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“¿Por qué debemos ser hospitalarios?”

DÉCIMO SEXTO DOMINGO TIEMPO COMÚN
Ciclo C
Textos: Gn 18, 1-10a; Col 1, 24-28; Lc 10, 38-42


Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.

Idea principal: La hospitalidad es virtud fruto de un corazón caritativo y misericordioso, y al practicarla, entramos en contacto con Dios.

Síntesis del mensaje: “No olvidéis la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Hebreos 13, 2). Así pues, la hospitalidad no siempre es sólo para los de la familia en la fe, sino también para aquellos que no lo son. Es fácil ser hospitalario con aquellos que conocemos –familiares y amigos-, pero Jesús dijo: “Si amáis a los que os aman. ¿No hacen también lo mismo los publicanos” (Mt 5, 46)? Debemos brindar hospitalidad como un feliz privilegio, no como una carga (1 Pe 4, 9). ¿Dios nos hospedará? El salmo pregunta: “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?”. Y da la respuesta: el que practica la justicia, el que no calumnia, el que no hace mal a nadie, el que no practica la usura.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, Abraham es ejemplo de hospitalidad (1ª lectura). En los hogares orientales se debía la hospitalidad, aun para forasteros desconocidos. El huésped podía gozar de esta hospitalidad sin la más mínima obligación de pago. La Biblia está llena de ejemplos de hospitalidad. En su defensa, Job alegó que siempre había estado atento a las necesidades de los viajeros (Job 31, 31- 32). Lot acogió a dos de ellos, sin saber, al principio, que eran ángeles (19, 1-3). Tan seriamente consideraba su obligación hacia sus huéspedes, que para protegerlos estuvo dispuesto a sacrificar la pureza de sus hijas (Gn 19, 4-8). Los israelitas recibieron la orden de proteger a los extranjeros y ser hospitalarios con ellos (Lv 19, 33, 34). San Pablo habría tenido estos incidentes en mente cuando aconsejó a los cristianos a ser hospitalarios, porque al serlo, sin saber algunos habían hospedado a ángeles (He 13, 2). Eliseo y su criado eran huéspedes frecuentes de una mujer sunamita, que finalmente hizo construir una habitación para él (2 R 4,8-10, 13). Y hoy nos sale el ejemplo de hospitalidad de Abraham. Es la escena que inmortalizó el pintor ruso Andréi Rublev con su ícono trinitario, junto a la encina de Mambré. Abraham tiene con ellos todos los cuidados que una hospitalidad oriental puede pensar: agua para los pies, descanso a la sombra, un pan recién amasado, un buen plato de carne, leche cuajada…Los visitantes le agradecen la hospitalidad prometiendo al anciano matrimonio que van a tener un hijo. Dios se muestra generoso con quien es hospitalario.

En segundo lugar, la familia de Betania es también ejemplo de hospitalidad (evangelio). La vida apostólica de Jesús es agotadora. Por eso sabe tomarse un descanso y tocar en la puerta de amigos, gozar de la sana amistad y de la hospitalidad de esta familia de Betania. Cada una de las hermanas le regala cosas distintas y complementarias. Marta, buena ama de casa, es más activa, preocupada por ofrecer a su huésped una comida digna. ¿Quién no hubiera hecho esto? María prefiere estar sentada a los pies del Señor, escuchando sus palabras. Sabemos lo que pasó: Marta se queja y Jesús deja bien claro el primado de la oración y de la escucha, pero sin despreciar la acción hospitalaria de Marta, tan necesaria. Hay dos modos muy distintos de acoger a Jesús como huésped: está el modo activo de Marta, que se preocupa de hacer un montón de cosas por Él; y está el modo sereno de María, que le acoge poniéndose a sus pies para escucharle. Jesús nos dice que esta segunda manera es más importante. A un huésped se le honra mejor escuchándole atentamente. Y Jesús no es cualquier huésped. Él es la Palabra del Padre. Palabra que instruye y anima. Palabra que fortalece y sostiene. Palabra que interpela y corrige. Importante, pues, darnos tiempo todos los días en la oración para acoger en el corazón a este Huésped-Palabra, escucharle, dialogar con Él. Pero, y es curioso, Jesús entra como huésped y termina como anfitrión, habiéndonos llenado el alma de ánimo para comunicarlo a nuestros hermanos, invitándoles a acoger a tan digno huésped divino. Actividad, sí; no activismo y ajetreo loco. Contemplación, sí; no ensimismamiento ni huida de la realidad. El ejemplo nos lo da el mismo Cristo. ¿Su horario? Oración en la mañana y en la noche; y durante el día, dedicación apostólica.

Finalmente, nosotros debemos también ser ejemplos de hospitalidad con nuestros hermanos. En un mundo tan inhóspito y que facilita tan poco la comunicación cara a cara, por varias causas, una de las cuales son los instrumentos que llevamos en el bolsillo: teléfono, whatsapp, etc., nos urge reconquistar este valor. ¿A quién debemos ofrecer hospitalidad? A todos los que pasen a nuestro lado y que vengan con buenas intenciones. ¿Por qué debemos ser hospitalarios? Porque es a Cristo a quien acogemos en la persona de nuestro hermano. ¿Para qué debemos ser hospitalarios? Para imitar a Cristo, para recibir toda clase de bendiciones de arriba y, sobre todo, recibir de Él su abrazo en el cielo, cuando nos hospede al final de nuestra vida terrena. ¿Cómo debe ser nuestra hospitalidad? Gratuita, respetuosa, atenta, generosa, sincera. ¿Cuáles serían algunos detalles de hospitalidad para nosotros? Nos responde el salmo de este domingo: practicar la justicia, no calumniar ni difamar, no hacer mal a nadie, no practicar la usura. La lista de detalles puede prolongarse: estar abierto a la escucha de ese hermano que nos habla, darle un pedazo de nuestra conversación positiva y motivadora, saber comprender los defectos evidentes, echarle una mano en algo que necesita, acoger con bondad a quien toca la puerta de nuestra casa. El encuentro con el hermano es un encuentro con Dios. Es como una “teofanía”: el Señor se nos apareció. Tal vez llevaremos una sorpresa cuando el Juez, Cristo Jesús, nos diga al final: “a Mí me lo hicisteis”.

Para reflexionar: ¿Tengo un espíritu acogedor, hospitalario? ¿O tengo bien trancada la puerta de mi casa y de mi corazón? ¿Tengo la escucha de la Palabra como prioridad en mi vida, antes de toda actividad doméstica, acción caritativa o de promoción humana? ¿Sé compaginar las dos cosas: la acción caritativa y la oración contemplativa?

Para rezar: Jesús, cuántas veces he dejado a un lado mi oración para darle vuelo a mi imaginación: programando, planeando los grandes proyectos que podría llevar a cabo, pero olvidando que lo único que puede garantizar el éxito apostólico es que Tú seas la parte central de cualquier esfuerzo. Permite que nunca olvide que mi misión proviene de tu inspiración, que inicia y se sostiene sólo con tu gracia, que desde el principio y hasta el final todo debe ser por Ti y para Ti.

julio 16, 2019 09:00Espiritualidad y oración