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La pelea por la herencia y los topos

La pelea por la herencia y los topos

Bruno, el 2.06.20 a las 4:52 PM

En el último artículo del blog apareció un lector, Luis Z., que hizo una pregunta interesantísima y merecedora de una reflexión aparte.

“Sobre justicia en la Tierra. Aquel pasaje donde un hombre pide a Jesús que reprenda a su hermano por quedarse con la herencia y no repartirla, y Jesús le dice que no es juez para estar repartiendo herencias.
No sé si es lo que se esperaría de Jesús. Yo mismo hubiera acudido a Jesús para que, con su autoridad moral, imparta justicia en la repartición de la herencia. Ya sé que su reino no es de este mundo. Ese pasaje me produjo tristeza. ¿No debemos pedir a Jesús un poco de justicia aquí en la Tierra? Quizá es lo que esperaríamos de un caballero. Sé que la justicia vendrá después, y será muy dulce”.

En el pasaje al que se refiere Luis Z. es muy conocido: Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia». Jesús le respondió: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?». Es cierto que, al leer esto, podemos extrañarnos y nos surgen preguntas: ¿no está siendo Jesús muy brusco con ese joven? ¿Y si tenía razón en que su hermano le estaba estafando? ¡Pues claro que Jesús es juez y árbitro! ¿Por qué no le hace caso?

Es interesante reflexionar sobre esto, porque es algo que nos sucede con cierta frecuencia: leemos un pasaje de la vida de Cristo narrada por los Evangelios y pensamos que no termina de convencernos, que debería haber hecho otra cosa o que lo que hizo no parece muy propio del Hijo de Dios. Cuando nos pasa algo así, siempre, siempre, siempre se debe a que no hemos comprendido nada de nada. No es que hayamos errado un poco el camino; es que pensamos que estamos cerca de Sevilla cuando asoma en el horizonte Vladivostok.

Uno de los problemas fundamentales que tenemos para entender la Escritura es lo podría llamarse la “actitud del topo”. Los topos viven excavando túneles bajo tierra, acostumbrados a comer raíces y bichos más o menos repugnantes en la oscuridad. Cuando uno de estos animales sale por un momento al exterior, sus ojillos miopes sufren por la luz del día, el topo se queda desorientado y no desea otra cosa que volver rápidamente a la oscuridad a la que está habituado.

Lo mismo nos sucede a nosotros, acostumbrados a los afanes del mundo y a tantas tonterías que nos parecen muy importantes, aunque en realidad no lo sean en absoluto. Estamos a gusto en ese ambiente, porque nos hemos acostumbrado a él y no deseamos otra cosa. Cuando, por un momento, nos asomamos a la luz resplandeciente de la Palabra de Dios, nuestros ojos miopes por el pecado sufren y a menudo intentamos convencer a Dios de que tanta luz es mala o de que debe ser Él quien baje a nuestros túneles subterráneos. Generalmente, si somos cristianos, estamos dispuestos a introducir a regañadientes un poco de luz en esos túneles, pero no a salir a la plena luz del día, que es lo que Dios quiere regalarnos.

Esta es la actitud que hace que no entendamos bien este pasaje y que hizo que el joven que aparece en él tampoco entendiera a nuestro Señor. Jesús estaba hablando a aquellos hombres de lo que el ser humano ha buscado desde el comienzo de los tiempos: el cielo, la salvación, la vida eterna, el Espíritu Santo que nadie sabe de dónde viene ni a dónde va, la Trinidad y el amor infinito de Dios. No hay nada mejor ni más sublime, es el tesoro escondido que se encuentra en un campo y por el que se vende todo lo que uno tiene, la perla preciosa que deseamos con toda nuestra alma, lo que vale más que la vida, que el mundo y que todo lo que hay en él. De los labios de Cristo sale la sabiduría eterna de Dios y su corazón late con el amor infinito que no se acaba jamás.

