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Ascesis del entendimiento

Ascesis del entendimiento

José María Iraburu, el 25.05.20 a las 10:15 AM

–Yo conozco bien la doctrina cristiana, y distingo con facilidad lo bueno y lo malo, lo que tengo que hacer o evitar. Lo que me falla no es el entendimiento, sino la voluntad.
–Está usted muy herrado (perdón, quítele la h). Eso que me dice me confirma en la necesidad de la ascesis del entendimiento. Usted falla en entendimiento, memoria y voluntad. Tres facultades, en una sola persona, que están muy vinculadas entre sí.

Ya traté de la (537) ascesis de la memoria y (594) de la voluntad. Veamos ahora (595) la del entendimiento.

–Estado lamentable del entendimiento (la razón)

La mente del hombre es un oscuro caos
, ambiguo, desordenado, confuso, contradictorio muchas veces, cerrado para la captación de ciertas verdades y abierto a los diversos influjos erróneos imperantes en el mundo. La máxima oscuridad del entendimiento se da en los apóstatas: perdida la fe, se extravía la razón. Queda peor que en los paganos. Corruptio optimi pessima. (Véase la imagen superior).

Sólo la fe puede sanar e iluminar el entendimiento. La fe es la facultad espiritual, la virtud teologal, que el Espíritu Santo infunde en el entendimiento o razón, y que nos hace participar en modo cualitativamente nuevo en la sabiduría de Dios, autor de la razón y de la fe. El cristiano ha de vivir de la fe; pero cuántas veces está débil o atrofiada, rigiéndose por las inclinaciones de los sentimientos o por la mera razón natural, muy vulnerable al error, sobre todo a los errores más generalizados en su mundo. ¿Qué hay en el «cajón de sastre» de nuestra cabeza?…

–Hay en nosotros criterios naturales sobre temas generales, convicciones operativas, cuya validez no solemos poner en duda: modos humanos e históricos de entender valores como salud, igualdad, autoridad, trabajo, etc. El temperamento personal y el ambiente influyen muchas veces en la conformación de esas ideas de modo decisivo. Generalmente no han sido producidas por la propia razón, sino por nuestras propias inclinaciones personales, y también por absorción acrítica de las ideas predominantes en nuestro medio.

–Hay en nosotros criterios naturales sobre temas concretos, por ejemplo, «yo necesito tanto tiempo de sueño, de lectura, de vacaciones», «es necesario que yo siga al frente del negocio», «yo no valgo para discurrir, para hablar en público, para…» Tales convicciones, que –como las anteriores– tantas veces son falsas o al menos inexactas, suelen funcionar de hecho como axiomas indiscutibles. Al tenerse por necesidades reales e inamovibles, ni se intenta siquiera modificarlas. Se consideran datos personales fijos.

–Hay en nosotros criterios sobrenaturales mal entendidos, oscuramente captados, con un poco de verdad y abundante error. Este sacerdote, por amor a la pobreza evangélica, emplea muchas horas trabajando manualmente, y le queda poco tiempo y ánimo para sus ministerios más propiamente apostólicos. Aquella religiosa o este seglar entienden que «encarnarse» y «hacerse todo a todos» significa secularizar y mundanizar sus modos de vida. Criterios espirituales mal entendidos.

–Hay en nosotros criterios sobrenaturales impedidos, que están bloqueados por otros criterios contrarios que se muestran más fuertes y operativos. Este piensa que hay que dedicar tiempo a la oración, pero también piensa que hay mucho que hacer, y apenas halla tiempo para orar. Este sacerdote aprecia mucho la pobreza. Pero su realización queda impedida por un aprecio aún mayor a su salud psicosomática. Y para cuidar de ésta, se hace una casita de descanso en la playa. Criterios espirituales impedidos, inertes.

–Finalmente, faltan en nosotros ciertos criterios sobrenaturales. Aquí no se trata ya de criterios mal entendidos o impedidos, sino de convicciones que, simplemente, están ausentes de nuestra cabeza por ignorancia o por olvido; pero que en el Evangelio están bien claramente presentes. Son criterios espirituales de los que ni siquiera nos hemos enterado, como no sea en forma meramente teórica.

