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Jean-Nicolas Stofflet, el forastero vendeano

Jean-Nicolas Stofflet, el forastero vendeano

Javier Olivera Ravasi, el 27.11.20 a las 10:03 AM

A pedido de algunos amigos y lectores continuaremos con las “Crónicas Vendeanas” que nos quedaron en el tintero. Por ahora, con los tres generales que faltaban: Nicolas Stofflet, Maurice D’Elbée y Louis Lescure. Creíamos que eran figuras menores pero nos equivocábamos… A decir verdad, uno no sabe cuál elegir pues cada uno tiene una faceta admirable y heroica que lo convierte en un “gigante” de la Patria y de la Iglesia.

Para que no te la cuenten…
Hnas. Marie de la Sagesse y Mater Afflicta, S.J.M.

Un fiel servidor

En el centro de la Vendée militar, entre Cholet y Châtillon, se encuentra el castillo de Maulévrier con un importante obelisco en su patio interior, en el cual se leer: “A la memoria de Stofflet, nacido el 3 de febrero de 1753, en Barthélémont, General en jefe del ejército real del Bajo-Anjou, muerto en Angers, el 23 de febrero de 1796. Siempre fiel a Dios y al rey, murió obedeciendo”. En la cara opuesta está escrito:Este monumento fue erigido por Édouard Colbert, conde de Maulévrier, 1820”. El hombre a la gloria del cual se elevó el monolito no era simplemente el antiguo guarda bosque del castillo, sino algo más…

De origen humilde, Jean Nicolas nació en una familia pobre de Lorena que trabajaba los molinos de la región, su madre le transmitió la Fe y su padre el valor del sacrificio cotidiano. A los 16 años se enroló en la infantería y pronto fue incorporado en el Regimiento de Lyon donde conoció a su futuro señor y entrañable amigo, el coronel Édouard Colbert, conde de Maulévrier.

Luego de haber servido fielmente en el ejército durante 15 años, Stofflet decidió dejar la vida militar en 1786, para ponerse al servicio del conde como guardia de caza en los bosques de Anjou, donde su antiguo coronel tenía una extensa propiedad con un imponente castillo. Sin dudarlo ni un instante, el joven se trasladó a la Vendée junto con su única hermana Anne, a quien la familia Colbert contrató como institutriz de sus hijos, convirtiéndose en poco tiempo, en la dama de confianza.

Como guarda bosques Nicolas fue ejemplar, al punto que el propio conde testimoniará: “fue un oficio que él cumplió durante seis años, sin merecer jamás un reproche”. Después de todo, en su carrera militar había aprendido a maniobrar bien las armas y los caballos, por lo cual este “extranjero” no tardó mucho en hacerse conocido en la Vendée como uno de los más intrépidos y hábiles cazadores. Habitualmente se lo veía al lado de su señor o también con el conde Louis de La Rochejaquelein y su pequeño hijo Henri, quienes iban seguido a cazar en los bosques de Maulévrier (hoy Yzernay). Encuentros y amistades providenciales, que le irían trazando el camino.

Portarretrato de J.N. Stofflet de Robert Lefèvre

Stofflet era alto, robusto, de cabello oscuro y grandes ojos negros, su porte se imponía por sí mismo a primera vista. Al estallar la revolución en 1789, era un hombre soltero de 37 años, sin ningún compromiso mayor que el de su trabajo cotidiano. Acostumbrado a las fatigas diarias y a la soledad del bosque, se había vuelto un tanto huraño y de pocas palabras, aunque incondicionalmente fiel a los Colbert. A sus tareas habituales, se había agregado el ser amo y señor del castillo, ya que la familia del conde vivía temporariamente en Colonia debido una misión diplomática.

Cuando los acontecimientos se precipitaron Jean Nicolas, preocupándose por el destino incierto de la patria, no dudó en desaprobar abiertamente las nuevas ideas y aferrarse a la monarquía y a la Religión de siempre. Posición que en unos años más lo pondrá en la cima del levantamiento contrarrevolucionario que se estaba gestando, pues los campesinos de Anjou conocían muy bien la posición tradicional de este fiel servidor, límpido, honrado y de una sola pieza.

Guillotinado Luis XVI y declarada la leva forzosa, el ejército nacional penetró los tranquilos bosques de la Vendée en busca de nuevos reclutas. A los pobres campesinos de la región no les quedó mucha opción: someterse a la injusta medida o resistir bajo el mando de algún jefe natural que estuviese dispuesto a prepararlos para el combate y a morir con ellos. La suerte cayó sobre el reconocido guardabosque ya que su condición de ex militar de carrera, su disciplina castrense y la habilidad para dirigir personas, lo hicieron cumplir todas las condiciones necesarias para ser proclamado general en jefe. Todo ello, a pesar de su poca instrucción, su apariencia recia y de trato seco, sumado el acento tudesco que lo delataba como forastero… Nada fue impedimento para lograr un enorme ascendiente entre los vendeanos; quizás porque sus nobles sentimientos llenos de abnegación hacia el cumplimento del deber, cubrían ampliamente los defectos de cuna.

