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XXII EFC de Bs.As. Mons. Schneider: "La crisis de fe en el s.XXI: causas y salidas"

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XXII EFC de Bs.As.: Mons. A. Schneider: “La crisis de fe en el S. XXI: causas y salidas” Mª Virginia, el 18.11.19 a las 9:03 AM A casi ya un mes de finalizado el XXII Encuentro de Formación Católica…More
XXII EFC de Bs.As.: Mons. A. Schneider: “La crisis de fe en el S. XXI: causas y salidas”

Mª Virginia, el 18.11.19 a las 9:03 AM

A casi ya un mes de finalizado el XXII Encuentro de Formación Católica de Bs.As. y cumpliendo lo acordado con los participantes, iremos subiendo aquí algunas de las exposiciones.

Este año, quienes no han podido acompañarnos podrán ver todas las conferencias a través de su publicación en nuestro canal de You Tube (CF.S.Bernardo de Claraval), al cual invitamos a suscribirse, o también por el canal argentino TLV1.

Esos han sido una vez más, días de innumerables gracias recibidas, no exentas de algunos obstáculos que gracias a Dios, pudieron superarse mirando siempre hacia adelante, y especialmente hacia Arriba.

La presencia de nuestro “hermano infocatólico” Dante Urbina (Perú), y de Carlos Reyes (Ecuador) con quien compartimos los primeros Encuentros de Formación Católica de Quito y Guayaquil, fue más que prometedora para tender nuevos “puentes” y abrigar grandes esperanzas.

Nos han visitado este año algunos hermanos mejicanos, y se ha podido transmitir parte del Encuentro a la patria de la Guadalupana a través de un entusiasta padre de familia, desde allí. ¡Dios no deja de consolar a sus hijos, y reunirlos bajo el manto de su Madre!

Seguros de que será de gran provecho espiritual, publicamos aquí la videoconferencia que nos brindó Mons. Schneider, para reflexionar seriamente y levantar las cabezas, siguiendo la siembra y sin ceder al desánimo.

www.youtube.com/watch

Copiamos también a continuación el texto, para quienes no puedan escucharlo o deseen reproducirlo todo o en partes -citando por favor siempre la fuente-.

La Crisis de fe en el siglo XXI: causas y salidas

Mons. Athanasius Schneider


Es obvio y nadie puede negar que nuestro tiempo, el siglo XXI y, sobre todo, la sociedad del mundo occidental, atraviesa una profunda crisis espiritual, moral y religiosa. La crisis general de la sociedad humana, el espíritu del mundo, también ha entrado en la vida de la Iglesia. Nuestro Señor Jesucristo y los santos apóstoles nos han instado a adaptarnos al espíritu de este mundo. Jesús dijo que sus discípulos, es decir Su Iglesia, no son de este mundo, aunque están en este mundo. En su oración sacerdotal Jesús dijo al Padre: “No te ruego que te los lleves del mundo, sino que los guardes de la maldad. Ellos no pertenecen al mundo, como tampoco yo pertenezco al mundo” (Juan 17, 16).

Con el comienzo del Concilio Vaticano II, muchos e influyentes representantes de la Iglesia comenzaron a perfilar una actitud que ya no tomaba en serio las cualidades destructivas del pensamiento y la acción modernos. No querían ver los peligros de estas cualidades como tales. Y lo que es peor, han adoptado esta forma de pensar en el sentido de un supuesto progreso positivo y lo han implementado parcialmente como una supuesta renovación en todas las áreas de la vida eclesial (catequesis, liturgia, vida moral). Todos somos testigos ahora y enfrentamos la devastación espiritual que ha producido tal adaptación al espíritu y los principios de este mundo en la vida de la Iglesia. Estamos viviendo una crisis de fe sin precedentes.

La causa inmediata de la actual crisis de fe es la penetración del espíritu de este mundo en la forma de pensar y actuar de muchos en la Iglesia. Desde la época del Concilio hasta nuestros días, muchos influyentes representantes de la Iglesia mostraron una especie de complejo de inferioridad para con el mundo, y comenzaron a coquetear con él, haciéndolo con la clase dominante de la opinión pública, de los medios de comunicación y de la política. Uno tiene la impresión de que muchos ministros en la iglesia quieren ser reconocidos, amados y alabados por este mundo en vez de serlo por Dios.

Una de las causas más remotas de la crisis de fe en Europa es el secularismo y el relativismo intelectual.

