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Literatura católica: el camino luminoso de la gracia

Literatura católica: el camino luminoso de la gracia

Miguel Sanmartín Fenollera, el 20.01.22 a las 6:51 AM
«La cosecha». Obra de Boris Vasilievich Bessonov (1862-1934).

«Dios debe estar contento de que uno ame tanto su mundo».

Robert Browning

«Persecución sin prisa, imperturbable, majestuosa inminencia».
Francis Thompson. El lebrel del cielo

Ya he hablado (aquí y aquí) de la forma, a menudo brutal, con la que muchos literatos católicos han abordado el impulso de las musas, especialmente los contemporáneos. Una crudeza que golpea el alma, que encontramos abundantemente en escritores como Graham Greene, François Mauriac o Flannery O´Connor. También expresé mi añoranza por la escasez de belleza en sus obras, aún cuando esta haya de venir acompañada, las más de las veces, de una sana melancolía, la propia del exiliado que realmente somos. El cardenal Newman lo expresó así:

«Creen que añoran el pasado, pero en realidad su añoranza tiene que ver con el futuro».

Pero también lo católico es vida, asombro, vitalidad exuberante y deslumbrante belleza. Chesterton es su más entusiasta embajador y así nos empuja con un ímpetu casi sobrenatural. «Éste fue mi primer problema: inducir a los hombres a comprender la maravilla y el esplendor de la vida y de los seres que la pueblan», explica. «Porque», nos sigue diciendo, «todo pasará, sólo quedará el asombro y sobre todo el asombro ante las cosas cotidianas».

Flannery O´Connor, explicando la forma y maneras de su arte, señaló que «a menudo, la naturaleza de la gracia solo puede aclararse al describir su ausencia». Tomando esta frase como modelo, podríamos decir que, en ese otro camino de la alegría y del asombro, la naturaleza de la gracia también puede aclararse describiendo su presencia y los efectos de su presencia. Esto es lo que hizo Evelyn Waugh en su obra Retorno a Brideshead (1945). El escritor inglés la definió como «la influencia de la gracia divina sobre un grupo de personajes muy diferentes entre sí, aunque estrechamente relacionados».

La novela quizá no sea plenamente luminosa y deslumbrante, pero contiene en su interior las ráfagas cegadoras de la gracia actuando sobre la naturaleza humana. Y el resultado de esa acción sobrenatural opera en una transformación: la conversión del protagonista. De hecho, el tratamiento del tema es, en ocasiones, subliminal y escasamente expresivo. El propio Waugh, en carta a su agente literario A. D. Peters, señalaba: «Espero que la última conversación con Cordelia dé una pista teológica. Todo está impregnado de teología, pero empiezo a estar de acuerdo en que los teólogos no lo reconocerán».

Años atrás, el cardenal Newman trató de llevar a cabo algo similar. Como hijo de su tiempo, Newman recelaba de la literatura porque pensaba que la lectura de novelas podría conducir a una preponderancia del sentimiento moral a expensas de la acción moral, pero al final la utilizó y le rindió homenaje. Porque, el cardenal es probablemente ––corríjanme si me equivoco––, el primer santo novelista. Escribió dos, Perder y ganar (1848), parcialmente autobiográfica, y Calixta (1855), de las que les hablé más extensamente aquí. Ambas obras tienen la misma temática, la experiencia de una conversión, aunque en diversos escenarios y tiempos: el Oxford de su época, la primera, y el Imperio romano de mediados del siglo III bajo las persecuciones del emperador Decio, la segunda. Y estas novelas fueron escritas por una razón. A través de estos relatos, el religioso inglés trató de hacer algo que no podía lograr con sus sermones, y menos con sus tratados teológicos y filosóficos. Sus novelas tienen el poder de mover a los lectores, independientemente de su fe, a sentir simpatía por los protagonistas conversos luminosos y positivos, e incluso a identificarse con ellos. Newman esperaba que esta simpatía eliminara los obstáculos emocionales a la conversión potencial del propio lector, que él conocía bien por haberlos sufrido.

Portadas de alguno de los libros aquí comentados.

He señalado que Chesterton es uno de los adalides de este estilo de hacer literatura católica. Y, cómo no, él no se detuvo en un simple elogio o en una mera apología, sino que predicó con el ejemplo y nos legó novelas en las cuales la gracia se pasea entre la alegría y el asombro. Una de ellas es Un hombre vivo (1912), un libro del que hablo más extensamente aquí, y que descansa en la siguiente idea, expresada en su Autobiografía (1936):

«Me inventé una teoría mística rudimentaria y provisional. Se podía resumir en que la mera existencia, reducida a sus límites más primarios, era lo bastante extraordinaria como para ser emocionante. Cualquier cosa era magnífica comparada con la nada (…). Era como si en el fondo del cerebro, por decirlo de alguna manera, se alentara una olvidada llamita o estallido de asombro ante la propia existencia. El objetivo de la vida artística y espiritual era excavar hasta encontrar aquel enterrado amanecer de asombro; de esa forma, un hombre sentado en una silla podía de repente ser consciente de que estaba vivo y ser feliz».

