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La seguridad es lo último

Appearance on the Mountain in Galilee by Duccio di Buoninsegna, c. 1310 [Museo dell’Opera del Duomo, Siena]

Por The Catholic Thing | 24 febrero, 2020

Por Robert Royal

Un crítico de música escribió una vez sobre el pianista austroamericano Artur Schnabel que era genial porque su lema parecía ser: «La seguridad es lo último». Estaba dispuesto a tomar riesgos, particularmente en las actuaciones en vivo, que otros no tomaban, en busca de algo trascendente.

Ese lema me vino a la mente recientemente cuando otra figura universitaria anunció que un orador conservador tuvo que ser cancelado por amenazas de violencia: «nuestra primera prioridad es asegurarnos de que todos en el campus estén a salvo».

Lo que significa, por supuesto, amenazas a la seguridad física, cuando según cualquier cálculo sensato, un campus universitario americano es ya uno de los lugares más seguros del mundo.

Y de todos modos, ¿cuándo se convirtió la «seguridad» en la «primera prioridad» en público?

Si todavía fuéramos un pueblo civilizado, reconoceríamos que, por supuesto, la seguridad física importa, pero hay otras amenazas de igual o mayor importancia – principalmente para nuestra verdadera «primera prioridad», la obligación de vivir en la verdad.

La «seguridad» se ha convertido en una construcción ideológica ahora, y típicamente significa que el simple hecho de hablar de inmigrantes ilegales o de algún otro tema podría hacer que ciertas personas se sientan «inseguras». En esta nueva y extraña etiqueta, el argumento se aplica a los ilegales, a ciertos grupos étnicos, a los musulmanes, a los gays, a los «trans» y a otras clases especialmente protegidas – nunca a los cristianos, a los pro-vida, a los defensores del matrimonio real, etc., que se enfrentan a amenazas agudas y crecientes.

Antes de esta nueva dispensación social, las autoridades competentes habrían refrenado a las personas que amenazaban al orador, y no a un orador que se limitara a exponer un argumento, por bueno o malo que fuera.

Una universidad en particular, pero también la sociedad en general, corre riesgos diferentes pero bastante sustanciales para la seguridad cuando no puede buscar la verdad adecuadamente.

Hay un viejo dicho: «Un barco en el puerto es seguro, pero no se construye para eso». Lo mismo ocurre con los seres humanos. Si la mera seguridad física es su «primera prioridad», puede evitar ciertos peligros, a corto plazo. Pero hay peligros a largo plazo, mucho más perjudiciales, en el sentido de que se corre el riesgo de no vivir nunca una vida plenamente humana.

Incluso los cristianos parecen estar debilitándose en este punto. Cuando C.S. Lewis escribió la primera de las historias de Narnia, El león, la bruja y el ropero en 1950, esa gran mente cristiana ya tenía una intuición sobre a dónde conducía el deseo de comodidad y seguridad:

«Aslan es un león, el León, el gran León,» explicó. «¡Ooh!» respondió Susan. «Pensé que sería un hombre. Acaso es, digamos… ¿seguro? Me siento algo nerviosa al pensar de conocer a un león.»… «¡¿Seguro?!» exclamó el Señor Castor… «¿Acaso se dijo algo sobre seguridad? Obviamente no es seguro. Pero él es bueno. Él es el Rey, te digo.»

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En última instancia, nuestras vidas están en las manos de Dios, lo que significa mucho mejor que en las nuestras. Pero mientras tanto, no sólo significa que podemos enfrentar todo tipo de amenazas, sino que tenemos la responsabilidad de hacerlo para ser lo que fuimos hechos para ser.

Al principio de la Divina Comedia, el personaje «Dante» se arrepiente de embarcarse en la gran peregrinación espiritual a la Visión Beatífica. San Pablo fue arrebatado al «tercer cielo» (2 Cor. 12:2), dice Dante a Virgilio, y Eneas fue al otro mundo (Eneida, Libro VI). Pero quién soy yo, dice, no soy Eneas ni Pablo. Estaban destinados a grandes cosas: construir la Iglesia, fundar Roma.

La respuesta de Virgilio (y de «Dante» el autor) es corta y perspicaz: «Si he entendido bien tus palabras/ …tu espíritu ha sido herido por la cobardía.» El viaje fuera de lo común, cómodo y seguro, incluyendo nuestras suposiciones cotidianas, es algo que todos debemos hacer, de una manera u otra. Es la forma en que Dios nos hizo a nosotros y al mundo.

Dante refuerza el punto unas líneas más tarde donde él y Virgilio se encuentran con una gran banda de almas condenadas, tan grande que comenta, «No había pensado que la muerte había deshecho a tantos». Su castigo, apropiado a sus pecados, es ser picados por avispas y moscas mientras corren tras una bandera blanca.

Estas son las almas no comprometidas y los ángeles «neutrales» que nunca se aventuraron a seguir a Dios o al diablo:

No tienen ni esperanza de la muerte, y es su ciega existencia tan escasa, que envidian de otros reprobos la suerte.
No hay memoria en el mundo de su raza: caridad y justicia los desdeña; ¡no hablemos de ellos; pero mira y pasa! (Inf. III 46-51)

En otras palabras, estos tristes seres se hicieron tan insignificantes que el Cielo (misericordia) y el Infierno (justicia) los desprecian por igual. Nunca estuvieron dispuestos a hacer el esfuerzo de entrar en el gran juego de la vida espiritual. Jugar a lo seguro fue la decisión más desastrosa de todas.

Entramos en la Cuaresma en dos días, un tiempo para la oración, el ayuno y la limosna – todo con el objetivo de entender mejor dónde estamos en nuestra vida espiritual, así como dónde tenemos que estar.

Estoy cada vez más convencido en estos días de que donde la mayoría de nosotros caemos no es en nuestra orientación básica hacia la bondad y la santidad. Es en tener el coraje de hacer lo que hay que hacer en privado, pero especialmente en público.

Los cristianos de China, África y Oriente Medio están siendo perseguidos hoy mismo -no pocos sufren un martirio declarado- y lo hacen sabiendo muy bien que su fidelidad y su muerte cambiarán poco. Pero de todas formas persisten.

Hay una escena conmovedora en la reciente película The Hidden Life. Franz Jägerstätter, un austriaco mártir bajo el nazismo, es instado por su propio párroco a hacer la profesión formal de lealtad a Hitler, que «todo el mundo sabe» no tiene sentido: «Tu sacrificio no beneficiará a nadie». En la cárcel, los fiscales le dicen que nadie sabrá nunca lo que ha hecho. Además, los aliados están cerca de derrotar a Alemania y el nazismo caerá pronto de todos modos. Firme el juramento de lealtad. No significa nada.

Pero esa gran alma sabía lo que significaba. Significaba renunciar a todo lo grande y bueno por una mísera seguridad.

Sobre el autor:

El Dr. Robert Royal es Editor en Jefe de “TheCatholicThing” y presidente del “Faith&ReasonInstitute” en Washington D.C. Su libro más reciente es “A DeeperVision: TheCatholic Intelectual Tradition in theTwentieth Century”, publicado por IgnatiusPress. “TheGodThatDidNotFail: HowReligionBuilt and Sustainsthe West”, ya está disponible en su edición de bolsillo de “EncounterBooks”.

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