Destaquemos que tanto Stofflet como Cathelineau fueron los únicos generales importantes del ejército vendeano de origen humilde que encabezaron voluntariamente el levantamiento desde un primer momento, sin hacerse rogar para ir al frente, como fue el caso de la mayoría de los nobles.

Resistencia desde el bosque

Pronto la Convención Nacional mostró sus dientes, apoderándose de los bienes de la aristocracia y efectuando allanamientos sorpresivos por doquier; al mismo tiempo que caratuló al conde de Maulévrier en la lista negra de “emigrados” por residir fuera del país. Así, de un día para el otro, la guardia republicana aprovechó su ausencia para incautarse doce piezas de artillería, obsequio que la república de Génova le había otorgado al coronel Colbert en reconocimiento por sus servicios prestados durante la guerra de 1740. Fue el principio del fin; días después, le confiscaron todo el castillo

Ante semejante atropello efectuado por la fuerza y en ausencia de su señor, Stofflet no tuvo tiempo de reaccionar, quedando como testigo pasivo de la injusticia. Sin embargo alcanzó a expresar vigorosamente su irritación delante de la guardia republicana que de inmediato informó sobre “las quejas” del insurrecto servidor. No se hizo demorar mucho la orden de su detención, aunque para ese entonces el guarda parques ya se había escondido en los impenetrables bosques del Bajo-Anjou, preparando la resistencia junto con otros compañeros.

Desde allí, se iría gestando en torno a nuestro futuro héroe un verdadero ejército con una caballería de elite. Después de todo, no había sido casualidad que la revolución interrumpiese su tranquilidad, inmerso en la foresta… donde Stofflet se sentía como en casa. Quizás por ello, al igual que Charette, Jean Nicolas tuvo el tino de llevar adelante la guerra de guerrilla que lo haría perdurar casi hasta el final. Ejercitando a los suyos en el arte de dar el golpe en el momento oportuno y desaparecer de inmediato.

Jean Nicolas Stofflet, por Zéphirin Belliard

Debemos tener en cuenta que los vendeanos del ejército católico no recibían ningún sueldo, ni tenían una policía militar que los controlase, eran hombres libres que peleaban voluntariamente, respondiendo a la voz de su conciencia que los intimaba a defender sus hogares y sus altares. Seguían a un jefe a su elección: el más capaz o valiente, el más inteligente o dotado para el comando. Pues los generales no tenían otro privilegio que el dar ejemplo de heroísmo y coraje. Su autoridad, totalmente precaria y persuasiva, provenía más del tener una ascendencia moral sobre su tropa que de un poder oficialmente recibido.

Gobernador por acclamatio populi

Así fue cómo el 12 de marzo de 1793, el mismo día que otro pobre campesino llamado Cathelineau daba la señal de levantamiento general, Jean Nicolas comandaba 200 hombres hacia Nuaillé, para cooperar en la toma de Cholet con el futuro generalísimo, a quien no conocía ni tampoco había oído hablar jamás. Dos días después, Cathelineau y Stofflet entraban victoriosos en la ciudad. Enardecidos por este primer suceso, presagio de muchos otros, se dirigieron a Coron y a Vihiers, haciendo despertar el alma guerrera de cada campesino que se fue sumando a su paso.

Mientras tanto, en otras partes de Anjou y de Poitou, varios nobles se decidieron a tomar las armas, luego de ceder a la voz del pueblo de ponerse al frente, que los obligó hasta con amenazas de muerte. Pronto Bonchamps, D’Élbée y La Rochejaquelein se unieron a Cathelineau y Stofflet, y todos juntos partieron hacia Beaupréau, que cayó bajo su poder así como también Jallais, Chemillé y Argentons. Por el camino liberaron a Lescure, Marigny y otros prisioneros de la nobleza que también se alistaron en el ejército real.

