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COMIC DEL BEATO NICOLÁS MARÍA ALBERCA. Aguilar de la Frontera

Irapuato
FranciscoBaenaCalvo 10 de julio BEATO NICOLÁS MARÍA ALBERCA MÁRTIR DE DAMASCO (1830 - 1860) Semblanza espiritual por Juan Meseguer, o.f.m. . El Beato Nicolás es uno de los ocho franciscanos …More
FranciscoBaenaCalvo
10 de julio
BEATO NICOLÁS MARÍA ALBERCA
MÁRTIR DE DAMASCO
(1830 - 1860)

Semblanza espiritual
por Juan Meseguer, o.f.m.

.
El Beato Nicolás es uno de los ocho franciscanos martirizados en Damasco la noche del 9 al 10 de julio de 1860. Nació en Aguilar de la Frontera (Córdoba) el 10 de septiembre de 1830. Después de una juventud laboriosa y piadosa, y de prepararse en distintos lugares para el sacerdocio, vistió el hábito franciscano en el Colegio para misioneros de Tierra Santa de Priego (Cuenca) el 14 de julio de 1856. Recibió la ordenación sacerdotal en 1858, de manos de Mons. Luis Amigó, y desembarcó en Jafa en febrero de 1859. Pronto lo enviaron a Damasco a aprender el árabe, y allí lo sorprendió la revuelta de turcos y drusos que segaron las vidas de los frailes de aquella comunidad. Fueron beatificados por Pío XI en 1926.
En el archivo del Colegio de Misioneros Franciscanos de Santiago de Compostela se conserva un cuaderno, en el que hay copiadas diecisiete cartas del B. Nicolás María de Jesús Alberca, martirizado en Damasco con otros siete franciscanos el año 1860. Seis fueron publicadas por el primer biógrafo de los mártires damascenos, P. Sáenz de Urturi,1 y por el P. Samuel Eiján las restantes.2 Entre tanto, el P. Atanasio López enriquecía la colección epistolar del B. Alberca con otras cinco cartas, autógrafas, por él halladas en la Biblioteca Nacional de Madrid y publicadas en esta misma revista en 1921.3
A estas veintidós cartas añadimos ahora cinco más. Se hallan copiadas en un cuaderno sin paginar, archivado en el convento franciscano de San Buenaventura, de Sevilla. Tienen el siguiente título: Copia de las cartas originales del venerable P. Fr. Nicolás María Alberca. Las cartas son diecisiete, como en el de Santiago, pero las cinco primeras de éste faltan en aquél, de suerte que la primera del cuaderno del archivo de San Buenaventura corresponde a la sexta del compostelano, siguiendo la correlación hasta la novena y decimocuarta, respectivamente. (...)
Como preámbulo a la publicación de las cartas del Beato pretendemos en las páginas que siguen trazar un bosquejo de su fisonomía espiritual. La primera carta está fechada el 10 de octubre de 1854, y el 1 de marzo de 1860 la última. Escritas de los 24 a los 30 años, a la edad por tanto en que el hombre ha logrado su completo desarrollo, ofrecen -creemos- una base segura para intentarlo.
Tres rasgos de la personalidad del Beato resaltan vigorosamente en su correspondencia.
En primer lugar, el conjunto de dotes naturales con que le adornó el cielo: inteligencia no vulgar, voluntad tenaz y decidida, índole bondadosa y sencilla. Luego, el sello sobrenatural que llevan grabado sus miras y acciones. Se mueve a impulsos del ideal, el de hacer en todo y por todo la voluntad de Dios. Y, por último, su vocación y su constante esfuerzo por realizarla, y veladamente -con claridad a la luz de los testimonios de sus amigos- el profético presentimiento del martirio.
No se dan, claro está, estos elementos escalonados cronológicamente, sino vitalmente entrelazados en armónica compenetración y realización sincrónica. Sus cualidades naturales están perfeccionadas por la acción de la gracia con la que Nicolás María colaboró fielmente, espoleado en cada instante por el llamamiento de Dios a una mayor perfección, que columbraba coronada con el martirio. Por ello, es difícil en la exposición separarlos enteramente, ni se pueden seleccionar los pasajes de sus cartas con criterio tan discriminador que los que se aducen en apoyo de una afirmación no puedan traerse con igual fuerza en apoyo de otra. No hemos recogido tampoco todos los trozos, sino los que nos han parecido más importantes. Y, si a veces son largos, servirán para descubrir al lector detalles sobre los que directamente no hemos llamado su atención.
I.- SUS DOTES NATURALES
A los 25 años Nicolás María lograba decir cuanto quería, si no con elegancia y a veces ni con la necesaria corrección, sí con la suficiente claridad para acreditarle de inteligencia despierta y aprovechada; detalle digno de registrarse en quien como él tuvo una formación intelectual discontinua y marginal. Cursó las primeras letras con aprovechamiento, según asegura un compañero de infancia. Mas luego, teniendo que trabajar para ganarse el sustento cotidiano, sólo pudo estudiar a ratos perdidos. Para poderse dedicar por completo a los libros, hubo de esperar hasta después del noviciado, es decir, a los 26 años cumplidos.
De esta época final de su corta vida es el único testimonio oficial que conocemos de su aprovechamiento en los estudios; es de sus profesores en el Colegio de Priego, que le calificaron de «muy bueno».
A la vivacidad intelectual, se unía en Nicolás María la reflexión. Notable es la seguridad y aplomo con que aconseja a su madre en asuntos familiares. Si su madre se ve obligada en justa defensa a litigar ante los tribunales, le advierte que antes reflexione y considere bien la cosa no sólo en su aspecto moral sino también en el técnico. Lo primero es ver si la ley le apoya y si hay, por ende, probabilidades de ganar el pleito y luego enfocar debidamente la demanda, pues «casi es regla general -escribe- que el buen éxito de un pleito estriba en haberlo antes entablado bien».