El «no os precupéis» (Mt 6,31), por ejemplo, es un mandato muy claro de nuestro Señor Jesucristo, y muy coherente con la condición filial divina del cristiano y con la fe en la Providencia. Pero no pocos cristianos se permiten habitualmente, sin cargo alguno de conciencia, verdaderas orgías crónicas de preocupación, sobre algo que la voluntad quiere con apego. E incluso consideran un elogio calificar a alguno como «hombre muy preocupado» por la educación de sus hijos o por lo que sea. Faltan en el entendimiento muchos criterios de la fe, que no suelen ser negados de modo consciente, sino que nacen de la ignorancia o de la mala formación o del total olvido. Mortificación, pobreza, ángeles, oración litúrgica, frecuencia de sacramentos, limosna, etc. son para muchos, según personas y ambientes, palabras por completo vacías de contenido real, valores totalmente ausentes del entendimiento de su vida espiritual.

Así está nuestra mente.

–Apego a los propios criterios

Y lo peor del caso es que a nada suele estar el hombre tan apegado como a sus propias ideas
. La misma persona que se muestra frecuentemente descontento de su cuerpo, de su memoria, de su voluntad, e incluso lo declara quizá con una cierta satisfacción –«tengo una pésima memoria»–, suele estar en cambio contento de su entendimiento: estima que piensa lo que se debe pensar de esto y lo otro, y que a él el error y la mentira no lo engañan fácilmente.

Qué espanto. Díganle a un estudiante, muy exigente y reivindicativo en la justicia social, que si no dedica cada día al estudio el tiempo debido es un vago y un parásito asocial. Dígale a su hermana querida, con la que tiene mucha confianza, que su modo de vestir es claramente indecente, no sólo cuando va a la piscina, sino siempre y en todo lugar; y si alega que «así van todas», sepa que ese criterio gregario es pésimo, y que se guíe por su propia razón y fe. Dígale a su padre que no ande cambiando de coche cada dos o tres años; que si le sobra el dinero, lo emplee en más altos fines. Díganle a este matrimonio amigo que con la anticoncepción sistemática están destruyendo su unión conyugal y pecando gravemente. Etc…. ¿Le harán caso? Los apegos desordenados del entendimiento a sus propios pensamientos son muy muy fuertes.

Pero Cristo vino al mundo «para dar testimonio de la verdad»
(Jn 18,37), y los cristianos hemos de hacer nuestra su misión, asistidos por su gracia. La Palabra de Cristo, comunicada a nuestros prójimos con bondad y caridad, y con mucha oración de petición previa y posterior, es más fuerte que las mentiras del diablo y del mundo.

–El prestigio de la ignorancia

El relativismo y el agnosticismo
son una enfermedad mental muy característica del mundo actual, y concretamente en el campo religioso hace estragos. Gozan de un considerable prestigio de sabiduria, incluso entre personas que ni son agnósticas ni relativistas; pero que siguen la moda. «Yo sólo sé que no sé nada», «Todo es relativo», «Desconfío totalmente de las personas llenas de certezas: me revientan», «La verdad no es algo fijo e intemporal, sino que puede –debe– ir cambiando con la evolución de la humanidad». Por tanto, fuera dogmas y principios axiomáticos (puro modernismo, pensamiento débil). «El camino de la verdad es la duda metódica»…

En el campo religioso, el no creyente que se declara relativista o agnóstico (= el que niega el conocimiento), cierra herméticamente su entendimiento a la verdad, y por tanto a Cristo, que es la verdad (Jn 14,6). Por eso, en una predicación o en una clase, si los oyentes padecen de relativismo y agnosticismo, lo primero es sanarles de su enfermedad mental, para poder enseñarles la verdad. Si se resisten a la sanación, lo mejor es dejarlos. «“De la ciudad donde no os reciban, salid y sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos”. Partieron y recorrieron las aldeas evangelizando y curando por todas partes» (Lc 9,5).

