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De la sana rebelión contra las lecturas sesgadas

De la sana rebelión contra las lecturas sesgadas

Miguel Sanmartín Fenollera, el 2.06.20 a las 4:57 PM

Alonso Quijano entre sus libros. Obra de José Segrelles (1885-1969).

«Si los padres desean preservar la infancia de sus hijos deben concebir la crianza como un acto de rebelión contra la cultura».

Neil Postman

«Los varones prudentes, las repúblicas bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las espadas y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, por defender la fe católica».

Miguel de Cervantes. El Quijote, II, XVII

Vaya por delante que no soy miembro de la academia. No puedo presentar, por lo tanto, credenciales acreditados de mis conocimientos en relación con la materia que aquí trato. Esta no es ninguna declaración sorpresiva para aquellos que me siguen, aunque sea esporádicamente. No he pretendido ni pretendo pasar por un erudito o un estudioso. Ni siquiera en la forma de un estudioso atípico y rebelde frente a la estructura preestablecida por gran parte de los académicos de hoy (lo que podríamos denominar, en parodia de la neolengua, la «casta» académica), y ello, aunque hoy se haya llevado esta cuestión más allá, mucho mas allá de lo sensato.

Pero no, mis pretensiones son mucho más modestas. Soy un simple aficionado a la lectura y un padre de familia católico que trata de ser coherente con lo que cree ser su más grande misión en esta vida: educar a sus hijos en la bondad, la belleza y la verdad.

Lamentablemente, esta labor es cada día más dura y difícil en el mundo que nos ha tocado vivir, si bien es cierto que no podemos volverle la espalda. Está ahí fuera y, lo queramos o no, influye en nuestras vidas. Una de las maneras en las que lo hace es a través del ambiente que nos rodea. A nuestro alrededor, flotando entre nosotros, pululan las ideas maestras que rigen este mundo. El «Zeitgeist» lo llaman los germánicos. El espíritu de nuestro tiempo es como lo conocemos nosotros. Y este espíritu lo impregna todo, contaminando los más pequeños de nuestros pensamientos e impulsando, más o menos según cada uno, todas y cada una de nuestras acciones. Y, paradójicamente, en su mismo centro está la falta del verdadero espíritu, que es el espíritu de Dios. Esto lo embebe todo y hace que todo sea percibido bajo una lente que deforma la realidad. No solo vemos, por naturaleza, como a través de un espejo, borrosamente (I Corintios, 13-12), sino que este espejo ha sido deformado, como los espejos cóncavos y convexos de las ferias de antaño. El cinismo y la desesperanza se unen hoy al natural subjetivismo propio de todo hombre. Y el resultado es el fatal extravío del hombre, apartado de Dios y de todo aquello que Él creó.

Los libros, la lectura de los libros, no son ajenos a este «Zeitgeist». Hay, lo queramos o no, una «lectura ortodoxa» de la que es difícil escapar. Por eso es urgente sacudirse ese espíritu maledicente y rebelarse contra él.

Un ejemplo de ello lo encontramos en nuestro gran Miguel de Cervantes y su magnífico Quijote (El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, 1605/1615). Nuestra mayor gloria literaria.

Supongamos que pudiéramos encontrar a un hombre puro, a un hombre roussoniano o robinsoniano, a un hombre supuestamente natural, y por lo tanto, ajeno al «Zeitgeist» de que hablamos, alguien que desde el primer momento de su existencia no hubiera respirado ni un ápice de ese aire contaminado y tóxico, un John el salvaje de Un Mundo Feliz (1932) de Aldous Huxley, un nuevo Adán, por lo que se refiere a su inocencia original, (perdóneme Nuestro Señor ––el único «nuevo Adán»––). Imaginemos que tras darle a ese hombre unas nociones básicas de qué es el cristianismo y la historia de la Salvación, desde el Génesis al Apocalipsis, le ofreciésemos leer El Quijote. Creo, sin duda alguna, que la idea que él extraería de esa lectura sería la de un libro escrito por un cristiano, en el que se relata una historia protagonizada por cristianos en un mundo cristiano. Tal y como así fue, por cierto.

Cervantes nació en una devota familia católica. Fue bautizado el 9 de octubre de 1547, bajo el patrocinio de San Miguel, el arcángel protector contra las acechanzas de Satanás. Nomen omen est, como a los romanos les gustaba decir: «Tu nombre es tu destino». Y así fue con Miguel de Cervantes. La preferencia de sus padres por San Miguel sugiere una fe viva presente en la familia. Y un breve examen a esa familia así nos lo muestra: su hermana Luisa de Belén se convirtió en priora carmelita y sus otras dos hermanas, Andrea y Magdalena, entraron en noviciados laicos en la Venerable Orden Tercera de San Francisco, al igual que el propio Cervantes en sus últimos días, tras pasar por la Hermandad de los Esclavos del Santísimo Sacramento del Olivar. Su única hija, Isabel, ingresó en la Orden Trinitaria. Finalmente, su hermano Rodrigo luchó junto a él, en defensa de su credo, contra el Imperio Otomano en la batalla de Lepanto, dentro de la Liga Santa, liderada por España, Venecia y los Estados Pontificios. Y todo esto se le transmitió desde la cuna, penetró profudamente en su vida y de su vida pasó a su obra.

