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Resistir a la ideología «Woke»

Resistir a la ideología «Woke»

Mathieu Bock-Côte. Sociólogo canadiense

La violencia de Black Lives Matter a lo largo de 2020 ha sido la expresión políticamente más activa de la ideología Woke.


Todavía no hace mucho tiempo, la palabra Woke [vinculada al concepto de Despertar] parecía propia del vocabulario de los campus estadounidenses, e incluso solo de los más radicales. Definía a un sector particularmente activo de los estudiantes norteamericanos, convencidos de ser unos cruzados de la justicia social, movilizados particularmente por las cuestiones de la “raza” y del “género” y dispuestos, fuera como fuera, a emprender un juicio definitivo contra el mundo occidental y más en particular contra el hombre blanco, que lo encarnaría en toda su abyección.

Este movimiento era conocido por su extremismo e incluso por su fanatismo, convencido como estaba, y sigue estando, de tener el monopolio de la verdad, de la justicia y del bien.

En 2019, Barack Obama lanzó una advertencia a esos estudiantes, en el sentido de que su pretensión de ser los “despiertos” (“woke”) en medio de una masa dormida, y los iluminados en medio de un pueblo sumido en las tinieblas del pasado, no podía más que multiplicar las tensiones en una sociedad ya muy polarizada. Aun siendo un hombre de izquierdas, seguramente Obama quiso recordar a esos espíritus juveniles que la naturaleza humana es problemática, y que el conflicto social no puede reducirse a un combate entre el bien y el mal.

En ciertos aspectos puede considerarse la ideología Woke como una nueva ola del movimiento de la corrección política, que desde los años 80 pretende descolonizar la universidad estadounidense y sus conocimientos acabando con la figura del Dead White Male [Hombre Blanco Muerto]. Había que prescindir de Homero, Platón, Aristóteles, Shakespeare y muchos otros porque su abrumadora presencia marginaba los conocimientos y las perspectivas minoritarias, con las cuales sería posible llevar a cabo una revolución epistemológica y política contra la civilización occidental. Había que imponer una nueva relación con el mundo.

En aquella época estaba bien visto reírse de todo esto y tranquilizarse repitiéndose uno mismo que tal moda estaba destinada a desaparecer. En París se creía, incluso, que semejante delirio no atravesaría el Atlántico. No fue así. En absoluto. Lo políticamente correcto se ha institucionalizado, multiplicando los departamentos y programas universitarios basados esencialmente en el rechazo a la civilización occidental. Ahora es la ley en la universidad estadounidense. La ideología Woke es el punto de llegada de este movimiento y ya nadie puede creer que sea marginal.

A partir de un momento dado, la cultura Woke salió de los confines del campus y se expandió por la vida pública en forma de epidemia ideológica. Más que eso. Se impuso en el corazón de la vida pública a ambos lados del Atlántico. Sus conceptos se han normalizado en el vocabulario mediático y en el discurso político y empresarial. Colonizan el imaginario colectivo o, al menos, sus expresiones autorizadas. Sus militantes se encuentran en puestos de responsabilidad incluso en el seno de la administración municipal y se han convertido también en sus cómplices y promotores. Impregna el lenguaje del management y de la publicidad.

Esta izquierda religiosa emerge en la vida colectiva bajo el signo del fanatismo ante una clase política que no sabe muy bien qué responder o cómo hacerle frente y que incluso siente la tentación de multiplicar las concesiones, sin comprender que no se encuentra ante un movimiento reformista que propone en el espacio público reivindicaciones razonables compatibles con la lógica democrática.

Todo el poder de la ideología Woke proviene de su manipulación orwelliana del lenguaje: sus teóricos y militantes se inventan una neolengua de la diversidad que funciona a modo de trampa ideológica. La estrategia de la cultura Woke es transparente, e incluso en algunos casos presume de ella: consiste en apropiarse de una palabra que sea objeto de reprobación universal y asignarle una nueva definición, de la cual afirmarán que cuenta con respaldo científico porque la habrán legitimado los militantes disfrazados de expertos que agitan los departamentos de ciencias sociales.

Los ejemplos son numerosos, ya se trate de racismo, de la supremacía blanca, de la discriminación o incluso del odio o del discurso del odio. Con demasiada frecuencia, comentaristas u observadores de buena fe se dejan engañar. Horrorizados con razón por la significación tradicional de estas palabras, no se dan cuenta de que ya no se refieren a la misma realidad.

