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Clasicidad, III: Cambio y revolución

Clasicidad, III: Cambio y revolución

Alonso Gracián, el 15.11.19 a las 9:55 PM

En su lucidísima crítica a la obra de Maritain, contrastándola con la de los polemistas católicos, concretamente Bossuet, el gran Leopoldo Eulogio Palacios comentaba que «la variación es signo del error. ¿Varías? ¡Luego yerras!». (LEOPOLDO EULOGIO PALACIOS, El Mito de la Nueva Cristiandad, Rialp, Madrid, 1952, pág. 12).

La variación, el cambio, la innovación, la novedad, la diferencia indebida, la mutación son indicios de error. El crecimiento, la perfección, la aplicación, la explicitación, el enriquecimiento, la glosa fiel son signos de verdad.

La variación no se hace verdadera por más que se apoye en la potestad. ¡La norma no vuelve verdadero lo que es falso!

La traditio garantiza el bien común porque entrega fielmente el legado, que es bien comunicable y universal. Fielmente significa sin cambio, sin variación, sin corrupción, es decir sin alteración.

Es virtud del accipiens la recepción agradecida de la herencia, y por tanto su custodia. La protege frente al Maelstrom, la defiende con su vida, la engrandece comprendiéndola mejor, extrayendo con manos de hierro sus virtualidades ocultas, con temor y temblor y auxilio divino.

El hombre tradicional, en cuanto accipiens, es hombre deudor, y en él se cumple la Escritura, que cuestiona: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorías, como si no lo hubieras recibido?» (1 Cor 4, 7).

La visión tradicional del mundo no es otra: es la del Padre Nuestro: dimitte nobis debita nostra, sicut et nos dimittimus debitoribus nostris. Y es que todo lo hemos recibido de Dios, somos deudores suyos, tanto en el orden natural como en el sobrenatural. Por eso explica Santo Tomás que

«El hombre es constituido deudor, a diferentes títulos, respecto de otras personas, según los diferentes grados de perfección que éstas posean y los diferentes beneficios que de ellas haya recibido.[…] Así, pues, después de a Dios, el hombre les es deudor, sobre todo, a sus padres y a su patria» (S. Th., II-II, 101, 1)

El hombre revolucionario se siente acreedor. No pide, exige. No recibe, desecha. El Estado ha de plegarse a sus pretensiones, que quiere juridizar. Reclama y contrarreclama su parte, que es bien suyo y de nadie más, y en este orden de reclamaciones y contrarreclamaciones (Turgot), de voluntades y contravoluntades, pretende fundar la sociedad. Ama el cambio, lo novedoso, lo original, para no deberle nada a nadie ni a nada, ni a la naturaleza de las cosas. Quiere competir con el Creador, su “fidelidad” debe ser “creativa", su libertad, autodeterminada; su religión, la que prefiera.

El hombre sin tradición está obsesionado con las innovaciones, con lo novedoso, con lo original, con hurtarle a Dios su papel de Creador. Sueña autocrearse y ser causa primera, y para eso inventa la revolución.

El hombre tradicional, frente al cambio y al afán de movimiento, prefiere la estabilidad, la determinación de un punto de apoyo invulnerable, en que permanecer en la verdad. Ama el orden que viene de arriba, la esencia de las cosas, la ley de la virtud y el auxilio sobrenatural que lo hace posible.

El hombre tradicional aborrece el espíritu de independencia y la variación sustancial que lleva consigo, rechaza el mundo de las altas velocidades de la Modernidad. Renuncia a lo suyo para entregarse al legado, y hacerse tradición.

Sólo así, a hombros de gigantes, fortalecido por la gracia, camina la corriente salvaje del Maelstrom y combate la revolución.

David Glez Alonso Gracián