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Tomo I Capítulo 17 a 18 (280): MÍSTICA CIUDAD DE DIOS

CAPITULO 17 Prosiguiendo el misterio de la concepción de María Santísima, se me dio a entender sobre el capítulo 21 del Apocalipsis; parte primera del capítulo. 244. Encierra tantos y tan ocultos …More
CAPITULO 17

Prosiguiendo el misterio de la concepción de María Santísima, se me dio a entender sobre el capítulo 21 del Apocalipsis; parte primera del capítulo.

244. Encierra tantos y tan ocultos sacramentos el beneficio de ser María santísima concebida en gracia, que, para hacerme más capaz de este maravilloso misterio, me declaró Su Majestad muchos de los que encierra el evangelista san Juan en el capítulo 21 del Apocalipsis, remitiéndome a la inteligencia que de ellos se me daba. Y para explicar algo de lo que se me ha manifestado, dividiré la explicación de aquel capítulo en tres partes, por excusar algo de la molestia que podría causar si tan largo capítulo se tomase junto. Y primero diré la letra según su tenor, que es como sigue:

245. Y vi un cielo nuevo y nueva tierra, porque se fue el cielo primero y la primera tierra y el mar ya no tiene ser. Y yo Juan vi la ciudad santa Jerusalén nueva, que bajaba de Dios desde el cielo, preparada como esposa adornada para su esposo. Y oí una gran voz del trono que decía: Mirad al tabernáculo de Dios con los hombres y habitará en ellos. Y ellos serán su pueblo y el mismo Dios estará con ellos y será su Dios; y enjugará Dios toda lágrima de sus ojos y no quedará muerte, ni llanto, ni clamor, ni restará ya dolor porque las primeras ya se fueron. Y el que estaba asentado en el trono dijo: Advierte que todas las cosas hago nuevas. Y díjome: Escribe, porque estas palabras son fidelísimas y verdaderas. Y díjome: Ya está hecho; yo soy Alfa y Omega, principio y fin. Yo daré de gracia al sediento de la fuente de la vida. El que venciere poseerá estas cosas y seré para él Dios y él para mí será hijo, pero a los tímidos, incrédulos, malditos, homicidas, fornicarios, hechiceros, idólatras y a todos los mentirosos, su parte les será en el estanque ardiente con fuego y con azufre, que es la segunda muerte1 .

246. Esta es la primera de las tres partes de la letra que explicaré en este capítulo, dividiéndola por sus versos. Y vi, dice el evangelista, un cielo nuevo y nueva tierra. Con haber salido María santísima de las manos del omnipotente Dios y puesta ya en el mundo la materia inmediata de que se había de formar la humanidad santísima del Verbo, que había de morir por el hombre, dice el evangelista que vio un cielo nuevo y nueva tierra. No sin gran propiedad se pudo llamar cielo nuevo aquella naturaleza y el vientre virgíneo, donde y de donde se formó; pues en este cielo comenzó a habitar Dios por nuevo modo2 , diferente del que hasta entonces había tenido en el cielo antiguo y en todas las criaturas. Pero también se llamó cielo nuevo el de los santos, después del misterio de la encarnación, porque de aquí nació la novedad, que antes no había en él, de ocuparle los hombres mortales, y la renovación que hizo en el cielo la gloria de la humanidad santísima de Cristo y también de su Madre purísima; que fue tanta, después de la gloria esencial, que bastó para renovar los cielos y darles nueva hermosura y resplandor. Y aunque estaban allá los buenos ángeles, pero esto era ya como cosa antigua y vieja; y así vino a ser cosa muy nueva que el Unigénito del Padre con su muerte restituyese a los hombres el derecho de la gloria, perdido por el pecado, y mereciéndosela de nuevo los introdujese en el cielo, de donde estaban ya despedidos e imposibilitados de adquirirle por sí mismos. Y porque toda esta novedad para el cielo tuvo principio en María santísima, cuando la vio el evangelista concebida sin el pecado que lo impedía todo, dijo que había visto un nuevo cielo.

247. Vio también una nueva tierra. Porque la tierra antigua de Adán era maldita, manchada y rea de la culpa y condenación eterna; pero la tierra santa y bendita de María fue nueva tierra sin culpa ni maldición de Adán; y tan nueva, que desde aquella primera formación no se había visto ni conocido en el mundo otra tierra nueva hasta María santísima; y fue tan nueva y libre de la maldición de la tierra antigua y vieja, que en esta bendita tierra se renovó toda la demás restante de los hijos de Adán, pues por la tierra de María bendita, y con ella y en ella, quedó bendita, renovada y vivificada la masa terrena de Adán, que hasta entonces había estado maldita y envejecida en su maldición, pero toda se renovó por María santísima y su inocencia; y como en ella se dio principio a esta renovación de la humana y terrena naturaleza, dijo san Juan que en María concebida sin pecado vio un cielo nuevo, una tierra nueva. Y prosigue:

248. Porque se fue el cielo primero y la primera tierra. Consiguiente era que viniendo al mundo y apareciéndose en él la nueva tierra y nuevo cielo de María santísima y su Hijo, hombre y Dios verdadero, desapareciese el antiguo cielo y la tierra envejecida de la humana y terrena naturaleza con él pecado. Hubo nuevo cielo para la divinidad en la naturaleza humana, que, preservada y libre de culpa, daba nueva habitación al mismo Dios en la unión hipostática en la persona del Verbo. Y dejó ya de ser el cielo primero, que Dios había criado en Adán y se manchó e inhabilitó para que Dios viviese en él. Este se fue y vino otro cielo nuevo en la venida de María santísima. Hubo juntamente nuevo cielo de la gloria para la naturaleza humana, no porque se moviese ni desapareciese el empíreo, sino porque faltó en él el estar sin hombres, como lo había estado por tantos siglos; y en cuanto a esto, dejó de ser el primer cielo y fue nuevo por los merecimientos de Cristo nuestro Señor, que ya comenzaban a resplandecer en la aurora de la gracia, María santísima su Madre; y así se fue el primer cielo y la primera tierra, que hasta entonces había estado sin remedio.

