Mi Pasión continúa / CONFIDENCIAS DE JESÚS A UN SACERDOTE. Monseñor Ottavio Michelini

MI PASION CONTINÚA

Qué alejados de la verdad están aquellos, y no son pocos, que piensan y contemplan el Misterio de mi Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección como un acontecimiento tan lejano que se pierde al fondo de los siglos.
Qué alejados están todavía de la verdad los otros que piensan en Mí, quizá sí, glorioso en el Paraíso pero olvidado o desinteresado de las cosas de los hombres y de los acontecimientos humanos. Éstas son las distorsiones de una fe tenue, enferma y contagiada por la ignorancia.
Un cristiano no puede ignorar mi presencia, además de en el Paraíso, también en la tierra. Los cristianos no pueden ignorar que estoy y estaré en la tierra hasta la consumación de los tiempos.
Ningún hecho o acontecimiento de las personas o de los pueblos, por grande o pequeño que sea, puede ser extraño a mi Corazón misericordioso.
¡No sería Dios, si esto no fuera así!
Los cristianos no deben ignorar que, si físicamente no puedo ya sufrir, en cambio moralmente estoy atrozmente apenado por la frialdad e ingratitud, por las ofensas, las traiciones y las horribles blasfemias con las que continuamente soy ultrajado.
Los Judas se han multiplicado fuera de medida. El amor no es correspondido, y a menudo recompensado con hostilidades e insultos de todo género, y sufrimiento que los hombres en la dureza de su corazón no pueden comprender.
Qué alejados están de la realidad aquellos que tienen una visión tan nebulosa del Misterio de la Salvación. Misterio en acto, es el Misterio de la Cruz, que continúo en la crudeza atroz aunque en modo incruento.
Mi Sangre es derramada en verdad continuamente por la remisión de vuestros pecados; mi Cuerpo es verdaderamente dado en alimento para nutrir vuestras almas. Soy verdaderamente la Víctima ofrecida al Padre y en Mí, Víctima divina, Humanidad y Divinidad se encuentran y se reconcilian en un amor infinito.

Allí está Dios omnipotente

Hijo mío, ¡si por lo menos mis sacerdotes tuvieran la firme y sólida convicción de que Yo, Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre, punto de encuentro de la humanidad pecadora con mi Padre celestial, estoy siempre con vosotros, en medio de vosotros día y noche en estado de víctima!
Si por lo menos estuvieran convencidos, cuando me encierran entre aquellas pequeñas cuatro paredes, que allí está Dios Omnipotente, Creador del Cielo y de la tierra, Redentor y Salvador, podrían tener por lo menos un latido de amor por Mí, pero para estas consideraciones no hay lugar en el ánimo.
Han abandonado mis caminos, mis senderos y no tienen tiempo de buscarme en mi humilde morada. Una fe viva, verdadera, vivida hora tras hora en una ofrenda continua, haría inflamar un incendio purificador en toda Mi Iglesia; sería capaz de aplacar la divina Justicia y detener la hemorragia de almas encaminadas a la perdición eterna.
¡Qué tremenda responsabilidad para mis sacerdotes, que tienen posibilidad y medios eficaces para colaborar Conmigo para la salvación de las almas, pero no se sirven de ello!

Confianza en el médico

—¿Qué hacer, Señor, para que nosotros sacerdotes podamos entrar nuevamente en nosotros mismos? ¿Para que podamos salir de la oscuridad que nos envuelve, para despertarnos del letargo en el que hemos caído? ¿Para que podamos sacudirnos y salir de la crisis que nos ha afectado?
Se necesita que con gran humildad os convenzáis del mal que sufrís. Ningún enfermo, si no tiene clara conciencia de su mal, puede sentir la necesidad de curarse.
Ningún enfermo si no tiene plena confianza en el médico que lo cura, se da prisa de curarse.
Ninguno de mis muchos sacerdotes afectados por crisis de fe, si no se convence de su mal, sentirá la necesidad de curarse espiritualmente.
Ninguno de mis sacerdotes afectados por crisis de vida interior, si no tiene confianza en Mí, presente en mi Vicario, encontrará la fuerza para recuperarse.
Yo he hablado, por medio de Mi Vicario, abundantemente acerca de la infección que aflige al clero de este siglo materialista.
He indicado con claridad las causas y los remedios de esta infección. Pero ¿quién ha tomado en serio mis palabras?
Aun prescindiendo de esto, que es tan importante, ¿no soy Yo el Camino, la Verdad y la Vida?
¿No he dicho claramente: "quien quiera venir en pos de Mí tome su cruz y niéguese a sí mismo?” ¿No es ésta una clarísima indicación para todos y para mis sacerdotes en particular?
Aquí, hijo mío, está la clave y la solución de todos los problemas originados por la crisis de fe. Mortificación interior y mortificación exterior.
Esto contrasta con la vida que se lleva y se quiere llevar: cine, televisión, automóvil sin a veces justificación pastoral alguna que lo excuse, dinamismo febril pero improductivo, poca disponibilidad y propensión para la oración.
De aquí el paso a la rebelión interior y exterior es breve. Entonces, en una verdadera y propia anarquía los últimos resplandores de fe se apagan en un tenor de vida enteramente condicionado por la civilización pagana de este siglo.
Poned la segur a la raíz sin tergiversar, podando lo que debe ser podado, después en mi Corazón Misericordioso encontrareis todos los remedios para remontar el sendero arduo, sí, pero no impracticable de la virtud.
Te bendigo hijo, Ámame mucho.

