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¿Estáis dispuestos a sufrir por Cristo?

¿Estáis dispuestos a sufrir por Cristo?

Pedro L. Llera, el 19.04.19 a las 3:32 PM

En 1712, San Luis María Grignion de Montfort escribe su Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, obra fundamental en los tiempos que corren y que todos los fieles católicos deberían conocer y leer. En ese Tratado podemos leer cosas como estas:

María y los últimos tiempos

La salvación del mundo comenzó por medio de María y por medio de Ella debe alcanzar su plenitud.

Ella es el medio seguro y el camino directo e inmaculado para ir a Jesucristo
y hallarle perfectamente. Por Ella deben, pues, hallar a Jesucristo las personas santas que deben resplandecer en santidad. Quien halla a María, halla la vida (ver Prov 8,35), es decir, a Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6).

María debe resplandecer, más que nunca, en los últimos tiempos en misericordia, poder y gracia: en misericordia, para recoger y acoger amorosamente a los pobres pecadores y a los extraviados que se convertirán y volverán a la Iglesia católica; en poder contra los enemigos de Dios, los idólatras, cismáticos, mahometanos, judíos e impíos endurecidos, que se rebelarán terriblemente para seducir y hacer caer, con promesas y amenazas, a cuantos se les opongan; en gracia, finalmente, para animar y sostener a los valientes soldados y fieles servidores de Jesucristo, que combatirán por los intereses del Señor.

María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces como un ejército en orden de batalla (Cant 6,3), sobre todo en estos últimos tiempos, cuando el diablo, sabiendo que le queda poco tiempo (Ap 12,17) - y mucho menos que nunca - para perder a las gentes, redoblará cada día sus esfuerzos y ataques. De hecho, suscitará en breve crueles persecuciones y tenderá terribles emboscadas a los fieles servidores y verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta vencer mucho más que a los demás.

Dios ha hecho y preparado una sola e irreconciliable hostilidad, que durará y se intensificará hasta el fin. Y es entre María, su digna Madre, y el diablo; entre los hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y secuaces de Lucifer. De suerte que el enemigo más terrible que Dios ha suscitado contra Satanás es María, su santísima Madre.

Dios no puso solamente una hostilidad, sino hostilidades, y no sólo entre María y Lucifer, sino también entre la descendencia de la Virgen y la del demonio. Es decir, Dios puso hostilidades, antipatías y odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y esclavos del diablo: no pueden amarse ni entenderse unos a otros.

Los hijos de Belial (Dt 13,14)45 , los esclavos de Satanás, los amigos de este mundo de pecado –¡todo viene a ser lo mismo!– han perseguido siempre, y perseguirán más que nunca de hoy en adelante, a quienes pertenezcan a la Santísima Virgen.

Pero la humilde María triunfará siempre sobre aquel orgulloso, y con victoria tan completa que llegará a aplastarle la cabeza, donde reside su orgullo. María descubrirá siempre su malicia de serpiente, manifestará sus tramas infernales, desvanecerá sus planes diabólicos y defenderá hasta al fin a sus servidores de aquellas garras mortíferas.
El poder de María sobre todos los demonios resplandecerá, sin embargo, de modo particular en los últimos tiempos, cuando Satanás pondrá asechanzas a su calcañar, o sea, a sus humildes servidores y pobres hijos que Ella suscitará para hacerle la guerra. Serán pequeños y pobres a juicio del mundo; humillados delante de todos; rebajados y oprimidos como el calcañar respecto de los demás miembros del cuerpo. Pero, en cambio, serán ricos en gracias y carismas, que María les distribuirá con abundancia; grandes y elevados en santidad delante de Dios; superiores a cualquier otra creatura por su celo ardoroso; y tan fuertemente apoyados en el socorro divino, que, con la humildad de su calcañar y unidos a María, aplastarán la cabeza del demonio y harán triunfar a Jesucristo.

Resumo:

La salvación de los últimos tiempos vendrá por el triunfo de María sobre Satanás.

Resplandecerá el poder de María contra los enemigos de Dios: los idólatras, los cismáticos, los herejes, los yihadistas, los impíos…

María resplandecerá en gracia, animando a sus hijos a luchar por Cristo.

Dios ha establecido una hostilidad irreconciliable entre los hijos de Satanás y los hijos de María.

Se desatará (ya se ha desatado de hecho) una persecución feroz por parte de los esclavos de Satanás contra los hijos de María.

Los hijos de María serán pobres y pequeños a los ojos de este mundo. Serán insignificantes. Serán despreciados y humillados delante de todos. Pero serán grandes delante de Dios: grandes en santidad y ricos en gracias.

Los pobres hijos de María, sus humildes servidores, unidos a ella, aplastarán la cabeza de Satanás y harán triunfar a Cristo.


