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Pasión por la Santidad. IIª parte

Pasión por la Santidad. IIª parte.

José Luis Aberasturi, el 20.01.21 a las 10:04 PM

“Santos de altar". “Santos de veras, auténticos, canonizables. Santos de altar. Santos, sin que nos falte un pelo". Así hablaba y escribía san Josemaría, Fundador del Opus Dei, dirigiéndose a la inmensa mayoría de hijos de Dios en su Iglesia en medio del mundo: los “cristianos corrientes". Por supuesto, valía también para sacerdotes y religiosos.

En su corazón y en su alma no tenía otro horizonte. La misma “pasión por la Santidad” que buscaba y quería para él, la transmitía y sembraba en todo el que quisiera escucharle. Este era el “banderín de enganche” que esgrimía. Y no tenía otro; porque, en Dios y desde Dios, tampoco hay otro, como hemos dejado claro en el post anterior.

Esos “cristianos corrientes", eran, son, la mayoría silenciosa; estaban profundamente presentes en el mundo como CATÓLICOS auténticos, de veras, sin que les faltase un pelo; como sal y luz, amén de levadura que hace fermentar toda la masa, como enseñaba Cristo.

Este era el panorama desde el segundo “uno” de la vida de la Iglesia naciente. Una Iglesia que fecundó todo el mundo occidental de aquel entonces, para ir extendiéndose paso a paso, hasta llenar el mundo, tanto el “viejo” como el “nuevo".

Se acabó cumpliendo aquella máxima, acuñada por Tertuliano: “somos de ayer, y lo llenamos todo: ciudades, islas, fortalezas, municipios, aldeas, los mismos campos, tribus, decurias, palacios, Senado, Foro: solo os hemos dejado los templos". (Apologeticum, XXXVII, Año 197)

No se queda ahí, sino que describe también, con gozo contenido y detenimiento, la vida de esa “casta” de “cristianos corrientes", apestados para el mundo “oficial y oficialista", pero luminaria divina en medio del mundo:

“Renunciamos igualmente a vuestros espectáculos, por cuanto renunciamos a las supersticiones que sabemos les dieron origen, y somos extraños a todo cuanto en ellos ocurre. nada tienen que ver nuestra lengua, visto y oídos con el frenesí del circo, con la lascivia del teatro, con la atrocidad de la arena, con la frivolidad del sexo” (XXXVIII).

Como se ve, hay una clara distinción entre la vida de esos católicos de a pie y la del resto del personal. Una vida que se engrandece hasta unos niveles nunca vistos hasta entonces en el mundo “civilizado", griego y romano, cuando pone de relieve las virtudes reales que viven en medio del mundo, idólatra y perseguidor, para mayor oscuridad moral, pública y privada. De la que se dan cuenta la mismas gentes:

“Esta práctica de la caridad es más que nada lo que a ojos de muchos nos imprime un sello peculiar. ‘Ved -dicen- cómo se aman entre sí’. ya que ellos mutuamente se odian. ‘Y cómo están dispuestos a morir unos por otros’, cuando ellos están más bien preparados para matarse los unos a los otros” (XXXIX).

Y detalla los modos y maneras que viven como hijos de Dios: “Si honesto es el motivo de nuestros convites, juzgad según él de la disciplina que nos regula. siendo como es un servicio religioso, no admite ni vileza ni excesos. No se recuesta a la mesa sin antes haber gustado la oración a Dios. Se come para calmar el hambre. se bebe cuanto es útil en castos. Se hartan, como puede hartarse quien recuerda que aún de noche tiene que adorar a Dios: se conversa como quienes saben que el Señor les oye” (XXXIX).

Además, con un apostolado proselitista vivo, eficaz y desenfadado, lleno de Fe, Esperanza y Caridad para con todos: “Pues cualquier artesano cristiano conoce a Dios y le muestra a otros y, por ende, afirma con su vivir todo cuanto los filósofos indagan acerca de Dios, aunque Platón afirme que no es fácil conocer al Arquitecto del Universo y darle a conocer a otros después de conocido por uno mismo” (XLVI).

Finalmente, con “santo orgullo", resumirá: “Si soy cristiano es porque quiero” (XLIX). Bien consciente además de que, a pesar de los pesares, a pesar de todas las persecuciones, “la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos” (LI).