¿Qué significa secularismo? Es un flujo de filosofía y política desde el siglo XVIII que en última instancia construye un mundo (en latín “saeculum") sin Dios y quiere vivir como si Dios no existiera y eso se llama y significa antropocentrismo.
Ya no es Dios, y ciertamente no el Dios encarnado Jesucristo, quien tiene de estar - de acuerdo con esta opinión - en el centro de la vida de la sociedad humana, sino el hombre.

Esta tendencia en realidad comenzó antes, en el siglo XV con el Humanismo y el Renacimiento. Esta tendencia, en su consecuencia final, significaba que el hombre debería convertirse en medida de todas las cosas. El tiempo se llamó “Renacimiento” entonces, que es una palabra francesa que significa “nuevo nacimiento". Hay que preguntarse: ¿Un nuevo nacimiento de qué y por quién? Y la respuesta es esta: Un renacimiento del mundo pagano clásico grecorromano. Al principio, por supuesto, eso solo se refería al arte, pero la forma de pensar y vivir, la mentalidad, también está relacionada con el arte. ¿Y qué significaba eso más concretamente? Esto significaba glorificar la naturaleza pura, con el sentido de lo sobrenatural cada vez más apagado. La naturaleza se ha puesto en el centro, y los lazos sobrenaturales del hombre con Dios, con Jesucristo, se han debilitado.

Como catalizador del antropocentrismo en la esfera religiosa surgió la ideología de Martín Lutero. Para Lutero, el ego es la instancia que decide con independencia sobre el significado de la Palabra de Dios, y eso significa subjetivismo religioso.

El antropocentrismo y el subjetivismo encontraron su expresión en la filosofía del deísmo en el siglo XVII. Esta teoría establece que si bien hay un Ser Supremo o un Creador, sigue siendo inaccesible para los humanos. Una revelación o una palabra de Dios es fundamentalmente imposible según esta teoría. Dios Creador, o el Ser Supremo, o como quieran llamarlo, habría dejado al hombre solo, para que el hombre pueda ser el maestro absoluto del bien y del mal. Esta teoría ocupa una posición central en la Masonería.

Para Martín Lutero, la fe fue una convicción subjetiva que no necesariamente dependía de un contenido objetivamente formulado de las creencias eclesiásticas. Hoy, muchos en la Iglesia están en peligro de descuidar el contenido objetivo de la verdad y la Revelación con el pretexto de que es suficiente confesar “Cristo es mi Redentor” o con el pretexto del “desarrollo de la doctrina". Proclamar a Cristo sin enfatizar tampoco el contenido objetivo de la Verdad inmutable de la Revelación Divina y los Mandamientos significa en última instancia una nueva religión subjetiva de sentimientos y sensaciones. Aquí podemos ver una de las raíces más profundas de la crisis de fe de nuestro tiempo.

Hoy el secularismo en su forma de antropocentrismo ha alcanzado un clímax. Se trata de la independencia completa y de la supuesta libertad del hombre, donde todos deciden por sí mismos lo que es obvio y lo que imaginario en el campo de la percepción; sobre lo que es verdadero y lo que es erróneo en el ámbito religioso; sobre lo que es bueno y lo que es malo en el ámbito moral. Tal antropocentrismo conduce a una sociedad cruel. ¿Y cuál es el resultado de eso? El egoísmo. El egoísmo es cruel y tiene el lema: “¡Solo yo y nada más!". Esto en última instancia significa infierno. El egoísmo se expresa en esta actitud, que dice: “Si alguien me obstaculiza en lo que quiero hacer, entonces lo destruyo, luego lo mato".

Y así, en la era moderna, a través de la práctica del aborto comenzó el genocidio de los niños no nacidos. Sin embargo, esto ha sido preparado por la práctica de la anticoncepción artificial, es decir por la exclusión activa y egoísta de la posibilidad de que una nueva persona venga a este mundo. El siguiente paso lógico del secularismo y el egoísmo es la eliminación de personas discapacitadas, enfermas y ancianas de la vida, como es su asesinato por las leyes y cínicas de eutanasia. Este es el camino hacia una nueva dictadura, una dictadura que tuvo su modelo histórico en la dictadura nazi en Alemania y en las dictaduras comunistas de muchos países.

