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"Servir a la Iglesia como Ella quiere ser servida"

"Servir a la Iglesia como Ella quiere ser servida".

José Luis Aberasturi, el 15.11.19 a las 11:32 PM

Así hablaba y escribía san Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Y lo escribía para consumo interno y externo: para todos; porque, en el Opus Dei -”cristianos corrientes en medio del mundo“: perfecta descripción que de los miembros de la Obra hace el propio Fundador-, se tienen los mismos afanes que los demás católicos; solo que, como escribió san Juan Pablo II, “se esfuerzan en llevarlo a la práctica”. Y esto sí ha marcado, y debería seguir marcando, la “diferencia". Modestamente, claro, porque todo es don de Dios.

¿Qué significa “servir a la Iglesia como Ella quiere ser servida“?
Para un católico -para un hijo de Dios en su Iglesia- debería significarlo TODO. Ya… pero, más en concreto, ¿qué? Pues vamos a verlo.

En primer lugar, significa que, sin la Iglesia, nuestro encuentro con el Señor se nos hace imposible: el que crea se salvará, el que no crea se condenará . Por eso nos mandó Jesús bautizar a todos: porque en el Bautismo recibimos la Fe, como primera y fecunda Virtud Teologal -y tras ella, la Esperanza y la Caridad-, sin la que NADA nos puede llegar de Dios. Y esto se realiza y se hace y se vive en la Iglesia.

En segundo lugar, que la Iglesia Católica es “nuestra casa común": común, no solo entre nosotros, sus hijos, sino y en primer lugar, entre cada uno de nosotros y Dios mismo: por ser la Casa de Dios es “nuestra” casa, porque “a esa familia pertenecemos” -sigo citando a san Josemaría-; es la “casa” a la que Dios nos ha traído como primicia del Cielo, “nuestra” casa definitiva: la casa de Dios.

En tercer lugar, que la Iglesia Católica es “nuestra Madre”: en su seno materno nacemos hijos de Dios; en su seno somos alimentados, de su misma vida vivimos y en ella crecemos; finalmente, en su seno “morimos", en Dios y para Dios; es decir, NACEMOS -renacemos, resucitamos- a la Vida Eterna.

En cuarto lugar, que, exactamente y para un católico, “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Esta es una verdad absoluta, que no admite excepción. Insisto: para un católico, para uno que ha recibido el Bautismo.

Por todas estas cosas, y más que podríamos añadir, hemos de AMAR a la Iglesia por encima de nosotros mismos: después del amor a Dios y a la Virgen María, en nuestro corazón tiene que estar la IGLESIA.

Como es lógico, sin estar unidos al Papa, sea quien sea, no podemos estar unidos a la Iglesia
-de la que es su Cabeza visible-, ni podemos estar unidos a Dios. Como acuñaron los Santos Padres con todo su sentido sobrenatural: ubi Petrus, ibi Ecclesia, ibi Deus! Y esto también es de un valor absoluto. Lo mismo que nuestra adhesión a los obispos, cabezas visibles de la Iglesia Católica en cada Diócesis.

Ahora bien: ¿qué pasa cuando un obispo no está en comunión con el Papa? No se le puede seguir: ni agua. Porque un obispo lo es en la medida de su unión con el Papa. ¿Y cuando un sacerdote no está en comunión con su obispo? Exactamente igual: ni agua. Y por la misma razón.

¿Es esto extrapolable a nuestra relación de hijos con el Santo Padre en la Iglesia? Sí, y con total seguridad: si un Papa se separase de Cristo -y no es un supuesto hipotético, pues ya se ha dado en la Iglesia, y ha tenido que venir otro Papa y poner las cosas en su sitio; también en relación con Concilios o Sínodos que se habían pasado de frenada-, no se le podría seguir.

Porque, una vez elegido válidamente por los electores, un Papa lo es en esa misma medida: en la medida en que encarna aquello de Jesús: tú eres Pedro, y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia. Y sólo en esta medida: si edifica su Iglesia. Este también es el marco, cierto, seguro y válido de aquellas otras palabras de Jesús: Lo que atares en la tierra quedará atado en el Cielo; y lo que desatares en la tierra quedará desatado en el Cielo. Y solo en este horizonte.

Por tanto, siempre hemos de saber de qué estamos hablando: para “no coger el rábano por las hojas", o no quedarnos en palabrería vana y sin sentido; o para que nadie, del signo que sea y con la intención que sea, “nos dé gato por liebre"; o para no usar palabras fuera de su texto y contexto: así, por ejemplo, no se puede hablar “en católico” de “matrimonio” cuando estamos hablando de un mero “arrejuntamiento sexual bajo el mismo techo", por duradero que pueda ser, o parecerlo, y sean los sentimientos que sean los que hayan llevado a esa situación.

Por eso, un Papa -tampoco ningún obispo, sacerdote, religioso o laico- no puede hacer “lo que quiera", sino “lo que DIOS quiera, y la Iglesia necesite”. Un Papa es el primero que obedece en la Iglesia: a Dios, y a la misma Iglesia. Es el que tiene, en la Iglesia, el camino más estrecho, es el que ha de entrar por la puerta más angosta: no es un Jefe de Estado al uso y abuso. Y si se saliese de este marco, se estaría saliendo de su función y misión. Y, en esa medida y en esas cosas, no se le podría hacer ni caso.