30 de Septiembre de 1975

EL LLANTO NO ES SIGNO DE DEBILIDAD


Hijo mío, Yo he llorado y no una sola vez como alguno cree. He llorado contemplando desde lo alto la Ciudad, objeto de mi gran amor. Mis lágrimas eran el rebosar al exterior de un dolor que mi Corazón no podía ya contener.
He llorado pues no por debilidad, sino porque veía las llagas de la Ciudad predilecta, la destrucción y la suerte señalada por la Justicia divina.
Qué necios son los que piensan poder burlarse de Dios con terca obstinación, o bien otros que piensan poder continuar en sus pecados, confiando en la Misericordia divina.
Olvidan como ya te he dicho, que en Dios, misericordia y justicia son inseparables porque son una cosa sola.
Hijo, no sólo una vez lloré sobre la Ciudad amada y predilecta, pero he llorado otras veces por la ruina de las almas, tan amadas y que por ellas no he vacilado en inmolarme como víctima de expiación y reconciliación en el Calvario y en los altares.
He llorado por Judas, como ya sabes, no tanto por la traición perpetrada a mi respecto, sino por la pérdida de su espíritu soberbio, lujurioso e impenitente.
Judas ha resistido a mi amor y a todo impulso de mi gracia. Habría bastado un acto simple de arrepentimiento y Yo, con alegría, lo habría salvado.
Esto lo deben de considerar bien los centuplicados Judas de estos tiempos, y deben considerarlo también los numerosísimos hijos míos que se obstinan en rechazarme.
No es debilidad pues, mi llanto, sino el rebosante dolor de mi Corazón herido mortalmente por la ruina de tantas almas, no pocas de ellas consagradas a Mí.

Ha llorado también la Madre

Ha llorado también mi Madre, la mas fuerte y valerosa entre todas las madres de la humanidad. Ha derramado lágrimas amargas en tiempos lejanos y cercanos, ante la casi total insensibilidad de muchos sacerdotes y fieles.
Ella conoce bien la grave crisis que sufre mi Iglesia y el mundo entero, sordos a todo reclamo de mi Corazón misericordioso, envueltos en una pavorosa oscuridad que es preludio de la inminente tempestad.
No rían los hijos del pecado, no rían los hijos de las tinieblas: ¡la espada de la divina Justicia pende sobre su cabeza!
Hijo, ¿qué más podía hacer por mi querida y tiernamente amada Ciudad? Entonces dije: "¡Jerusalén, Jerusalén, tu que matas a los profetas y lapidas a los que te son enviados, ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus pollitos bajo sus alas y vosotros no habéis querido! Os será abandonada vuestra casa desierta y de ti no quedará piedra sobre piedra".

Arroja la semilla

¿Acaso hoy mi Iglesia, mis Iglesias, las ciudades y las naciones, son mejores que Jerusalén?
Pero ¿qué cosa podía hacer que no haya hecho para salvaros?
Jerusalén me rechazó. Jerusalén me condenó; no faltaron los buenos que sí acogieron mis palabras, como tampoco faltan hoy.
Ciudades y pueblos sumergidos en un nauseabundo paganismo, me rechazan renovando así la inicua condena.
Hijo mío: el curso de la divina Justicia será inexorable e irresistible.
Transmite este mensaje mío a tus hermanos, sin preocuparte de las reacciones que de ello puedan venir.
Como buen sembrador arroja la semilla, de la cual aunque únicamente un solo granito cayera en buen terreno, no habrá sido inútil tu trabajo y tus sufrimientos.
Habrás hecho un buen servicio a tus hermanos y dado a Mí un poco de alegría entre tantas amarguras que me son dadas.
Te bendigo hijo mío, ámame mucho.

