El Enemigo Con el que Hay Que Enfrentarse / CONFIDENCIAS DE JESÚS A UN SACERDOTE. Monseñor Ottavio Michelini

26 de noviembre de 1975

EL ENEMIGO CON EL QUE HAY QUE ENFRENTARSE

Yo, Verbo Eterno de Dios, Palabra del Padre, he hablado a los hombres, he anunciado la verdad.
La verdad irradia luz y había necesidad de luz porque las sombras de la muerte habían bajado sobre la humanidad culpable, envolviéndola y aprisionándola como en una mordaza tremenda y venenosa.
La lucha ha tenido inicio pronto. Es la lucha entre luz y tinieblas entre verdad y mentira, entre vida y muerte. Los primeros padres culpables, corren a ocultarse entre la espesura de la vegetación, tienen miedo; sienten la necesidad de cubrirse, tienen vergüenza, advierten los primeros efectos de su culpa.
Pero Yo, Palabra de Dios, Luz del mundo, irradié verdad y luz sobre los progenitores envueltos en tinieblas de muerte, y obtenida su confesión, anuncié la victoria por medio de María: "Has insidiado a la mujer, la mujer te aplastará la cabeza, te arrastrarás sobre la tierra, morderás el polvo y serás maldita entre los animales que pueblan la tierra".
He aquí la guerra en el mundo, he aquí el inicio del duelo sin descanso ni tregua que tendrá su epílogo al final de los tiempos con el Juicio Universal. Aquel será el gran día que consagrará con el sello divino la gran victoria de Mí, Palabra de Dios y Luz del mundo, sobre la mentira.
Vosotros, hijos míos, desde la creación y caída del hombre hasta hoy, no habéis comprendido aún que toda la historia de la humanidad se centra en esta guerra. He dicho: toda la historia de la humanidad. Todos los esfuerzos de las tenebrosas potencias del mal consisten concretamente en esto: desviar del espíritu humano la real visión de esta lucha dramática lucha sin tregua entre Mí, Palabra de Dios hecha Carne, y Satanás con sus legiones.
Toda la historia del Misterio de la Salvación se emperna aquí. La historia del Cuerpo Místico se centra aquí. La historia de la humanidad tiene aquí su razón de ser. Pero ¡que todo esto no sea comprendido por muchos Obispos y por muchos, muchos sacerdotes es paradójico!
He aquí por qué hemos llegado a esta catastrófica situación. Si los que debieran vigilar, no conocen el peligro del qué cuidarse, ¿a qué cosa se reduce su vigilancia?
Si los que deben guiar no conocen el camino justo ¿qué guías son?
Si los que deben combatir no usan las armas adecuadas para vencer, están destinados a la derrota. Así fue al principio, Adán y Eva tenían fuerza y poder en abundancia para vencer la trampa del enemigo, pero eran inexpertos en el modo de defenderse contra el ardid de la mentira, que ellos no conocían.

No podéis ignorar

Mucho más grave es para vosotros que no podéis ignorar, después de siglos y siglos de esta lucha, de qué carácter es el enemigo al que debéis enfrentaros.
Adán y Eva buscaron una justificación a su culpa; la achacaron al tentador tratando después de haber pecado, de descargar la culpa sobre el adversario.
Así harán muchos obispos y muchos sacerdotes en su vana tentativa de alejar de ellos la responsabilidad. Han tenido y tienen miedo de tomar su responsabilidad. Motivos de prestigio personal les ha hecho ceder al Enemigo, y esto infinidad de veces; primero el prestigio personal, primero la dignidad...
Hechos globos suspendidos en el aire en nombre del prestigio han venido a menos en sus compromisos que debían tener el primer puesto.
Han cedido al respeto humano y a otras mezquindades indignas de un pastor de almas.
¡Han sido los primeros en no usar las armas apropiadas! Humildad, pobreza, sufrimiento, oración... ¿Cómo podrían usarlas los otros? Dirán que han rezado. Pero la oración debía tener el primer lugar y el mayor tiempo, en realidad ha sido relegada al último puesto.
He invitado a sacerdotes y obispos a una confrontación, háganlo antes de que sea demasiado tarde, una confrontación entre su vida y mi vida en la tierra, entre el camino recorrido por ellos y mi camino. Ahí podrán ver sin peligro de engañarse, la realidad.
Si en verdad tuvieran el valor, debería salir de esta leal comparación todo el pus que tienen dentro.
¿No valen los ejemplos de los grandes obispos? ¿Y para los sacerdotes el Santo Cura de Ars no dice nada? Negado y despreciado pasaba horas y horas orando, pero la Gracia divina en él era tal que convertía hasta las piedras.
No debéis vosotros adaptaros a los tiempos, sino que los tiempos deben adaptarse a vosotros. ¡Qué responsabilidad el haber abdicado de la lucha! Si vosotros sois obispos y sacerdotes, lo sois en virtud de esta lucha. Sin esta lucha no tendríais razón de ser. Y muchos lo ignoran.
Hijo, te bendigo, no temas, mírame y ¡adelante en tu camino hasta el gran encuentro! Entonces las espinas se convertirán en rosas maravillosas desconocidas en la tierra del exilio.

