no puede significar que un sacerdote culpable de pedofilia pueda continuar como si no hubiera sucedido nada. Las víctimas sufren toda su vida por lo que han padecido, algunos ya no estarán en condiciones de casarse, tienen profundas dificultades en su vida, y todo esto provocado por un siervo de Dios, por un apóstol. Soy totalmente contrario a esta falsa misericordia. La misericordia de Dios es un cambio de vida que implica también aceptar un castigo adecuado al crimen cometido para poder reconciliarse. No se debe minimizar esta culpa, el daño cometido por un hombre de Dios.

Pero Benedicto XVI advierte también que en la Congregación para la Doctrina de la Fe los tiempos de los procesos han sido demasiado largos.

Es una lentitud que no se debe ciertamente al personal de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que siempre ha trabajado duramente en estos casos. Pero las causas son muchas y el personal es insuficiente. Además, debemos tener presente que los procesos empiezan en las diócesis. En todo caso, durante mi mandato el objetivo era aumentar el personal con al menos tres miembros más. En cambio, sin ningún motivo aparente, en 2017 cuatro personas cualificadas fueron despedidas. No se puede pedir a la Congregación que trabaje más y más rápidamente y, después, reducir el personal.

Muchos han visto en los “Apuntes” de Ratzinger también una respuesta a los famosos Dubia de los cuatro cardenales (Caffarra, Meisner, Burke, Brandmuller), quienes respecto a Amoris Laetitia pedían confirmación sobre la validez del intrinsece malum.

No sé cuáles han sido las intenciones, pero es absolutamente claro que existen actos que son malos en sí mismos, que nunca pueden ser buenos o justificados. Encuentro incomprensible la posición de ciertos teólogos cuando consideran el bien en una acción mala. Esto hace depender el juicio de las circunstancias, es siempre a favor de un delincuente, no se tienen en cuenta todos los factores. Si un inocente es asesinado, ¿cuál puede ser el aspecto bueno para mí que soy víctima del delito? Esta argumentación está hecha sólo desde la perspectiva del que delinque. No conozco ningún caso en el que para la víctima un delito es algo bueno. Lo mismo se aplica al adulterio: el miembro de la pareja que debe sufrir, que debe sufrir el adulterio, que es traicionado, ¿dónde debería ver el bien? Es absurdo afirmar que hay acciones contra los mandamientos de Dios, pero que en algunas circunstancias, son legítimas.

Hubo críticas despiadadas contra Benedicto XVI, acusado de haber roto el silencio. Directamente alguien ha citado el Directorio para los Obispos (Apostolorum Successores), el pasaje en el que prohíbe a los obispos eméritos interferir en el gobierno de la Iglesia y de socavar con sus intervenciones el magisterio del obispo reinante.

Esta gente es la prueba más evidente de la mundanización de la Iglesia, no tienen idea de cuál es la misión de los obispos. Es cierto que los obispos eméritos tienen que permanecer fuera del gobierno cotidiano de la Iglesia, pero cuando se habla de doctrina, de moral, de fe, están obligados a hablar desde el derecho divino. Los obispos no son funcionarios de la policía criminal que, cuando se retiran, ya no pueden tomar iniciativas contra los delincuentes. Un obispo es obispo siempre. Cristo dio la autoridad al obispo para ser servidor de la palabra, para dar testimonio. Durante la consagración episcopal, todos han prometido defender el depositum fidei. El obispo y gran teólogo Ratzinger no sólo tiene el derecho, sino también el deber, desde el derecho divino, de hablar y dar testimonio de la verdad revelada.

Por desgracia, hay muchas personas en la Iglesia que no conocen el alfabeto de la teología católica. Hablan como políticos, como periodistas, sin las categorías de la Sagrada Escritura, de la tradición apostólica, del magisterio de la Iglesia. ¿Cómo se puede decir que el Papa emérito no tiene derecho a hablar de la crisis fundamental de la Iglesia? Tenemos incluso el escándalo de un ateo como Eugenio Scalfari que puede afirmar impunemente sus interpretaciones de lo que el papa Francisco le dice en los encuentros privados; es tratado como intérprete autorizado del Papa, pero en cambio, una figura como Ratzinger, ¿tiene que permanecer callado? ¡Pero donde estamos? Estos idiotas hablan por todas partes, pero no conocen la Iglesia, lo único que quieren es gustar a la gente. Los apóstoles Pedro y Pablo, los fundadores de la Iglesia romana, dieron su vida por la verdad. Pedro y Pablo no dijeron “ahora hay otros sucesores, Timoteo y Tito, dejemos que ellos hablen públicamente”. Ambos dieron testimonio hasta el final de sus vidas, hasta el martirio, con su sangre.

Un obispo emérito, cuando celebra Misa, ¿no debe decir la verdad en la homilía? ¿No debe hablar sobre la indisolubilidad del matrimonio sólo porque otros obispos activos han introducido nuevas reglas que no son acordes con la ley divina? Más bien son los obispos activos los que no tienen el poder de cambiar el derecho divino en la Iglesia. No tienen ningún derecho para decirle a un sacerdote que debe dar la Comunión a una persona que no está en plena comunión con la Iglesia Católica. Nadie puede cambiar esta ley divina; si alguien lo hace, es un hereje, es un cismático.

Hoy están de moda estas ideas extrañas, para las cuales la autoridad eclesiástica es concebida como una autoridad positivista, de tal modo que quien tiene el poder puede definir la fe a su gusto. Y los demás tienen que permanecer callados. Sería mejor que permanecieran callados ellos, que saben bien poco de teología. Primero deberían estudiar.

Miremos hacia dónde han llevado a la Iglesia, por ejemplo en Alemania, estos grandes modernistas que tenemos también entre algunos profesores. Cada año, doscientas mil personas abandonan la Iglesia Católica en Alemania. Entre los protestantes, son trescientos mil los que abandonan. Estos son los verdaderos problemas. Pero respecto a esto no hacen nada, sólo hablan de la homosexualidad, de cómo cambiar la moral sexual, del celibato: estos son sus temas, quieren destruir la Iglesia. Y dicen que ésta es la modernización, pero no es la modernización: ésta es la mundanización de la Iglesia.

¿Qué consecuencias se esperan de la publicación de estos “Apuntes” de Benedicto XVI?

Espero que algunos comiencen finalmente a afrontar el problema de los abusos sexuales en forma clara y correcta. El clericalismo es una respuesta falsa.

Publicado originalmente en italiano el 15 de abril de 2019, en www.lanuovabq.it/it/vogliono-far-ta…

Traducción al español por: José Arturo Quarracino
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