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La Missa Solemnis de Beethoven, una profesión de fe

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Fray Columba Thomas OP
20 de Enero de 2020

A lo largo de su larga carrera, Beethoven rara vez compuso música sacra, probablemente por razones tanto personales como profesionales.
Su temprana vida de fe parece carecer de fundamento. Aunque nació en una familia católica y asistió a una escuela católica durante varios años, hay pocas evidencias que sugieran que su familia practicara la fe. Se desconoce el alcance de su formación catequética, excepto que más tarde recordó haber sido educado» por un Padre Jesuita. (Solomon, «The Quest for Faith», 216).
Su tiempo como organista de la iglesia antes de los diez años lo familiarizó con la tradición litúrgica, y lo introdujo en las realidades espirituales más profundas, mientras buscaba desarrollar su educación musical.

Independientemente de los impulsos religiosos que Beethoven hubiese adquirido en sus primeros años, su contexto social no ofrecía ningún estímulo.
El incipiente compositor alcanzó la edad adulta durante la década de las reformas de la Aufklärung o Ilustración del Emperador José II, en las que la religión ocupó un papel decididamente subordinado a la ciencia y a la razón, y la Iglesia fue víctima de un control cada vez más estricto del Estado.
Tal clima no conducía de ninguna manera a la composición sagrada; como excelente muestra, entre 1782 a 1790, los veteranos compositores Mozart y Haydn no recibieron ningún encargo en orden a la música sagrada.
Incluso después de la muerte de José II en 1790, Beethoven se inclinó por la perspectiva de los intelectuales ilustrados, favoreciendo una existencia moralmente consciente, pero con poca consideración por la autoridad de la Iglesia o de la doctrina cristiana.

A pesar de la inclinación de Beethoven a componer música sagrada, y tal vez por eso, las pocas obras en las que se aventuró, adquirieron un significado especial. Con mucho, la instancia más profunda y desconcertante es la Missa Solemnis, («Misa Solemne»), op. 123, compuesto en la última década de su vida.
Beethoven originalmente tenía la intención de honrar el ascenso de un amigo cercano y mecenas, el archiduque Rudolph, a un arzobispado.
Finalmente, la Misa adquirió dimensiones propias y se convirtió en una obra altamente personal de enorme calado, que requirió más tiempo para completarse que cualquier otra de sus composiciones.
El propio Beethoven elogió mucho la Missa Solemnis , declarándola como «la obra más grande que he compuesto hasta ahora,» (Solomon, Beethoven, 403). Es muy probable que conservara ese estatus singular por el resto de su vida, incluso después de su celebrada Novena Sinfonía, que consideró reescribir (Swafford, 857).

Dado el tremendo esmero con el que Beethoven compuso la Missa Solemnis, y su gran afecto por la misma, los eruditos lucharon para cuadrar este monumental trabajo religioso con su comprensión de de Beehoven como persona.
¿Cómo pudo este defensor de la Ilustración, que desaprobaba las creencias ortodoxas, enfocar su esfuerzo creador de manera tan singular, materializándolo en una Misa? ¿En qué sentido se puede considerar la Missa Solemnis como una profesión de fe?
Al examinar la vida y los aspectos de la composición de Beethoven, surge una respuesta a tales preguntas: Beethoven pretendía que la Missa Solemnis fuera una declaración de fe personal y la culminación de la larga Tradición de la Fe de la Iglesia, expresada a mediante la música.

Cuando se le pidió que compusiera la Missa Solemnis en 1819 con motivo de la entronización de su amigo como Príncipe Arzobispo de Olmütz, al año siguiente, Beethoven asumió con entusiasmo la tarea: «El día en que se cantará la Misa compuesta por mí durante las ceremonias oficiadas por Tu Alteza Imperial, será el día más glorioso de mi vida; y Dios me iluminará para que mis pobres talentos puedan contribuir a la glorificación de ese día solemne.”(Drabkin, 11).
Dejó de lado otros proyectos de composición, incluida su Novena Sinfonía, para dedicar toda su atención a la Misa. Desafortunadamente, no la terminó a tiempo para la entronización; de hecho, no completó bocetos para la Missa Solemnis hasta finales de 1822, y continuó haciendo revisiones a la partitura hasta la primavera de 1823, más de tres años después de la fecha prevista para su finalización.