Stofflet como Generalísimo de los vendeanos

En la toma de Fontenay-le-comte, Jean Nicolas, mostrando un valor a toda prueba en el combate, se ganó la estima de todos sus oficiales que lo nombraron gobernador por aclamación popular. En el poco tiempo que ejerció el cargo demostró una honradez y franqueza como ningún otro pudiera haberlo hecho mejor, además de ser un excelente administrador y conceder otro perdón heroico al mejor estilo Bonchamps. En efecto, luego de la batalla habían quedado 4.000 prisioneros republicanos en manos de los vendeanos, sedientos de lincharlos para contrarrestar las matanzas del enemigo. Pero Stofflet lo impidió, asumiendo sobre sí, la responsabilidad política y militar de liberar a todos, previo juramento de no tomar las armas contra los realistas. Y para mejor confirmarlos en su promesa, antes de soltarlos, les hizo rapar la cabeza, pues de esta forma se los podría identificar mejor en el campo de batalla, ya que el uso general en los hombres era tener el cabello largo hasta los hombros. Semejante acto fue aceptado y hasta aplaudido por su gente; aunque no tuvo el mismo eco en el bando republicano. El representante Lequinio pretendió desnaturalizar el noble gesto diciendo que el jefe vendeano había efectuado un simulacro hipócrita para ganar adeptos a su causa.

Fue también en ese mismo pueblo, en la casa de Mme. Grimouard de Saint Laurent, donde nuestro general decidió instalar su residencia temporaria como gobernador. Allí, por primera vez desde de la ejecución de Luis XVI, se encontró delante de un retrato del guillotinado monarca que lo conmovió hasta lo más profundo del alma. Los testigos narran que a la vista de la imagen, secándose las lágrimas, exclamó: “¡Canallas y miserables, han matado al mejor de los reyes. Nos corresponde vengarlo!”. Y como inspirados de lo alto, en aquel histórico momento Cathelineau, La Rochejaquelein, Lescure y otros generales presentes, tomando la mano temblorosa de Stofflet, juraron no envainar la espada hasta que Luis XVII fuese restablecido en el trono.

Retratos del rey Luis XVI y de su hijo el pequeño Delfín, más tarde, Luis XVII

El 27 de mayo de 1793, todos los jefes lanzaron una proclama dirigida al pueblo con el objetivo político y religioso que los unía: “El cielo se declara por la causa más santa y más justa. El signo sagrado de la cruz de Jesucristo y el estandarte monárquico prevalecen en todas partes sobre las banderas ensangrentadas de la anarquía (…) el voto de Francia, es el nuestro: recuperar y conservar para siempre nuestra Religión católica, apostólica y romana; y tener un rey que nos sirva de padre ad intra y de protector ad extra”.

En las buenas y en las malas

Jean Nicolas era un hombre en la plenitud de sus fuerzas, con algo de heroísmo salvaje en el frente, si se quiere; pero también inteligente y frío para actuar en las derrotas, donde siempre supo mantener en alto el espíritu de la tropa gracias a su palabra ardiente y a su ejemplo arrasador; incluso en los momentos más críticos sabía levantar el ánimo de los suyos entonando sencillos cantos militares de su autoría.

Lo cierto es que, cuando era necesario ir al combate, los vendeanos preguntaban directamente: “¿El Señor Stofflet va al frente?” y ante la respuesta afirmativa, más seguros incluso que de su propio coraje, se lanzaban con fuerza al escuchar el grito acalorado del general: “¡Vamos adelante mis bravos, a la muerte! ¡A morir por Dios y por el rey! ”.

Esta confianza ciega en su jefe estaba justificada por la bravura y audacia extraordinaria que él les mostró en cada batalla, como lo relata el joven Pierre Deniau, de 15 años en aquel entonces: “Yo he visto a Stofflet, sable en la mano, hacer saltar su caballo en la fosa de un campo, donde el enemigo estaba a 30 pasos, y mostrando la espada a los soldados gritó: ‘Ahí están, es hacia allí que debemos ir!’”.

A menudo reprendía con severidad las negligencias o debilidades de los suyos, sin andarse con muchas vueltas. Cada temporada de cosecha -por ejemplo- implicaba una lucha interna en la tropa vendeana, pues para los campesinos era una verdadera tentación y muchos amenazaban con dejar temporariamente el ejército para volver a sus campos. Enterado de que se rumoreaba esta situación entre la gente de Stofflet, el párroco de Saint Laud, les hizo un largo sermón de reprimenda para que no abandonen la lucha. A continuación le pidió al general que se los recuerde una vez más, pues a su entender, no había sido suficiente. “Para mí no es necesario tanto -replicó el jefe-, les diré: ‘el servicio del rey necesita que ustedes se queden. Yo se los ordeno, y esta pistola volará los sesos del primero que hable de partir…” Santo remedio, ninguno más osó hablar del tema.

Método similar usó durante la sangrienta batalla de Saumur, pues su energía no sólo se mostraba en el éxito, sino también en la difícil situación del fracaso. En un momento caótico, en el cual los campesinos aprovecharon para huir por la retaguardia, Stofflet impidió la fuga poniéndose en medio del paso y, pistola en mano, amenazó con volarle la cabeza al primer cobarde que pase delante suyo… Tal fuerza de convicción y de persuasión devolvió a los soldados todo la que habían perdido.

