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Dios educa a los pueblos a través de la Iglesia (I)

Dios educa a los pueblos a través de la Iglesia (I)

Francisco José Delgado, el 16.11.19 a las 3:34 PM


Hace unos días pude asistir a la conferencia que impartió el Card. Robert Sarah como presentación del XXI Congreso Católicos y Vida Pública, organizado por la ACDP y el CEU, que está teniendo lugar en este momento. El cardenal habló de la situación actual de una educación que ha rechazado la trascendencia, con valiosas indicaciones sobre la responsabilidad de la Iglesia a la hora de proponer con convicción y claridad la doctrina católica. Anteayer, la ministra de educación del gobierno de España se permitió decir en el XXV congreso de Escuelas Católicas, al que inexplicablemente había sido invitada, que «de ninguna manera se puede decirse que el derecho de los padres a escoger una enseñanza religiosa, o a elegir centro educativo, podrían ser parte de la libertad de enseñanza».

Partiendo de estos dos hechos, he escrito algunas ideas sobre la educación y la Iglesia Católica, que voy a compartir en dos partes (porque la cosa ha quedado un poco larga).

1. Dios envía a la Iglesia a educar a los pueblos

Empezaré recordando unas palabras del Papa Benedicto XVI en su discurso en el Colegio de los Bernardinos:

«Los cristianos de la Iglesia naciente no consideraron su anuncio misionero como una propaganda, que debiera servir para que el propio grupo creciera, sino como una necesidad intrínseca derivada de la naturaleza de su fe: el Dios en el que creían era el Dios de todos, el Dios uno y verdadero que se había mostrado en la historia de Israel y finalmente en su Hijo, dando así la respuesta que tenía en cuenta a todos y que, en su intimidad, todos los hombres esperan».

En efecto, la Iglesia ha vivido siempre, como algo propio y fundante, su vocación a la enseñanza, especialmente de la Verdad de Dios. Esta misión ha sido recibida del mismo Señor, a través de su Palabra. En ella leemos que Dios se presenta como el educador de los hombres y los pueblos. Así, el salmista proclama 93: «El que educa a los pueblos ¿no va a castigar? el que instruye al hombre ¿no va a saber?» (Sal 93).

La relación del Señor con su Pueblo Israel es como la de un padre que cría a su hijo pequeño. El Señor dice, por boca del profeta Oseas: «Cuando Israel era joven lo amé y de Egipto llamé a mi hijo … era yo quien había criado a Efraín, tomándolo en mis brazos; … Con lazos humanos los atraje, con vínculos de amor … Me incliné hacia él para darle de comer» (Os 11).

Jesucristo asumirá el título de Maestro, aplicándoselo a sí mismo: «Vosotros me llamáis “el Maestro” y “El Señor” y decís bien, porque lo soy» (Jn 13,13). Y esta misión docente se prolonga en la Iglesia por la misma voluntad de su fundador, expresada en el envío misionero de sus discípulos a enseñar a todos los pueblos a guardar todo lo mandado por Cristo (cf. Mt 28,20). Para este ministerio, la Iglesia cuenta con la asistencia del Espíritu Santo, que, en ausencia de la presencia visible del Maestro, guiará a los discípulos hasta la verdad plena. (cf. Jn 16,13)

En todo este proceso de difusión de la Verdad revelada, el agente principal sigue siendo Dios, el que educa a los pueblos. San Agustín lo resume así:

«Este es el modo como Dios educa a los pueblos. Por ello envió su palabra a los hombres de toda la tierra, por medio de los ángeles, de los patriarcas, los profetas, por sus siervos, y por un gran número de pregoneros, como antecesores del juez. Envió también a su misma Palabra, envió a su mismo Hijo; y al enviar a los siervos de su Hijo, en ellos enviaba a su Hijo. Y ahora la palabra de Dios se predica por todo el orbe de la tierra, por todas partes» (San Agustín, Enarrationes in psalmos, 93).

2. El desarrollo de la misión educativa de la Iglesia

La Iglesia, a lo largo de su historia, ha desarrollado su misión docente atendiendo no sólo al anuncio explícito de Cristo y el Misterio de la Salvación, sino también a la educación del hombre en todas sus dimensiones, también naturales. La llegada del Evangelio a los pueblos ha estado muchas veces unida a un auténtico despertar cultural, que ha influido en todos los sectores de las sociedades receptoras del anuncio de la Salvación.

