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La victoria de Trump

Fernando del Pino Calvo-Sotelo. Analista político.
www.fpcs.es/Expansión, 28 de octubre de 2020


Europa nunca ha comprendido a los EEUU. Ronald Reagan resucitó su país, fue reelegido presidente por abrumadora mayoría (ganando en 49 estados de 50 y obteniendo 525 de 538 votos del Colegio Electoral frente a 24 estados y 332 votos electorales de Obama), y pasó a la Historia por derribar contra todo pronóstico la dictadura comunista soviética que durante 70 años había esclavizado a millones de personas a través del terror y la mentira. Sin embargo, Europa nunca dejó de tratarle despectivamente como “el actor”.

Hoy en día sólo el 20% de los europeos tiene una buena opinión de Trump. Desde luego, Trump no es Reagan (¡qué más quisiera!) y su excéntrica personalidad facilita la caricatura: histriónico, hiperbólica-mente jactancioso de éxitos reales e imaginarios, chocantemente imprudente para una persona de su edad y narcisista como su predecesor, todo en él lleva al empacho. Dicho esto, su actuación como presidente ha tenido sus aciertos. Doy por sentado, querido lector, que ya le habrán hablado de sus errores.

Trump ha bajado los impuestos y reducido el maremágnum de regulaciones que lastraban la actividad económica. Estas medidas, junto a otros factores exógenos, han relanzado vigorosamente la economía y conseguido que el paro en EEUU bajara hasta el 3,5% (antes del Covid).
Rara avis, ha cumplido todas sus promesas electorales. Eso incluye su antimperialismo, por lo que ha sido el primer presidente en décadas que no sólo no ha comenzado ningún conflicto, sino que ha repatriado tropas americanas para disgusto de quienes se nutren del estado de guerra perpetua. Ello no obsta para que acabara con ISIS, aquel olvidado Estado Islámico que tantas atrocidades cometió, y apagara las llamas de algunos incendios provocados por los belicistas Barack y Hillary. Su pacifismo podría haber tenido más impacto si el Deep State le hubiera permitido un acercamiento a Rusia, como pretendía. Para evitarlo, le acusaron de colusión con Putin, un montaje obvio, como denuncié desde un principio: “la supuesta colusión entre el gobierno de Rusia y Trump es una patraña, una invención, humo (…), una inmisericorde campaña de desprestigio destinada a paralizar su acción política o incluso subvertir el resultado de las urnas en un golpe de Estado encubierto” (EXPANSIÓN 26-6-17). Fracasado este intento tras dos años de vergonzosa investigación, le organizaron una farsa de impeachment, que también fracasó.

Trump deja asimismo huella en la jurisprudencia norteamericana al haber nombrado a centenares de jueces federales cuyo nombramiento dejó sin firmar Obama y apuntalar una clara mayoría en el Tribunal Supremo conservadora y “originalista”, fiel a la literalidad de la Constitución en defensa de los derechos y libertades individuales. Asimismo, ha sido el presidente más provida de la historia de los EEUU frenando el proceso de ingeniería social acelerado por su predecesor. Siendo el aborto probablemente la cuestión moral más relevante de nuestro tiempo, éste es un asunto crucial.