Al equivocarse en el campo de batalla, más de una vez, también debió bajar la cabeza. Se cuenta que ante el avance republicano hacia Châtillon, el Gral. Lescure decidió abandonar la posición para evitar un mayor derramamiento de sangre. Pero Jean Nicolas se opuso a la idea en medio de una acalorada discusión que terminó con el grito de Lescure: “¡Los que quieran morir, que sigan a Stofflet! Yo tomaré el camino opuesto…” Como es de imaginar, los soldados compartieron su decisión y abandonaron el plan temerario del general lorenés. Sin embargo, éste no abandonó el ejército y siguió adelante, luego de reconocer públicamente su error estratégico.

Además, su humildad se reveló en medio de la gloria. Luego de dos victorias seguidas en Cholet y en Doué, esta última contra el Gral. Santerre, uno de los que había ordenado el suplicio de Luis XVI, Stofflet se reunió con La Rochejaquelein, Lescure y el príncipe de Talmont quienes, llenándolo de alabanzas, pretendieron darle un galardón por los éxitos logrados, pero Jean Nicolas les replicó: “No es nada señores, no me busquéis una recompensa, ya la he tenido cumpliendo mi deber y teniendo la dicha de contribuir a la contrarrevolución. Pido solamente, que el Señor de Maulévrier me conserve el puesto de guardabosques”.

General en jefe

Bajo las órdenes de su amigo La Rochejaquelein, Stofflet cruzó el Loire buscando unir sus esfuerzos a los de Bretaña. Habiendo ya participado de las victorias más importantes, en Fontenay, Cholet, Saumur, Laval y Antrain; también compartirá las cruentas derrotas, especialmente durante el diezmado regreso hacia la Vendée.

Es de destacar que, de todos los generales, Jean Nicolas y Monsieur Henri, siempre supieron conservar sobre el ejército vencido un ascendiente salvador; sus voces no fueron nunca desconocidas entre los desmoralizados vendeanos. Después de todo, Stofflet había hecho carrera en poco tiempo, participando en más de 180 enfrentamientos en solo tres años de gesta y siendo herido una sola vez en combate, cuando una bala le perforó el muslo en la batalla de Doué. Apenas repuesto, pidió ir nuevamente al frente, ya que su vida estaba en el combate.

La muerte a traición sufrida por el joven La Rochejaquelein, el 28 de enero de 1794, asesinado por unos republicanos que venía de agraciar, sumió a Stofflet en la más profunda tristeza. Los testigos cuentan que fue él mismo quien debió enterrar y desfigurar el rostro de su amigo Henri, para evitar que los azules profanen su cadáver, mientras lloraba como un niño.

Y para cumplir al pie de la letra la divisa de su antecesor: “si muero, vengadme”, Jean Nicolas preguntó a los dos republicanos detenidos: “¿Quién de vosotros mató a mi General?”. “Yo”, respondió con mirada desafiante el asesino, y sin darle tiempo, le cortó la cabeza de un sablazo. Más para mostrarse dueño de sí mismo y no alimentar la venganza desmedida, dijo al otro republicano: “Vete, eres libre, Monsieur Henri te ha dado la gracia”. Y pasando tembloroso delante de todos, huyó despavorido sin explicarse la razón de su suerte. Así, haciéndose violencia, Stofflet había querido respetar el perdón inmortal de su entrañable Henri.

Además ordenó dar digna sepultura a la víctima y al victimario, pidiendo a los soldados guardar secreto de la muerte del generalísimo para no mermar la moral de la tropa. Este silencio impuesto temporariamente, fue un verdadero homenaje a la poderosa influencia del joven Henri, a pesar de sus 21 años.

No olvidemos que Stofflet había servido bajo las órdenes del marqués Louis de La Rochejaquelein, padre de tres héroes contrarrevolucionarios, y a menudo lo había acompañado a cazar. El antiguo guardabosque tenía por Herni un respeto y una admiración mucho más grande que por su padre, y sabía que sus soldados también lo amaban de la misma manera, por eso creyó necesario callar este suceso el mayor tiempo posible. Cuando ya se le hizo difícil, y los mismos vendeanos comenzaban a preguntarse por la suerte del generalísimo, Stofflet contestó lleno de lágrimas en los ojos: “Si, es verdad, he perdido al mejor de mis amigos”. Y para que el desánimo no los invadiese, agregó en alta voz: “Hemos perdido a nuestro jefe y nuestros enemigos se vanaglorian de haberlo hecho. ¿Quieren volver a sus casas destruidas y pedir gracia a la república o estáis dispuestos a combatir todavía conmigo por nuestra santa causa? Y a una sola voz se escuchó: “¡Nos os abandonaremos jamás!