En el comienzo de su expansión, la Iglesia contaba con las instituciones de enseñanza clásicas, que difundían entre la población, teniendo en cuenta las desigualdades de la sociedad antigua, las altas realizaciones de la razón humana. Estas realizaciones, a pesar de estar muchas veces mezcladas con el error, consecuencia del pecado original, habían servido como praeparatio evangelica, y fueron purificadas por la Verdad revelada, constituyendo la base de nuestra cultura occidental cristiana.

Por supuesto, la Iglesia desarrolló sus propias instituciones de enseñanza, destinadas principalmente a la teología y la catequesis, habida cuenta de que la instrucción inicial estaba ya notablemente promovida por la red educativa romana. Los literatos cristianos de los primeros siglos emprendieron una auténtica labor educativa al realizar su tarea evangelizadora. Al poner la palabra al servicio de la Palabra con mayúscula, hicieron accesible al pueblo cristiano, que llegaría a ser mayoritario, las excelencias de la retórica clásica.

Al desarticularse el Imperio, con las invasiones bárbaras en Europa, la Iglesia tuvo la misión de ocupar el vacío que habían dejado las instituciones educativas romanas. Casiodoro lo vio ya claro al fundar su Vivarium. Preservar el saber clásico, que había sido cristianizado formando una cultura nueva, se veía como una misión propia de los católicos.

En la Hispania visigoda, los concilios de Toledo abordaron frecuentemente el problema de la educación del clero. Éste sería un interés fundamental de la Iglesia hispana: lograr un clero con formación literaria, no como un fin en sí mismo, sino como medio para la difusión de la cultura y las letras. La manera más sencilla de elevar el nivel cultural era que los que se encargaban de la predicación, la doctrina cristiana y la liturgia, tuvieran una educación esmerada. Por lo tanto, no sólo se fundan centros de alto nivel intelectual, como serán los monasterios, sino que se busca que la educación se llegue a las comunidades, siempre dentro de las limitaciones del momento, a través de los pastores.

San Isidoro de Sevilla, con sus Etimologías, creó el manual de instrucción elemental que triunfaría en la Edad Media, sobre todo cuando Alcuino de York le diera difusión en toda Europa a través de la Escuela Palatina. Las Etimologías recogían, en sus primeros libros, el esquema de las artes liberales dibujado por Marciano Capella, el trivium y el quadrivium, que se convertirían en los estudios básicos de la Facultad de Artes en la Universidad Medieval.

La preocupación de la Iglesia por la educación en la Edad Media dio, como fruto destacado, la creación de la Universidad, surgida desde las anteriores escuelas catedralicias y monásticas. En la Universidad se estudiaban las ciencias sagradas, la Teología, como expresión más alta de la sabiduría humana iluminada por la fe revelada, junto a los saberes humanos, como el Derecho o la Medicina.

3. La experiencia de las misiones

Ya en la primera expansión misionera europea, los misioneros se habían enfrentado al problema de la implantación del Evangelio en una cultura ajena a la del evangelizador. Entre los encuentros fecundos se puede destacar la labor de los Santos Cirilo y Metodio, evangelizadores de los pueblos eslavos. Sobre la importancia cultural de su obra, dice San Juan Pablo II:

«Todas las culturas de las naciones eslavas deben el propio «comienzo» o desarrollo a la obra de los hermanos de Salónica. Ellos, con la creación, original y genial, de un alfabeto para la lengua eslava, dieron una contribución fundamental a la cultura y a la literatura de todas las naciones eslavas» (San Juan Pablo II, Carta encíclica Slavorum Apostoli, 21).

Sin embargo, el momento en el que se pone en juego de manera más evidente la labor educativa y civilizadora de la Iglesia es el de la expansión misionera del s. XVI y, en particular, la obra prodigiosa, confiada por la Providencia divina de una manera particular a España, de la Evangelización de América.

Hasta ese momento, en toda la labor educativa de la Iglesia se habían unido, con toda normalidad, a la enseñanza de la doctrina cristiana, la enseñanza de los saberes básicos, las virtudes, la cultura, las ciencias. En la Europa de raíz cultural cristiana, esto no ofrecía mayor dificultad, pero en aquel momento la Iglesia tuvo que enfrentarse al problema de evangelizar a personas que tenían un sustrato cultural mucho más diferente al europeo que en ninguna otra ocasión anterior.