Los estudiosos han cuestionado los motivos de Beethoven para asumir la composición de la Missa Solemnis, pues, carecía de la promesa de una compensación financiera.
Algunos han supuesto que Beethoven albergaba la esperanza de ser nombrado kapellmeister («Maestro de Capilla») por el nuevo Arzobispo como un retorno del favor por componerlo; después de todo, el puesto de kapellmeister ofrecía prestigio y seguridad financiera. Sin embargo, esta explicación no tiene en cuenta el hecho de que Beethoven no cumplió con el plazo estipulado para acabar la misa, hasta años más tarde, así como el hecho de que la composición final era tan extensa, que impidió su ejecución en la liturgia.
Incluso, si Beethoven hubiese tenido el propósito de convertirse en kapellmeister, tal ambición contradiría su típica representación como un humanista mundano e ilustrado, que probablemente aborrecería cualquier papel que implicase la composición de obras sagradas para un prominente Prelado.
Cualesquiera que fueran las motivaciones iniciales de Beethoven, deben haber evolucionado a medida que la Missa Solemnis crecía en escala hasta el punto de que ya no podía cumplir su propósito declarado al inicio. Una pista sobre la inspiración de Beethoven proviene de una carta a su colega, Johann Andreas Streicher, de Septiembre de 1824, en la que Beethoven ofrece una mirada retrospectiva a su trabajo: «Mi objetivo principal al componer esta gran Misa, fue despertar e infundir sentimientos religiosos permanentes, no sólo en los cantores, sino también en los oyentes.”(Solomon, Beethoven, 401).
Esto apoya la idea de que Beethoven no compuso la Missa Solemnis simplemente para impresionar a un amigo y aliado importante o para alcanzar una posición, sino, más fundamentalmente como un medio de expresión religiosa, incluso de evangelización.

Para dar sentido a esta descripción del compositor como promotor de los «sentimientos religiosos,» se requiere un nuevo examen de la biografía y el contexto de Beethoven.
Tal empresa nos da la evidencia de que, aún siendo un entusiasta de la Ilustración, Beethoven consideraba que los ideales de la misma eran insuficientes cuando hay una crisis personal.
En tales casos el fervor religioso sube a primer plano, tanto en su correspondencia personal como en su producción musical.

El primer ejemplo de tal crisis ocurrió con la aparición de la sordera de Beethoven. En abril de 1802, escribió su famoso «Testamento Heiligenstadt,» dirigido a sus dos hermanos, en el que transmite con gran emoción su comprensión de que su audición no estaba mejorando y su sordera probablemente sería permanente.
En el documento, Beethoven apela con una sincera súplica a la omnisciencia y omnipotencia de Dios. No mucho después, compuso su primera obra religiosa importante, el oratorio Christus am Ölberge («Cristo en el Monte de los Olivos»), junto con varios cantos ambientados en textos religiosos.
Beethoven no estaba satisfecho con el Christus am Ölberge, cuando cita principalmente la debilidad del texto.
Al final salió de esta crisis con un nuevo estilo de composición «heroico», ejemplificado por la Sinfonía Heroica, pero su impulso religioso parece haber disminuido.

Diez años después, una tensa batalla por la custodia de su sobrino Karl, que se extendió desde 1815 hasta 1820, reveló una creciente disposición a la ira repentina y a la paranoia, junto con una disminución de la salud física. El conflicto surgió porque su hermano fallecido le había otorgado la custodia de Karl en su testamento, con la esperanza de que el niño continuaría viviendo con su madre, Johanna y se beneficiaría de la compañía de Beethoven.
Sin embargo, Beethoven se opuso con firmeza al carácter de Johanna, incluida su historia de infidelidad matrimonial y malversación de fondos, y buscó ardientemente la custodia exclusiva del niño, en lo que se convirtió en un tira y afloja legal (Swafford, 660).
En este momento más que ningún otro, Beethoven expresó la necesidad de llegar a un acuerdo con Dios. Quizás no sea una coincidencia que, en estos mismos años después del final de las Guerras Napoleónicas, Viena experimentase un renacimiento religioso, que restauró parcialmente el catolicismo como una fuerza motriz entre las élites intelectuales.
Los puntos de vista del Obispo Johann Michaël Sailor, figura destacada de una forma sentimental del fideísmo católico, pueden haber interesado un poco a Beethoven, pero no hay pruebas sólidas de que se haya adherido a ninguna escuela teológica en particular.

Antes de que se calmara la crisis por la custodia de su sobrino Karl, Beethoven se enteró de la elección de su amigo como arzobispo y aceptó componer la Missa Solemnis.
Al igual que con la crisis que involucra su sordera emergente, esta última crisis también causaría un cambio importante en el estilo compositivo de Beethoven.
El crítico musical Paul Bekker fue tan lejos como para comparar la Missa Solemnis con la Sinfonía Heroica. Beethoven trató de aceptar su sordera en desarrollo y en la Missa Solemnis, trató de llegar a un acuerdo con Dios.
En consecuencia, en la Misa, y también en sus otras obras tardías, el estilo de Beethoven se alejó del heroísmo y se transformó y elevó a las alturas del reino espiritual. (Bekker, 270).