Las palabras siguientes de Donoso Cortés, un excelente pensador y escritor católico de la España del siglo XIX, suenan proféticamente y son perfectamente aplicables al nuestro tiempo:

“Cuando se consideran atentamente estas abominables doctrinas es imposible no ver en ellas el signo misterioso, pero visible, de los errores que han de llevar a los tiempos apocalípticos. Si un pavor religioso no me impidiera poner los ojos en esos tiempos formidables, no me sería difícil apoyar en poderosas razones de analogía la opinión de que el gran imperio anticristiano será un colosal imperio demagógico, regido por un plebeyo de satánica grandeza, que será el hombre de pecado“ (Carta al Cardenal Fornari, 9 de junio de 1852).

En nuestros días hemos llegado a la llamada dictadura de género. Es esta dictadura, y no la razón, la inteligibilidad y el sentido común lo que decide qué es la naturaleza y qué es la realidad. El principio de que el hombre mismo decide qué es la realidad es parte de la esencia de la ideología de la Masonería. Y esa es la forma más radical de antropocentrismo. En última instancia es una forma del satanismo, porque la criatura toma el lugar de Dios del Creador y quiere convertirse en Dios mismo. Sin embargo, Dios debería ser removido, y ante todo Jesucristo, el Dios encarnado, y su Iglesia deberían ser removidos de la conciencia y la vida de los hombres. La ideología de género y la ideología de la homosexualidad no son solo una forma de pensar insana, sino que en última instancia también una blasfemia y una rebelión contra la sabiduría y la majestad del poder creativo de Dios. Los defensores de esta ideología dicen: “No es Dios, sino que somos nosotros quienes decidimos quién es el hombre y quién es la mujer y cuántos sexos hay".

Donoso Cortés señala también:

Entre los errores contemporáneos no hay ninguno que no se resuelva en una herejía; y entre las herejías contemporáneas no hay ninguna que no se resuelva en otra, condenada antiguamente por la Iglesia. En los errores pasados, la Iglesia ha condenado los errores presentes y los errores futuros. … Por lo que hace al siglo en que estamos no hay sino mirarlo para conocer que lo que lo hace tristemente famoso entre todos los siglos no es precisamente la arrogancia en proclamar teóricamente sus herejías y sus errores, sino más bien la audacia satánica que pone en la aplicación a la sociedad presente de las herejías y de los errores en que cayeron los siglos pasados. … Hoy día esa misma razón no queda satisfecha si no desciende a las esferas políticas y sociales para conturbarlo todo, haciendo salir, como por encanto, de cada error un conflicto, de cada herejía una revolución, y una catástrofe gigantesca de cada una de sus soberbias negaciones. … El árbol del error parece llegado hoy a su madurez providencial; plantado por la primera generación de audaces heresiarcas, regado después por otras y otras generaciones, se vistió de hojas en tiempos de nuestros abuelos, de flores en tiempos de nuestros padres, y hoy está, delante de nosotros y al alcance de nuestra mano, cargado de frutos. … Los errores contemporáneos son infinitos; pero todos ellos, si bien se mira, tienen su origen y van a morir en dos negaciones supremas: una, relativa a Dios, y otra, relativa al hombre. La sociedad niega de Dios que tenga cuidado de sus criaturas, y del hombre que sea concebido en pecado. … Descartado así todo lo que es sobrenatural y convertida la religión en un vago deísmo, el hombre que no necesita de la Iglesia, escondida en su santuario, ni de Dios, atado a su cielo como encelado a su roca, convierte sus ojos hacia la tierra y se consagra exclusivamente al culto de los intereses materiales“ (Carta al Cardenal Fornari, 9 de junio de 1852).

Con la ideología de género, hemos llegado a una sociedad aún peor que el paganismo en la antigüedad. Al menos los paganos en la sociedad grecorromana todavía reconocían la realidad tal como es, todavía tenían el sentido común. Hoy en día, la sociedad trata de negar y manipular al público, con intolerancia implacable. De hecho, el antropocentrismo es en última instancia intolerante. Como católicos, como creyentes, debemos dar testimonio y objetar la dictadura de esta nueva sociedad pagana. Ante todo, el Papa y los obispos deben oponerse, como lo exige su deber pastoral por su naturaleza.

