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Hablan como políticos

Hablan como políticos

Bruno, el 22.04.21 a las 6:31 PM

Confieso que no suelo leer los documentos, declaraciones y cartas de los obispos (con honrosas excepciones, gracias a Dios), porque sé por experiencia que no voy a sacar provecho de ellos y lo único que voy a conseguir es enfadarme. A pesar de esa saludable práctica habitual, en ocasiones caigo en la tentación de leer uno de esos documentos, como me ha sucedido hoy con una carta del Cardenal Osoro sobre los migrantes. Y, una vez más, lo único que he conseguido con ello ha sido enfadarme.

Con todo el respeto por el cardenal y sus buenas intenciones, resulta muy difícil de soportar ese fondo de buenismo tan absurdo (y tan contrario a la fe) que considera que todos los emigrantes son buenos por el hecho de ser emigrantes (como si no existiera el pecado original), que todas las diferencias son respetables (como si los pecados y errores no existieran), que todo el mundo enriquece a la comunidad en la que vive (como si nadie dañase a los demás) y que hay que acoger a todos indiscriminadamente (olvidando las innumerables veces que la Escritura dice lo contrario). Basta aplicar esas mismas ideas a cualquier otro grupo para ver que no tienen ni pies ni cabeza y nadie en su sano juicio, incluidos los mismos obispos que dicen estas cosas, las pone en práctica con ningún grupo social, empezando por los más cercanos.

Mira que se pueden decir cosas buenas, verdaderas, cristianas y necesarias sobre el trato a los emigrantes, pero en vez de ello muchos obispos se dedican a regurgitar en sus declaraciones los temas políticamente correctos del momento, mezclándolos alegremente con la verdadera doctrina cristiana, sin digerirlos apenas ni poner en práctica el mandato de San Pablo: “examinadlo todo y quedaos con lo bueno". Con lo bueno, no con lo que está de moda entre los bien pensantes y políticos del momento, aunque repetir esto último pueda granjear palmaditas en la espalda y párrafos aprobatorios en los periódicos.

En fin, no merece la pena analizar demasiado un escrito que en sí mismo tiene poca sustancia ni afanarnos en buscar los granos de verdad que hay entre tanta paja, así que me voy a limitar a considerar algo que salta mucho más a la vista: el lenguaje utilizado. Lean, si pueden soportarlo, un extracto de términos utilizados a lo largo de la carta:

“globalización de la indiferencia, gran oportunidad y riqueza para nuestra sociedad, plantean interrogantes, relaciones internacionales, gestión de la diversidad, respuesta clara a las situaciones dramáticas, experiencias migratorias, Sección de Migrantes y Refugiados, Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, movilidad humana, Subcomisión Episcopal para las Migraciones y Movilidad Humana, sensibilizarnos, Red Migrantes con Derechos, respuesta global y coordinada, realidad de las migraciones, Mesa por la Hospitalidad, órgano de coordinación y de concienciación eclesial y social, canales humanitarios seguros y legales, estados deberían prohibir, principio de no devolución, facilitando procesos, favoreciendo alternativas, garanticemos los derechos, adoptar un enfoque integral e integrado, en todas sus dimensiones, enfoque integral, identificar y superar los estereotipos peligrosos, estigmatizar, elementos específicos, los aspectos y las dimensiones fundamentales, la persona entendida en su conjunto, independientemente de su condición migratoria, desarrollo humano integral, los estados promuevan y preserven, independientemente de su condición migratoria, colectivos vulnerables, adoptar políticas y prácticas, en términos de profesión y de práctica, enriquezcamos a las comunidades, ampliar el horizonte, en clave de integración e interculturalidad, respetar los valores, contribución positiva, proceso continuo de interacción y permeabilidad, igualdad fundamental, respeto a la diferencia, desafíos, mundo complejo e interconectado, respuestas creativas, sostenibles y transformadoras, pasión por el ser humano, visibilizada, valor supremo de la hospitalidad, todos hermanos”

¡Qué cansancio! Hablan como políticos, incluidos los inevitables pasajes de auto congratulación y adulación a los jefes, con apenas un leve barniz cristiano al principio y al final. Uno termina por creer que, avergonzados de lo que son, usan el lenguaje de lo que les gustaría ser. No se dan cuenta de que ese lenguaje político es muy peligroso, porque se ha elaborado precisamente para eludir las responsabilidades personales, hablando mucho sin decir nada, y como vehículo de propaganda. Así no hablan los pastores ni los padres; así hablan los políticos y la gente está hastiada de políticos.

Cuando habla el buen pastor, las ovejas escuchan su voz. En cambio, cuando los obispos hablan como políticos, ¿qué tiene de raro que la gente no les escuche, igual que no escucha a los políticos? Las ovejas escuchan al buen pastor, pero a los extraños no lo siguen, sino que huyen de ellos, porque no conocen su voz. ¿Será, quizá, que la gente nota que le están dando gato por liebre? ¿Será que los hombres tienen hambre de Cristo y de la fe y no de progresismo barato, por muy políticamente correcto que sea?

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