He encontrado estas palabra de san Josemaría que no solo ilustran perfectamente, adelantándose una vez mas a su tiempo -los Santos “tienen la vista larga” y “saben trigonometría"-, la situación actual, sino que nos sitúan -desde y para Dios- en la realidad de las cosas, y nos señalan también el remedio:

Pero, ¿qué es la Iglesia? ¿Dónde está la Iglesia? Muchos cristianos, aturdidos y desorientados, no reciben respuesta segura a estas preguntas, y llegan quizá a pensar que aquellas que el Magisterio ha formulado por siglos -y que los buenos Catecismos proponían con esencial precisión y sencillez- han quedado superadas y han de ser sustituidas por otras nuevas. Una serie de hechos y de dificultades parecen haberse dado cita, para ensombrecer el rostro limpio de la Iglesia. Unos sostienen: la Iglesia está aquí, en el afán por acomodarse a lo que llaman tiempos modernos. Otros gritan: la Iglesia no es más que el ansia de solidaridad de los hombres; debemos cambiarla de acuerdo con las circunstancias actuales.

Es impresionante la actualidad y el exacto profetismo que destilan estas palabras: están escritas hace ya casi cincuenta años, o sin casi. Sobrecogen, espiritualmente hablando. Pero así son los Santos. Y estas cosas tienen los Santos.

Pero no se queda solo en esto: ahora -y sigo con él-, la Esperanza en Dios:

Se equivocan. La Iglesia, hoy, es la misma que fundó Cristo, y no puede ser otra. Los Apóstoles y sus sucesores son vicarios de Dios para el régimen de la Iglesia, fundamentada en la Fe y en los Sacramentos de la Fe. Y así como no es lícito establecer otra Iglesia, tampoco pueden transmitir otra Fe ni instituir otros Sacramentos; sino que, por los Sacramentos que brotaron del costado de Cristo pendiente en la Cruz, ha sido construida la Iglesia.

Finalmente, la seguridad:

La Iglesia ha de ser reconocida por aquellas cuatro notas, que se expresan en la Confesión de Fe de uno de los primeros Concilios (…): Una sola Iglesia, Santa, Católica y Apostólica. (…), la que nuestro Salvador, después de su Resurrección, entregó a Pedro para que la apacentara, encargándole a él y a los otros Apóstoles que la difundieran y la gobernaran, y que erigió para siempre como columna y fundamento de la Verdad.

Este es exactamente el marco en el que tienen y mantienen todo su sentido expresiones como: “el Papa es el Papa", “lo ha dicho el Papa"; y otras por el estilo. Lo mismo vale para los obispos y los sacerdotes, y para toda la Jerarquía. Pero estas frases solo tienen sentido cuando estamos hablando de que lo que dicen o hacen los miembros de la Jerarquía es ORTODOXO. ¡Si no, NO! Y esto lo dejó meridianamente claro el Concilio Vaticano I. Porque “no podemos ser más papistas que el papa", como reza el dicho.

Por esto, y por mucho que nos pueda doler, no podemos “inventarnos” un Papa, un obispo, un sacerdote o una iglesia -"la nueva iglesia", repiten de concierto y machaconamente, para conseguir que alguien se lo crea-, obviando lo que hacen y dicen “exactamente” cada uno:

Caridad, en la Iglesia Católica, no es ocultar lo que no nos gusta, o lo que “no nos conviene", o lo que va contra la Escritura Santa, y contra la Doctrina y el Magisterio perenne de la Iglesia.Tampoco es obediencia. Es mero servilismo, o algo peor: que lo pregunten a todos los que veían al rey desnudo por qué callaban.

Así lo entiende y, fiel a su misión y a su lugar en la Iglesia, así lo dice públicamente -con dolor de corazón indudablemente, pero para bien de la misma Iglesia y de las almas todas-, el cardenal Burke: “Se ha producido un colapso de la autoridad magisterial central del Romano Pontífice”. “Se ha negado a ejercer su función de enseñanza y gobierno".

Exactamente esto es Caridad. Y es Fidelidad. Porque es auténtica “Diaconía de la Verdad", en la que otro cardenal, Joseph Ratzinger, luego Benedicto XVI, situaba a la Iglesia. De la Verdad de Dios, que es la Verdad de la Iglesia. Y ni Ella ni nosotros podemos tener otra. Tampoco queremos: entre Dios y los “dioses", y entre “la” Iglesia Católica y los demás sucedáneos, todavía hay clases.

Porque, fuera de esta “Diaconía de la Verdad", no hay Verdad, aunque uno se crea que hace el mejor servicio a la Iglesia y a las almas. Pero se equivoca absoluta, trágica y penosamente. Y nada de esto es católico, lo diga quien lo diga. Y, cuanto más alto esté, menos católico. Por la fuerza de lo que las cosas SON.

A seguir rezando: lo espera y lo desea “nuestro” Jesús, nuestro Dios y Señor.

www.infocatolica.com/…/1911130420-serv…