La decadente cultura y política occidentales de la sociedad occidental buscan construir un “templo de la humanidad” con claras conexiones ideológicas con la religión radicalmente antropocéntrica de los masones. Al construir este nuevo templo de la humanidad, el primer paso es eliminar el cristianismo de la vida pública, y si eso falla, al menos transformar el cristianismo desde dentro con los principales contenidos del secularismo radical y del antropocentrismo. Sin embargo, el verdadero cristianismo significa cristocentrismo, lo que significa que Jesucristo, el verdadero Dios y verdadero hombre y el único Salvador de la humanidad, es el centro mismo de la vida del individuo y de la sociedad humana. Por lo tanto, uno quiere inducir a los católicos y a la Iglesia hoy en día a hablar de manera más general de Dios, de la igualdad de contenido y la diversidad de las religiones, y ya no de Jesucristo como el único Redentor. Y bajo la expresión “Dios” y “religión", entonces todos pueden imaginar lo que cada uno quiera.

Cuando hoy el liderazgo de varias estructuras y de las Naciones Unidas habla de “valores europeos", esto básicamente significa moralidad antropocéntrica radical y principios ideológicos masónicos. No puede haber una verdadera civilización donde uno desprecia los mandamientos de Dios y elimina a Jesucristo de la vida de los hombres. “Civitas” significa en latín “ciudad". “Civilización” significa construir una ciudad de acuerdo con los principios de orden, ley, belleza y armonía. Pero si se ignoran los mandamientos de Dios y la objetividad de la ley moral natural, entonces surgen el desorden y el caos, lo opuesto a la civilización. Y en esta situación ahora está el mundo occidental.

El hecho de que haya un asesinato en masa legalmente legitimado, de humanos no nacidos en nuestra sociedad, una promoción pública de la pornografía y las perversiones sexuales, una destrucción ordenada por el Estado de la familia, célula vital de la sociedad, por medio de una imposición totalitaria de la ideología de género y de la blasfemia pública, eso es una prueba de que no hay civilización en la sociedad occidental de hoy. La forma en miniatura de cualquier civilización verdadera es la familia monógama natural, es decir el matrimonio fiel de toda la vida de un hombre y una mujer en comunidad con sus hijos. Es conocida la siguiente declaración de G.K. Chesterton: “Lo más extraordinario del mundo es un hombre común, una mujer común y sus hijos comunes".

Para llevar una vida cristiana de casados, uno debe, con la ayuda de la gracia de Dios y con esfuerzos personales, esforzarse por observar los siguientes principios, que por conveniencia se dividen en doce puntos:

1. Colocar a Cristo en el centro del amor mutuo entre marido y mujer. El matrimonio no sólo puede ser entre dos, sino que también debe incluir un tercero, y ese es Dios, Nuestro Señor Jesucristo.

2. Desterrar el egoísmo usando más la palabra “tú” y raramente la palabra “yo".

3. Ser considerado y atento con el otro, tratar de ceder al otro y mirar el todo.

4. Ofrecer pequeños sacrificios espirituales renunciando a la voluntad propia para amarse unos a otros y a los niños.

5. Practicar siempre el perdón recíproco y siempre reconciliarse antes de ir a dormir, incluso en asuntos pequeños.

6. El esposo y la esposa nunca deben hablar negativamente uno de otro y nunca en presencia de sus hijos.

7. Los esposos tienen que rezar intensamente el uno por el otro.

8. La oración común debe ocupar un lugar central en la vida de la familia.

9. Practicar la caridad cristiana hacia los necesitados y los pobres y ser muy hospitalarios.

10. Los cónyuges y todos los miembros de la familia deben ser pacientes unos con otros y practicar la paciencia, evitando insultos y palabras ofensivas o sucias. Tales palabras nunca deben ser pronunciadas en una familia católica.

11. Pedir a Dios la gracia de aceptar las cruces de esta vida terrenal por amor a Él y como un medio de intercesión y expiación por la salvación eterna de todos los miembros de la familia.
12. Especialmente el ejercicio diario en el amor cristiano mutuo.


En seguida, si es posible, uno debe restaurar el reino social de Cristo en la sociedad humana. Si la referencia a Dios, si la verdadera religión nacida de la fe en Jesucristo no tiene lugar en la vida pública, entonces la vida social no tiene medida ni orientación y el Estado se convierte en una especie de “dios". Todas las cosas, y por tanto también la vida social, han sido creadas para Cristo y para Él, como dicen las Escrituras (cf. Col 1, 16-17).