Siguiendo esta estela, un autor norteamericano poco conocido, Myles Connolly, escribió unos quince años después una historia de estas características titulada Mr. Blue (1928), de la que también hablé en una entrada anterior. Connolly nos presenta a un protagonista similar a san Francisco en medio de la urbe moderna, de una magnética personalidad y de un contagioso entusiasmo por el mundo.

Volviendo a la novela de Waugh, algo que llama poderosamente la atención en ella es la forma en que trata la cuestión de la gracia, una manera que podríamos calificar, al igual que su buena amiga Nancy Mitford, como «sutil e inteligente». Esta sutileza y sagacidad encuentra su máxima expresión en cómo la acción de la gracia se refleja en una sola frase de la novela, cuando, en sus últimas páginas, el escéptico capitán Ryder, tras entrar en la vieja capilla de la mansión de Brideshead, se dirige al lector diciendo: «Recé una oración, una fórmula de palabras antiguas, recién aprendida».

La explicación a esta forma de narrar podría descansar no solo en que la sutileza es una de las formas de operar de la gracia ––lo cual sería razón suficiente––, sino también en el tipo de audiencia a la que estaba dirigida la novela. Si atendemos al perfil cada vez menos religioso de los lectores de la época, muy probablemente un enfoque sentimental o didáctico no habría funcionado, aunque hubiera sido llevado a cabo con sutilidad o cuidado. El sentimentalismo habría abaratado la historia, y dejarse llevar por él hubiera sido ser infiel a la trascendencia del tema, mientras que el didactismo habría repelido a unos lectores a los que ya no se podía sermonear. Lo mismo podría decirse para el mundo de hoy de otras obras –escasas, cierto–– de las que hace reseña Joseph Pearce en este artículo titulado La mejor ficción cristiana contemporánea, y entre las cuales alguna guarda ciertas similitudes con Retorno a Brideshead.

En esta última obra el personaje central sobre el que pivota todo el relato (el capitán Charles Ryder) es un agnóstico, lo que facilita la inmersión en la historia del lector secular de nuestros tiempos. El mismo efecto tiene el suave desarrollo de la conversión a través de un largo y casi imperceptible proceso. Waugh, a través de un tratamiento delicado y gradual, consigue hacer que este acontecimiento, a pesar de ser el asunto de la novela, planee de fondo durante toda su lectura y que solo se revele, veladamente, en el final, como «una sorpresa sensacional», que diría Chesterton. Una conversión alejada de convulsos sucesos de naturaleza emocional, abrupta e impetuosa, como la de san Pablo, o mucho más recientemente, y en orden, la de Paul Claudel, André Frossard o la de nuestro Manuel García Morente, y más próxima a las de Chesterton, Newman o el poeta Manley Hopkins (la «convicción silenciosa», como la bautizó este último). Todo ello hace que el acontecimiento de la conversión sea más comprensible para el lector contemporáneo.

También hay quien ha visto una relación entre el objeto de la novela de Waugh (la forma de operar de la gracia) y un pasaje de Chesterton, en el que el escritor inglés parece lanzar un desafío a sus colegas de oficio:

«La historia ideal de detectives… no tiene por qué ser superficial. En teoría, aunque no comúnmente en la práctica, es posible escribir una novela sutil y creativa, de filosofía profunda y psicología delicada y, sin embargo, presentarlo en la forma de una sorpresa sensacional».

Quizá la sutileza de la que he hablado haga difícil ver como novela detectivesca, al menos a simple vista, a Retorno a Brideshead, pero no sería la primera vez que se identifica la acción salvadora divina como la de un misterioso detective que persigue a los pecadores para salvarlos. El maravilloso poema de Francis Thompson, El lebrel del cielo, perfectamente conocido por Waugh, es su ejemplo más notorio.

Sin embargo, esta forma de proceder tiene un precio. Su coste es que el mensaje cristiano pase desapercibido para muchos. Así ha ocurrido con estas obras, que a menudo han sido objeto de lecturas seculares, encomiables, pero ajenas a la trascendencia y profundidad de la acción de la gracia que palpita entre sus páginas. Pero, al mismo tiempo, nos muestran que hay otro camino para la literatura católica. Un camino luminoso, esperanzador y bello del que he tratado de hacer un esbozo. Y en este mundo tan sombrío y hostil, creo estamos obligados a mostrárselo a nuestros chicos.

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