Cervantes creció y vivió en el centro de la mayor civilización cristiana que ha existido, una de cuyas mayores cimas artísticas fueron él y su obra. Probablemente no fue un católico intachable, ni un santo en vida («Porque no hay sobre la tierra hombre justo que obre bien y no peque nunca», Eclesiastés, 7, 21), pero fue lo que fue y lo que se esforzó en ser: un católico con una fe recia, como atestiguan su vida y su obra a ojos libres de prejuicios.

Pese a ello, esa no es la visión imperante hoy. Por doquier proliferan sesudos estudios y tesis doctorales por legión que, bajo perspectivas feministas o desconstrucciones varias, imponen desde los altares académicos un enfoque distinto, un enfoque distorsionado y falso. Una visión que va extendiéndose por los capilares propios de nuestro tiempo, comenzando en la escuela y terminando en la televisión, la prensa e internet, para llegar así a todos los lugares y personas de forma asfixiante y totalitaria.

El cinismo y la desesperanza moderna han trasladado sus graves defectos de base a cualquier análisis de la realidad. Por eso, la más grande obra de Cervantes, su Quijote, es vista como una gigantesca ––pero velada, claro––, crítica al cristianismo que era su vida. El hecho de que tanto el autor como su héroe, Alonso Quijano, muestren simpatía por los pobres, las mujeres, los prisioneros, los literatos o los moriscos se considera una declaración contra la Iglesia, no una representación dramática de las obras de misericordia corporales y espirituales proclamadas por el cristianismo. Que la obra contenga más de cien citas de las Sagradas Escrituras y se encuentre transida de un profundo sentido religioso, culminado con la cristiana muerte del héroe no se considera significativo. Su obra es vista como un furtivo acto de rebeldía, como si estuviéramos ante un escritor clandestino de la antigua Unión Soviética. De esta manera, se trata de sacar de cada escena o frase una doble lectura, subrepticia y falsa de toda falsedad para acomodarla al dogma imperante, sin importar que para ello se estén exportando al tiempo de Cervantes y a Cervantes mismo categorías, conceptos e ideas, no ya improbables, sino del todo inexistentes en su época. Esa lectura del Quijote bajo la lupa del «Zeitgeist» de hoy es tan anticientífica que asombra. Resulta inútil que el propio Cervantes anuncie, al comienzo de la segunda parte, su intención de dar a los lectores una historia donde «en toda ella no se descubre ni por semejas una palabra deshonesta ni un pensamiento menos que católico». Resulta inútil que proclame en la misma obra, como principio rector, que «la pluma es lengua del alma: cuales fueran los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos».

Sin embargo, si conseguimos librarnos de esos prejuicios modernos y nos sumergimos en «el alma transcrita por la pluma», la lectura del Quijote se revela como lo que es y como lo que quiso ser: el libro escrito por un católico apostólico y romano, con visiones criticas, sí, como es propio de cualquier mente inteligente, pero sin dejar de ser el producto de una civilización cristiana.

Que no nos quiten lo que es nuestro, de hecho, lo que pertenece a todo hombre. El Quijote aquí examinado es solo un ejemplo entre muchos. Ocurre lo mismo con las obras de Jane Austen y las hermanas Brontë, con Louisa May Alcott y su Mujercitas (1868), o con el Tom Sawyer (1876) de Twain. Incluso han llegado hasta los cuentos de hadas, para, en jerga feminista, «deconstruir las narrativas patriarcales» a fin de «liberar la identidad femenina de los estereotipos impuestos», como por ejemplo en La princesa vestida con una bolsa de papel (1980) de Robert Munsch, en Caperucita en Manhattan (2010) de Carmen Martín Gaite o en La cámara sangrienta (1979) de Angela Carter. Pero seguro que no nos sorprende; Cristo, por supuesto, ha sido desde siempre objeto de estos intentos de manipulación, partiendo de las primeras herejías hasta llegar a los practicantes del método histórico/crítico o a los muy variados Renanes (Ernest Renan) y Crossanes (John Dominic Crossan, fundador del Jesus Seminar), que se han venido sucediendo… y los que vendrán.

Rebelémonos ante este expolio, ante esta destructora manipulación; hagámoslo ahora y tratemos de que nuestros hijos crezcan libres de tales velos, que puedan desenmascarar esas lecturas sesgadas a fin de que vean mejor y mas claro de lo que vemos nosotros, aunque sigan bajo la borrosa visión de nuestro espejo natural a la espera de la Luz que les ilumine para siempre.

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