Antes de partir al combate, Jean Nicolas ordenó que se celebre una misa por el alma de Henri y de su asesino en la iglesia incendiada y ya media en ruinas de Maulévrier. Al mismo tiempo, los generales lo nombraban nuevo Generalísimo del ejército vendeano, pero Stofflet se negó a ostentar ese título, prefiriendo el de “General en jefe del Alto-Poitou y Anjou”, sin dudas, para evitar conflictos con Charette que esperaba ser el elegido.

Acuerdos y desacuerdos

Hacia fines de 1794, el general Hoche con sus columnas infernales asolaba la Vendée, convencido que la guerra no acabaría hasta terminar con los principales jefes de los rebeldes que aún resistían: Charette y Stofflet.

El jefe angevino conocía muy bien las intenciones del general republicano, inclusive ya le había rechazado las falsas propuestas de paz, en términos bien claros y precisos: “…ayudados de nuestros fieles y generosos soldados, combatiremos hasta la muerte y ustedes reinarán solamente sobre la tumba del último de los nuestros. 28 enero 1795, Maulévrier, III año del reino de Luis XVII. Stofflet, General en jefe”.

Debido a esta situación de acercamiento con el enemigo, el jefe angevino se había distanciado de Charette, que había entrado en tratativas. La división de ambos líderes fue aprovechada por los azules, que pronto supieron sacar tajada de la desunión de los buenos. Así, agarrando por separado al jefe de Poitou, le propusieron la paz a buen precio. Y visto y considerando el estado de desarme de su ejército, la situación de devastación de la Vendée y el apoyo de los emigrados que nunca llegó…, a François Athanase no le quedó mucha opción que firmar el acuerdo de paz en el castillo de La Jaunaye, pues continuar la guerra conllevaría la ruina total de los realistas. Al fin de cuentas, los campesinos se habían levantado por el libre ejercicio de su Religión y por su rey, y la república prometía la reapertura de los templos y liberación secreta del Luis XVII. Además se les concedería una amnistía general a los rebeldes, la reconstrucción de las propiedades incendiadas, la devolución de los castillos confiscados a los nobles, el restablecimiento de la agricultura… en fin, el oro y el moro.

Sin embargo, cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía… Stofflet no quiso saber nada con la falsa paz, como tampoco algunas divisiones de Charette que se pasaron a las filas del angevino, jurando no reconocer jamás a la república. Jean Nicolas decidió continuar resistiendo desde su hábitat natural: el cuartel general en los bosques de Maulévrier, donde ya se había levantado una pequeña aldea para los refugiados de los alrededores, con hospital de campaña para heridos y enfermos atendido por religiosas, provisiones para el ejército y hasta una pequeña imprenta.

Stofflet visitando su hospital en los bosques de Maulévrier, el cirujano Baguenier Désormeaux asistido por los padres de Saint Laurent et y las Hijas de la Sabiduría

Por su lado, los republicanos no se dieron por vencidos. El general Canclaux, acompañado de nueve miembros de la Convención, logró entrevistarse nuevamente con el único jefe de la resistencia, quien escoltado de 200 campesinos, se presentó en la reunión sin mucha expectativa, recibiendo por parte de sus enemigos, todos los honores de su rango y valor. En aquella oportunidad, Canclaux le propuso un acuerdo sobre la misma base que el de Charette, ofreciéndole todo aquello que pudiera tocar su amor propio y ambición, con la única condición de reconocer la nueva república.

Y como para romper el hielo, Stofflet les preguntó: “¿Están ustedes autorizados a declarar el restablecimiento de la monarquía? ¿Tienen poderes necesarios para tratar sobre esa base?”. Como los republicanos no pudieron responder claramente, no había mucho tiempo que perder. En presencia de toda la plana mayor revolucionaria, el generalísimo se puso de pie para retirarse, no sin antes responder con una elocuencia lacónica: “No traicionaré jamás la causa por la que tomé las armas”. A semejantes palabras, el jefe republicano, no pudo evitar exclamar: “General, lo que acabáis de hacer es digno de un valiente”.

¡Al diablo con Charette y al diablo con los republicanos! ¡Seguiré la guerra hasta agotar mis fuerzas!” Gritó el general en jefe, luego que se le venciera el armisticio de 12 días que le habían concedido para responder la oferta.