La política exterior de Trump, salpicada de exabruptos y de una diplomacia estilo Neandertal, ha sido justificadamente combativa con el régimen chino en el plano comercial, estrafalaria en sus devaneos con Corea del Norte y exigente con sus aliados de la anacrónica OTAN, que incumplen sus compromisos económicos. Sin embargo, su mediación en sendos acuerdos de paz entre Israel y dos países árabes es un éxito que a un demócrata quizá le hubiera valido (exageradamente) el Nobel de la Paz que ridículamente recibió Obama antes de hacer nada. Por último, Trump ha sacado a los EEUU del Acuerdo de París, un enorme acierto para los que sabemos que el alarmismo climático-apocalíptico trata más de ideología y de poder que de ciencia.
Ideologías aparte, detrás de la campaña de inculcación de odio algo enfermizo hacia Trump, subyace el temor al indomable, esto es, al que parece inmune a los trucos de doma habituales de los medios de comunicación. Por ello quizá su mayor victoria sea haberse enfrentado a la tiranía de la corrección política desenmascarando y obligando a salir a la luz a enemigos de la libertad que prefieren maniobrar en la sombra. El impudoroso sesgo de la mayoría de medios (ajenos ya a cualquier pretensión de objetividad o respeto a la verdad), el escandaloso doble rasero del oligopolio que controla y manipula las redes sociales y los inquietantes tejemanejes del Deep State han quedado al desnudo a la vista de todos. Por ello, aun comprendiendo el rechazo que provocan sus estridencias, creo que Trump ha sido un instrumento desafinado que sin embargo ha logrado interpretar una buena melodía.

“Las cosas nunca son lo que aparentan, pues el mundo sigue siendo engañado con adornos”, escribía Shakespeare. Si bien las fealdades de Trump saltan a la vista, las de su rival quedan ocultas bajo el oropel de su sonrisa marfileña y su buena pinta. En Trump no hay disfraz; en Biden, tras casi cincuenta años en política, sí. Sus dos intentos fallidos de alcanzar la presidencia (éste es el tercero) descarrilaron, entre otros motivos, por cuestiones de carácter: mintió sobre su currículum, plagió un trabajo en la Facultad de Derecho y, ya como candidato, plagió un par de discursos de otros políticos (incluso dando torpemente como propios datos biográficos ajenos). En esta fusión entre piel y disfraz, entre realidad y fantasía, afirmó haber sido arrestado en Sudáfrica al intentar visitar a Mandela y haber votado en contra de la guerra de Irak desde el principio. Ambas aseveraciones se revelaron falsas, “mentiras patológicas”, en palabras de un asesor del senador demócrata Sanders.

También acusó en mítines al camionero que arrolló el coche de su primera mujer (matándola junto a una de sus hijas) de causar la tragedia por conducir borracho, a pesar de que la hija de aquél le había pedido por escrito que dejara de difamar a su padre, ya fallecido. Sólo paró cuando el asunto trascendió a los medios: el propio fiscal que llevó el caso aclaró que la mujer de Biden se había saltado un Stop, que el camionero no sólo iba sobrio sino que se bajó inmediatamente a prestar los primeros auxilios y que nunca se presentaron cargos. Biden también se adorna con su supuesto catolicismo mientras defiende ferozmente el aborto y ataca la libertad religiosa de órdenes como las Hermanitas de los Pobres. Por último, en el típico escándalo de último minuto sacado de la chistera por sus contrincantes, han surgido revelaciones sobre dinero e influencias de su hijo Hunter que podrían insinuar que Biden mintió sobre su nivel de conocimiento de los opacos negocios de su hijo en Ucrania y China. De corroborarse, tendría consecuencias en un país que, al contrario que España, castiga la mentira.
En Washington y durante décadas Biden nunca ha tenido fama de ser demasiado brillante, y sus desvaríos y ocurrencias, su dañino programa económico y el izquierdismo de su lugarteniente Kamala Harris le convierten en un candidato débil. Conscientes de ello, los medios afines le han arropado con entrevistas nivel Barrio Sésamo a pesar de que, como ocurrió con Hillary, las encuestas le dan como ganador. Pero hasta el rabo todo es toro: el voto republicano oculto, la perenne incógnita sobre la participación, el affaire Hunter y el efecto bumerán de las violentas manifestaciones de Antifa (fascistas “antifascistas”) y Black Lives Matter (de inspiración marxista), alentadas por los demócratas, pueden dar una sorpresa. Si así fuera, espero que este irreconocible Partido Demócrata, que lleva cuatro años abriendo la Caja de Pandora por no aceptar su derrota del 2016, abandone la agitación subversiva y vuelva a la moderación. En democracia hay que aprender a perder.