Y el mar dejó de ser, porque el mar de abominaciones y pecados, que tenía inundado él mundo y anegada la tierra de nuestra naturaleza, dejó ya de ser con la venida de María santísima y de Cristo, pues el mar de su sangre superabundó y sobrepujó al de los pecados en la suficiencia, en cuya comparación y valor es cierto que ninguna culpa tiene ser. Y si los mortales quisieran aprovecharse de aquel mar infinito de la divina misericordia y mérito de Jesucristo nuestro Señor, dejaran de ser ¡todos los pecados del mundo, que todos vino a deshacerlos y desviarlos el Cordero de Dios.

249, Y yo, Juan, vi la ciudad santa de Jerusalén nueva, que descendía de Dios desde el cielo, preparada como la esposa adornada para su varón. Porque todos estos sacramentos comenzaban de María santísima y se fundaban en ella, dice el evangelista que la vio en forma de la ciudad santa de Jerusalén, etc., que de la Reina habló con esta metáfora. Y fuere dado que la viese, para que más conociera el tesoro que al pie de la cruz se le había encomendado y fiado3 y con aprecio digno le guardase. Y aunque ninguna prevención pudiera equivaler a la falta presencial del Hijo de la Virgen, pero, entrando san Juan en su lugar, era conveniente que fuese ilustrado conforme a la dignidad y oficio que recibía, sustituyendo por el Hijo natural.

250. Por los misterios que Dios obró en la ciudad santa de Jerusalén, era más a propósito para símbolo de la que era su Madre y el centro y mapa de todas las maravillas del Omnipotente. Y por esta misma razón lo es también de las Iglesias militante y triunfante, y a todas se extendió la vista del águila generosa Juan, por la correspondencia y analogía que entre sí tienen estas ciudades de Jerusalén místicas. Pero señaladamente miró de hito a la Jerusalén suprema María santísima, donde están cifradas y recopiladas todas las gracias, dones maravillas y excelencias de las Iglesias militante y triunfante; y todo lo que se obró en la Jerusalén de Palestina, y lo que significa ella y sus moradores, todo está reducido a María purísima, ciudad santa de Dios, con mayor admiración y excelencia que en lo restante del cielo y tierra y de todos sus moradores. Por esto la llama Jerusalén nueva, porque todos sus dones, grandeza y virtudes son nuevas y causan nueva maravilla a los santos; y nueva, porque fue después de todos los padres antiguos, patriarcas y profetas y en ella se cumplieron y renovaron sus clamores, oráculos y promesas; y nueva, porque viene sin el contagio de la culpa y desciende de la gracia por nuevo orden suyo y lejos de la común ley del pecado; y nueva, porque entra en el mundo triunfando del demonio y del primer engaño, que es la cosa más nueva que en él se había visto desde su principio.

251. Y como todo esto era nuevo en la tierra, y no pudo venir de ella, dice que bajaba del cielo. Y aunque por el común orden de la naturaleza desciende de Adán, pero no viene por el camino real y ordinario de la culpa, sendereado de todos los predecesores hijos de aquel primer delincuente. Para sola esta Señora hubo otro decreto en la divina predestinación y se abrió nueva senda por donde viniese con su Hijo santísimo al mundo, sin acompañar en el orden de la gracia a otro alguno de los mortales ni que alguno de ellos la acompañase a ella y a Cristo nuestro Señor. Y así bajó nueva desde el cielo de la mente y determinación de Dios. Y cuando los demás hijos de Adán descienden de la tierra, terrenos y maculados por ella, esta Reina de todo lo criado viene del cielo, como descendiente sólo de Dios por la inocencia y gracia; que comúnmente decimos viene alguno de aquella casa o solar de donde desciende y desciende de donde recibió el ser que tiene. Y el ser natural de María santísima, que recibió por Adán, apenas se divisa mirándola Madre del Verbo eterno y como a su lado del eterno Padre, con la gracia y participación que para esta dignidad recibió de su divinidad. Y siendo esto en ella el ser principal, viene a ser como accesorio y menos principal el ser de la naturaleza que tiene; y así el evangelista miró a lo principal, que bajó del cielo, y no a lo accesorio, que vino de la tierra.

252. Y prosigue diciendo: Que venía preparada como esposa adornada, etc. Para el día del desposorio se busca entre los mortales el mayor adorno y aliño que se puede hallar para componer la esposa terrena, aunque las joyas ricas se busquen prestadas, porque nada le falte según su calidad y estado. Pues si confesamos, como es forzoso confesarlo, que María purísima de tal suerte fue Esposa de la santísima Trinidad, que juntamente fuese Madre de la persona del Hijo, y que para estas dignidades fue adornada y preparada por el mismo Dios omnipotente, infinito y rico sin medida y tasa ¿qué adorno, qué preparación, qué joyas serían estas con que aliñó a su Esposa y a su Madre para que fuese digna Madre y digna Esposa? ¿Reservaría por ventura alguna joya en sus tesoros? ¿Negaríale alguna gracia de cuantas su brazo poderoso le podía enriquecer y aliñar? ¿Dejaríala fea y desaliñada en alguna parte o en algún instante? ¿O sería escaso y avariento con su Madre y Esposa el que derrama pródigamente los tesoros de su divinidad con las almas, que en su comparación son menos que siervas y menos que esclavas de su casa? Todas confiesan con él mismo Señor que es una la escogida y la perfecta4 , a quien las demás han de reconocer, predicar y magnificar por inmaculada y felicísima entre las mujeres y de quien, admiradas con júbilo y alabanza, preguntan: ¿Quién es ésta que sale como aurora, hermosa como la luna, escogida como el sol y terrible como ejércitos bien ordenados5 ? Esta es María santísima, única Esposa y Madre del Omnipotente, que bajó al mundo adornada y preparada como Esposa de la beatísima Trinidad para su Esposo y para su Hijo. Y esta venida y entrada fue con tantos dones de la divinidad, que su luz la hizo más agradable que la aurora, más hermosa que la luna y más electa y singular que el sol, sin haber segunda, más fuerte y poderosa que todos los ejércitos del cielo y de los santos. Bajó adornada y preparada por Dios, que la dio todo lo que quiso darla y quiso darla todo lo que pudo y pudo darla todo lo que no era ser Dios, pero lo más inmediato a su divinidad y lo más lejos del pecado que pudo caber en pura criatura. Fue entero y perfecto este adorno y no lo fuera si algo le faltara y le faltara si algún punto estuviera sin la inocencia y gracia. Y sin esto tampoco fuera bastante para hacerla tan hermosa, si el adorno y las joyas de la gracia cayeran sobre un rostro feo, de naturaleza maculada por culpa, o sobre un vestido manchado y asqueroso. Siempre tuviera alguna tacha, de donde por más diligencias no pudiera jamás salir del todo la señal o sombra de la mancha. Todo esto era menos decente para María, Madre y esposa de Dios; y, siéndolo para ella, lo fuera también para él, que la hubiera adornado y preparado, no con amor de esposo, ni con cuidado de hijo y, teniéndose en casa la tela más rica y preciosa, hubiera buscado otra manchada y vieja para vestir a su Madre y Esposa y a sí mismo.