Masacre de inocentes

Mientras tanto las columnas infernales del Gral. Crouzat con 11.000 republicanos, aprovechando la ausencia momentánea de Stofflet, llegaron hasta el corazón del cuartel general, guiadas por un traidor llamado Porcher que conocía bien el impenetrable lugar. El 25 de marzo de 1794 rodearon el bosque de Maulévrier y en un par de horas saquearon todo lo que pudieron de las precarias construcciones, robándose animales, alimentos y municiones, no sin antes quemar el hospital y fusilar a los sacerdotes, religiosas, madres de familia, niños, ancianos y heridos que creían tener refugio seguro. Nadie se salvó de las bayonetas, de hecho se estiman entre 1200 y 1500 las víctimas. Y hasta 3000 si contamos las masacres de los alrededores, perpetradas días antes. Los censos de la población de la época, juntando las ocho aldeas que rodean el bosque, hablan por sí solos: “Incluso si las cifras pueden tener algunas irregularidades, la despoblación del territorio fue bien real con 8490 habitantes en 1791 a 5840 en 1800”.

Aunque se desconocen los nombres de todos los masacrados, algunos contemporáneos lograron establecer una lista con nombres, apellidos y edades de muchos que oscila entre bebés de 3 meses de vida hasta ancianos octogenarios.

Para no olvidar la sangre de los inocentes, a mediados del siglo XIX los condes de Colbert erigieron una pequeña capilla neogótica en homenaje a las víctimas. Gracias a ello, hasta el día de hoy se recuerda el lugar como “el cementerio de los mártires”, algo que todavía le duele a la República laica. No por nada esta recóndita capillita ha sido cinco veces vandalizada en los últimos años, incluido el bellísimo vitral del Sagrado Corazón que todavía parece sangrar.

Capilla del cementerio de los mártires, erigida en medio de la foresta de Maulévrier con una escultura de Stofflet. Allí reposan también los restos del Conde de Colbert y su familia.

Primera hoja, de varias, del registro de las víctimas identificadas en la masacre de Maulévier, el resto de los nombres, sólo Dios los conoce

Mas volvamos a nuestro héroe en situación desesperada post matanza y acorralado por las circunstancias… debió firmar la paz en Saint-Florent al precio que le ofrecieron, aunque sobre las mismas bases del tratado de La Jaunaye. Lo cierto es que ni aún en ese crítico momento, Jean Nicolas bajó la cabeza, pues tuvo agallas para exigir que su antiguo señor, el conde de Colbert, sea tachado de la lista negra de emigrados y tenga la libertad de volver a su patria, previa restitución de todas sus propiedades confiscadas. Gracia que le fue concedida de inmediato.

Sólo cuando todas sus condiciones fueron aceptadas, el jefe angevino se dirigió a los soldados que estaban bajo sus órdenes para exhortarlos a cumplir el acuerdo. Así, quien fue uno de los primeros en tomar las armas, terminó siendo uno de los últimos en dejarlas, murmurando: “¡Si La Rochejaquelein todavía viviese, no hubiésemos llegado a esto!

Después de todo, desde el principio al fin, la Vendée fue un fenómenopopular”, por eso concluyó cuando los campesinos no pudieron más. Hecho reconocido por los mismos republicanos: “los jefes vendeanos no quisieron escuchar ninguna proposición, hasta que comprobaron que la resistencia era inútil, (…) ellos continuaron peleando mientras el pueblo quiso la guerra, y sólo cambiaron de parecer, porque el pueblo pidió la paz”. Honorable elogio salido de la boca de un enemigo.

Firmado el acuerdo, el generalísimo buscó hacerse olvidar, volviendo a su puesto de guardaparque por unos meses. En cuanto Charette y otro general vendeano, Sapinaud, retomaron las armas, Jean Nicolas no tardó mucho en seguirlos a pesar de imaginarse lo peor: “¡Vamos al patíbulo!”, les dijo a sus oficiales. Y durante tres semanas, intentó reclutar nuevamente a su gente desmoralizada por completo de tantas idas y vueltas.

Sin miedo a las balas

Le venían pisando los talones, cuando Stofflet se creyó a salvo en una perdida granja de Saugrenière, donde logró esconderse con varios oficiales que lo secundaban. El consejo de guerra que tuvieron terminó a las dos de la mañana, algunos dejaron el lugar esa misma noche, pero el general prefirió pernoctar allí, junto con cuatro compañeros. Todavía no había salido el sol, cuando los republicanos del Gral. Caffin cercaron el predio, gracias a la guía de un granjero, Raimbaud, a quien torturaron y amenazaron de muerte.

Los azules se acercaron a la puerta sigilosamente, hasta que alguien gritó: “¿Quién vive?”. “¡Un monárquico!”, contestaron, al paso que arrasaban con la puerta. La señora de Grignon, enferma y paralítica, junto con su joven asistente Lizé, hicieron de anfitrionas de la tropa.

