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Psicópatas, poder político y Estado de Derecho

Fernando del Pino Calvo-Sotelo
www.fpcs.es/psicopatas-pode…
Publicado en Expansión, 22 de enero de 2020

Para preservar nuestra libertad no basta con votar cada cierto tiempo. Como nos prevenía Aristóteles hace más de dos milenios, las democracias degeneran en tiranías por “la falta de escrúpulos de los rastreros demagogos”, que aparecen como setas en otoño en los sistemas en decadencia, y porque el ciudadano se acomoda y olvida que el poder supone siempre una amenaza latente para su libertad, pues tiende a destruir la moral y la capacidad de juicio de quien lo ejerce. Traté este asunto en mi artículo La Patología del Poder (EXPANSIÓN 27-2-13), en el que escribía: “quizá el descubrimiento más inquietante de los psicólogos es la evidencia de que el poder hace a las personas más proclives a actuar como sociópatas”. La sociopatía o psicopatía es un caso particular del trastorno de personalidad antisocial, bien definida por el DSM-5 (referencia mundial en el diagnóstico de trastornos mentales), y así como la potencia corrosiva del poder sobre el ser humano es prácticamente universal, la psicopatía es mucho más minoritaria y mucho más peligrosa para el bien común.

El poder político atrae al psicópata. Robert Hare, el experto que estandarizó el test de diagnóstico de la psicopatía, afirmaba que “aunque muchos políticos son mentirosos a secas sin ser forzosamente psicópatas, la política es un medio fantástico para que se desarrollen los psicópatas, el mejor ambiente, el ideal”. Evidentemente, la inmensa mayoría de las personas que se dedican a la política son perfectamente normales y muchos tienen vocación de servicio, pero, dado que los psicópatas tienen una necesidad hipertrófica de poder y prestigio, son especialmente atraídos por la actividad que más poder permite ejercer y que, además, paradójicamente, menos requisitos objetivos (morales o profesionales) exige para ejercerlo.

Por tanto, si la política es el ambiente ideal para el psicópata, el ciudadano perspicaz guardián de su propia libertad estará siempre atento al comportamiento de los gobernantes para identificar aquellos signos que los expertos utilizan para diagnosticar la psicopatía. Por ejemplo, el psicópata tiene una tendencia patológica a mentir sin escrúpulos con mentiras muchas veces patentes, exageradas y burdas, rompe promesas flagrantemente y practica el victimismo para justificarse. Puede mentir para obtener un beneficio, pero también puede hacerlo por mera diversión mientras observa sonriente el estupor que produce su comportamiento. Una y otra vez, el abuso extremo de la mentira confunde a sus interlocutores, incapaces de comprender que no están ante una persona normal.

Asimismo, todos los psicópatas son narcisistas (aunque no todos los narcisistas sean psicópatas) con un falso complejo de superioridad que manifiesta una gran irritabilidad cuando es contrariado, por lo que, aunque no llegue a la agresión, puede exhibir un lenguaje corporal de clara violencia contenida (por ejemplo, cambiándole el gesto de forma repentina). Otro de sus rasgos es que carece de capacidad para obedecer leyes y normas morales, pues define el bien sencillamente como aquello que le beneficia en cada momento y el mal como aquello que le impide hacer su voluntad. No tiene empatía y considera que los límites éticos son una incomprensible debilidad de los demás; así que, aunque en ocasiones pueda hablar de ética, se tratará siempre de palabras huecas, de un mero disfraz destinado a lograr sus objetivos, dado que ignora lo que es un conflicto moral o un problema de conciencia. Por último, desprecia su propia seguridad y la de los demás, juega al borde del precipicio y actúa de modo irresponsable. En efecto, puede arriesgar lo más sagrado sin darle mayor importancia porque para él nada tiene valor salvo sus deseos y, en su delirio de impunidad, cree que, al estar por encima de cualquier límite, nada malo puede ocurrirle.

La psiquiatría tiene claro que al psicópata no le frenan argumentos morales o lógicos ni el miedo a producir daño a sí mismo o a otros, ni tampoco el pudor ante el descubrimiento de sus felonías: al psicópata sólo le frena la ley.

Si la política es el ambiente ideal para un psicópata, el poder ideal al que aspira es el poder completamente arbitrario que no ve constreñida su acción por unas reglas exógenas. En la película La Lista de Schindler, que no sólo retrata el horror del Holocausto, sino también cómo el poder ilimitado destruye el alma del hombre y conduce al mal absoluto, el psicópata y sádico comandante del campo de concentración le dice a Schindler: “Tenemos el poder de matar, por eso nos temen”. Pero Schindler le corrige: “Nos temen porque tenemos el poder de matar arbitrariamente”. En efecto, el mortal veneno de la arbitrariedad, que siempre conduce a la tiranía, es lo más temible, el gran enemigo de la libertad, de la justicia, del orden y de la paz, y sólo tiene un antídoto: la norma objetiva, el imperio de la ley. Por ello, los yonquis del poder, psicópatas o no, intentan destruir la ley o minimizar su importancia, especialmente aquellos que “buscan el poder por todos los medios, no sólo justos, sino inicuos”, como prevenía Aristóteles.

Su coetáneo Hipérides declaraba en su famosa oración fúnebre: “Los hombres deben estar regidos por la voz de la ley, no por las amenazas de un hombre”. La Ley lo es todo. De hecho, el juicio fundamental sobre la bondad de un orden político no sólo debe basarse en una distinción simplista y pueril entre democracia o no democracia (lo que excluiría casi toda la Historia de la humanidad), sino ante todo en diferenciar entre un Estado de Derecho en el que manda la ley y aquel en que sólo manda la voluntad del poderoso mientras la ley es despreciada, distorsionada, modificada constantemente y violada con descaro o de forma más furtiva, pues como nos alertaba el mismo Aristóteles “la ilegalidad se introduce subrepticiamente” para carcomer el sistema.

La patología del poder consume poco a poco a quien lo ejerce y conduce al desatino, pero cuando quienes ostentan el poder comienzan “a actuar como sociópatas”, el escenario se transforma en algo mucho más alarmante. En tal caso, el ciudadano atento debe despertar al hecho de que su libertad y su paz pueden estar amenazadas, y que ni una dialéctica ingeniosa, ni una retórica florida, ni una apelación escandalizada a principios morales o al orden legal, ni las salvaguardas normales de la sociedad, ni los juramentos rituales basados en un honor y una conciencia que erróneamente se presuponen le protegerán. Sólo una implacable resistencia institucional basada en la aplicación estricta de la ley podrán defenderlo.