253. Tiempo es ya de que el entendimiento humano se desencoja y alargue en la honra de nuestra gran Reina; y también que el que estuviere opuesto, fundado en otro sentir, se encoja y detenga en despojarla y quitarla el adorno de su inmaculada limpieza en el instante de su divina concepción. Con la fuerza de la verdad y luz en que veo estos inefables misterios, confieso una y muchas veces que todos los privilegios, gracias, prerrogativas, favores y dones de María santísima, entrando en ellos el de ser Madre de Dios, según y como a mí se me dan a entender, todos dependen y se originan de haber sido inmaculada y llena de gracia en su concepción purísima; de manera que sin este beneficio parecieran todos informes y mancos o como un suntuoso edificio sin fundamento sólido y proporcionado. Todos miran con cierto orden y encadenamiento a la limpieza e inocencia de la concepción; y por esto ha sido forzoso tocar tantas veces en este misterio, por el discurso de esta Historia, desde los decretos divinos y formación de María y de su Hijo santísimo en cuanto hombre. Y no me alargo ahora más en esto; pero advierto a todos que la Reina del cielo estimó tanto el adorno y hermosura que la dio su Hijo y Esposo en su purísima concepción, que esta correspondencia será su indignación contra aquellos que con terquedad y porfía pretendieren desnudarla de él y afearla, en tiempo que su Hijo santísimo se ha dignado de manifestarla al mundo tan adornada y hermosa, para gloria suya y esperanza de los mortales. Prosigue el evangelista:

254. Y oí una gran voz del trono, que decía: Mira al tabernáculo de Dios con los hombres y habitará con ellos y ellos serán su pueblo, etcétera. La voz del Altísimo es grande, fuerte, suave y eficaz para mover y arrebatar a sí toda la criatura. Tal fue esta voz que oyó san Juan salía del trono de la beatísima Trinidad; con que le llevó toda la atención que se le pedía, diciéndole que atendiese o mirase al tabernáculo de Dios; para que atento y circunspecto conociese perfectamente el misterio que se le manifestaba, de ver el tabernáculo de Dios con los hombres y que viva con ellos y sea su Dios y ellos su pueblo. Todo este sacramento se encerraba en ver a María santísima descender del cielo en la forma que he dicho; porque estando este divino tabernáculo de Dios en el mundo, era consiguiente que el mismo Dios estuviera también con los hombres, pues vivía y estaba en su tabernáculo sin apartarse de él. Y fue como decirle al evangelista: El Rey tiene su casa y corte en el mundo y claro está que será para ir a ser morador en ella. Y de tal suerte había de habitar Dios en este tabernáculo, que del mismo tomase la forma humana, en la cual había de ser morador en el mundo y habitar con los hombres y ser su Dios para ellos y ellos pueblo suyo, como herencia de su Padre y también de su Madre. Del Padre eterno fuimos herencia para su Hijo santísimo, no sólo porque en él y por él crió todas las cosas6 y se las dio por herencia en la eterna generación, pero también porque como hombre nos redimió en nuestra misma naturaleza y nos adquirió por su pueblo7 y herencia paternal y nos hizo hermanos suyos. Y por la misma razón de la naturaleza humana fuimos y somos herencia y legítima de su Madre santísima; porque ella le dio la forma de la carne humana con que nos adquirió para sí. Y, siendo ella Madre suya e Hija y Esposa de la beatísima Trinidad, era Señora de todo lo criado y todo lo había de heredar su Unigénito; y lo que las humanas leyes conceden, siendo puesto en razón natural, no había de faltar en las divinas.

255. Salió esta voz del trono real por medio de un ángel, que con emulación santa me parece diría al evangelista: Atiende y mira al tabernáculo de Dios con los hombres y vivirá con ellos y serán ellos su pueblo; será su hermano y tomará su forma por medio de ese tabernáculo de María, que miras bajar del cielo por su concepción y formación. Pero les podemos responder con alegre semblante a estos cortesanos del cielo, que está muy bien el tabernáculo de Dios con nosotros, pues es nuestro, y por él lo será Dios; y recibirá vida y sangre que por nosotros ofrezca y con ella nos adquiera y haga pueblo suyo y viva con nosotros como en su casa y morada, pues le recibiremos sacramentado y nos hará su tabernáculo; estén contentos estos divinos espíritus y príncipes con ser hermanos mayores y menos necesitados que los hombres. Nosotros somos los pequeñuelos y enfermos que necesitamos de regalo y favores de nuestro Padre y Hermano; venga en el tabernáculo de su Madre y nuestra, tome forma de carne humana de sus virginales entrañas, encúbrase la divinidad y viva con nosotros y en nosotros; tengámosle tan cerca que sea nuestro Dios y nosotros su pueblo y su morada. Admírense y suspensos de tantas maravillas ellos le bendigan, y gocémosle nosotros los mortales acompañándolos en la misma alabanza de admiración y amor. Prosigue el texto:


256. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos y no quedará muerte, no llanto, ni clamor, ni restará dolor, cte. Con el fruto de la redención humana, de que se nos dieron prendas ciertas en la concepción de María santísima, se enjugaron las lágrimas que el pecado sacó a los ojos de los mortales; pues para quien se aprovechare de las misericordias del Altísimo, de la sangre y méritos de su Hijo, de sus misterios y sacramentos, de los tesoros de su Iglesia santa y, para conseguirlos, de la intercesión de su Madre santísima, para ellos no hay muerte, ni dolor, ni llanto, porque la muerte del pecado y todo lo antiguo que de ella resultó, dejó ya de ser y se acabó. El verdadero llanto se fue al profundo con los hijos de perdición, adonde no hay remedio. El dolor de los trabajos no es llanto, ni dolor verdadero, sino aparente y que se compadece con la verdadera y suma alegría; y recibido con igualdad es de inestimable valor, y como prenda de amor lo eligió para sí, para su Madre y para sus hermanos el Hijo de Dios.