Gral. Caffin: - “Sabemos que pasó la noche aquí, ¿dónde está Stofflet?

Sra. De Grignon: -Si, como ustedes dicen, el general se encuentra aquí, búsquenlo, la casa no es grande como para sustraerlo a vuestra pesquisa.

Gral. Caffin: -¡Habla! y te daremos dinero.

Sra. De Grignon: -No tengo por qué quejarme de mi situación.

Gral. Caffin: -¡Te cortaremos la lengua y quemaremos!

Sra. De Grignon: -Los vendeanos preferimos el horrible suplicio a una traición que nos pueda salvar la vida”.

Como no se les pudo sacar una palabra más, las tiraron al suelo y comenzaron a golpearlas. Ante los gritos y llantos, Stofflet salió armado del escondite: “¡Miserables asesinos, es a mí a quien deben matar!”. Se defendió con todo lo que encontró a mano, hasta tiró de los pelos a uno de los azules que dejó tendido en el suelo, casi ahorca a otro sino fuera porque un soldado le arrancó parte de la frente con un sablazo… el pedazo de carne cayó sobre sus ojos. Enceguecido con su propia piel y agotado por la pérdida de tanta sangre, lo tomaron prisionero al grito de ¡Viva la República!, mientras lo golpeaban con sus bayonetas en todo el cuerpo.

Gracias al sacrificio del general, al menos ambas mujeres, salvaron sus vidas y su honor, lo que no es poco decir, sobreviviendo inexplicablemente a la paliza recibida.

El 24 de febrero, el Gral. Hédouville, se apresuró a anunciar: “Stofflet fue tomado prisionero esta noche con dos ayudantes, dos mensajeros y un doméstico, en la granja de Saugrenière, cantón de Jallais, distrito de Cholet (…), hoy mismo serán juzgados y mañana fusilados”.

Despojado de su uniforme militar completamente ensangrentado, lo cubrieron con una camisa, y lo llevaron atado hasta Angers. Allí lo asistieron lo justo y necesario como para que pase su proceso, solo le levantaron la piel de la frente con un pañuelo atado alrededor de la cabeza. Esa misma tarde, Stofflet entró descalzo en la ciudad, acompañado de los otros prisioneros que compartirían su misma suerte. Cual otro sanedrín, durante la noche lo hicieron comparecer delante de una comisión militar que se prestó para el simulacro de juicio, aunque sus horas ya estaban contadas.

Lo cierto es que ni los sufrimientos de su profunda herida, ni su fusilamiento inmediato pudieron abatir la firmeza del generalísimo que se mantuvo de pie durante todo el interrogatorio, sin decir una palabra. No respondió a ninguna pregunta, ni siquiera dio su nombre. Solamente comentó que en el momento de batirse contra los guardias, “hubiese preferido morir luchando bajo sus golpes, que daros el honor de juzgarme y el placer de condenarme”. La sentencia a muerte no se hizo esperar para los cinco bandidos; asombrosamente le perdonaron la vida, no así la prisión, al joven Michel Grollot por tener 14 años.

El 25 de febrero de 1796, a las 9 de la mañana, llevaron a los rebeldes al Campo de Marte, repleto por una multitud de revolucionarios angevinos que, como era costumbre, los despreció y humilló con insultos y escupitajos. A sus 43 años, Stofflet no se dejó amedrentar, llevando su cabeza en alto, bien erguida, como un día de gloria. Llegado al lugar, le desataron las manos y con una impasible firmeza abrazó a cada uno de sus jóvenes compañeros de victoria y de suplicio: Charles Lichstenheim (24 años) y Joseph Devarrannes (30 años) de un lado, y Pierre Pinot (21 años) y Jean Moreau (20 años) del otro. Los cinco rezaron unos instantes y hasta alcanzaron a felicitarse de morir por Dios y por el rey. Perdonaron públicamente a los jueces que los condenaron, sin olvidar de agraciar también a los soldados que darían los disparos.

Antes de partir a la patria celestial, un recuerdo de su región natal invadió el alma de Stofflet que preguntó si algún lorenés se encontraba presente entre la tropa que lo fusilaría; un soldado salió del rango y acercándose, el general le obsequió su reloj, único objeto del cual podía disponer, quizás como último adiós antes de entrar en la eternidad, donde ya no le serviría.