Cuando en clase iniciaba yo la exposición de un tema teológico, no era raro que algún alumno más inteligente de lo normal –al menos a su juicio– se levantase con permiso y objetase con cierto orgullo: «Yo en eso tengo una duda»; y la exponía. A veces yo le respondia: «Lo que tiene usted no es propiamente una duda; es simplemente ignorancia. Déjeme que explique el tema por completo, y si le queda alguna duda, me la dice entonces». Si a mí mismo, por ejemplo, me preguntan sobre la equisetopsida no deberé manifestar mis dudas, sino que declararé mi total ignorancia. Si la estudiase a fondo, quizá me surgieran algunas dudas.

–El desprestigio de la doctrina

El desprestigio de la doctrina es hijo natural del prestigio de la ignorancia.
El agnosticismo (no conocimiento) y el relativismo son hermanos inseparables, y tienen por amigo al irracionalismo. Son una peste que enferma el entendimiento gravemente, y que entró en parte de la Iglesia por influjo del protestantismo luterano y del modernismo.

Lutero afirmó, partiendo de la corrupción total del hombre por el pecado original, que «la razón es la grandísima puta del diablo, una puta comida por la sarna y la lepra». El modernismo es agnóstico, pues «la razón humana está rigurosamente encerrada en el círculo de los fenómenos» (enc. Pascendi, San Pío X, 1907, nº 5). La verdad, la doctrina, los dogmas, pueden y deben cambiar bajo el impulso de la evolución (números 10-11, 22, 24-25, 37).

Hoy el hombre que declara certezas queda automáticamente clasificado como un tonto, como un tarado mental, como un ciclista con piñón fijo. Y más aún si se declara tomista. Sin embargo, hace ya siglos, Santo Tomás de Aquino ha sido declarado por la Iglesia como maestro principal en filosofía y teología, y también en el siglo XX (Vat.II, Optatam totius 16). La formación sacerdotal ha de hacerse «teniendo principalmente como maestro a Santo Tomás» (Código Derecho Canónico 252). En consecuencia [sic], se ha abandonado casi totalmente a Santo Tomás en la formación de sacerdotes y laicos.

El desprestigio de la razón y la alergia modernista a la doctrina cierta, han prevalecido en muchos Seminarios y Facultades, en los que el nivel intelectual y doctrinal ha bajado varios pisos. También se ha producido ese descenso en los laicos, tanto en la catequesis como en los movimientos. Es frecuente la formación deliberadamente adoctrinal, relativista, mala o simplemente inexistente. Los círculos de estudio, las lecturas de los grandes Maestros espirituales, el estudio mismo, han sido sustituídos muchas veces por las puestas en común de reuniones abiertas, en las que los participantes van dando sus opiniones subjetivas, discutiéndolas entre sí: «¿Qué es para ti la oración?… ¿Qué entiendes por pobreza evangélica?», etc. Una pedagogía de la fe que hace pensar en la nada con sifón. Cristianos totalmente desarmados frente a las agresiones intelectuales y mentiras del mundo, más fuertes que nunca. Cristianos que con frecuencia perderán la fe y se hundirán en el mundo por la apostasía. El diablo, padre de la mentira, hará cuanto pueda para que en esta vida les vaya bien.

La lectura espiritual tiene una fuerza muy grande para purificar nuestro entendimiento de tantos errores que padece y para iluminarlo, confortarlo y entusiasmarlo con las grandes verdades de la fe cristiana.

–Los pensamientos y caminos nuestros difieren mucho de los de Dios (Is 55,8).

Esto es evidente. Que no sepamos esto o lo otro, o que estemos equivocados en algo concreto, no es cosa que tenga mayor importancia. Lo grave es que estemos apegados a nuestros modos de pensar. ¿Cómo podrá el Señor modificar nuestros pensamientos si estamos torpemente convencidos de su validez? ¿Cómo podrá el Espíritu Santo iluminarnos y movernos «hasta la verdad completa» (Jn 16,13), si nuestra mente permanece aferrada a sus propias ideas y juicios? ¿Cómo podrá hacer un hombre nuevo, según la lógica del Logos divino, si el hombre carnal ni siquiera acepta poner en duda sus viejos criterios lamentables?