257. Tampoco habrá clamor, ni voces querellosas, porque los justos y sabios, con el ejemplo de su Maestro y de su Madre humildísima, han de aprender a callar, como la simple ovejuela cuando es llevada a ser víctima y sacrificio8 . Y el derecho que tiene la flaca naturaleza a buscar algún alivio dando voces y quejándose, le deben renunciar los amigos de Dios viendo a Su Majestad, que es su cabeza y ejemplar, abatido hasta la muerte afrentosa de la cruz para restaurar los daños de nuestra impaciencia y poca espera. ¿Cómo se le ha de consentir a nuestra naturaleza que a la vista de tanto ejemplo se altere y dé voces en los trabajos? ¿Cómo se ha de permitir que tenga movimientos desiguales y contrarios a la caridad cuando Cristo viene a establecer la ley del amor fraternal?

Y vuelve a repetir el evangelista que no habrá más dolor; porque si alguno había de quedar en los hombres, era el dolor de la mala conciencia; y para remedio de esta dolencia fue tan suave medicina la encarnación del Verbo en las entrañas de María santísima, que ya este dolor es gustoso y causa de alegría y no merece nombre de dolor, pues contiene en sí el sumo y verdadero gozo, y con haberle introducido en el mundo se fueron las cosas primeras, que fueron los dolores y rigores ineficaces de la ley antigua, porque todo se templó y acabó con la abundancia de la ley evangélica para dar gracia.

Y por esto añade y dice: Advierte, que todo lo hago nuevo. Esta voz salió del que estaba asentado en el trono, porque él mismo se declaró por artífice de todos los misterios de la nueva ley del Evangelio. Y comenzando esta novedad de cosa tan peregrina, y no pensada de las criaturas, como lo fue encarnar el Unigénito del Padre y darle Madre virgen y purísima, era necesario que si todo era nuevo no hubiese en su Madre santísima alguna cosa vieja y antigua; y claro está que el pecado original era casi tan antiguo como la naturaleza, y si lo tuviera la Madre del Verbo humanado no hubiera hecho todas las cosas nuevas.

258. Y díjome: Escribe, que estas palabras son fidelísimas y verdaderas. Y me dijo: Ya está hecho, etc. A nuestro modo de hablar, mucho siente Dios que se olviden las grandes obras de amor que hizo por nosotros en su encarnación y redención humana, y para memoria de tantos beneficios y reparo de nuestra ingratitud manda que se escriban. Y así debían los mortales escribir esto en sus corazones y temer la ofensa que contra Dios cometen con tan grosero y execrable olvido. Y aunque es verdad que los católicos tienen credulidad y fe de estos misterios, pero con el desprecio que muestran en agradecerlos, y el que suponen en olvidarlos, parece que tácitamente los niegan, viviendo como si no los creyesen. Y para que tengan un fiscal de su feísimo desagradecimiento, dice el Señor: Que estas palabras son verdaderas y fidelísimas; y siendo así que lo son, véase la torpeza y sordera de los mortales en no darse por entendidos de verdades, que, como son fidelísimas, fueran eficaces para mover el corazón humano y vencer su rebeldía, si como verdaderas y fidelísimas se fijaran en la memoria y en ella se revolvieran y pesaran como ciertas e infalibles, que las obró Dios por cada uno de nosotros.

259. Pero como los dones de Dios no son con penitencia9 , porque no retracta el bien que hace, aunque desobligado de los hombres dice que ya está hecho: como si nos dijera que por nuestra ingratitud no quiere retroceder en su amor, antes habiendo enviado al mundo a María santísima sin culpa original, ya da por hecho todo lo que pertenece al misterio de la encarnación, pues estando María purísima en la tierra no parece que se podía quedar el Verbo eterno solo en el cielo sin bajar a tomar carne humana en sus entrañas. Y asegúralo más diciendo: Yo soy Alfa y Omega, la primera y última letra, que como principio y fin encierro la perfección de todas las obras, porque si les doy principio es para llevarlas hasta la perfección de su último fin. Y así lo haré por medio de esta obra de Cristo y María, que por ella comencé y acabaré todas las obras de la gracia, y llevaré a mí y encaminaré a mí todas las criaturas en el hombre, como a su último paradero y centro donde descansan.

260. Yo daré al sediento graciosamente de la fuente de la vida, y el que venciere poseerá estas cosas, etc. ¿Quién se anticipó de todas las criaturas para dar consejo a Dios10 o alguna dádiva con que obligarle al retorno? Esto dijo el Apóstol, para que se entendiese que todo cuanto Dios hace y ha hecho con los hombres fue de gracia y sin obligación que a ninguno tuviese. El origen de las fuentes a nadie debe su corriente de los que van a beber a ellas, de balde y de gracia se dan a todos los que llegan; y de que todos no participen su manantial, no es culpa de la fuente, sino de quien no llega a beber, estando ella convidando con abundancia y alegría. Y aun porque no llegan ni la buscan, sale ella misma a buscar quien la reciba y corre sin detenerse, que tan de gracia y de balde se ofrece a todos11 . ¡Oh tibieza reprensible de los mortales! ¡Oh ingratitud abominable! Si nada nos debe el verdadero Señor y todo nos lo dio y lo da de gracia, y entre todas sus gracias y beneficios la mayor gracia fue haberse hecho hombre y muerto por nosotros, porque en este beneficio se nos dio todo a sí mismo, corriendo el ímpetu de la divinidad hasta topar con nuestra naturaleza y unirse con ella y con nosotros ¿cómo es posible que estando tan sedientos de honra, de gloria y deleites, no lleguemos a beberlo todo en esta fuente12 , que nos lo ofrece de gracia? Pero ya veo la causa; porque no estamos sedientos de la verdadera gloria, honra y descanso, anhelamos por la engañosa y aparente y malogramos las fuentes de la gracia13 que nos abrió Jesucristo, nuestro bien, con sus merecimientos y muerte. Mas a quien tuviere sed de la divinidad y de la gracia, dice el Señor que le dará de balde de la fuente de la vida. ¡Oh qué gran dolor y compasión es que, habiéndose descubierto la fuente de la vida, haya tan pocos sedientos por ella y tantos corran a las aguas de la muerte! Pero el que venciere en sí mismo al mundo, al demonio y a su carne propia, éste poseerá estas cosas. Y dice que las tendrá, porque dándose las aguas de gracia, pudiera temer si en algún tiempo se las negarán o revocarán; y para asegurarle, dice que se las darán en posesión, sin limitarla ni coartarla.

