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No toquen a los mártires chinos. Son el tesoro de la Iglesia

Monseñor Luigi Negri, arzobispo emerito de Ferrara-Comacchio

En la confusa situación de la estructura eclesiástica italiana (y no sólo de ella) nos esforzamos por desenmarañarnos entre un conjunto de acontecimientos y de posicionamientos que resultan inquietantes: hubo un momento en el que hemos sido llevados a la incertidumbre acerca de las palabras reales de Jesucristo en los evangelios, porque en ese entonces no había grabadores; después asistimos a una serie de intervenciones que relativizan el mal, en particular, archivando la figura del demonio y consecuentemente haciendo completamente formal la diferencia entre el bien y el mal y, por lo tanto, entre el infierno y el paraíso. Al mismo tiempo continuó la propaganda insensata e ideológica sobre el reformador Lutero. Y asi sucesivamente...

Hemos asistido a la profanación de las iglesias transformadas en restaurantes, sin siquiera una necesidad objetiva, sino más bien por una ideología subyacente para la cual las iglesias no son sobre todo (como la Iglesia considera desde hace 2.000 años) el lugar de la presencia de Dios y del culto, sino esencialmente el lugar donde la Asamblea de la comunidad se expresa en fraternidad, según sus diversas necesidades, por lo tanto, también la de alimentarse. Entonces es absolutamente legítimo e innovador que las iglesias sean utilizadas como restaurantes, por supuesto a un precio bajo, el precio del valor que damos al culto y a la presencia real.

Una serie de circunstancias, palabras y actitudes que creo poder decir -no sólo a título personal, sino también transponiendo las reacciones de tantos sacerdotes, hermanos y muchos hombres de buena voluntad- resultan ambiguas, si no desconcertantes. Cansa ver dónde va a terminar: es cierto que va a terminar, pero, en esta situación, no se sabe dónde... y cada día lleva su sentencia.

Hemos sido abrumados por esta noticia leída en estos días: “en el pasado mes de diciembre monseñor Pedro Zhuanb Jianjian, de Shantou (Guangdong), se vio obligado a ir a Beijing, donde ‘un prelado extranjero’ del Vaticano le pidió que dejara su cargo al obispo ilícito Jose Huang Bingzhang. La misma petición se le hizo el pasado mes de octubre”. Todo agravado por las exigentes declaraciones del cardenal Jose Zen ze-kiun. De aquí partió un tornado mediático de filtraciones de noticias o presuntas. Para intentar aclarar, luego han llegado las aclaraciones de la sala de prensa vaticana y la entrevista en la prensa del cardenal secretario de Estado.

En esta coyuntura vuelve con fuerza a la atención la historia de los obispos chinos que anunciaron el Evangelio, defendieron la fe y educaron al pueblo de Dios, en las situaciones más difíciles, generalmente en persecución abierta, sufriendo, lamentablemente, no con poca frecuencia, el encarcelamiento, la tortura o el martirio. Si fueran verdad todas las noticias que, en estas horas, son transmitidas también por personajes dignos de estima y, desde siempre, a la vanguardia en la defensa de la libertad de la Iglesia incluso al precio de su propia sangre, la situación sería muy delicada y seria.

La iglesia China vive -y todavía existe hoy- porque ha sido edificada sobre la ofrenda de la sangre de los que defendieron su libertad de toda interferencia externa, sabiendo ofrecer su propia sangre al combinarla con la ofrenda de Cristo en la Cruz. Este es el caso de la inmensa mayoría de las comunidades eclesiales de antigua o más reciente fundación. Este fue también el caso de la comunidad eclesial de Roma, bañada en la sangre riquísima de los santos apóstoles Pedro y Pablo.

¡Los mártires son el tesoro de la Iglesia! Por esta razón, desde los primeros días de su historia, la Iglesia ha custodiado siempre las reliquias de aquellos que habían profesado la fe hasta la efusión de su sangre, en las situaciones más diversas, en las circunstancias más difíciles: pequeños, adolescentes o poco más que adolescentes, como algunos de los grandes mártires de la Iglesia Católica de los primeros siglos, hasta esa teoría de los mártires que, de generación en generación, aseguran con su presencia y testimonio la conformidad de la Iglesia de hoy con la Iglesia del Señor.

¡Si es verdad todo lo que estamos escuchando, los mártires no se tocan! ¡La Iglesia siempre ha elevado a sus mártires a los altares, y les dedica las iglesias más bellas! Quien reniegue de ellos se haría corresponsable de una página terrible en la historia de la Iglesia.

Cuando la iglesia olvide a sus mártires o incluso los ponga en duda o los combata, entonces podríamos considerar razonablemente cada vez más cerca de la hora de la prueba y de las tinieblas. De acuerdo con la sana tradición de la Iglesia, es entonces cuanto más necesario que el pueblo cristiano redescubra su identidad que deriva de la presencia de Cristo, y recupere su camino cotidiano de misión y de testimonio. No hay ninguna circunstancia, dificultad, divergencia de opinión fuera o dentro de la Iglesia, que pueda disminuir el deseo de que un verdadero cristiano debe tener siempre de servir a la misión de Cristo, anunciándolo y haciéndolo presente con su propio testimonio a todos los hombres, hasta los extremos del mundo, hasta la ofrenda de su propia sangre.

Publicado originalmente en italiano en: www.lanuovabq.it/it/non-toccate-i-m…

Traducción por: José Arturo Quarracino

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