Muchos hay que no ven siquiera la necesidad de una ascesis del entendimiento. Es un tema que San Juan de la Cruz desarrolla admirablemente (Subida al Monte Carmelo. Noche activa del espíritu. Libro II. El entendimiento). Pero en los libros de espiritualidad suele estar ausente. Se centran en la ascesis de la voluntad, ignorando en gran medida la ascética del entendimiento y de la memoria. Dan por supuesto que quienes viven la vida espiritualidad cristiana conocen la doctrina ortodoxa, que piensan bien, y que sus fallas están en la voluntad. Craso error.

No ven que para poder decir «nosotros tenemos el pensamiento de Cristo» (1Cor 2,16) es necesario oración, meditación, estudio, libertad del mundo, victorias sobre los pecados, humilde consulta. Tampoco ven que la configuración de la propia mente a la mente de Cristo tenga especial importancia: basta con hacer lo que él manda, sin que importe pensar o no como él. Pero ¿cómo será posible actuar como Cristo –imitarle, seguirle– si se piensa diferente de lo que piensa Cristo? Y además ¿cómo podrá el cristiano «entenderse», tener amistad, con Cristo, si en tantas cosas piensa lo contrario de lo que él piensa, enseña y manda? El hombre, para ser cristiano, ha de configurarse con Cristo, por obra del Espíritu Santo, en el entendimiento, la memoria, la voluntad y los sentimientos: «tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús» (Flp 2,5).

No se dan cuenta éstos del daño enorme que una idea falsa o inexacta, no iluminada por la fe, puede causar en la vida propia o en la de los demás.

Un rico con una idea falsa de sus deberes; un sacerdote que no conoce bien su misión apostólica; una joven que, por una idea mundana imperante, menosprecia el trabajo en el hogar; un padre, autoritario o permisivo, según la época, que plantea mal la educación de sus hijos; una persona que proyecta mal su vida porque tiene una idea equivocada de sus propias facultades –cree, por ejemplo, que tiene dotes de pintor como para dedicarse a la pintura, y ciertamente no es así, y así se lo dicen personas entendidas que lo estiman; pero él alega que no entienden su arte–; un terrorista que considera sus crímenes como obras meritorias e incluso heroicas… ¿Cuánto daño pueden hacer y cuánto bien pueden omitir? ¿Cuántas barbaridades puede hacer la voluntad, «con la mejor intención», siguiendo los errores que infectan y oscurecen su entendimiento, aferrado a sus propios juicios?

–La conversión profunda del hombre comienza por la fe, es una metanoia

La conversión implica un cambio y una superación de la propia mente
(meta-nous, Mt 3,8; +Rm 12,2). En toda clase de conocimiento intelectual, en las percepciones sensibles, en las imaginaciones naturales o sobrenaturales, en todo puede haber impedimento y engaño para unirse a Dios, si el hombre carnal se apega a cualquiera de estos modos de conocer o sentir (2Subida 11-32).

En efecto, «todo lo que la imaginación pueda imaginar y el entendimiento recibir y entender en esta vida no es ni puede ser medio próximo para la unión con Dios, porque todo lo que puede entender el entendimiento y gustar la voluntad y fabricar la imaginación es muy disímil y desproporcionado a Dios. Para llegar a él [el hombre]antes ha de ir no entendiendo que queriendo entender, y antes cegándose y poniéndose en tiniebla que abriendo los ojos para llegar más al divino rayo. De la misma manera que los ojos del murciélago se han con el sol, el cual totalmente le hace tinieblas, así nuestro entendimiento se ha a lo que es más luz en Dios, que totalmente nos es tiniebla. Y más: cuanto las cosas de Dios son en sí más altas y más claras, son para nosotros más ignotas y oscuras» (2S 8,4-6). Los pensamientos del hombre viejo no valen nada, si no están iluminados por la fe, que nace de Escritura, Tradición y Magisterio apostólico (Vat. II, Dei Verbum 10).


