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¿Son estos los últimos tiempos?

¿Son estos los últimos tiempos?

Por INFOVATICANA | 16 noviembre, 2019
Por Pedro Abelló

En un sentido amplio, el término “últimos tiempos” designa la totalidad del periodo comprendido entre la primera y la segunda venida de Cristo, la primera en la humildad del pesebre de Belén para padecer y morir por nosotros, y la segunda en gloria y majestad, “como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente” (Mt 24-27), para juzgarnos y dar a cada uno lo que le corresponde, “las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda” (Mt 25-33), a unos el Reino y a otros la gehena. Por lo tanto, la primera y más general respuesta es “sí”, hace más de 2000 años que vivimos en “los últimos tiempos”.

La primera venida de Cristo es el centro de la Historia, pero no un centro geométrico o matemático, equidistante de ambos extremos, sino un centro espiritual totalmente orientado a la Parusía, por lo que no debemos suponer que el tiempo entre ambas venidas deba ser equivalente al transcurrido entre la creación del hombre y el nacimiento de Cristo, pues probablemente será muy inferior, de modo que nadie debe confiar en que la Parusía y el Juicio sean acontecimientos tan lejanos que no vayamos a ser sus testigos. Tal vez estén mucho más cerca de lo que pensamos. Es necesario leer los signos de los tiempos. “Si supiera el dueño de la casa a qué hora viene el ladrón…” (Lc 12-39).

Ahora bien, esos “últimos tiempos” son un ciclo que se inserta en otro ciclo más amplio, el llamado en el Libro de Daniel “Tiempo de los gentiles” o tiempo de la ciudad terrenal, que se inicia con los antiguos imperios de Asiria y Babilonia. A su vez, dentro de ese “Tiempo de los gentiles”, en Daniel podemos encontrar un ciclo menor o “Tiempo de las naciones”, que se identificaría con el tiempo que la Historia concede a los reinos o naciones herederas del imperio romano (los 10 dedos de los pies del coloso del sueño de Nabucodonosor), y que hoy serían las 10 grandes “naciones” de Occidente: Francia, Alemania, Gran Bretaña, Italia, Iberia, los Países Bajos, Escandinavia, la Europa Central, la Europa Balcánica y Rusia, herederas a su vez de las 10 naciones que surgen de las ruinas de Roma: Hérulos, Lombardos, Francos, Burgundios, Visigodos, Suevos, Alamanes, Sajones, Ostrogodos y Vándalos (ver Raoul Auclair, La fin des temps).

Podríamos pensar en la posibilidad de que esos tres ciclos coincidan en su momento final, y de que sea a ese momento al que se refieren las profecías de Mateo 24 y Lucas 21. En ese caso, el ciclo que nos interesa especialmente es el “Tiempo de las naciones”, que es nuestro tiempo. Puesto que vivimos en él, nos debe resultar posible juzgar su mayor o menor adecuación a lo previsto en esas profecías escriturarias.

Es tal vez al final de ese “Tiempo de las naciones” al que Cristo se refiere cuando se pregunta: “Pero cuando el Hijo del hombre regrese, ¿encontrará todavía fe en la tierra?” (Lc 18-8). Debe ser, pues, un tiempo en el que la fe se habrá apagado en el hombre, y la fe sólo puede apagarse en el hombre por la obra del Maligno. La fe se apaga cuando el hombre expulsa a Dios de su corazón, y como el corazón rechaza el vacío, ese espacio pasa a ser ocupado por el Enemigo, por el Padre de la Mentira.

Debemos entonces, para acercarnos a esos “últimos tiempos” a los que se refieren Mt 24 o Lc 21, y a la posibilidad de que se trate del fin del “Tiempo de las naciones”, de nuestro tiempo, tratar de determinar si vivimos en un momento de la historia en el que el hombre haya perdido la fe, y si existe un proceso que haya conducido a tal resultado, un proceso por el que el Enemigo se haya ido infiltrando en el corazón del hombre hasta llegar prácticamente a dominarlo, y la primera y obvia cuestión sería: ¿responde nuestro tiempo a esa pregunta de Jesús? Y si fuera así, ¿cómo hemos llegado a ello?

Cierto que la fe no se ha extinguido en el mundo, pero tampoco la pregunta de Jesús implica una extinción total de la fe, puesto que Dios ha reservado siempre un resto fiel, el “pequeño resto fiel”, los sellados de Apocalipsis 7, el “remanente escogido por gracia” de Rom 11, 5, un resto que es la “verdadera Iglesia de los últimos tiempos”.