Los misioneros constataron, en sus informes y memoriales, la gran dificultad que suponía la difusión de la fe entre los indios. Pero, a la vez, reconocieron que la dificultad no está en un defecto de naturaleza en los destinatarios de la evangelización, sino en una labor insuficiente de los evangelizadores. A veces por negligencias y otras por la comprensible carencia de medios.

Una de las dificultades fue la multitud de lenguas que se usaban en el Nuevo Mundo. La postura de la Iglesia, formulada, por ejemplo, en el III Concilio de Lima, fue que:

«Cada uno ha de recibir la doctrina de manera que la entienda, el español en su lengua y el indio en la suya. Si no se hace así, por muy bien que se enseñe el destinatario no percibirá fruto, como afirma el Apóstol. Por eso, no se obligue a ningún indio a aprender en latín las oraciones o el catecismo, ya que basta y es mucho mejor que lo hagan en su lengua o, si lo desean, pueden también añadir el castellano, que muchos de ellos ya usan. Aparte de esto es superfluo pedir a los indios que empleen otra lengua» (III Concilio Limense, actio secunda, cap. VI, ed. Ferrer – Gutiérrez, Lima-Roma 2017).

La enseñanza de la doctrina cristiana en América no consistía únicamente en una instrucción en la fe, sino que los misioneros enseñaban a los indios a leer y escribir en su propia lengua. A tal efecto, muchas veces los catecismos incluían cartillas con abecedarios y silabarios que permitían la enseñanza del idioma nativo. La pervivencia hoy de multitud de lenguas nativas se deben a los ímprobos esfuerzos de los evangelizadores por dotarles de escritura y gramática, posibilitando no sólo el anuncio de la Palabra de Dios, sino la transmisión de la tradición cultural precristiana, especialmente en aquello que contenía de verdad y de preparación al Evangelio.

4. La gracia presupone la naturaleza

La tarea de la promoción humana debía desarrollarse en dos niveles: el natural y el sobrenatural. Es decir, por un lado, había que preparar a los destinatarios para la vida humana más plena posible en el orden natural. Por otro lado, se debía predicar sin desfallecer la doctrina cristiana, con razones adaptadas a la capacidad de los destinatarios y en su propio idioma. José de Acosta, segundo Provincial de la Compañía de Jesús en el Perú lo expresa de forma bastante cruda, pero precisa:

«Atraer, pues, a estos hombres salvajes y enfierecidos a géneros de vida humana, y acomodarlos al trato civil y político, éste debe ser el primer cuidado del gobernante. Será en vano enseñar lo divino y celestial a quien se ve que ni siquiera cuida ni comprende lo humano» (De procuranda indorum salute, III, cap. 19, ed. Pereña et al., Madrid 1984).

El mismo Acosta reconoce que la educación de la juventud es especialmente importante:

«Las posibilidades de enmienda habrá que lograrlas en una población de corta edad, es decir, a través de una esmerada educación de niños y jóvenes. […] Por lo cual es opinión de algunos, digna de tenerse en cuenta, que deben fundarse escuelas como esbozo y semilla de la Iglesia, con residencias anejas permanentes y andando el tiempo con verdaderos colegios, sobre todo de indios nobles» (Ibid.).

El axioma que resumía esta perspectiva de los misioneros era: «primero hombres, luego cristianos».

Esa frase no puede entenderse en sentido temporal, como si no hubiera que realizar una propuesta específicamente cristiana hasta que los indios hubieran alcanzado un nivel cultural semejante al de los evangelizadores, sino al hecho de que la vida cristiana de los pueblos evangelizados no alcanzaría plena vitalidad mientras esa fe no transformara la cultura. Algo que reconocería igualmente, ya en nuestro tiempo, San Juan Pablo II: «Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida».

Esto supone no sólo la tarea específica de la evangelización, sino también la educación en los elementos culturales más nobles producidos por el espíritu humano, iluminado por la fe sobrenatural. De ahí la enseñanza de las ciencias, la música, la escritura, las artes plásticas, etc., disciplinas en las que, además, los indios llegaban muchas veces a superar con creces a sus maestros, según declaraban los mismos misioneros.

La base de esta postura, que atiende al orden natural como preparación y soporte del sobrenatural, está en la conciencia de la dignidad de la naturaleza humana, creada a imagen de Dios, herida por el pecado original, pero no destruida, y llamada a ser restaurada por la gracia de Cristo. Santo Tomás de Aquino enseñaba con claridad que «la gracia presupone la naturaleza» (STh I, q. 2, a 2, ad 1), y que «la gracia no suprime la naturaleza, sino que la perfecciona» (STh I, q. 1, a. 8, ad 2).