1 de octubre de 1975

ME DOY CONTINUAMENTE


— Señor, he dado en visión tu mensaje de la participación de la Santísima Virgen en el Misterio de la Cruz” [14] a algunas personas. Han encontrado dificultad en creer lo que en él se ha dicho con relación a la presencia de María Santísima en el Sacrificio de la Santa Misa en el ofrecimiento que Ella, unida a Ti, hace de Sí misma al Padre.
Esto te dice, hijo mío, que los buenos aún no han intuido nada o casi nada de la esencia del Cristianismo. Podrás también comprender qué cosa sabrán aquellos que a ti te pueden parecer menos buenos. . .
En mis precedentes mensajes se ha afirmado muchas veces que Yo soy El Amor y que en el Mandamiento del Amor está toda la ley y los profetas. Pero la naturaleza del amor comporta en su manifestación el dar y el darse.
Yo, Dios he dado todo a vosotros y me he dado, todo Yo mismo a vosotros. Yo Dios he dado a vosotros la Vida, Yo Dios he dado a vosotros la Redención.
Yo os he dado el universo, Yo os he dado la tierra, esta maravillosa casa en que habitáis (y que estáis desfigurando) y eso que es la casa del exilio.
Aire, luz, sol, calor, frío, mares y ríos, montes y fértiles llanuras, plantas, frutas y flores, animales y peces de todo género y especie; son todos dones de mi amor.
Pero Yo no soy sólo el amor sino el Amor eterno, infinito, increado. No bastaba haberos dado todo, toda la obra de mi creación sino que he querido darme a Mí mismo: Yo, El Creador, el Señor de todos y de todo, El Dios Omnipotente, omnipresente y omnisciente.
Me doy continuamente a vosotros en el Misterio de la Cruz realmente perpetuado, incesantemente consumado y renovado en el Misterio de la Santa Misa.

Vive de Mí

El amor por su naturaleza tiende a la unión por ley sobrenatural y natural. Yo Dios Omnipotente puedo todas las cosas, puedo saciar mi sed ardiente de amor dándome enteramente a vosotros para ser con vosotros una sola cosa como Uno soy con el Padre y el Espíritu Santo. Somos Tres en Uno exactamente por esta ley del amor.
Después de Mí, la Criatura cuyo amor es sin límite, es Mi Madre, obra maestra de la Santísima Trinidad. Ella, asociada a Mí en el Misterio de la Encarnación y en el Misterio de la Cruz no podía dejar de estar asociada a Mí en el Misterio de la Santa Misa que es el mismo Misterio de la Cruz aunque incruento.
Hijo, si el amor me ha llevado a unirme a vosotros en el Misterio Eucarístico, con mayor razón me lleva a unirme a Mi Madre en una comunión perfecta, única en toda la historia de la humanidad. Confirmo que Ella vive de Mí, de mi Naturaleza divina como Yo vivo de Ella, de su naturaleza humana.
Por tanto, es lógico que donde estoy Yo Ella también esté; es más, es por necesidad de la naturaleza del amor.
Mi Madre no solamente aceptó el sacrificio de la Cruz consumado en aquel momento histórico sino que ha aceptado también el Sacrificio de la Cruz en su extensión en el tiempo.
No habría sido perfecto su amor si no hubiese sido así: por tanto es verdaderamente real su presencia en la Santa Misa como en el Calvario; es verdaderamente real el ofrecimiento de Sí misma al Padre conjuntamente Conmigo, con mi ofrecimiento.
Es verdaderamente real su “fiat” en el Calvario como en el Altar para la remisión de vuestros pecados: si no fuera así, no sería corredentora.
Corredentora fue, es y será Conmigo en su perfecta comunión, como Yo estaré en comunión con vosotros en la eternidad: ahora unidos mediante el Misterio de la fe para quien en ello cree y de ello vive, en la eternidad en una comunión perfecta en la recíproca e intercambiable donación mía y vuestra en la gloria del Paraíso.

Tome su cruz

¿Por qué, hijo mío, muchos cristianos y también muchos sacerdotes no quieren profundizar, creer y vivir estas sublimes realidades divinas?
Están demasiado distraídos para hacerlo, están demasiado afanados en sus pequeñas y transitorias vicisitudes cotidianas. Si se ocuparan de estas realidades, ¡qué grandes resplandores de luz penetrarían las' tinieblas que envuelven almas, familias, pueblos, la misma Iglesia mía!
¡Qué lluvia de gracias haría brotar de mi Corazón abierto! ¡Cuántas almas serían arrancadas del infierno y cuánta alegría darían a Mi Corazón Misericordioso tan atrozmente acongojado!
Si los así llamados buenos no consiguen a entender nada o casi nada del móvil de su creación y de su redención, si muchos de mis mismos sacerdotes consideran baratijas de poca cuantía los prodigios de mi amor, (bien lejos por eso de vivirlos ellos, mis ministros, los administradores de los frutos de mi redención), si las almas consagradas, religiosos y religiosas frecuentemente viven una piedad superficial, formalista por la concepción materialista de la vida, con todo esto puedes entender e imaginar el estado de salud espiritual de Mi Cuerpo Místico.
Yo he venido a traer el fuego a la tierra; es necesario que este fuego arda en las almas. Pero no hay alternativas para esto: uno es el camino para todos, en particular para las almas consagradas. Quién quiera venir en pos de Mí tome su Cruz y niéguese a sí mismo. A nadie he prometido el paraíso en la tierra.
Es necesario convencerse que la vida terrena es una prueba; la prueba sólo se la puede superar viniendo en pos de Mí. Hijo, quién obstinadamente se cierra a mi Amor, se despertará al rigor de la divina Justicia.

Mensajes a Mons. Ottavio Michelini