La guinda la pone este convencimiento, que es Fe verdadera y viva, convertida en una confianza total y absoluta -"ciega"- en el Señor: “No hay culpa que con el martirio no se perdone, razón por la cual os damos al punto gracias por vuestras sentencias. Tal contradicción media entre las cosas divinas y las humanas. Cuando nos condenáis vosotros, Dios nos absuelve" (LI).

¿Qué queda de este espíritu, verdadera vida católica, apasionada por la Santidad, a día de hoy en el “pequeño rebaño” a que han quedado reducidos, y a velocidad de vértigo, países enteros con más que milenaria tradición católica tras ellos?

Prácticamente NADA. Y no exagero lo más mínimo.

De entrada, hay una ruptura sobresaliente e incomprensible -espiritualmente hablando-, entre “ser” y “saberse” católico -de entrada, por estar bautizado-, y “vivir” como católico auténtico, de veras, canonizable, sin que nos falte un pelo.

No queda casi NADA. Y no exagero. La inmensa mayoría de “buenos” católicos, van a Misa casi todos los días, además del “cumplimiento dominical"; viven una cierta frecuencia de Sacramentos; amén de algunas devociones diarias, o casi.

¿En qué se traduce eso en su vida diaria, a pie de calle? ¿Influye en cómo se plantea uno el ocio, las diversiones, las relaciones con los demás, el Noviazgo y el Matrimonio, la educación de los hijos, la conquista de las virtudes, la frecuencia de Sacramentos, el tema y el tono de las conversaciones, la finura de conciencia, la disposición a cualquier sacrificio antes que ofender a Dios, acudiendo con rapidez a la Confesión, Comulgar discerniendo -cara a Dios- si estamos en condiciones de hacerlo, en la capacidad y prontitud para perdonar -especialmente en el ámbito matrimonial y familiar-, en lo que significa “votar en conciencia", en la actividad apostólica y proselitista, en la honradez a la hora de trabajar, en defender el honor de Dios y de su Iglesia…?

Por no hablar de cómo se ha cohonestado con la mentira, con la corrupción, con el “mal menor” que nunca lo es; cómo se han ido “minando” las conciencias -"la doctrina no se cambia", pero se hace públicamente y se defiende lo contrario; eso no es pecado; no hay infierno: pero entonces, ni hay Cielo, ni hay Dios-; o cómo se han ido retirando -por viejos y desfasados- los signos religiosos, las devociones populares, los actos de culto -hay parroquias donde prácticamente no se decía más que la Misa: ni una Novena, ni un Triduo, ni Exposición Solemne del Santísimo… ¡si hasta quitaron los confesionarios!-; se han administrado los Sacramentos sin la más mínima seguridad de validez, o no se han administrado; cómo se han ido aceptando las leyes más monstruosas impuestas por los poderes públicos…

Podríamos seguir hasta el infinito, para salir al paso de tantas y tantas rupturas de vida práctica en Cristo que los católicos, insensiblemente y/o empujados a ello por una “pastoral de mínimos", cuando no una “pastoral perversa", han ido pervirtiendo la VOCACIÓN CRISTIANA que es vocación de PLENITUD: una plenitud que tiene por nombre SANTIDAD.

Esta ruptura entre “doctrina” y “vida", en la que se ha ido metiendo a los católicos, es una de las causas más inmediatas del estrepitoso derrumbe de la vida católica; no ya en países enteros, sino incluso en mundos enteros, como el mundo llamado Occidental, que tiene en Europa su referente más inmediato.

Pero este es precisamente el GRAN FRACASO de la Iglesia, tras el CV II, empezando por su Jerarquía. Porque toda esta ruina le ha venido a la gente corriente “desde arriba". La “buena gente católica de toda la vida” no ha hecho más que dejarse llevar, sin discernir, quizá “adormecida” -no avisada- por siglos y siglos de buen hacer eclesial con sus Pastores a la cabeza.

No todos los pastores han sido ejemplares; pero lo que unos hacían de menos o mal, otros ayudaban a recomponer el desaguisado, empezando por el interesado, más pronto que tarde. Y así, el conjunto, era el que ha sido: una gloria para Cristo, para su Iglesia, para la persona humana y para la sociedad entera.

Hoy ya no. Precisamente “hoy", y cuando el CV II había recuperado la memoria de la Iglesia de los comienzos, con los Primeros Cristianos como punta de lanza y como siembra fecunda; hoy, cuando la Iglesia ha tenido más medios materiales que nunca; hoy, “incomprensiblemente", todo ha colapsado.

Seguiremos, Dios mediante, que hay tema.

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