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Pensamiento del día: o nadas o te ahogas

Pensamiento del día: o nadas o te ahogas

Bruno, el 26.01.22 a las 11:19 PM

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Como no nos convertimos

sentados en un sillón,

Dios tendrá que convertirnos

con una persecución.

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Vivimos en una época de decadencia: la agonía de Occidente, que es la agonía de la sociedad basada en el cristianismo y de todo lo que ella implica. Cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la civilización occidental se mantiene por pura inercia desde hace tiempo, como un árbol con el interior podrido que sigue viviendo de las rentas de unas raíces profundísimas, un pasado inigualable y los avances de la técnica. Es un proceso que viene de lejos, pero la decadencia se ha acelerado vertiginosamente en el último siglo. Como dice el adagio latino, motus velocior in fine, las cosas se aceleran hacia el final. La inercia no puede durar mucho más.

Sorprendentemente, ese no es el verdadero problema. Lo realmente grave es que quien tiene la solución para este problema y para todos los demás problemas importantes, que es la Iglesia, parece haber olvidado el valor del tesoro que alberga en su interior. El mal se ha hecho letal porque esa agonía y esa decadencia han afectado también a la Iglesia, que es, como decía la Carta a Diogneto, el alma del mundo. Si el alma está enferma, ¿cómo podrá sanar el cuerpo?

La inmensa mayoría de los cristianos viven como si no lo fueran y apenas se distinguieran en nada de los que no tienen fe. Incluso de los clérigos se puede decir algo parecido o aún peor, cuando predican como si fuera cristianismo cosas que no tienen nada que ver con él. En el mejor de los casos, los cristianos estamos dispuestos a seguir a Cristo, siempre que eso no implique meternos en líos, enemistarnos con el mundo o dejar las comodidades en que tenemos puesto el corazón. Somos blanditos y nos hemos acostumbrado a un cristianismo sin cruz, sin infierno (más que para Hitler o algún mafioso despistado), sin pecado (excepto esos pecados que no están de moda y que son los únicos que siguen siendo malos), sin evangelización (porque todo el mundo se salva), sin mandamientos (que se han convertido en meras sugerencias de Dios o directamente se han abandonado si resultan muy incómodos), sin fe (transformada en vagos sentimentalismos) y sin caridad sobrenatural (sustituida por una utópica fraternidad universal).

El problema, como decía, no es tanto la enfermedad del mundo, que es algo que la Iglesia ha presenciado muchas veces a lo largo de su historia en diversas modalidades, sino la enfermedad del médico, que se ve incapacitado para curar a sus pacientes. El mundo se muere por falta de fe, pero la solución que le receta la Iglesia consiste demasiadas veces en un placebo formado por lugares comunes y consejitos que parecen copiados de un libro de autoayuda.

A la mayoría, claro está, no le preocupa nada esta situación, porque ya ni se acuerdan de lo que es la fe ni creen que las cosas puedan ser de otra manera. Viven engañados y están contentos del engaño, siempre que el engaño venga con los extras habituales: un buen sofá, un mando para la televisión, un buen teléfono móvil, unas redes sociales que eviten la enojosa necesidad de pensar y vacaciones un par de veces al año. Por supuesto, sigue habiendo cristianos que se dan cuenta de estos problemas, pero son pocos e irritantes, nadie les escucha y, si somos sinceros, lo cierto es que son casi tan blanditos como los demás (con honrosas excepciones, ciertamente).

Sé que todo esto puede parecer pesimista o desesperanzado, pero es lo contrario. La conclusión de lo anterior no es que todo seguirá yendo a peor, sino que la solución ya solo puede venir del cielo. Si el alma está enferma, solo podrá curarla el único Médico del alma, con su gracia. Antes o después, Dios tomará cartas en el asunto y nos dará la medicina que necesitamos.

Lo que temo es que, como suele suceder con las medicinas, no sea precisamente agradable. Quizá se trate de una guerra grande o una serie de ellas, porque históricamente las guerras, a su término, ofrecen oportunidades de “nuevo comienzo", que al menos dan la posibilidad de cambiar radicalmente de rumbo. Además, son acontecimientos prácticamente imposibles de ignorar, que hacen que las personas tengan que salir de su ensimismamiento y plantearse en serio las cosas importantes, como la muerte, el bien y el mal, el sentido de la vida o Dios.

Más probable, sin embargo, me parece que la medicina para nuestro mal sea algo aún más temible para nosotros que las guerras: una gran persecución de los cristianos. Y no me refiero a la “persecución” de leyes más o menos anticlericales o una prensa sesgada contra todo lo que huela a agua bendita, sino a una persecución de las de verdad, de las de romanos, coliseos y fieras. Que puede ser o no el preludio de la Venida en gloria de Cristo.

Algo así es terrible, por supuesto, pero cura drásticamente todos los síntomas de aburguesamiento, cristianos blanditos, clérigos incrédulos, acomodación a las modas mundanas, etc., porque los que los sufren esos síntomas abandonan la Iglesia a toda velocidad y los que permanecen en ella no pueden permitírselos. Cuando el cristiano tiene una gran probabilidad de terminar en una cruz literal, el cristianismo sin cruz se hace imposible. Es, en definitiva, la medicina del “o nadas o te ahogas”. Y yo, como blandito que soy y miembro de una generación blandita, me estremezco al pensar en ello y en lo que tendrán que vivir mis hijos. Tu autem, Domine, miserere nobis.

O quizá todavía pueda sanarse in extremis el árbol sin una poda tan fuerte y surja una generación de santos que renueve la Iglesia. Dios lo quiera.

Categorías : Pensamiento, Nueva Evangelización