27 de noviembre de l975

NO ESTAMOS LEJOS


Hijo, me has manifestado tu deseo de conocer y comunicarte con el santo Mártir Octavio, aquí está:
“Soy San Octavio, Mártir romano. Quiero sepas que en el Paraíso no se vive una vida de inercia sino una vida intensamente activa.
En el Paraíso se tiene la plenitud de la vida. Entra dentro de lo normal el deseo de comunicarse entre nosotros; el Cuerpo es único, una sola es la Cabeza; también las actividades, mientras los peregrinos en la tierra no se desvíen en cosas dañinas al cuerpo entero y lesivas de los derechos de todos los miembros, ante todo los de la Cabeza.
Hermano mío, no te ha faltado jamás, desde tu nacimiento y no te faltará hasta el fin de tus días terrenos, la asistencia y ayuda que se nos ha consentido.
Mucho más grande habría sido si más intenso hubiera sido tu deseo de recibirlas y más frecuente tu requerimiento. La Bondad Divina nos ha concedido el encuentro, entonces pongámonos de acuerdo para una colaboración recíproca más fecunda. Es alegría para la Bondad divina y gozo para nosotros, hermano mío, volver nuestras relaciones más íntimas, hacerlas más frecuentes, más confidenciales y sobre todo más fecundas de bien.
¡No estamos lejanos de vosotros, hermano¡ Es un error el pensarlo, somos miembros libres e inteligentes del mismo Cuerpo. La misma Vida divina nos alimenta a nosotros y a vosotros. Es sólo que nosotros os amamos mucho y vosotros nos amáis mucho menos, nos amáis tan poco que os olvidáis de nosotros.

La comunión de los santos

Pero tú sabes, hermano, que el amor tiende necesariamente a la unión, a la unión perfecta. ¿Cómo se puede volverla fácilmente realizable? No puede realizarse si el amor es unilateral.
¡Hermano mío, dilo a todos que el bien en la tierra podría ser inmenso, incalculable si vosotros, todavía peregrinos, vivierais como nosotros ardientemente deseamos vivir (y lo vivimos en la medida que vosotros lo consentís) el dogma de la Comunión de los Santos!
En el Paraíso no se puede uno entristecer por nada, de otra manera no sería felicidad perfecta, pero si algo nos pudiera entristecer sería ciertamente esto, el haber perdido inmensas posibilidades de bien y haber descuidado una fuente maravillosa de recursos Espirituales y también materiales para el bien personal y social de la Iglesia.
Por bondad divina nos sea concedido encontrarnos y comunicarnos con mayor frecuencia para honor y gloria de nuestro tres veces Santo Dios, Uno y Trino.

27 de noviembre de 1975

PEQUEÑAS Y GRANDES COSAS


Jesús, antes de darme su bendición como suele cada noche, me ha dicho:
Hijo, ámame, acuérdate que ante Mí nada es grande ni nada es pequeño. Acuérdate que es precisamente en las pequeñas cosas, en las cosas más diminutas donde se demuestra el amarme y amarme ardientemente.
...Aquella sonrisa dada a una persona que te molesta, aquel acto de humildad hecho en el momento justo, aquel acto prontamente retirado, aquella generosidad en responder a los impulsos de mi gracia, aquella puntualidad en el trato con terceros, ese saber escuchar (y podía continuar todavía), son pequeñas y grandes cosas que enriquecen la nobleza del espíritu.
Ellas me dan alegría y son testimonios de un auténtico amor.
Hijo mío, quiero que me ames así. Así harás feliz a tu Jesús.
Quien me es fiel en lo poco, me es y me será fiel en lo mucho.