–Sólo la fe es el medio intelectual apto para vivir en Dios

Sólo la luz sobrenatural y divina de la fe es fidedigna en las cosas espirituales
. «El justo vive de la fe» (Rm 1,17); «la fe es por la predicación, y la predicación por la palabra de Cristo» (10,17), Por eso en estas cuestiones espirituales «cuanto menos obra el alma con habilidad propia va más segura, porque va más en fe» (2S 1,3). Si un cristiano se obstina, por ejemplo, en discurrir y estudiar con su entendimiento el modo de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, es fácil que pierda el tiempo que, con mejor provecho, dedicara a contemplar y adorar con fe y caridad a Cristo en el sacramento.

«El ciego, si no es bien ciego, no se deja guiar bien del mozo de ciego, sino que, por un poco que ve, piensa que por cualquier parte que ve por allí es mejor ir, porque no ve otras partes mejores, y así puede hacer errar al que le guía y ve más que él, porque, en fin, puede mandar más que el mozo de ciego; y así el alma, si estriba en algún saber suyo o gustar o saber de Dios, como quiera que ello (aunque más sea) sea muy poco y disímil de lo que es Dios para ir por este camino, fácilmente yerra o se detiene, por no quererse quedar bien ciega en fe, que es su verdadera guía» (2S 4,3).

No valen razonamientos o imaginaciones, que a los principiantes son necesarios para ir enamorándose del Señor, y así les «sirven de medios remotos para unirse con Dios, pero ha de ser de manera que pasen por ellos y no se estén siempre en ellos, porque de esa manera nunca llegarían al término, el cual no es como los medios remotos ni tiene que ver con ellos; así como las gradas de la escalera no tienen que ver con el término y estancia de la subida, para lo cual son medios, y si el que sube no fuese dejando atrás las gradas hasta que no dejase ninguna y se quisiese estar en algunas de ellas, nunca llegaría ni subiría a la llana y apacible estancia del término. Por lo cual, el alma que hubiere de llegar en esta vida a la unión de aquel sumo descanso y bien, por todos los grados de consideraciones, formas y noticias, ha de pasar y acabar con ellos, pues ninguna semejanza ni proporción tienen con el término a que encaminan, que es Dios» (2S 12,5).

Sucede en esto algo curioso: lo no-razonable nunca procede de Dios ni ayuda a conocerle, pues Él es autor de la razón, como lo es de la fe (por ejemplo, gastar en lo superfluo careciendo de lo necesario); pero lo razonable muchas veces tampoco viene de Dios (por ejemplo, una forma razonable de entender la pobreza evangélica no es de Dios, que nos da por ls fe un medio mucho más cierto y profundo de la verdera pobreza evangélica ). Y es que la fe sobrenatural está por encima de la razón, es sobrehumana, sube más allá de la razón, y es algo razonable sólo desde un punto de vista absolutamente nuevo (por ejemplo, si miramos el misterio de la pobreza de Cristo; «ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por amor a nosotros, para enriquecernos por su pobreza», 2Cor 8,9).

No valen locuciones, visiones o revelaciones privadas. Mal camino llevan quienes, menospreciando la Revelación divina y la fe, andan siempre buscando luz en señales extraordinarias, presuntos milagros o libros de revelaciones (2S 11-12, 16-32). No hay que pedirle a Dios más luz que la que nos dio en Jesucristo, que «como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya –que no tiene otra–, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar» (22,3).

Todas esas visiones, locuciones o noticias, «ahora sean de Dios, ahora no, muy poco pueden servir al provecho del alma para ir a Dios si el alma se quisiese asir a ellas; antes, si no tuviese cuidado de negarlas en sí, no sólo la estorbarían, sino aun la dañarían harto y harían errar mucho» (26,28). Por tanto el alma debe «desviar los ojos de todas aquellas cosas, y desnudar el apetito y espíritu de ellas para ir adelante» (22,19); «ha de haberse puramente negativa en ellas, para ir adelante por el medio próximo, que es la fe. No ha de hacer archivo ni tesoro el alma, ni ha de querer arrimarse a ellas, porque sería estarse con aquellas formas, imágenes y personajes, que acerca del interior residen, embarazada, y no iría por negación de todas las cosas a Dios» (24,8).