Finalmente, el generalísimo juntó sus manos en actitud de oración durante algunos minutos, como si el tiempo se hubiera suspendido, hasta que el Gral. Flavigny dio la orden de vendarle los ojos y cargar los fusiles. Con su mano mutilada, Stofflet rechazó tajantemente el pañuelo: “Aléjense, voy a enseñaros, una vez más, que un general vendeano no tiene miedo a las balas”. Y agarrando con fuerza la mano de Litchenheim, señaló con la otra su corazón, mientras pasaba una mirada rápida e impasible sobre cada uno de los soldados del pelotón. Luego, con los ojos puestos ya en el cielo, dio él mismo la orden de fuego con una voz tan fuerte y firme como en sus mejores momentos de triunfo:¡Viva la religión! ¡Viva el rey!” Dos vivas que resumían toda su vida guerrera.

Caídos en tierra, el general y su ayudante, todavía permanecieron unidos de la mano. Juntos habían combatido y juntos murieron por el mismo fuego que, en un abrir y cerrar de ojos, los presentó acrisolados ante el Justo Juez.

Un testigo de la inolvidable escena, nos dice: “Apenas caídos sus cuerpos fueron puestos en una carreta, y la gente se abalanzó ávida de ver a hombres tan valientes, que a partir de ese instante habían quedado mudos e inmóviles…”.

El Gral. Hoche fue el encargado de anunciar la ejecución del jefe angevino y de hacer mutilar su brazo derecho y su cabeza para exponerlos a la curiosidad de la plebe durante algunos días en las calles de Angers. Conservada en vino, envió la cabeza a París como precioso trofeo, junto con la cruz que el general llevaba en su pecho, su cinturón y una pulsera marcada con las iniciales “C.C.”, indicando el título y el apellido del señor de Maulévrier.

Al enterarse de la suerte de su compañero, Charette escribió: “Su muerte aflige a todos los bravos realistas, que solo piensan en vengarlo”.

Cráneo de J. N. Stofflet expuesto en el Museo Histórico de Cholet

Los restos de sus despojos mortales fueron tirados en una fosa común en el cementerio de Clon junto con el de sus cuatro compañeros. Aunque su cuerpo nunca se encontró, ‘gracias’ a la macabra costumbre revolucionaria, hoy día se puede ver, y por qué no, venerar, el cráneo de Jean Nicolas Stofflet, expuesto en el Museo de Cholet.

Ad memoriam…

Desde el exilio en Véronne, el 17 de marzo de 1796, Luis XVIII escribió a su pariente, el príncipe de Condé y a los nobles emigrados que lo acompañaban formando un pequeño ejército al borde del Rin: “Me acabo de enterar, mi querido primo, la triste e infelizmente cierta noticia de la muerte del Gral. Stofflet, víctima de su amor por Dios, por su patria y su rey. La tristeza que siento se aumenta más todavía por la imposibilidad en la que estoy de darle yo mismo los honores que le son debidos hacia todo soldado verdaderamente francés. Reemplazadme pues, haced celebrar para este bravo hombre un servicio solemne, al cual usted asistirá a la cabeza de los valientes hombres y fieles tropas de las cuales os he confiado el mando. Una común expresión de dolor y de estima resonará desde el borde del Rin hasta las riberas del Loire, donde los bravos realistas del interior lamentan en este momento la pérdida de uno de sus jefes, ella enseñará al universo que por todas partes los buenos franceses tienen un solo corazón y una sola alma. Adiós mi querido primo, usted conoce toda mi amistad. Luis”. Sus deseos fueron órdenes.

Tampoco se quedó atrás en reconocimientos hacia el guardabosques, el conde Colbert ¡quien tanto le debía! Cuando las aguas se apaciguaron, convocó a los oficiales y soldados que habían peleado junto al generalísimo, e hizo erigir en su honor el gran obelisco que hemos visto al principio con una aguja terminada en flor de lis, luego abatida: “Este monumento, aunque sea muy simple, es un reconocimiento de todos los que sirvieron bajo las órdenes de Stofflet, y es un justo homenaje pagado al afecto que este bravo hombre conservó por su antiguo señor”.

Noble acción, la de rendir honor público y memoria perenne a tan buen y fiel servidor, el forastero lorenés que supo pagar con su sangre la naturalización vendeana y, ciertamente, también su entrada a la Patria Celestial.

Hnas. Marie de la Sagesse y Mater Afflicta, S.J.M.

Bibliografía consultada:

- Crétineau-Joly, Jacques (2018). Les 7 Géneraux Vendéens. Ed. Pays & Cholet.

- Brégeon, Jean-Joël (2019). Les héros de la Vendée. Ed. du Cerf. Paris.

- Stofflet, Edmond. (1875) Stofflet et la Vendée. Ed. E. Plon. Imprimeur-Editions. Paris.

leblogdumesnil.unblog.fr/…en-de-la-republique-francaise/

vendeensetchouans.com/…hives/2015/05/17/32069903.html

Vínculo: quenotelacuenten.org/…tofflet-el-forastero-vendeano/

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