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Iglesia: el problema no es la pedofilia, sino la homosexualidad

07-02-2018, Riccardo Cascioli

El escándalo por el abuso sexual en Chile es ahora una mina perdida que amenaza con explotar también en Roma. Los hechos se conocen ahora y giran en torno a las excelentes coberturas – ante todo chilenas, pero ahora también romanas - de un famoso sacerdote chileno, el padre Fernando Karadima, líder de una comunidad de la que han salido varios sacerdotes y obispos, entre ellos el altamente controvertido Juan Barros, en el centro de la historia que ahora ve como protagonista también al papa Francisco.

Precisamente la credibilidad de este último en el tratamiento de los casos de pedofilia está ahora puesta abiertamente en discusión también por las cabezas progresistas, después de lo sucedido al final de la reciente visita a Chile. Ya en la mira por haber, en enero de 2015, nombrado a Barros obispo de Osorno, a pesar de la fuerte oposición de una parte del episcopado chileno y de los fieles de esa diócesis, las declaraciones del papa Francisco al término de la visita a Chile han levantado un verdadero alboroto. A quienes le pedían que explicara este nombramiento, el Papa – con palabras fuertes – respondió hablando de calumnias y falta de pruebas contra el obispo Barros, concepto que después reiteró en la conferencia de prensa en el avión, aunque intentando por lo menos corregir la terminología (pero después de un comunicado público de censura firmado por el cardenal O'Malley, uno de los nueve consejeros convocados por el Papa para rediseñar la curia romana, y que es también el jefe de la Comisión vaticana para la Protección de los Menores). Además, el papa Francisco había afirmado que nunca había recibido nada de las presuntas víctimas de abuso que acusaron a Barros.

Ahora, en cambio, el documento publicado hace dos días por Associated Press demostraría exactamente lo contrario: habría sido precisamente el cardenal O'Malley quien entregó al Papa en abril del 2015 una carta de ocho páginas, en la cual una de las víctimas del padre Karadima cuenta con detalles los abusos sufridos y la responsabilidad directa de Barros.

Por otra parte, esta desmentida de la versión del Papa parece ser la frutilla del postre de una actitud que ya había despertado fuertes perplejidades. En el 2014, de hecho, el papa Francisco ya había dispuesto que Monseñor Barros renunciara al ministerio episcopal, salvo para después volver sobre sus pasos, nombrarlo obispo de Osorno y defender su nombramiento a capa y espada, a pesar de las críticas de la Conferencia Episcopal chilena. El Papa ni siquiera explicó a su regreso de Chile la razón de este repentino cambio de dirección, pero fuentes vaticanas indican en el cardenal Francisco Javier Errazuriz la verdadera causa de la transformación. El ex arzobispo de Santiago está en el famoso C9 (Consejo de los nueve cardenales) que acompaña al Papa en el diseño de reforma de la curia. Errazuriz goza ciertamente de la confianza y de la estima del papa Francisco, que de hecho lo quiso en el C9, pero en Chile es considerado el gran "encubridor", el que durante años ha impedido que se tomaran acciones contra Karadima y ha retrasado cualquier investigación de la verdad. Es fácil pensar que en la actitud del Papa haya pesado mucho el rol del anciano cardenal chileno.

Pero aparte de la reconstrucción del asunto Barros, el caso de Chile es importante porque confirma lo que ya se sabe, pero siempre es censurado. Es decir, los llamados casos de pedofilia son en realidad en su inmensa mayoría, problemas de homosexualidad. Como se sabe, la pedofilia propiamente dicha se refiere a la atracción de los adultos respecto a los niños pre-púberes. Cuando se trata de adolescentes se debe hablar de efebofilia y tiene por protagonistas a personas homosexuales. Esto es de lo que estamos hablando en Chile, pero se refiere al menos al 80% de los casos que erróneamente pasan a la crónica como casos de pedofilia en la iglesia. Esta es al menos la casuística que surge de los informes del John Jay College sobre los casos registrados en la Iglesia americana.

Podría parecer una diferencia mínima –siempre se trata de maltrato infantil, se podría decir – y en cambio es un punto fundamental, porque permite decir claramente que el problema en la Iglesia no es la pedofilia sino la homosexualidad. Esta es una realidad que se quiere ocultar porque es desagradable para el lobby homosexual, empeñado en promover la normalización de la homosexualidad en la Iglesia. Especialmente en estos últimos años estamos asistiendo a una ofensiva homosexualista sin precedentes, ahora ha llegado a atacar el Catecismo, como hemos visto precisamente en los últimos días. El caso de los cursos para novios homosexuales en Turín - ahora suspendidos después de la reacción suscitada - y la bendición para las parejas homosexuales, avalada por el cardenal Marx, presidente de la Conferencia Episcopal alemana, son sólo los últimos episodios. Es claro que se está jugando con el equívoco de la acogida de las personas con tendencias homosexuales – que es un deber – para hacer pasar la homosexualidad, que es en cambio un "desorden objetivo". No por casualidad en la Iglesia italiana, por ejemplo, se obstaculizan las experiencias de acompañamiento que están en el surco de la enseñanza de la iglesia – como Courage y la Asociación Lot, de Luca di Talha – para dar espacio a las asociaciones que promueven la experiencia LGBT, las cuales sostienen que la homosexualidad es una orientación sexual, al igual que la heterosexualidad.

Es la prueba de lo mucho que el lobby gay ahora está arraigado en la Iglesia; más aún, podemos afirmar con seguridad que está en ejecución una escalada en el interior de la jerarquía eclesiástica, con la ocupación de puestos clave en el Vaticano y en muchas diócesis y organismos eclesiales (por no hablar de los medios, ver el caso Avvenire). Se puede decir tranquilamente que el lobby homosexual nunca ha sido tan poderoso en la Iglesia, e incluso el desorden chileno es hijo de esta extraña maraña de lazos turbios y chantajes.

Justamente este factor hace que se corra el riesgo de frustrar gran parte del trabajo realizado durante los pontificados de San Juan Pablo II y Benedicto XVI para golpear el abuso sexual de los niños. Lo demuestra también la reciente depotenciacion de la sección disciplinaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, llamada a lidiar con los casos de abuso sexual por parte del clero: hasta hace unos meses había diez funcionarios de la Congregación que se ocupaban de los voluminosos expedientes al respecto. Justamente por la cantidad de trabajo se había prometido un aumento del personal, en cambio el despido imprevisto de tres sacerdotes por parte del Papa (sin dar razones, denunció el entonces prefecto, el cardenal Gerhard Müller) ha reducido a siete las personas encargadas, sin que alguna de ellas sea francoparlante y angloparlante.

En otras palabras, el caso Barros no es un episodio aislado, es solamente la punta de iceberg.


Publicado originalmente en italiano en: www.lanuovabq.it/it/chiesa-il-probl…

Traducción al español por: José Arturo Quarracino

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adeste fideles
La homosexualidad y la pedofilia están estrechamente relacionadas..
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jamacor
En otras palabras, el caso Barros no es un episodio aislado, es solamente la punta de iceberg.

Por supuesto. Ya en 1982 contacté con un sacerdote de EEUU que se incardinó en la Diócesis de Ponce en Puerto Rico y vino un verano a Salamanca para aprender el castellano, porque el obispo donde él residía ponía como condición sine qua non para la ordenación sacerdotal demostrar que era maricón.

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