Sin embargo, en aquel momento decisivo de la historia, cuando Jesucristo, el Deseado de las Naciones, está anunciando el cumplimiento de los anhelos más profundos del corazón de todo hombre, llega el joven con quejas de que su hermano le ha quitado su parte de la herencia y no se la da, porque él tiene razón, pero su hermano no lo quiere entender, porque es un egoísta y un sinvergüenza, y su hermano le dice no sé qué, pero él es más, y siempre ha sido un no sé cuántos, y mi dinero, mi dinero y mi dinero…

No ha entendido absolutamente nada. Cristo le ofrece el Pan de Vida que viene del cielo y nos da la inmortalidad, pero el pobre hombre solo puede pensar en las migajas del pan duro y negro que se encuentra al rebuscar en la basura. Es un topo, le duelen los ojos por el sol y añora los gusanos que come dia sí y día también. Pide, o exige más bien, que sea Cristo el que baje a sus angostos túneles bajo tierra y que se dedique también a los afanes humanos en los que el topo se siente tan cómodo, aunque, sin darse cuenta, esté prisionero de ellos. Cristo fue brusco con aquel joven porque eso es lo que necesitaba: cambiar completamente su forma de pensar y salir del todo a la luz del día aunque le dolieran los ojos. La solución no estaba en que, per impossibilem, Dios se encerrara con él en los túneles de las preocupaciones mundanas, sino en que él saliera a la libertad que Dios quería concederle.

Ese joven eres tú y soy yo, porque hacemos exactamente lo mismo que él y, como él, seguimos empeñados en aferramos a nuestras tonterías, nuestras rutinas y nuestros túneles oscuros y lóbregos. Estas cosas sucedieron como ejemplo para nosotros, porque somos topos y pensamos como topos. Necesitamos desesperadamente la magnanimidad de Cristo.

La única respuesta posible ante la actitud del topo es la que da Jesús en la parábola que contó inmediatamente después sobre el hombre que derribaba sus graneros para construir otros más grandes: el dinero y los bienes de la tierra no son nada al lado del tesoro que está en los cielos. En ese tesoro celeste hay que poner la mirada. Si realmente queremos ser felices con la felicidad plena que Dios nos tiene preparada, lo primero es dejar de pensar en el dinero y buscar la riqueza de Dios. De ahí la advertencia de Cristo en la frase siguiente del Evangelio: Estad atentos y guardaos de toda forma de avaricia, porque aun cuando alguien tenga abundancia, la vida no consiste en los bienes.

Nuestra verdadera herencia no son los cuatro euros que hemos conseguido proteger de los recaudadores de impuestos, sino la filiación divina que compartimos con nuestros hermanos los santos y con la Llena de Gracia. Los hijos de Dios estamos llamados a reinar sobre la creación, como señores de todo lo que existe, porque somos herederos de nuestro Padre el Rey y Creador del universo. Si nos empeñamos en seguir andando con el corazón agobiado por las cosas de este mundo, entonces somos los más desdichados de todos los hombres.

Esa es la verdadera justicia que nos trajo Cristo (y que en hebreo significa santidad), no la posibilidad de arrebatarle por fin a mi hermano esos cochinos céntimos que me tocan a mí y no a él, en los que pienso día y noche y que me amargan la vida porque han esclavizado mi corazón. Para ser libres nos liberó Cristo, pero nosotros seguimos añorando las cadenas.

Solo si entendemos de una vez en qué consiste la verdadera riqueza, podremos poner la otra mejilla, ser pobres de espíritu, amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen y salvar al mundo completando en nuestra carne lo que le falta a la pasión de Cristo. Son cosas que el mundo no entiende y que pueden parecerle injustas, porque la justicia de Dios es infinitamente más elevada que la justicia de los hombres, pero es a esa justicia de santidad a la que estamos llamados por gracia de Dios. Solo si dejamos que la luz de Dios nos cure de la ceguera, aunque nos duelan los ojos, podremos entender verdaderamente nuestra vida y nuestro mundo, amar al prójimo como Cristo nos amó y tener, aunque parezca imposible, los mismos sentimientos de Jesús. ¡Los sentimientos de Dios!

Como dijo Juan Pablo II al ser elegido Papa, no tengáis miedo de abrir las puertas a Cristo. Salgamos de nuestro túneles y nuestros afanes mezquinos. Así comprenderemos este pasaje del Evangelio y también otros que nos chocan, como el de Marta y María o las parábolas del administrador injusto y de los jornaleros de la viña. Mis caminos no son vuestros caminos, dice el Señor. Cuanto antes nos convenzamos de ello y dejemos que Dios nos saque a la luz de su Palabra, antes podremos entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Categorías : Biblia