María y los apóstoles de los últimos tiempos

¿Quiénes y cómo serán los hijos de María que derrotarán a Satanás con la ayuda de su Madre Santísima? Escribe Grignion de Montfort:

Pero, ¿cómo serán estos servidores, esclavos e hijos de María?

Serán fuego encendido (Sal 104 [103],4; Heb 1,7), ministros del Señor que prenderán por todas partes el fuego del amor divino.

Serán flechas agudas en la mano poderosa de María para atravesar a sus enemigos: como saetas en manos de un guerrero (Sal 127 [126],4).

Llevarán en el corazón el oro del amor, el incienso de la oración en el espíritu, y en el cuerpo, la mirra de la mortificación.

Sin apegarse a nada, ni asustarse, ni inquietarse por nada, derramarán la lluvia de la palabra de Dios y de la vida eterna, tronarán contra el pecado, descargarán golpes contra el demonio y sus secuaces.

Tendrán, sin embargo, las alas plateadas de la paloma, para volar con la pura intención de la gloria de Dios y de la salvación de los hombres adonde los llame el Espíritu Santo. Y sólo dejarán en pos de sí, en los lugares donde prediquen, el oro de la caridad, que es el cumplimiento de toda la ley (Rom 13,10).

Caminarán sobre las huellas de su pobreza, humildad, desprecio de lo mundano y caridad evangélica, y enseñarán la senda estrecha de Dios en la pura verdad, conforme al santo Evangelio y no a los códigos mundanos, sin inquietarse por nada ni hacer acepción de personas; sin temer a ningún mortal por poderoso que sea.
Llevarán en la boca la espada de dos filos de la palabra de Dios (Heb 4,12); sobre sus hombros, el estandarte ensangrentado de la cruz; en la mano derecha, el crucifijo; el rosario en la izquierda; los sagrados nombres de Jesús y de María en el corazón, y en toda su conducta la modestia y mortificación de Jesucristo.

Resumo nuevamente:

1.- Los hijos de María amarán a Dios por encima de todo y vivirán su fe con pasión ardiente.

2.- Serán personas que aman, que rezan y que se sacrifican por los demás. Siempre dejarán tras de sí un rastro de amor.

3.- No tendrán miedo y hablarán alto y claro contra el pecado, denunciando a los secuaces de Satanás, a los impíos, a los enemigos de Cristo: “tronarán contra el pecado, descargarán golpes contra el demonio y sus secuaces”.

4.- El único objetivo de los hijos de María será la gloria de Dios y la salvación de las almas.

5.- Los hijos de María despreciarán al mundo y enseñarán la senda estrecha de la salvación de Dios, conforme al Evangelio.

6.- Los hijos de María serán pobres y humildes. No serán famosos, no serán gentes sabias, no serán personas importantes. No serán nada a los ojos de este mundo.

7.- Los signos distintivos de estos hijos de María serán la cruz y el rosario.


¿Estáis dispuestos a sufrir?

Los discípulos del Señor, los hijos de María, tendremos la audacia «suicida» de hablar libremente en nombre de Dios en la medida en que nuestra vida esté centrada en el Misterio pascual, en la Eucaristía, donde Cristo «entrega su vida» para la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Solo entonces esteremos en condiciones de «dar al mundo el testimonio de la verdad». El centro de nuestra vida tiene que ser el Santísimo Sacramento, Jesús Eucaristía. Comulgamos su Cuerpo lleno de llagas, lacerado, despreciado. El Cuerpo Glorioso de Cristo nos muestra sus llagas en las manos, en los pies y en el costado. El Resucitado es el Crucificado. No nos engañemos: no hay salvación sin la angustia de Getsemaní, sin los latigazos y humillaciones, sin cargar con la cruz, sin ser cruelmente clavado en el madero.

En Fátima, la mismísima Virgen María les dijo a los pastores:

“¿Queréis ofreceros a Dios, dispuestos a soportar todos los dolores que Él os enviará, en acto de reparación por los pecados con los cuales es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?”
“Tendréis que sufrir mucho, pero la gracia de Dios estará con vosotros y os fortalecerá.”

Esas palabras nos las dirige nuestra Madre Santísima a todos nosotros: ¿Estamos dispuestos a ofrecernos a Dios? ¿Estamos dispuestos a padecer todos los sufrimientos que el Señor nos envíe como reparación por los pecados y como súplica por la conversión de los pecadores?

Tendremos que sufrir mucho.

¿Estamos dispuestos a sufrir por Cristo?

Sí. Ha llegado el tiempo de ver quiénes son realmente de Cristo. Los días que vivimos ahora requieren un catolicismo heróico. La Verdad triunfará sobre la podredumbre de las ideologías satánicas. La caridad triunfará sobre el pecado.

¡Alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación!

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