28 de noviembre de 1975

OBRA MAESTRA DE LA TRINIDAD


Hijo mío, escribe:
Te he dicho ya cómo quiero a mis sacerdotes aunque me he limitado a las cosas principales.
Ahora quisiera hacerte comprender cómo al sacerdote sensible y atento a las llamadas de la gracia, lo quiero plasmar, naturalmente no sin su consentimiento.
A veces me basta con que no ponga obstáculos a la obra de mi cincel, obra que no sólo enriquece al sacerdote de méritos y de virtudes, sino que lo hace una obra maestra de la divina Trinidad.
De él se deleita el Padre, de él se goza el Espíritu Santo, quien se servirá de sus labios para manifestar la sabiduría que irradiará luz en las almas.
De él está contento su Jesús, que hará de él una cascada de gracias que penetrará las almas con las que esté en contacto.
De él Jesús hará otro Sí mismo, que pasará por el mundo atrayendo hacia sí con la fuerza de la oración, con la potencia del sufrimiento. Como Yo, triunfará en las humillaciones y en las incomprensiones de aquellos que lo rodean.
Hijo, el sacerdote que Yo quiero debe estar atento a mis palabras. El sacerdote que Yo quiero debe estar atento hacia Mí en la donación de todo él mismo a Mí y a los hermanos, como Yo me he dado todo al Padre y todo a vosotros.
El sacerdote, según mi ejemplo, debe ser el hombre de la oración.

Árido desierto

Hijo mío ¡qué vuelco de situación en mi Iglesia! No se reza o se reza mal, es una oración material.
Por esto no hay más vocaciones. Cómo podría Yo suscitar vocaciones para hacer de ellos no sacerdotes, sino servidores de Satanás, porque ésta es la realidad; muchos sacerdotes en vez de ser mis ministros se han puesto al servicio del Demonio.
Mis verdaderos sacerdotes saben bien que a la oración se le debe dedicar un tiempo considerable; es solamente con la oración y con el sufrimiento, hoy aborrecido, con lo que el sacerdote se vuelve fuerte por la misma fortaleza mía.
El sacerdote que quiero Yo, vive de fe. Es imposible que un sacerdote no sea el hombre de la fe.
¿Pero crees tú que tuviesen fe los que me han abandonado para correr tras los fatuos placeres del mundo? ¿Crees tú que tienen una gran fe todos los que han quedado? No, por desgracia...
¡Qué horrorosa aflicción, qué árido desierto ha creado el Enemigo en mi Iglesia!
El sacerdote que Yo quiero, el sacerdote de la Iglesia purificada para una nueva vida, debe tener en sí, también el fuego del amor. ¿No he venido a la tierra para encender el fuego y qué quiero sino que el fuego arda y se inflame hasta crear un gran incendio? Sin embargo los corazones de algunos pastores y de muchos sacerdotes están hinchados de soberbia y por lo tanto de egoísmo.
El verdadero sacerdote me anhela día y noche a Mí, como el ciervo sediento anhela aguas frescas y limpias.
¿Crees tú que me buscan tantos sacerdotes de esta generación? No, hijo mío, desean el coche, sueñan con el matrimonio, aman los salones, los lugares públicos, algunos incluso los cafés, aman las películas hasta inmorales, se pegan a la televisión.
Algunos tienen corazón para todas las vanidades y comodidades, menos para su Dios. En vez de ¡Dios sobre todas las cosas! ¡Todas las cosas sobre Dios!...

No tienen el valor

¿Y los Obispos? Algunos de ellos duermen. Si saben, no tienen el valor de echar mano a la segur, y entonces buscan nuevos medios, nuevos caminos. Nuevos caminos no existen, como tampoco existen otros medios fuera de los indicados por Mí, frutos de mi Redención.
Los Obispos, en nombre de la prudencia, continúan cometiendo imprudencias. ¡Cuántas han cometido, con daño gravísimo para las almas y para la Iglesia a la que han sido llamados a presidir!
En nombre de la prudencia duermen porque, en muchos casos, son los miedosos que fingen un amor y un cuidado que no tienen, y una paternidad que, en no pocos casos, no es sincera.
Hay quien obra por cálculo; pero el amor no hace cálculos, el amor marcha en otra dirección, el amor todo lo supera, todo lo vence y no se pierde en tonterías. El amor es fuego que arde, que quema, que no se detiene.
Lean bien a San Pablo sobre este punto y muchos de ellos deberán admitir que marchan por un camino opuesto, o casi, al indicado por el Apóstol.
Te he dicho, en mensajes anteriores, que Yo quiero a mis sacerdotes santos; ahora te he especificado mejor lo que el sacerdote debe y lo que no debe ser para llegar a ser santo.
Te bendigo, hijo mío. Reza y sufre por la conversión de los sacerdotes.

Mensajes a Mons. Ottavio Michelini