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El que pierda su vida por mí, la salvará. Marcos 8, 34–9, 1. Pedro Damián, Santo.

VirgendelTepeyac Para meditar ♦ Nuestra fe en Cristo Jesús y nuestra pertenencia a su comunidad cristiana, se podrían quedar también en puras palabras si no les sigue una vida coherente. Si hablamos …More
VirgendelTepeyac Para meditar ♦ Nuestra fe en Cristo Jesús y nuestra pertenencia a su comunidad cristiana, se podrían quedar también en puras palabras si no les sigue una vida coherente. Si hablamos mucho de “amor”, “democracia”, “comunidad” y “derechos humanos”; si nos sentimos orgullosos de ser “buenos cristianos”, “religiosos” y “creyentes”, pero luego en la práctica no nos portamos como hermanos o como cristianos, nuestras palabras son vacías. Como si al que tiene frío solo se nos ocurre decirle “caliéntate, hermano” y no le proporcionamos ninguna manta. No es que las obras salven. El que salva es Dios. Pero la salvación que él nos da exige una acogida activa. En el salmo se nos hace repetir: “Dichoso quien ama de corazón los mandatos del Señor”, pero luego eso tiene una traducción práctica: “Dichoso el que se apiada y presta y administra rectamente sus asuntos”. Para que no nos quedemos en palabras, también nosotros hemos de recordar lo que nos enseñó Jesús: “No el que dice: Señor, Señor, sino el que cumple la voluntad de mi Padre” (Mt 7, 21). ♦ Seguir a Cristo comporta consecuencias. Por ejemplo, tomar la cruz e ir tras Él. Después de la reprimenda que Jesús tuvo que dirigir a Pedro, como leíamos ayer, porque no entendía el programa mesiánico de la solidaridad total, hasta el dolor y la muerte, hoy anuncia Jesús con claridad, para que nadie se lleve a engaño, que el que quiera seguirle tiene que negarse a sí mismo y tomar la cruz, que debe estar dispuesto a “perder su vida” y que no tiene que avergonzarse de Él ante este mundo. Es una opción radical la que pide el ser discípulos de Jesús. Creer en Él es algo más que saber cosas o responder a las preguntas del catecismo o de la teología. Es seguirlo existencialmente. Jesús no nos promete éxitos ni seguridades. Nos advierte que su Reino exigirá un estilo de vida difícil, con renuncias, con cruz. Igual que Él no busca el prestigio social o las riquezas o el propio gusto, sino la solidaridad con la humanidad para salvarla, lo que le llevará a la cruz, del mismo modo tendrán que programar su vida los que lo sigan. ♦ Las actitudes que nos anuncia Jesús como verdaderamente sabias y productivas a la larga son más bien paradójicas: “Que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz, que pierda su vida”. No es el dolor por el dolor, o la renuncia por masoquismo: sino por amor, por coherencia, por solidaridad con Él y con la humanidad a la que queremos ayudar a salvar. Es la respuesta de Jesús a la actitud de Pedro –y de los demás, seguramente– cuando se da cuenta de que sí están dispuestos a seguirle en los momentos de gloria y aplausos, pero no a la cruz. Para reflexionar ● ¿Reconocemos en los hermanos necesitados una preciosa oportunidad que Dios nos brinda para poder realizar obras que nos dispongan a acoger la salvación? Oración final Señor Jesús, tú nos enseñas que el objetivo de la vida es el compartir. Danos la gracia de vivir nuestra fe en ti entregando nuestra vida hasta las últimas consecuencias. Amén.