Algunos se han preguntado si la labor de la Iglesia no debería centrarse únicamente en la enseñanza de la fe y de las virtudes sobrenaturales y dejar así de lado la labor educativa natural, humanizadora. Esta pregunta se relaciona con los problemas derivados de la llamada «inculturación» del Evangelio. Si el Evangelio pudiera separarse totalmente de toda cultura, si no llevara aparejado una propuesta humana también en el plano natural, entonces la Iglesia podría cometer un acto de injusticia al realizar una acción educativa más allá de la mera proposición de la pura doctrina evangélica.

San Pablo VI mantenía un difícil equilibrio entre dos extremos en la Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi, 20:

«El Evangelio y, por consiguiente, la evangelización no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con respecto a todas las culturas. Sin embargo, el reino que anuncia el Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura, y la construcción del reino no puede por menos de tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas. Independientes con respecto a las culturas, Evangelio y evangelización no son necesariamente incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas a todas sin someterse a ninguna».

Reproduciendo el esquema de la Redención, en la que Cristo se ha unido a cada hombre por medio de la Encarnación, San Juan Pablo II quiso, ya desde el inicio de su pontificado, describir así el camino de la Iglesia:

«El hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal y a la vez de su ser comunitario y social —en el ámbito de la propia familia, en el ámbito de la sociedad y de contextos tan diversos, en el ámbito de la propia nación, o pueblo (y posiblemente sólo aún del clan o tribu), en el ámbito de toda la humanidad— este hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión, él es el camino primero y fundamental de la Iglesia, camino trazado por Cristo mismo, vía que inmutablemente conduce a través del misterio de la Encarnación y de la Redención» (San Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptor Hominis, 14).

Por lo tanto, el Misterio de Cristo, verdadero hombre y verdadero Dios, Redentor del hombre, es el elemento central de la labor educativa de la Iglesia, que confiesa, mediante su acción, que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et spes, 22). Si la Iglesia cayera en el relativismo y negara la Verdad suprema de Cristo, entonces sí, como avisaba el teólogo Joseph Ratzinger, la tarea evangelizadora podría considerarse «la cruda arrogancia de una cultura que se cree a sí misma superior, que habría pisoteado escandalosamente una multitud de culturas religiosas y habría privado así a los pueblos de lo mejor que tenían, de lo más auténtico» (Fe, verdad y tolerancia, Salamanca 2006, p. 66).

Pero los misioneros mantuvieron siempre en el centro esta Verdad, por lo que pudieron desarrollar una tarea educativa que no buscó la suplantación de las culturas receptoras del mensaje del Evangelio, sino su purificación y elevación, preservando cuanto de bueno y justo hubiera en ellas, pero abriéndolas al encuentro con una cultura forjada bajo la inspiración de la fe. La Evangelización de América fue un ejemplo luminoso de la labor educativa de la Iglesia, no sólo por la multitud de instituciones fundadas (antes del año 1600 España había fundado ya siete universidades en el Nuevo Mundo), sino por la clarividencia con la que los pastores se enfrentaron a un reto que superaba casi todo a lo que la Iglesia se había enfrentado hasta el momento: la creación de una sociedad nueva en todo un continente habitado por multitud de pueblos distintos, cuyo nexo pasaría a ser la fe en Jesucristo.

Mientras tanto, en Europa, la Iglesia fue desarrollando la preocupación por la educación universal, quizá sin la misma urgencia que en las zonas de misión, pero movida por el un ardor evangélico semejante. A finales del s. XVI, San Jose de Calasanz funda una escuela para niños pobres en Roma, iniciándose la obra de las escuelas pías. Además, las reformas del Concilio de Trento llevaban a un mayor cuidado de la formación de los aspirantes al sacerdocio en los nacientes seminarios. Las congregaciones religiosas se volcaron en la enseñanza escolar como medio para la difusión de la verdadera fe y prevención de los errores de los protestantes. Para este momento, en las naciones católicas, la Iglesia había creado una auténtica red educativa que alcanzaba desde la enseñanza de las primeras letras hasta la educación universitaria de más alto nivel. Mientras que los centros de enseñanza superior eran de distintos tipos, eclesiásticos y civiles, el protagonismo de la Iglesia en la educación escolar era indiscutible.

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