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De Sansón y Dalila. En defensa de la sotana

De Sansón y Dalila. En defensa de la sotana

Javier Olivera Ravasi, el 22.05.20 a las 12:15 PM

A los curas que todavía usamos sotana muchas veces se nos pregunta:

- Padre, ¿por qué usa “eso", si, como dice el refrán “el hábito no hace al monje"?

A lo que respondo:

- Porque el hábito no hace al monje, pero lo identifica; y lo defiende…

Es que, lo que muchos no saben, es que la sotana o el hábito religioso, amén de ser un signo de contradicción frente a este mundo mundano, es una coraza de protección para el mismo sacerdote, quien, al llevarla, no puede mirar, hablar o gesticular como cualquier seglar… ¡Porque está a la vista de todos que es cura! Y ese signo meramente externo, le proporciona, a su vez que su identidad, ese no-sé-qué que lo obliga, desde afuera, a ser un “distinto".

Quien tenga oídos para oír, que oiga.

Publicamos aquí, con permiso de su autor, un texto excelente sobre el tema para,

Que no te la cuenten…
P. Javier Olivera Ravasi, SE

De Sansón y Dalila

P. Christian Ferraro

A quienes conocen el valor de los signos,

a quienes aún saben distinguir

lo principal de lo secundario

y las tácticas variables de los principios inmutables.

Y a quienes ya no lo saben,
si bien tuvieron alguna vez la fuerza de Sansón.


Cuando paseaba, cuando iba a algún lugar, su presencia se notaba inmediatamente.

Al principio, esto era hasta causa de cierto sano orgullo. Porque él sabía que había diferencias, y que no dependían de él, sino que…, que bueno, que fue así porque Dios así lo quiso: no todos tenían por qué mostrarse como él; pero él sí, porque Dios le había pedido eso. A él Dios le había manifestado que, por lo que a su persona tocaba, Su voluntad era la conservación de ese detalle, tan accidental como se quisiera; pero ése.

Y sabía que el secreto de su fuerza estaba en mantenerse fiel a ese querer.

Claro, no vivía solo en el mundo. Y no era fácil. Su diferencia era un arma de doble filo. Lo convertía en una presa codiciable: sus enemigos se enfurecían cuando lo veían.

Era sabido que nadie podía luchar frontalmente contra él. Las veces que quisieron abordarlo frontalmente tuvieron que huir humillados y avergonzados. Por eso comenzaron a intentar por otros caminos. Era lógico.

Sansón fue un poco ingenuo y no supo advertir el juego. Dalila no era más que una de las expresiones de la insistencia insidiosa y fastidiosa, no sólo del espíritu carnal, sino del espíritu mundano, que se sirve también muchas veces de las bajas pasiones.

Para Sansón, Dalila era la presión del ambiente.

Agobiante.

Insoportable.

–«¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?».

Dalila se hacía cada vez más insistente. Y la insistencia, unida a la debilidad psicológica de Sansón y a su sensibilidad afectada, se hacía más oprimente y fuerte. Un día, por ejemplo, se le ocurrió que, quizás, en vez de enfrentar frontalmente a los filisteos, los podía conquistar ¡dialogando…! Enseguida disipó el engaño mental y la tentación.

La tentación, de todos modos, ya estaba «adentro».

Un ángel le soplaba al oído: «¡Cuidado! ¡Recuerda las consignas, el adiestramiento, las advertencias que te dimos cuando te preparamos para la guerra! “Bien-bien-menos bien…”». Pero el soplo se oía cada vez más lejano; y Dalila insistía tanto, tanto… Hasta tal punto que Sansón se acostumbró a los cuestionamientos, y comenzó él mismo a cuestionarse:

«¿Qué necesidad de andar llamando la atención con un detalle secundario y que me lleva a chocar con todo el mundo?

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?».

¡Empezó a pensar como Dalila y los enemigos!

De repente, de tanto insistir en las preguntas se olvidó de las respuestas.

Y entonces Sansón dejó de usar la sotana.

Y vinieron los filisteos y le sacaron los ojos. Lo esclavizaron, sin más, y desde ese día no vio ni entendió más nada. Cuando, en algún atisbo débil de reacción, quería empezar a dialogar, los filisteos se reían de él y lo usaban para divertirse. Había claudicado miserablemente. Ya era uno más de ellos; y ellos eran muchos más.

Dios nos libre de tantos Sansón condescendientes y dialogantes. Y ayude a los Sansón frente a tantas Dalila.

P. Christian Ferraro

Torre Gaia (Roma), 03.09.05

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