Y no tenga cuidado temiendo que de este modo pueda quedar la mente vacía y como atontada, rechazando ideas y cuestiones que quizá Dios quería comunicarle, y que las deja por el olvido, «pues, de estas cosas que pasivamente se dan al alma siempre se queda en ella el efecto que Dios quiere, sin que el alma ponga su diligencia en ello» (26,18).

* * *

–La ascesis del entendimiento

1.–La oración. Como toda ascesis cristiana, la del entendimiento lleva siempre por delante, como una proa, la oración de petición. Y con ella, la oración meditativa, la de María, que «guardaba todas estas cosas en su corazón y meditaba acerca de ellas» (Lc 2,19). –Señor, «creo; ayuda a mi fe, aunque sea poca» (Mc 9,23); «envía tu luz y tu verdad, que ellas me guíen» (Sal 43,3). Si no hay oración suplicante y meditativa, es imposible la purificación y la iluminación del entendimiento en la fe y en los dones sapienciales del Espíritu Santo: consejo, ciencia, entendimiento y sabiduria.

«Padre de bondad, que por la gracia de la adopción nos has hecho hijos de la luz, concédenos vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad. Por JCto. nuestro Señor» (T. Ordinario, dom. 13).

Orar –pedir y contemplar– es la condición primera para tener lucidez sobrenatural. Pero también seleccionar bien el alimento del alma, especialmente lo que se lee. En las lecturas espirituales ha de prestarse sin duda una atención preferente a Biblia, Magisterio, liturgia, enseñanzas de autores recibidos por la Iglesia, vidas y escritos de santos. No debe el cristiano atracarse de palabra humana –charlas, periódicos, televisión–, porque cebados en ella, queda así luego incapacitado para captar la Palabra divina.

Es preciso también que confrontemos con el Evangelio nuestro pensamiento, no sólo nuestra conducta. Y que cuidemos mucho de no acomodar el Evangelio a nuestros modos de pensar, o de no seleccionar de él lo que nos confirma, desechando el resto, o de no entenderlo según el pensamiento mundano. «No os conforméis a este siglo [ni en el pensar ni en el obrar], sino transformáos por la renovación de la mente [metanoia], procurando conocer cuál es la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta» (Rm 12,2).

Hemos de abrirnos a lo que Dios nos diga incondicionalmente: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1Sam 3,10). Y cuando una palabra de Dios no nos diga nada, será quizá la que más nos falta y necesitamos asimilar. Hemos de acercamos a la zarza ardiente del pensamiento de Jesucristo descalzándonos, conscientes de que entramos en tierra sagrada.

Obre Jesucristo en nosotros como lo hizo con los discípulos de Emaús. «¡Hombres sin entendimiento y torpes de corazón para creer!… Y comenzando por Moisés y por todos los profetas les fue declarando cuanto a Él se refería en todas las Escrituras». Y ellos más tarde, ya solos: «¿No ardían nuestros corazones mientras en el camino nos hablaba y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,25-32). Haga Cristo con nosotros como con ellos: es propio del maestro explicar a los discípulos lo que no entienden.

2.–Examinar humildemente el entendimiento propio. ¿Esto que yo mantengo tan apasionadamente… cómo lo fundamento en Evangelio, razón o experiencia? ¿Me doy cuenta de que hablar –o pensar– con seguridad sobre temas que en realidad se ignoran es una forma de mentir?

En criterios naturales: ¿tendrá el trabajo la primacía tal como yo lo entiendo? Otras personas fidedignas lo ven de otro modo –o en otra época se pensó muy distinto–. ¿De verdad estará Dios conforme con lo que yo pienso de mi trabajo, sueño, ocio, consumo, guardar ahorros, modo de distribuir el tiempo, etc.?

En criterios espirituales debemos partir de que nos faltan muchos; muchos pensamientos de Cristo nos son perfectamente extraños, olvidados o simplemente ignorados. ¿Por qué tal idea evangélica «no me dice nada»? ¿Cómo es que sobre una cierta enseñanza de la fe no quiero ni pensar en ella, ni darme por enterado? ¿Qué medios pongo habitualmente para conocer cada vez más a Cristo y sus enseñanzas, y para configurar más mi pensamiento al suyo?