Así, en la perspectiva Woke, el racismo ya no designa una ideología que aboga por la discriminación racial o la jerarquización de los grupos humanos según un criterio racial. Justo al revés, designa el rechazo a definir a las personas en función del color de su piel, y acusa de daltonismo racial a quienes no están dispuestos a admitir la racialización de las relaciones sociales. El colmo del racismo sería así el universalismo, que serviría de máscara para los intereses de la “mayoría blanca”. Aparentemente, ya no será obviando o trascendiendo la “raza” como se luchará contra el racismo, sino sobrevalorando la conciencia racial como forma primigenia de la identidad colectiva. El antirracismo que reivindica se convierte así en un racialismo sin complejos.

En cuanto a la supremacía blanca, ya no se refiere a movimientos como el Ku Klux Klan o a sus sucesores, sino a la estructura profunda de las sociedades occidentales. Así, en Francia, la extrema izquierda racialista asimila la laicidad a la supremacía blanca.

También afecta al concepto de discriminación. Para los Woke, la discriminación consiste en tratar a todo el mundo por igual. Y a la inversa: elegir a alguien -siempre y cuando se le considere racializado- en función del color de su piel no sería discriminatorio.

Por último, el odio sería en sentido único, unidireccional: solo la mayoría practica el discurso del odio, porque rechaza la forma en la que definen a las minorías los líderes -a menudo autoproclamados- que dicen representarlas.

Estamos así ante un sistema ideológico que funciona invirtiendo el significado de los conceptos que reivindica. Nos obliga a caminar del revés. Sería bueno, por higiene intelectual, proseguir largamente este ejercicio de análisis del vocabulario Woke.

Como ya se habrá comprendido, en el corazón de la ideología Woke es el hombre blanco quien encarna el mal absoluto. Radicaliza lo políticamente correcto, pasando de criticar al Dead White Male a criticar al hombre blanco vivo, quien, para poder ser reeducado, debe entregarse a una autocrítica permanente: una forma de expiación sin redención, porque las patologías constitutivas de su identidad estarían hasta tal punto inscritas en los procesos de socialización que lo definen que jamás podrá arrancárselas del todo. Pero, al menos, denunciándose a sí mismo, criticando sus privilegios y haciendo todo lo posible para convertirse en el aliado de las “minorías”, enviará la señal penitencial que se espera de él. Solamente así conseguirá reencontrar su humanidad, o al menos podrá tender a ello. Podrá además mostrar su gratitud a esas personas de las minorías que le hayan permitido caminar hacia su “desblanquización”.

La ola Woke parece llevárselo todo por delante. Pero es imprescindible plantear una firme resistencia. Y no se podrá hacer mientras no se logre desvelar su estrategia de manipulación del lenguaje, que nos introduce en un mundo paralelo, un mundo lleno de definiciones alternativas, que trunca la relación con lo real y nos obliga a ir evolucionando según los dictados de ideólogos acusadores que consideran que quienes les plantan cara merecen el destierro social: con razón se habla de cultura de la cancelación.

Esto implica también que no hay que contentarse con oponer a la ideología Woke una simple referencia al sentido común. Ante este impulso ideológico violento que ejerce una especie de hechizo sobre las nuevas generaciones (quienes a menudo no conocen otro lenguaje que ése y se socializan íntegramente a través de las redes sociales, donde lo Woke es dominante), es preciso volver a los principios fundamentales sobre los que se apoya la civilización que quiere aniquilar.
Mathieu Bock-Côté advierte de la fuerza que arrastra ya la «cultura de la cancelación»
Javier Lozano. Religión en Libertad, 7 de mayo de 2021

Estatua de San Junípero Serra derribada en Los Ángeles / Los Angeles Times


La “cultura de la cancelación”, conocida también como la “cultura del woke” es una rama pujante de la corrección política que se está imponiendo con fuerza en Occidente, primero en Estados Unidos y ya presente en muchos otros países.

Estatuas derribadas, libros proscritos, obras de teatro suspendidas, personajes demonizados y sobre todo una historia malinterpretada y leída desde una óptica ideológica de izquierda radical son la base en la que se sustenta esta corriente nacida en campus universitarios de EEUU bajo una aparente rebelión contra la “opresión” el “odio”, el “racismo” o la “discriminación”.

Pero en el fondo la “cultura woke” se traduce en una sumisión acrítica ante la corrección política mediante una culpabilización de los grandes personajes y momentos de la civilización occidental de base cristiana. Esto lleva a sus ideólogos a querer imponer que una persona blanca no pueda traducir la obra de una poetisa de raza negra o que se fomente la persecución furibunda contra un personaje que ayudó a miles de nativos americanos como San Junípero Serra, a quien acusan de “racista” y "esclavista".