261. Antes le afianza con otra nueva y mayor aseguración, diciéndole el Señor: Yo seré Dios para él y él para mí será hijo; y si él es Dios para nosotros y nosotros hijos, claro está que fue hacernos hijos de Dios; y siendo hijos, era consiguiente ser herederos de sus bienes14, y siendo herederos –aunque toda la herencia sea de gracia– la tenemos segura como los hijos tienen los bienes de su padre. Y siendo Padre y Dios juntamente, infinito en atributos y perfecciones ¿quién podrá decir lo que nos ofrece con hacernos hijos suyos? Aquí se encierra el amor paternal, la conservación, la vocación, la vivificación, la justificación, los medios para alcanzarla y, para fin de todo, la glorificación y estado de la felicidad, que ni ojos vieron, ni oídos oyeron, ni pudo venir en corazón humano15. Todo esto es para los que vencieren y fueren hijos esforzados y verdaderos.

262. Pero a los tímidos, execrables, incrédulos, homicidas y fornicarlos, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos, etc. En este formidable padrón se han escrito por sus manos propias innumerables hijos de perdición, porque es infinito el número de los necios16 que a ciegas han hecho elección de la muerte, cerrando el camino de la vida; no porque esté oculto a los que tienen ojos, mas porque los cierran a la luz y se han dejado y dejan fascinar y oscurecer con los embustes de Satanás, que a diferentes inclinaciones y gustos de los hombres les ofrece el veneno disimulado en diversos potajes de vicios que apetecen. A los tímidos, que son los que ya quieren, ya no quieren, sin haber gustado el maná de la virtud, ni entrado en el camino de la vida eterna, se les representa insípida y terrible, siendo el yugo suave y la carga del Señor muy ligera17; y engañados con este temor, se dejan vencer primero de la cobardía que del trabajo. Otros incrédulos, o no admiten las verdades reveladas ni les dan crédito, como los herejes, paganos e infieles, o si las creen, como los católicos, parece que las oyen de lejos y las creen para otros y no para sí mismos, y así tienen la fe muerta18 y obran como incrédulos.

263. Los execrados, que siguiendo cualquier vicio sin reparo y sin freno, antes gloriándose de la maldad y despreciando el cometerlas, se hacen contentibles a Dios, execrables y malditos, llegando a estado de rebeldía y casi imposibilitándose para el bien obrar; y alejándose del camino de la vida eterna, como si no fueran criados para ella, se apartan y enajenan de Dios y de sus bendiciones y beneficios, quedando aborrecibles al mismo Señor y a los santos. A los homicidas, que sin temor ni reverencia de la divina justicia usurpan a Dios el derecho de supremo Señor, para gobernar el universo y castigar y vengar las injurias; y así merecen ser medidos y juzgados por la misma medida con que ellos han querido medir a los otros y juzgarlos19 . Los f ornicarios, que por un breve e inmundo deleite cumplido y aborrecido, pero nunca saciado el desordenado apetito, posponen la amistad de Dios y desprecian los eternos deleites, que saciando se apetecen más y satisfaciendo jamás se acabarán. Los hechiceros, que creyeron y confiaron en las falsas promesas del dragón disimulado con apariencia de amigo, quedaron engañados y pervertidos para engañar y pervertir a otros. Los idólatras, que siguiendo y buscando la divinidad no la toparon, estando cerca de todos20, y se la dieron a quien no la podía tener, porque se la daban los mismos que los fabricaban; y eran inanimadas sombras de la verdad, pero todas cisternas disipadas para contener la grandeza de ser Dios verdadero21. A los mentirosos, que se oponen a la suma verdad, que es Dios, y por alejarse al extremo contrario se privan de su rectitud y virtud, fiando más en el fingido engaño que en el mismo Autor de la verdad y todo el bien.

264. De todos éstos, dice el evangelista, oyó que la parte de ellos sería en el estanque de fuego ardiente con azufre que es la muerte segunda. Nadie podrá redargüir a la divina equidad y justicia, pues habiendo justificado su causa con la grandeza de sus beneficios y misericordias sin número, bajando del cielo a vivir y morir entre los hombres y rescatándolos con su misma vida y sangre, dejando tantas fuentes de gracia que se nos diesen de balde en su Iglesia santa, y sobre todas a la Madre de la misma gracia y fuente de la vida, María Santísima, por cuyo medio la pudiésemos alcanzar; si de todos estos beneficios y tesoros no han querido aprovecharse los mortales y, por seguir con un deleite momentáneo la herencia de la muerte, dejaron la de la vida, no es mucho que cojan lo que sembraron y que su parte y herencia sea el fuego eterno en aquel profundo formidable de piedra azufre, donde no hay redención ni esperanza de vida, por haber incurrido en la muerte segunda del castigo. Y aunque esta muerte por su eternidad es infinita, pero más fea y abominable fue la muerte primera del pecado, que voluntariamente se tomaron los réprobos con sus manos, porque fue muerte de la gracia, causada por el pecado, que se opone a la bondad y santidad infinita de Dios, ofendiéndole cuando debía ser adorado y reverenciado; y la muerte de la pena es justo castigo de quien merece ser condenado, y se la aplica el atributo de la rectísima justicia; y en esto es ensalzado y engrandecido por ella, así como en el pecado fue despreciado y ofendido. El sea por todos los siglos temido y adorado. Amén.


