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Cosas por las que vale la pena morir

Archbishop Chaput

Por The Catholic Thing | 08 marzo, 2021

Por Francis X. Maier

Charles Chaput se retiró como arzobispo de Filadelfia hace exactamente un año, y al menos para él, han sido doce meses tranquilos y muy privados. Privados, pero no improductivos. Henry Holt Ltd, un sello editorial de Macmillan, publicará su último libro: Things Worth Dying For: Thoughts on a Life Worth Living – el 16 de marzo. El lector encontrará en sus páginas la obra más memorable y conmovedora de Chaput; pero entonces, junto con muchos otros, ayudé en la investigación mientras el arzobispo completaba sus borradores. Así que es mejor dejar la reseña a otras voces.

Hay tres breves pasajes de su próximo libro que, sin embargo, vale la pena compartir aquí y especialmente ahora. Escribe:

Cuando era un joven obispo, hace décadas, pasaba horas leyendo todo lo que podía sobre liderazgo. La gente se merece buenos líderes. Los grandes líderes parecen nacer con habilidades especiales y, por lo tanto, son poco comunes. Pero la mayoría de las personas tienen al menos algunas semillas de liderazgo en su carácter; semillas que sólo necesitan un poco de valor, sabiduría, deseo y autodominio para crecer.

Un buen líder conoce sus puntos fuertes y los cultiva. También conoce sus debilidades. Recluta y reconoce a los buenos cooperadores para lograr lo que no puede hacer solo. También acepta las exigencias que el liderazgo le impone: proteger a las personas a su cargo; poner sus necesidades por encima de las suyas; guiarlas; darles motivos de esperanza; y hablar con honestidad. La honestidad es la cualidad menos deseada en un líder cuando las noticias son malas. Pero siempre figura entre las virtudes más respetadas del liderazgo. La honestidad es el ancla de la humanidad a la realidad.

Y más adelante señala:

Para demasiados de nosotros, la libertad ya no significa la capacidad de saber, elegir y hacer lo que es moralmente correcto; más bien, significa lo que el erudito D.C. Schindler describió como «libertad de la realidad» en sí misma. Es una libertad literalmente «diabólica» en el sentido de las raíces griegas originales de la palabra: dia (entre) y ballo (arrojar), que significa mas o menos separar o dividir. Como resultado, intentamos implacablemente reimaginar el mundo para que se adapte a nuestros deseos, y luego coaccionamos a los demás para que crean en nuestros delirios.

La verdad es para el alma humana lo que el agua es para un desierto. Da vida. También, como dijo alguien famoso (Jn 8:32), nos hace libres. La valentía y la honestidad son los pilares que sostienen una cultura de la verdad; permiten una libertad basada en la realidad. Su ausencia produce lo contrario. Por eso, a pesar de los piadosos llamamientos de la actual administración a la unidad y a la vuelta a los mejores ideales de Estados Unidos, lo que tenemos en realidad es una cultura política de la mentira y la irrealidad sistemáticas, impulsada por la voluntad de poder.

Cualquiera que dude de la mendacidad de nuestros nuevos líderes y de su inmunidad colectiva al virus conocido como realidad, sólo tiene que ver la actuación de la candidata a subsecretaría de Sanidad, la Dra. Rachel (antes «Richard») Levine, cuando fue interrogada recientemente por el senador Rand Paul.

Es un signo de nuestros tiempos que Paul (él mismo médico), y no Levine, fuera posteriormente destrozado por los medios de comunicación dominantes por hacer preguntas «ofensivas» e «ignorantes» sobre la mutilación genital de los niños percibidos como confundidos de género; el lenguaje aprobado, resulta ser «atención sanitaria de afirmación de género». En otras palabras, la transición de género de un menor no es más una forma de abuso sexual infantil así como el aborto ya no es una forma de matar al no nacido. Ambos ahora son bienes positivos.

La realidad, como la biología, es ahora maleable, incluso borrable. El día que escribí esta columna, la palabra «Richard» no aparecía en ninguna parte de la entrada de la biografía de Levine en Wikipedia, ni siquiera como residuo de la historia personal. Lo que nos hacemos olvidar, en efecto, nunca existió.

Los estadounidenses siempre han sido un pueblo práctico. Las personas sensatas del flyover country, es decir, esas colonias oscuras fuera del Carthage del Potomac y del corredor DC / Boston, se verán tentadas a hacer caso omiso de esta locura como una especie de autohipnosis, que seguramente seguirá su curso y colapsará. Eso es un error. Si el siglo pasado enseñó alguna lección, es que las ideas venenosas pueden tener una asombrosa durabilidad y un amargo coste en sufrimiento. También se extienden y mutan a menos que se las detenga. Y para detenerlas se necesitan personas valientes y honestas.

Lo que nos lleva a un tercer y último pasaje de Las cosas de Chaput:

La cobardía es muy buena para esconderse detrás de la prudencia. Con demasiada frecuencia comprometemos nuestros valores para adaptarnos a lo que creemos que es un comportamiento o un pensamiento normalizado. Amortiguamos nuestras creencias para evitar ser objeto de desprecio. Con el tiempo, un ejercicio legítimo de prudencia puede degradarse en un hábito que ensucia el alma. Ninguna persona íntegra traiciona sus convicciones; decir mentiras que sabemos que lo son nos asesina por dentro. Incluso el silencio, que a veces es prudente, puede envenenar nuestra integridad si se convierte en una forma habitual de evitar las consecuencias de lo que decimos creer. Jesús nos insta a amar al prójimo como a nosotros mismos. El amor nunca puede implicar aceptar o unirse al mal de los demás. El amor hacia uno mismo propio de un cristiano incluye el amor al honor personal, que proviene de vivir con integridad en un mundo que nos hace traicionar nuestras convicciones.

En mis años de trabajo con el arzobispo Chaput, descubrí tanto la calidad de su carácter como su apetito por las películas. Ha visto cientos de ellas. Entre sus favoritas, comprensiblemente, está A Man for All Seasons, basada en la obra de Robert Bolt. Sin embargo, como dijo el propio Bolt, escribió su obra no como un argumento a favor de la verdad, sino en defensa de la conciencia personal, sean cuales sean las creencias de una persona.

El verdadero Tomás Moro habría encontrado incomprensible el razonamiento de Bolt. Moro creía en la existencia de la verdad -no sólo «mi» verdad o «tu» verdad, sino La Verdad, la verdad universal y duradera de Dios-, independientemente de nuestras opiniones personales. Para Moro, esa verdad reside con singular belleza y autoridad en la Iglesia Católica, y a sus enseñanzas debemos nuestra lealtad, sin reservas, si nos declaramos católicos. Por eso murió por ella, y por eso su fidelidad sigue siendo un modelo para nosotros en todas las épocas: las buenas, las malas…

Y las nuestras. Algo para recordar en los próximos días.

Acerca del autor:

Francis X. Maier es investigador senior en Estudios Católicos en el Ethics and Public Policy Center e investigador asociado senior en Estudios Constitucionales en la Universidad de Notre Dame. Se desempeñó como asistente principal del arzobispo Charles Chaput durante 23 años.

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