Beethoven aplicó este enfoque espiritual transformado de dos modos importantes la Missa Solemnis: En su preocupación por dar forma a la música en torno al significado preciso del texto, y en su uso de tradiciones centenarias dentro de la música sagrada para formar nuevas ideas musicales, Beethoven logró un equilibrio entre mantener la tradición de la Iglesia en materia de fe y la expresión musical, aplicando sus talentos creativos para arrojar nueva luz sobre la Misa.

Una amplia evidencia indica que Beethoven se esforzó mucho en comprender el texto de la Misa antes de comenzar a componer su Missa Solemnis.
Primero copió todo el texto en latín, luego lo tradujo cuidadosamente, línea por línea, al alemán, agregando numerosas anotaciones, captando sutiles matices.
Este estudio preliminar tendría un propósito especialmente importante, ya que el texto es el punto de partida verdadero y esencial para cualquier discusión sobre la forma de la Missa Solemnis.
El texto de la Misa explica, por ejemplo, la estructura tripartita del Kyrie, el diseño difuso del Gloria y el Credo, y el hecho de que el Sanctus y el Agnus Dei comienzan y terminan en diferentes claves (Drabkin, 19). Tal relación texto-forma contrasta fuertemente con los enfoques típicos de la composición de la Misa a finales del siglo XVIII, que en gran medida estaban predeterminados por las convenciones de la música instrumental, como la forma de sonata y la puntuación sinfónica.
En sus preparativos para la Missa Solemnis Beethoven también estudió la composición de la música sagrada que data de siglos atrás, revisando las bibliotecas del archiduque Rudolph y del príncipe Lobkowitz, en busca de partituras y tratados.
Entre los compositores que examinó extensamente estaban Mozart, Haydn, Händel, Bach y Palestrina. También estudió el canto gregoriano y los diversos modos de la iglesia, los sistemas de organización del tono tradicionalmente utilizados en el canto, como Dorian, Lydian y Mixolydian.
Su inspiración para hacerlo se puede encontrar en una declaración de años anteriores: “En los viejos modos de la iglesia, la devoción es divina. . . y Dios me permite expresarlo algún día ”(Kirkendale, 174).
El descubrimiento de tradiciones más antiguas por parte de Beethoven le permitió adoptar patrones convencionales de retórica musical y remodelarlos en una matriz musical más compleja, lo que le dio a la Misa un inmenso poder expresivo.

Analizar en profundidad la Missa Solemnis en los términos del enfoque de la composición discutido anteriormente va más allá del alcance de este artículo. Quizás un ejemplo sea suficiente para transmitir la rara belleza y el poder expresivo de la obra. En el Credo Beethoven representa el misterio de la Encarnación con un vocabulario musical enigmático y complejo. La expresión: Et incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine (“Y por el Espíritu Santo encarnó a la Virgen María”), se interpreta con una melodía de canto en modo dórico, el modo históricamente asociado a la castidad, tal vez con la intención de transmitir la pureza virginal de Santa María (Kirkendale, 175).
Esta tierna melodía, de otro mundo, es repetida en deliciosa armonía por un cuarteto de vocalistas, mientras una flauta imita y recrea gorjeos de pájaros, que se cree que representan al Espíritu Santo como una paloma.
El tenor luego anuncia al Verbo hecho carne: Et homo factus est, (“Y se hizo hombre”), con una exclamación enfática y desgarradora en Re mayor, devolviendo así el enfoque a la tierra.

Esta discusión sobre la vida de Beethoven y la Missa Solemnis en sí misma proporciona una amplia evidencia para respaldar la doble afirmación de que el compositor pretendió que su trabajo fuera una declaración sincera de fe personal y una síntesis creativa de la tradición de música sagrada de la Iglesia.
Beethoven estudió ampliamente el significado del texto de la misa y formó la música a su alrededor, basándose en tradiciones musicales más antiguas y volviéndolas a interpretar en el contexto de un estilo altamente espiritual y recientemente desarrollado.
Sin duda, Beethoven ha dejado una verdadera obra maestra, quizás su mayor trabajo, para «gloria del Todopoderoso, el eterno.»

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Beethoven: Missa solemnis ∙ hr-Sinfonieorchester ∙ Wiener Singverein ∙ Andrés Orozco-Estrada
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