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Invocar a la Virgen no significa jamás evitar a Dios o ir contra la razón

Hagamos conocer y amar a María

Ha llegado el momento de redescubrir la consistencia teológica y espiritual de la veneración —diferente de la de latría, que le debemos a Dios— a la Virgen. Y la mejor manera de hacerlo es traer a la luz los vínculos que unen a María con la Trinidad y el misterio de la Redención.

De hecho, reconocemos una auténtica piedad mariana que nos transporta al corazón de la fe cristiana, por lo que resulta imposible disociar a María de la acción de la Trinidad en favor de los hombres. La Virgen permanece enteramente subordinada a Dios. Su misión y su maternidad espiritual no pretenden que las miradas se detengan en su persona, sino que se dirijan a la Trinidad, fuente y término de la salvación.

Colocado así en su marco trinitario, nuestro amor por la Virgen enfatiza los aspectos armónicos, así como los arquitectónicos, del plan de salvación en el que se inserta la persona de la Virgen. (...)

El impulso del corazón se multiplica por diez cuando se revelan al mismo tiempo las disposiciones de la Providencia, que han reservado a la Virgen un lugar en el plan de la Salvación, y las razones que presiden esta disposición. Así que invocar a la Virgen nunca equivale a evitar a Dios o ir contra la razón. Lo que hizo la Trinidad en, por y para María, lo hizo por nuestra redención y nuestra divinización. Esta es una razón adicional para recordar los títulos de gloria de Aquella a quien Dios estableció como nuestra madre en el orden de la gracia.

Al presentar la piedad mariana desde este ángulo teológico, no hay duda de que quienes se asombran de nuestro fervor por honrar a la Madre de Jesús, estarán de acuerdo en que nuestro amor por Ella tiene una base doctrinal sólida, la cual lo convierte en algo más que una devoción subjetiva, cuyo fervor nace de un complejo emocional completamente personal.


Jean-Michel Castaing, autor y conferencista católico, 7 de mayo de 2019.