CAPITULO 18
Prosigue el misterio de la concepción de María Santísima, con la segunda parte del capítulo 21 del Apocalipsis.
265. Prosiguiendo la letra del capítulo 21 del Apocalipsis, dice de esta manera: Y vino uno de los siete ángeles, que tenían siete copas, llenas de siete plagas novísimas, y habló conmigo, diciendo: Ven, y te mostraré la esposa, mujer del Cordero. Y levantóme en espíritu a un grande y alto monte, y mostróme la ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo desde Dios y tenía la claridad de Dios; y su luz era semejante a una piedra preciosa, como piedra de jaspe, así como cristal. Y tenía un grande y alto muro con doce puertas, con doce ángeles en ellas, y escritos unos nombres, que son de los doce tribus .de los hijos de Israel. Tres puertas al Oriente, tres puertas al Alquilón, tres puertas al Austro y tres puertas al Occidente. Y el muro de la ciudad tenía doce fundamentos y en ellos doce nombres de los doce apóstoles del Cordero. Y el que hablaba conmigo, tenía una medida de caña de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro. Y la ciudad estaba puesta en cuadro, y su longitud es tanta cuanta es su latitud; y midió la ciudad con la caña por doce mil estadios, y la longitud, latitud y altura son iguales. Y midió su muro ciento y cuarenta y cuatro codos con medida de hombre, que es de ángel. Y la fábrica de su muralla era de piedra de jaspe; pero la ciudad era oro purísimo, semejante a un puro vidrio1.
266. Estos ángeles, de quien habla en este lugar el evangelista, son siete de los que asisten especialmente al trono de Dios y a quien Su Majestad ha dado cargo y potestad para que castiguen algunos pecados de los hombres. Y esta venganza de la ira del Omnipotente sucederá en los últimos siglos del mundo; pero será tan nuevo el castigo, que ni antes ni después en la vida mortal se haya visto otro mayor. Y porque estos misterios son muy ocultos y no de todos tengo luz, ni tocan a esta Historia, ni conviene alargarme en esto, paso a lo que pretendo. Este uno, que habló a san Juan, es el ángel por quien singularmente vengará Dios las injurias hechas contra su Madre santísima con formidable castigo. Por haberla despreciado con osadía loca, han irritado la indignación de su omnipotencia; y por estar empeñada toda la santísima Trinidad en honrar y levantar a esta Reina del cielo sobre toda criatura humana y angélica y ponerla en el mundo por espejo de la divinidad y medianera única de los mortales, tomará Dios señaladamente por su cuenta vengar las herejías, errores y blasfemias y cualquier desacato cometido contra ella y el no haberle glorificado, conocido y adorado en este su tabernáculo y no se haber aprovechado de tan incomparable misericordia. Profetizados están estos castigos en la Iglesia santa. Y aunque el enigma del Apocalipsis encubre con oscuridad este rigor, pero ¡ay de los infelices a quien alcanzare! y ¡ay de mí, que ofendí a Dios, tan fuerte y poderoso en castigar! Absorta quedo en el conocimiento de tanta calamidad como amenaza.
267. Habló el ángel al evangelista, y díjole: Ven, y te mostraré la esposa, mujer del Cordero, etc. Aquí declara que la ciudad santa de Jerusalén que le mostró es la mujer esposa del Cordero, entendiendo debajo de esta metáfora –como ya he dicho3 – a María santísima, a quien miraba san Juan madre o mujer y esposa del Cordero, que es Cristo. Porque entrambos oficios tuvo y ejercitó la Reina divinamente. Fue esposa de la divinidad, única y singular, por la particular fe y amor con que se hizo y acabó este desposorio; y fue mujer y madre del mismo Señor humanado, dándole su misma sustancia y carne mortal y criándole y sustentándole en la forma de hombre que le había dado. Para ver y entender tan soberanos misterios, fue levantado en espíritu el evangelista a un alto monte de santidad y luz; porque, sin salir de sí mismo y levantarse sobre la humana flaqueza, no los pudiera entender, como por esta causa no los entendemos los hombres imperfectos, terrenos y abatidos. Y levantado, dice: Mostróme la ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, como fabricada y formada, no en la tierra, donde era como peregrina y extraña, mas en el cielo, donde no se pudo fabricar con materiales de tierra pura y común; porque si de ella se tomó la naturaleza, pero fue levantándola al cielo para fabricar esta ciudad mística al modo celestial y angélico, y aun divino y semejante a la divinidad.
268. Y por eso añade, que tenía la claridad de Dios; porque el alma de María santísima tuvo una participación de la divinidad y de sus atributos y perfecciones, que si fuera posible verla en su mismo ser, pareciera iluminada con la claridad eterna del mismo Dios. Grandes cosas y gloriosas están dichas en la Iglesia católica de esta ciudad de Dios4 y de la claridad que recibió del mismo Señor, pero todo es poco, y todos los términos humanos le vienen cortos; y vencido el entendimiento criado, viene a decir que tuvo María santísima un no sé qué de divinidad, confesando en esto la verdad en sustancia y la ignorancia para explicar lo que se confiesa por verdadero. Si fue fabricada en el cielo, el Artífice sólo que a ella la fabricó conocerá su grandeza y el parentesco y afinidad que contrajo con María santísima, asimilando las perfecciones que le dio con las mismas que encierra su infinita divinidad y grandeza.
269. Su luz era semejante a una piedra preciosa, como piedra de jaspe, como cristal. No es tan dificultoso de entender que se asimile al cristal y jaspe juntamente, siendo tan disímiles, como que sea semejante a Dios; pero de este similitud conoceremos algo por aquélla. El jaspe encierra muchos colores, visos y variedad de sombras, de que se compone, y el cristal es clarísimo, purísimo y uniforme, y todo junto formará una peregrina y hermosa variedad. Tuvo María purísima en su formación la variedad de virtudes y perfecciones de que parece fabricó Dios su alma compuesta y entretejida, y todas estas gracias y perfecciones y toda ella semejante a un cristal purísimo y sin lunar ni átomo de culpa; antes en la claridad y pureza despide rayos y hace visos de divinidad, como el cristal que herido del sol parece le tiene dentro de sí mismo y le retrata, reverberando como el mismo sol. Pero este cristalino jaspe tiene sombras, porque es hija de Adán y es pura criatura, y todo lo que tiene de resplandor del sol de la divinidad es participado, y aunque parece sol divino no lo es por naturaleza, mas por participación y comunicación de su gracia; criatura es, formada y hecha por la mano del mismo Dios, pero para ser Madre suya.