Tantas cosas de la fe ignoramos… Pero respecto a lo que ya conocemos: ¿tiene mi criterio (por ejemplo, sobre la limosna debida) claridad y certeza, o es un pensamiento vago y temperamental, cambiante según nuestras apetencias, no verificado en meditación, estudio y consulta? ¿Tal criterio está armónicamente integrado con otros, que también son de fe (pobreza con caridad, con prudencia, con sentido de cruz)? En fin ¿ese criterio está vivo y operante en mí, o queda en mera teoría, bloqueado por otros criterios que tienen más fuerza y vigencia? ¿Y cuáles son éstos?… Lo malo es que muchos prefieren cualquier cosa antes que pararse a pensar. Prefieren seguir caminando. Se conforman con caminar. Pero no verifican la dirección de su marcha; quizá porque no se atreven a hacerlo.

3.–Abrir la mente al prójimo. Atención respetuosa a los que saben, que Dios los puso para enseñarnos. Atención humilde a los que no tienen estudios, pero tienen especial sabiduría de Dios (Lc 10,21). Docilidad incondicional a la verdad, venga de donde viniere –siempre procederá del Espíritu Santo–. Escuchar de verdad lo que con palabras, a veces poco exactas, o con obras, más elocuentes, nos está diciendo tal hermano. El salmista nos asegura: «contemplad al Señor y quedaréis radiantes» (33,6). También sucederá eso si lo contemplamos con amorosa atención en su imagen, que es el hombre.

–Crezca en la fe el entendimiento del cristiano

Hemos de crecer en el entendimiento de Cristo y de sus doctrinas
, pidiéndolo al Espíritu Santo, que quiere «guiarnos hacia la verdad completa» (Jn 16,13); procurándolo por el estudio, la meditación, las lecturas, el vencimiento de nuestros pecados, el crecimiento de las virtudes. San Pedro las enumera y dice: «Si éstas tenéis y en ellas abundáis, no os dejarán ociosos ni estériles en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo», porque nos dan connaturalidad con Él. «Pero el que de ellas carece es muy corto de vista, es un ciego que ha dado al olvido la purificación de sus viejos pecados» (2Pe 1,8-9).

Nuestro entendimiento, sanado y elevado por la fe y los dones del Espíritu Santo, debe crecer siempre en el conocimiento de la Revelación divina,

*para crecer en el amor a Dios:

Nihil volitum quin praecognitum. Cuanto más se conoce a Dios, más se le ama. Y cuanto más se le ama, más se le conoce.

*para librarnos de las mentiras del diablo y del mundo con facilidad y prontitud:

Creced en «la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, de tal modo que ya no seamos como niños, que fluctúan y se dejan llevar de todo viento de doctrina por el engaño de los hombres… sino que, al contrario, abrazados a la verdad, en todo crezcamos en la caridad, llegándonos a aquel que es nuestra cabeza, Cristo» (Ef 4,13-15)… «No andéis ya, como es el caso de los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios, con el pensamiento a oscuras y ajenos a la vida de Dios» (4,17-18)… Cuanto más evangelizado está nuestro entendimiento, con más lucidez conocemos los errores diabólicos del mundo, y más fuertes estamos en la fe para rechazarlos y denunciarlos.

*para que crezca en nuestro apostolado la potencia evangelizadora:

El cristiano iluminado por el Espíritu Santo, y por Él fortalecido en virtudes y dones, alcanza a ser realmente un hombre luminoso en Cristo, que ilumina con su vida y su palabra. La Luz ilumina por su propia naturaleza radiante, sin necesidad de que le enseñen a iluminar en cursillos pastorales y con métodos especiales. El entendimiento del cristiano que vive de la fe, ilumina por exigencia de su propia naturaleza, como la Luz.

«Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14). «Todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día: no lo sois de la noche ni de las tinieblas» (1Tes 5,5). La fe y la caridad, virtudes teologales, perfeccionadas en su ejercicio por los dones del Espíritu Santo, hacen posible esa gloriosa maravilla sobrehumana que nos transfigura en Cristo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12; 9,5).

Ascesis y mística del entendimiento.

José María Iraburu
, sacerdote

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