Debe ser, pues, un tiempo en que la gran mayoría de los hombres haya expulsado a Dios de sus vidas, y sólo un pequeño número (siempre en términos relativos) siga recordando que Dios es Creador y Padre, y que el hombre está destinado a regresar a su Fuente divina, a condición de mantenerse fiel a Ella.

¿Podemos decir que, en nuestros días, el hombre ha olvidado a Dios? El hombre de hoy vive ajeno e indiferente a Dios, cuando no contra Dios. Muchos hombres han hecho del odio a Dios el sentido de sus vidas, y, sin embargo, quien odia a Dios en el fondo cree en Él, aunque sea para combatirlo. Pero, en general, el hombre vive como si Dios no existiese. Un número enorme y creciente de personas piensa que no existe, pero incluso los que admiten en una medida u otra su existencia, incluso los que se identifican como creyentes, no le dan ningún valor: prescinden de Él en su vida cotidiana, incumplen Su ley, no le dan ningún culto, y los que se dicen católicos o cristianos fabrican una religión a su gusto, una religión “de corta y pega”, escogiendo lo que les interesa, dejando a un lado lo que les incomoda o les exige demasiado, e incluso intercalando elementos de otras llamadas “espiritualidades”, totalmente extrañas y casi siempre incompatibles con el cristianismo.

¿Puede llamarse fe a eso? Si preguntamos a las personas por su objetivo en la vida, encontraremos muchas respuestas parecidas: “pasarlo lo mejor posible”, “vivir tranquilo”, “vivir cómodamente y sin problemas”, “disfrutar de la vida”… ¿Pero cuántas nos responderán que su objetivo en la vida es prepararse convenientemente para la vida futura? Tal vez ninguna.

Nuestro tiempo empieza a parecerse alarmantemente a esa idea dramática que podemos hacernos de “los últimos tiempos”. ¿Y cómo hemos llegado a esta situación?

Desde el nominalismo del siglo XIV hasta el posmodernismo actual, el pensamiento humano recorre un camino que lo va alejando progresivamente de Dios y lo va hundiendo en la materia. Las fases de ese proceso pueden llamarse humanismo, luteranismo, racionalismo, empirismo, Ilustración, Revolución, idealismo, hegelianismo, positivismo, marxismo, fenomenologismo, existencialismo, cientifismo, estructuralismo… Cada uno de esos “ismos” es un paso más en la negación de la dimensión divina del hombre, en la divinización del propio hombre, en la “muerte de Dios” y en la sustitución del Dios “muerto” por el nuevo hombre-dios, y no corresponde aquí analizarlos. Muchos buenos autores nos pueden ayudar a comprender ese proceso, y desde aquí me permito recomendar a dos de ellos: Étienne Gilson, La unidad de la experiencia filosófica, y Mariano Fazio, Historia de las ideas contemporáneas.

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Vivimos en el tiempo de la desnaturalización de lo natural. Las ideologías han sustituido a Dios por la raza, por el proletariado, por la nación o por la “madre tierra”. La revolución sexual, la ideología de género y el transhumanismo pretenden alterar la naturaleza creada por Dios haciendo que el hombre pueda manipularla para su satisfacción hedonista. El hombre ha asumido hasta tal punto su nuevo papel de sustituto de Dios que piensa rehacer la Creación.

¿Pero acaso todo ello nos da felicidad? Nunca el hombre ha sido tan desgraciado como hoy. Drogas, antidepresivos, suicidio, desesperación, miseria, odio, violencia, depredación sexual, nuevas esclavitudes… Ese es el mundo del posmodernismo.

¿Nos acercamos entonces a los últimos de los últimos tiempos? “Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre”, dice Jesús (Mt 24-36). Nadie puede responder a esa pregunta, pero sí observar los signos de los tiempos, y esto se va pareciendo cada vez más a un mundo en el que Cristo apenas podrá encontrar fe cuando regrese.

¿Y qué nos dicen las Escrituras acerca de ese mundo y de ese tiempo sin fe, acerca de ese auténtico final de la Historia?:

“… y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores. Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre (…) Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo (…)

(…) Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea, huyan a los montes. El que esté en la azotea, no descienda para tomar algo de su casa; y el que esté en el campo, no vuelva atrás para tomar su capa. Mas !!ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días! Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno ni en día de reposo; porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá. Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo; mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados. Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos (…)

(…) E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro (…)

(…) Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor (…)”


Mateo 24

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