270. Y tenía la ciudad un grande y alto muro con doce puertas.Los misterios encerrados en este muro y puertas de esta ciudad mística de María santísima son tan ocultos y grandes, que con dificultad podré yo, mujer ignorante y tarda, reducir a palabras lo que se me ha dado a entender; dirélo como se me concediere, advirtiendo que en el instante primero de la concepción de María Santísima, cuando se le manifestó la divinidad por aquella visión y modo que arriba dije5 , entonces, a nuestro modo de entender, toda la beatísima Trinidad, como renovando los antiguos decretos de criarla y engrandecerla, hizo un acuerdo y como contrato con esta Señora, pero sin dárselo a conocer por entonces. Pero fue como confiriéndolo entre sí las tres divinas Personas, y hablando de esta manera:
271. A la dignidad que damos a esta pura criatura de Esposa nuestra y Madre del Verbo que ha de nacer de ella, es consiguiente y debido constituirla Reina y Señora de todo lo criado. Y sobre los dones y riquezas de nuestra divinidad, que para sí misma la dotamos y concedemos, es conveniente darle autoridad, para que tenga mano en los tesoros de nuestras misericordias infinitas, para que de ellos pueda distribuir y comunicar a su voluntad las gracias y favores necesarios a los mortales, señaladamente a los que como hijos y devotos suyos la invocaren, y que pueda enriquecer a los pobres, remediar a los pecadores, engrandecer a los justos y ser universal amparo de todos. Y para que todas las criaturas la reconozcan por su Reina y superiora y depositaria de nuestros bienes infinitos, con facultad de poderlos dispensar, la entregaremos las llaves de nuestro pecho y voluntad, y será en todo la ejecutora de nuestro beneplácito con las criaturas. Darémosle, a más de todo esto, el dominio y potestad sobre el dragón nuestro enemigo y todos sus aliados los demonios, para que teman su presencia y su nombre y con él se quebranten y desvanezcan sus engaños, y que todos los mortales que se acogieren a esta ciudad de refugio, le hallen cierto y seguro, sin temor de los demonios y de sus falacias.
272. Sin manifestarle al alma de María santísima todo lo que este decreto o promesa contenía, le mandó el Señor en aquel primer instante que orase con afecto y pidiese por todas las almas y les procurase y solicitase la eterna salud, y en especial por los que a ella se encomendasen en el discurso de su vida. Y la ofreció la beatísima Trinidad que en aquel rectísimo tribunal nada le sería negado, y que mandase al demonio que le desviase con imperio y virtud de todas las almas, que para todo le asistiría el brazo del Omnipotente. Mas no se le dio a entender la razón por que se le concedía este favor y los demás que en él se encerraban, que era por Madre del Verbo. Pero en decir san Juan que la ciudad santa tenía un grande y alto muro, entendió este beneficio que hizo Dios a su Madre, constítuyéndola por sagrado refugio, amparo y defensa de todos los hombres, para que en ella lo hallasen todo, como en ciudad fuerte y segura muralla contra los enemigos, y como a poderosa Reina y Señora de todo lo criado y despensera de los tesoros del cielo y de la gracia, acudiesen a ella todos los hijos de Adán. Y dice que era muy alto este muro, porque el poder de María purísima para vencer al demonio y levantar a las almas a la gracia es tan alto, que es inmediato al mismo Dios. Tan bien guarnecida como esto y tan defendida y segura es para sí esta ciudad y para los que en ella buscan su protección, que ni podrán conquistar sus muros ni escalar por ellos todas las fuerzas criadas fuera de Dios.
273. Tenía doce puertas este muro de la ciudad santa, porque su entrada es franca y general a todas las naciones y generaciones, sin excluir alguna, antes convidando a todos, para que nadie, si no quiere, sea privado de la gracia y dones del Altísimo y de su gloria, por medio de la Reina y Madre de misericordia. Y en las doce puertas doce ángeles. Estos santos príncipes son los doce que arriba cité entre los mil que fueron señalados para guarda de la Madre del Verbo humanado. El ministerio de estos doce ángeles, a más de asistir a la Reina, fue servirla señaladamente en inspirar y defender a las almas que con devoción llaman a María nuestra Reina en su amparo y se señalan en su devoción, veneración y amor. Y por esto dice el evangelista que los vio en las puertas de esta ciudad, porque ellos son ministros y como agentes que ayudan y mueven y encaminan a los mortales para que entren por las puertas de la piedad de María Santísima a 1a eterna felicidad. Y muchas veces los envía ella con inspiraciones y favores, para que saquen de peligros y trabajos de alma y cuerpo a los que la invocan y son devotos suyos.
274. Dice que tenían escritos unos nombres, que son de los doce tribus de los hijos de Israel, etc., porque los ángeles santos reciben los nombres del ministerio y oficio para que son enviados al mundo. Y como estos doce príncipes asistían singularmente a la Reina del cielo, para que por su disposición ayudasen a la salvación de los hombres, y todos los escogidos son entendidos debajo de los doce tribus de Israel, que hacen el pueblo santo de Dios, por esta razón dice el evangelista que los ángeles tenían los doce nombres de los doce tribus, como destinado cada uno para su tribu, y que tenían protección y cuidado de todos los que por estas puertas de la intercesión de María santísima habían de entrar a la celestial Jerusalén de todas las naciones y generaciones.