Por supuesto, la política tiene sus propias competencias y la Iglesia no debe interferir en asuntos puramente temporales y técnicos, tales como por ejemplo en cuestiones sobre el clima. La Iglesia tiene sus propias competencias espirituales. Pero Dios ha unido en Cristo lo temporal y lo espiritual, lo eterno y lo temporal. Ambos deben adorar y estar sujetos a Cristo: los líderes de la sociedad humana y los pastores de la Iglesia.

Decía con perspicacia Donoso Cortés:

“En última instancia, todos los errores (del tiempo moderno), en su variedad casi infinita, se resuelven en uno sólo, el cual consiste en haber desconocido o falseado el orden jerárquico, inmutable de suyo, que Dios ha puesto en las cosas. Ese orden consiste en la superioridad jerárquica de todo lo que es sobrenatural sobre todo lo que es natural, y, por consiguiente, en la superioridad jerárquica de la fe sobre la razón, de la gracia sobre el libre albedrío, de la Providencia divina sobre la libertad humana y de la Iglesia sobre el Estado; y, para decirlo todo de una vez y en una sola frase, en la superioridad de Dios sobre el hombre“ (Carta al Cardenal Fornari, 9 de junio de 1852).

Primero debemos restaurar la validez de la ley natural y de allí gradualmente, el reinado de Cristo en la sociedad. Las saludables enseñanzas divinas deben ser reconocidas y obedecidas no solo en las almas individuales, sino también en las escuelas, universidades y parlamentos. Este es, sin duda, un camino difícil y largo. Pero vale la pena. Tenemos que crear familias cristianas católicas y ellas deben reingresar lentamente a la vida política, social y cultural. Necesitamos reconstruir nuestra cultura cristiana porque en Europa y en América ya no hay una cultura auténtica. Ahora vivimos en Europa y en América en una cultura de la fealdad. Una vez más, tenemos que crear un hermoso teatro cristiano, películas, pintura, música, etc. Pero el bello arte cristiano es fruto de la fe. Por lo tanto, debemos comenzar con la fe católica en su integridad. Sin esto, no lograremos construir una nueva civilización. Tomará varias generaciones y tal vez siglos. Pero vale la pena.

Donoso Cortés afirmaba justamente:

De la restauración de estos principios eternos del orden religioso, del político y del social depende exclusivamente la salvación de las sociedades humanas. Esos principios, empero, no pueden ser restaurados sino por quien los conoce, y nadie los conoce sino la Iglesia católica; su derecho de enseñar a todas las gentes, que le viene de su fundador y maestro, no se funda sólo en ese origen divino, sino que está justificado también par aquel principio de la recta razón, según el cual toca aprender al que ignora y enseñar al que más sabe“ (Carta al Cardenal Fornari, 9 de junio de 1852).

Y señala en otros escritos:

El cristianismo es la civilización completa, mientras que la civilización de los gentiles es una imperfecta cultura“ (Cuestiones sobre el Cristianismo, I, 575). “Toda civilización verdadera viene del cristianismo. Eso es tan cierto que la civilización toda se ha concentrado en la zona cristiana; fuera de esta zona no hay civilización sino barbarie. (…) El pueblo romano y el pueblo griego no fueron pueblos civilizados; fueron pueblos cultos que es cosa muy diferente. La cultura es el barniz, y nada más que el barniz, de las civilizaciones” (Discurso sobre Europa, II, 313). “Cuando la voluntad humana se emancipa de Dios y la razón de la Iglesia, el error y el mal reinan sin contrapeso en el mundo” (Cartas de París, I, 774).

Finalmente, recordemos que Dios no sólo tiene la Iglesia en sus manos, sino también la historia mundial. Él permite mucho mal, para que el bien brille más. Así que siempre será un combate, tenemos que recordar eso.

Dios guiará a la humanidad y la creación a su destino final en la nueva ciudad, la nueva Jerusalén, que será la civilización eterna. Esta es nuestra misión cristiana: anticipar la vida en la ciudad de Dios aquí en la tierra, incluso mientras todavía vivimos en este valle de las lágrimas. La Iglesia y toda la vida cristiana avanzan en este tiempo “entre las persecuciones del mundo y los consuelos del Señor", como San Agustín dijo (cfr. De Civitate Dei, 18, 2).

¡Los consuelos del Señor son más fuertes que las persecuciones del mundo, porque Cristo es el vencedor!

+ Athanasius Schneider

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