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Gottlob
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Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, ¡todos!

A pesar del indiferentismo de nuestros días, con frecuencia aflora en las almas aquella misma pregunta que alguien, quizá afligido con la perspectiva de la condenación eterna, le hizo en su día al Redentor: “Señor ¿son pocos los que se salvan?” (Lc 13, 23). Y aunque casi nadie quiera efectivamente reconocerlo, sabemos que la problemática de la felicidad eterna se relaciona con la práctica de los mandamientos, la perseverancia en el estado de gracia y la firme adhesión a la única Iglesia verdadera. Hoy algunos, contaminados por falsas teorías, plantean la cuestión en términos simplificadores que buscan, equivocadamente, mostrar el camino hacia el Cielo tan espacioso como el de la condenación eterna (cf. Mt 7, 13), pero la verdad siempre ejercerá sobre los rectos de corazón el mismo poder de atracción y la misma fuerza de conversión de siempre. Son esos los que descubren que el “yugo del Señor es suave y su carga ligera” (cf. Mt 11, 30) pero que el Cielo sólo “los violentos lo arrebatan” (Mt 11, 12).

Francisco

Al final seremos revestidos por la alegría, la paz y el amor de Dios de modo completo, sin límite alguno, y estaremos cara a cara con Él. Es hermoso pensar esto, pensar en el cielo. Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos. Es hermoso, da fuerza al alma. (Audiencia General, 26 de noviembre de 2014)

Enseñanzas del Magisterio

Concilio de Trento

Sólo son justificados aquellos a quienes se comunica el mérito de la Pasión

Mas, aun cuando El murió por todos (
2Co 5, 15), no todos, sin embargo, reciben el beneficio de su muerte, sino sólo aquellos a quienes se comunica el mérito de su pasión. En efecto […], si no renacieran en Cristo, nunca serían justificados [Can. 2 y 10], como quiera que, con ese renacer se les da, por el mérito de la pasión de Aquél, la gracia que los hace justos. (Denzinger-Hünermann, 1523. Concilio de Trento, sesión sexta, cap. 3, 13 de enero de 1547: decretos sobre la justificación)

Sínodo de Constantinopla

Quien no cree que existe el castigo eterno, sea anatema

Si alguno dice o siente que el castigo de los demonios o de los hombres impíos es temporal
y que en algún momento tendrá fin, o que se dará la reintegración de los demonios o de los hombres impíos, sea anatema. (Denzinger-Hünermann, 411. Sínodo de Constantinopla, confirmado por el Papa Vigilio. Cánones contra Orígenes, del emperador Justiniano, 543)

Credo llamado “Atanasiano”

Para salvarse es necesaria la fe católica

Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe católica; y el que no la guardare íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre. (Denzinger-Hünermann, 75. Símbolo Quicumque)

Inocencio III

Creemos en una sola Iglesia, no de herejes sino la Católica

De corazón creemos y con la boca confesamos una sola Iglesia, no de herejes, sino la Santa, Romana, Católica y Apostólica, fuera de la cual creemos que nadie se salva. (Denzinger-Hünermann, 792. Inocencio III, Profeción de fe propuesta a Durando de Huesca y a sus compañeros valdenses)

Clemente VI

Nadie puede salvarse fuera de la obediencia a los Papas

En segundo lugar preguntamos si creéis […] que ningún hombre viador podrá finalmente salvarse fuera de la fe de la misma Iglesia y de la obediencia de los Pontífices Romanos. (Denzinger-Hünermann, 1051. Clemente VI. Super Quibusdam a Consolador, 29 de septiembre de 1351)

Concilio de Florencia

Irán al fuego eterno los que no se unen a la Iglesia

Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no sólo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse partícipe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está aparejado para el diablo y, sus ángeles (Mt 25, 41), a no ser que antes de su muerte se uniere con ella; y que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia, que sólo a quienes en él permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la Iglesia Católica. (Denzinger-Hünermann, 1351. Concilio de Florencia. Bula Cantate Domino, de 4 de febrero de 1442)

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