Sobre este asunto habla Mathieu Bock-Côte, sociólogo canadiense que acaba de publicar un libro sobre este asunto, La Révolution Racialiste. Y precisamente la cuestión racial es la que se ha utilizado para abrir el camino del “woke”.

En una entrevista con Famille Chretienne, Bock-Côté define esta nueva ideología como una “forma de antirracismo pervertido que empuja a definir las sociedades occidentales y el conjunto de las relaciones sociales que las estructuran según el criterio racial. Todo se divide entre una mayoría ‘blanca’, por un lado, y minorías ‘racializadas’, por el otro. El primero sería dominante, los segundos dominados. Los blancos deben hacer penitencia y son racistas sólo por el color de su piel, y las personas racializadas son la nueva categoría mesiánica”.

Y lo que empezó como una cuestión racial se ha trasladado ya a la ideología de género e incluso al cuestionamiento de la civilización occidental de base cristiana. En su opinión, se trata “de una corrección política radicalizada, presentándose como hipersensible a las demandas de aquellos que dicen hablar en nombre de las minorías. Quien no sea ‘woke’ es considerado un insensible, se la acusa de falta de empatía”.

En cuanto a la “cultura de la cancelación, este sociólogo asegura que es el “método fuerte del wokismo que pretende desterrar del espacio público a quienes de una u otra forma se oponen a las reivindicaciones de esta supuesta diversidad”. “Si no te sometes a la teoría del racismo sistémico es una prueba de que eres cómplice del orden racista, ya que te niegas a nombrarlo y a participar en su desmantelamiento, y por tanto estás participando en la consolidación del orden racista”, comenta Bock-Côté sobre una ideología que ha tenido gran acogida en el mundo del entretenimiento, los medios de comunicación y también ya en la política.

Por tanto, el objetivo de los defensores de la ideología “woke” es “reeducar por completo a la población, deconstruir sus prejuicios y sus sesgos implícitos”. Y los pueblos occidentales son ahora tratados –añade el sociólogo- como categorías contrarrevolucionarias que liquidar, como en otros tiempos fueron los vendeanos”.

Para Bock-Côté hay un claro vínculo entre la ideología de género y este pensamiento racial: “Si somos capaces de convencer a una población de que el hombre y la mujer no existen, entonces todo es posible, todo se puede decir: es como si llegáramos a decir que lo real es totalmente manipulable, que puede disolverse en cualquier ortodoxia ideológica. Estamos llegando a una forma de gran inversión ideológica: lo masculino y femenino se convierten en categorías ideológicas reaccionarias, y la fluidez del género se convierte en la nueva base antropológica de la identidad sexual. Así, la sociedad se convierte en un campo de reeducación ideológica”.

Por otro lado, el autor canadiense denuncia el carácter cuasi religioso que se está dando a esta cultura de la cancelación: “sueñan denunciando los ‘privilegiados’ ontológicos de las sociedades occidentales y también con liberarse del mal renaciendo en el mundo como aliados de las minorías para acompañarlos en el camino de la emancipación”.

Igualmente, Bock-Côté denuncia la intolerancia del wokismo, donde “el adversario se presenta como el enemigo de la humanidad. Es un xenófobo, un racista, un odiador. Debemos levantar una cruzada contra él. Cabe precisar que esta ideología ya no se limita a la universidad, sino que se despliega en los medios de comunicación, e incluso, y quizás, sobre todo, en las grandes empresas que se transforman en talleres de reeducación ideológica como vimos con Coca Cola, donde se impuso la capacitación a los empleados para aprender a ser ‘menos blancos’”.

En un artículo en La Nef que recogía Religión en Libertad, este sociólogo advertía que “la ola Woke parece llevárselo todo por delante. Pero es imprescindible plantear una firme resistencia. Y no se podrá hacer mientras no se logre desvelar su estrategia de manipulación del lenguaje, que nos introduce en un mundo paralelo, un mundo lleno de definiciones alternativas, que trunca la relación con lo real y nos obliga a ir evolucionando según los dictados de ideólogos acusadores que consideran que quienes les plantan cara merecen el destierro social: con razón se habla de cultura de la cancelación”.

Y concluía asegurando que “esto implica también que no hay que contentarse con oponer a la ideología Woke una simple referencia al sentido común. Ante este impulso ideológico violento que ejerce una especie de hechizo sobre las nuevas generaciones (quienes a menudo no conocen otro lenguaje que ése y se socializan íntegramente a través de las redes sociales, donde lo Woke es dominante), es preciso volver a los principios fundamentales sobre los que se apoya la civilización que quiere aniquilar”.