275. Admirándome yo de esta grandeza de María purísima y que ella fuese la medianera y la puerta para todos los predestinados, se me dio a entender que este beneficio correspondía al oficio de Madre de Cristo y al que como Madre había hecho con su Hijo santísimo y con los hombres. Porque le dio cuerpo humano de su purísima sangre y sustancia, en que padeciese y redimiese a los hombres, y así en algún modo murió ella y padeció en Cristo por esta unidad de carne y sangre; y a más de esto, le acompañó en su pasión y muerte y la padeció de voluntad en la forma que pudo, con divina humildad y fortaleza. Y así como ella cooperó a la pasión y dio a su Hijo en qué padeciese por el linaje humano, así también el mismo Señor la hizo participante de la dignidad de redentora y le dio los méritos y fruto de la redención, para que ella los distribuyese, y que por sola su mano se comunicasen a los redimidos. ¡Oh admirable tesorera y depositaria de Dios, qué seguras están en tus divinas y liberales manos las riquezas de la diestra del Omnipotente! Pues tenía esta ciudad tres puertas al Oriente, tres puertas al Aquilón, tres puertas al Mediodía y tres puertas al Occidente. Tres puertas que correspondan a cada parte del mundo. Y en el número de tres nos franquea por ellas a todos los mortales cuanto el cielo y la tierra poseen y a quien dio ser a todo lo criado, que son las tres divinas personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada una de las tres quieren y disponen que María santísima tenga puerta para solicitar los tesoros divinos a los mortales, que aunque es un Dios en tres personas, cada una de por sí le da entrada y puerta franca para que entre esta purísima Reina al tribunal del ser inmutable de la santísima Trinidad, para que interceda, pida y saque tesoros y se los dé a sus devotos que la buscaren y obligaren de todo el mundo. Para que nadie de los mortales tenga excusa en ningún lugar del mundo, ni en ninguna generación ni nación de él, pues a todas partes hay no una puerta, sino tres puertas. Y el entrar en una ciudad por una puerta franca y patente es tan fácil, que si alguno dejare de entrar, no será por falta de puertas, sino porque él mismo se detiene y no se quiere poner en salvo. ¿Qué dirán aquí los infieles, herejes y paganos? ¿Qué los malos cristianos y obstinados pecadores? Si los tesoros del cielo están en manos de nuestra Madre y Señora, si ella nos llama y nos solicita por medio de sus ángeles y si es puerta y muchas puertas del cielo, ¿cómo son tantos los que se quedan fuera y tan pocos los que por ellas entran?
276. Y el muro de esta ciudad tenía doce fundamentos, y en ellos los nombres de los doce apóstoles del Cordero. Los fundamentos inmutables y fuertes, sobre que edificó Dios esta ciudad santa de María su Madre, fueron las virtudes todas con especial gobierno del Espíritu Santo que les correspondía. Pero dice fueron doce, con los doce nombres de los apóstoles; así porque se fundó sobre la mayor santidad de los apóstoles, que son los mayores de los santos, según lo de David, que los fundamentos de la ciudad de Dios fueron puestos sobre los montes santos7 ; como porque la santidad de María y su sabiduría fue como fundamento de los apóstoles y su firmeza después de la muerte de Cristo y subida a los cielos. Y aunque siempre fue su maestra y ejemplar, pero entonces sola ella fue la mayor firmeza de la Iglesia primitiva. Y porque fue destinada para este ministerio desde su inmaculada concepción con las virtudes y gracias correspondientes, por eso dice que sus fundamentos eran doce.
277. Y el que hablaba conmigo tenía una medida de caña de oro, etcétera, y midió la ciudad con esta caña por doce mil estadios, etc. En estas medidas encerró el evangelista grandes misterios de la dignidad, gracias, dones y méritos de la Madre de Dios. Y aunque la midieron con gran medida en la dignidad y beneficios que puso el Altísimo en ella, pero ajustóse la medida en el retorno posible y fueron iguales. La longitud fue tanta cuanta su latitud: por todas partes estuvo proporcionada e igual, sin que en ella se hallase mengua, desigualdad ni improporción. Y no me detengo ahora en esto, remitiéndome a lo que diré en todo el discurso de su vida. Sólo advierto ahora que esta medida con que se midieron la dignidad, méritos y gracia de María santísima, fue la humanidad de su Hijo unida al Verbo divino.
278. Y llámala el evangelista caña por la fragilidad de nuestra naturaleza de carne flaca; y llámala de oro por la divinidad de la persona del Verbo. Con esta dignidad de Cristo, Dios y hombre verdadero, y con los dones de la naturaleza unida a la divina persona y con los merecimientos que obró, fue medida su Madre santísima por el mismo Señor. El fue quien la midió consigo mismo y ella, siendo medida por él, pareció estar igual y proporcionada en la alteza de su dignidad de Madre. En la longitud de sus dones y beneficios y en la latitud de sus merecímientos, en todo fue igual sin mengua ni improporción. Y aunque no pudo igualarse absolutamente con su Hijo santísimo con igualdad que entiendo llaman los doctores matemática, porque Cristo, Señor nuestro, era hombre y Dios verdadero y ella era pura criatura y por esto la medida excedía infinito a lo que era medido con ella, pero tuvo María purísima cierta igualdad de proporción con su Hijo santísimo. Porque así como a él nada le faltó de lo que le correspondía y debía tener como Hijo verdadero de Dios, así a ella nada le faltó ni tuvo mengua en lo que se le debía y ella debía como Madre verdadera del mismo Dios; de manera que ella como Madre y Cristo como Hijo tuvieron igual proporción de dignidad, de gracia y dones y de todos los merecimientos, y ninguna gracia criada hubo en Cristo que no estuviese con proporción en su Madre purísima.
279. Y dice, que midió la ciudad con la caña por doce mil estadios. Esta medida de estadios y el número de doce mil con que fue medida María purísima en su concepción, encierran altísimos misterios. Estadios llamó el evangelista a la medida perfecta con que se mide la alteza de santidad de los predestinados, según los dones de gracia y gloria que Dios en su mente y eterno decreto dispuso y ordenó comunicarles por medio de su Hijo humanado, tasándolos y determinándolos por su infinita equidad y misericordia. Y con estos estadios se miden todos los escogidos y la alteza de sus virtudes y merecimientos por el mismo Señor. Infelicísimo aquel que no llegare a esta medida ni se ajustare con ella, cuando el Señor le midiere. El número de doce mil comprende todo el resto de los predestinados y electos, reducidos a las doce cabezas de estos millares, que son los doce apóstoles, príncipes de la Iglesia católica, así como en el capítulo 7 del Apocalipsis8 están reducidos a los doce tribus de Israel; porque todos los electos se habían de reducir a la doctrina que los apóstoles del Cordero enseñaron, como arriba también dije sobre este capítulo9 280. De todo esto se conoce la grandeza de esta ciudad de Dios, María santísima; porque si a los estadios materiales les damos 125 pasos por lo menos a cada uno, inmensa parecía una ciudad que tuviese doce mil estadios10 . Pues con la medida y estadios con que Dios mide a los predestinados, fue medida María, Señora nuestra, y de la altura, longitud y latitud de todos juntos nada sobró; que a todos juntos igualó la que era Madre del mismo Dios y Reina y Señora de todos y en sola ella pudo caber más que en el resto de todo lo criado.