Clicks7

DOINGO XXV T O 2020

alfre1240
Día 20 XXV Domingo del Tiempo Ordinario Otras veces hemos ya meditado sobre la infinita justicia de Dios, que retribuye a cada uno según sus obras, aunque sea también con infinita misericordia. San …More
Día 20 XXV Domingo del Tiempo Ordinario Otras veces hemos ya meditado sobre la infinita justicia de Dios, que retribuye a cada uno según sus obras, aunque sea también con infinita misericordia. San Pablo en su carta a los fieles de Roma de modo inequívoco se refiere al justo juicio de Dios, el cual retribuirá a cada uno en justicia: la vida eterna –dice– para quienes, mediante la perseverancia en el buen obrar, buscan gloria, honor e incorrupción; la ira y la indignación, en cambio –continúa–, para quienes, con contumacia, no sólo se rebelan contra la verdad, sino que obedecen a la injusticia. Pero hoy tenemos para nuestra consideración unos versículos de san Mateo que nos invitan a reflexionar en la llamada a la santidad que cada uno hemos recibido, porque Dios, Creador y Señor nuestro, así lo ha querido, escogiéndonos para ello de entre las demás criaturas terrenas. Como a aquellos obreros del campo, a cada uno nos ha llamado también a su viña: a la santidad. A poco que reflexionamos, somos capaces de recordar en qué momento esa vida sobrenatural, que ahora entendemos como el único destino que colma la vida del hombre, tomó cuerpo en nuestros planes, en nuestras ilusiones. Es decir, también para cada uno hubo una llamada particular, posiblemente en un momento preciso o, al menos, en unas circunstancias peculiares, como sucedió a los trabajadores contratados para la viña. El momento cronológico viene a ser lo de menos, toda vez que, de hecho, nuestra existencia ha cobrado un sentido nuevo y pleno: esto es lo decisivo en verdad. Pues, fácilmente somos capaces de reconocer que hasta entonces todas las ilusiones, los proyectos forjados, los trabajos más a menos intensos, estaban faltos en realidad de la riqueza y potencialidad debidas. "El momento viene a ser lo de menos", decíamos. Porque, dependiendo de Dios –que es quien llama y a quién se responde o no, libremente–, siempre es el ideal para cada uno. Todos llegamos a ser conscientes de la dimensión trascendente de nuestra existencia en el mejor momento, aquel momento y en aquellas circunstancias irrepetibles, ideales en nuestro caso, para tomarnos, a partir de entonces, la vida como Dios quiere. Desde la infancia, unos; en la adolescencia, otros; en los primeros años de la madurez y el ejercicio profesional, bastantes; ya entrados en años...; o incluso, en lo que podríamos a llamar la recta final del tránsito terreno, en algunos casos. Pero siempre el trabajo será la santidad personal, como en aquellos contratados para trabajar en la viña. Entre nosotros, unos hemos conocido Dios y a Cristo desde la infancia, a partir de unos padres cristianos. Algunos, por circunstancias de todo tipo, no perseveraron en ese conocimiento y su trato con Dios fue decayendo hasta casi desaparecer. Le reencontraron, tal vez, con el paso de los años y, entonces, más maduros intelectualmente, entendieron la inigualable belleza de una vida en Cristo. Un cataclismo personal... por enfermedad, por una tragedia especialmente vivida, por un desengaño trágico, por una iluminación singular, etc., puede ser el origen en algún caso del gran descubrimiento de Dios, como principio, sentido y destino inigualable de la existencia del hombre. Los hay, y la historia los recuerda en personajes que se han hecho famosos por su santidad, en Agustín, Teresa, Edith Stein, ..., entre muchísimos otros, que descubrieron el atractivo imparable de Dios a partir de unas páginas escritas. La crítica de aquel contratado a primera hora estaba claramente fuera de lugar. Bajo ningún concepto se puede poner en entredicho la infinita bondad divina. ¿Qué facultad se otorga aquél hombre para protestar? ¿Con qué derecho piensa mal del dueño de la viña? Agradecido debería estar por haber sido contratado, ya que el señor no tenía obligación alguna con él. ¿No puedo yo hacer con lo mío lo que quiero? He aquí la incuestionable verdad que dirime toda pretendidas polémica con el Creador. Una vez más, es la soberbia humana de no querer reconocer que somos criaturas de Dios el único problema de fondo.