Con amplitud de visión considera el problema de la enseñanza. En nuestra patria estaba abandonada entonces en muchos pueblos desde el cierre general de conventos el año 1836. Y se duele de que a consecuencia de ello muchos ingenios queden soterrados en la ignorancia que suele traer consigo aparejados muchos males. En concreto, se lamenta de que nadie enseñe latín en una villa tan grande como Aguilar, y así consta en su carta del 10 de septiembre de 1858. En 1845 había en Aguilar de la Frontera dos escuelas de latinidad. Entre ambas reunían 51 alumnos. Por las fechas en que escribe el Beato habrían desaparecido las dos. La villa de Aguilar contaba por aquellas fechas unos doce mil habitantes (Madoz).
Mostró la firmeza de su voluntad en el perseverante empeño que puso en el conseguimiento de su vocación. No era amigo de cruzarse de brazos ante las dificultades ni de dejar perder su derecho por un mal entendido misticismo. El siguiente hecho lo prueba suficientemente. Quiso Dios que se librara del servicio militar por un solo número. El mozo sorteado con el número anterior al suyo alegó, para librarse de la milicia, estar alimentando a su abuelo, cosa verdadera en apariencia nada más, pues sólo días antes se había ido a vivir con él para tener un pretexto, sin haberle ayudado antes absolutamente nada. Nicolás María descubrió la estratagema y el mozo de marras tuvo que aprontar para librarse una buena cantidad. De haber tenido éxito la estratagema de aquel joven, Nicolás María habría sido incluido ipso facto entre los quintos. Su contrincante no llevó a mal la justa defensa de Nicolás, antes reconoció que le asistía la razón y que él en su caso habría hecho otro tanto.
Su índole, sin embargo, era bondadosa y buena. De niño se atrajo la simpatía de maestros y compañeros. Aquéllos no tuvieron que castigarle. El cariñoso amor que siente por los suyos, madre, hermanos, parientes y amigos, es intenso, simpáticamente humano. Aprovecha todas las ocasiones para demostrarlo.
Como es natural, su madre se lleva las preferencias. Menos seis, las demás cartas que conocemos del Beato a ella van dirigidas. En ellas se puede admirar toda la belleza de su amor filial. Se inquieta cuando trascurre más tiempo del acostumbrado sin recibir noticias de su madre. Y se alegra al tenerlas o, si se lo permiten siendo novicio, escribirle. Se complace en recordarle sus buenos ejemplos; si alcanza el logro de sus santos anhelos, le dice que se debe a sus fervorosas oraciones.
Durante su permanencia en Madrid la ayudaba socorriéndola de sus ahorros. Los envíos pecuniarios le causaban más de un quebradero de cabeza por la tardanza e irregularidad del correo, servicio entonces incipiente. Unas prendas de abrigo y otros regalos para ella y sus hermanos le costaron, con los gastos de transporte, más que si las hubieran mercado en Córdoba; mas no lo hace -dice- «que así lo recibirá V. como de mi pobre mano» (12). Descubrió en la corte que el chocolate con leche sabe mejor que con agua, y se lo comunica a su madre para que lo tome así. «Y esto sea -termina- otro recuerdo que tenga V. de mí».
En el otoño de 1854 murió su cuñado Acisclo. El comentario que hace el Beato es una muestra de su acendrada caridad y de la tierna compasión que le inspiraban sus sobrinos huérfanos. [Acisclo] «ha muerto al año de morir mi hermana; veneremos los juicios de Dios, siempre justos. Encargo a todos mis hermanos que el hacer el bien por su alma nos es de tanta obligación como para María del Carmen y que todos Vds. miren por educar y mostrar cariño el más expresivo a esos pobres huérfanos, que, además de ser una obligación, es también sin duda lo más agradable a Dios». Y después de aludir al cólera reinante en Aguilar y del que probablemente había muerto su cuñado, añade dirigiéndose a su madre «Yo lo que desearé es que V. no se aflija demasiado con estos acontecimientos, sino que siga V. mostrando fortaleza de ánimo hasta la muerte, que con eso me da V. un grande ejemplo de virtud».
Para Nicolás María, la carta no era sólo un medio de dar y recibir noticias. Era, además, una manera de hacer apostolado calladamente, de enfervorizarse mutuamente en el servicio de Dios. Con suavidad, bien pidiéndoles oraciones, bien recordándoles sus ejemplos, les mueve a ir hacia Dios. No faltan en sus cartas las exhortaciones. En las que ahora publicamos puede leerse el plan de vida cristiana que traza a su sobrina María del Carmen Alberca, capullo en trance de transformarse en flor, entreabierta a los encantos de la vida, y a sus hermanos al partir para Tierra Santa.
Cariñoso también, y no menos espiritual, se muestra en las relaciones con sus amigos. Muchos y buenos supo granjearse el joven Nicolás María lo mismo en Madrid y Aguilar que en Sevilla y Córdoba. Para todos hay en su corazón un recuerdo emocionado y agradecido por los favores y aun pequeñas deferencias que ellos le prestaran. Los subidos quilates de su delicada amistad han quedado reflejados en las cinco cartas dirigidas a don Juan Hernández Cornejo y familia, de Madrid, con quienes intimó hasta el punto de considerarle y considerarse como de la familia. El 18 de julio de 1858, al acusar recibo de una carta, les dice que le fue de gran «alegría y consuelo saber que siguen buenos y considerarlos en alguna prosperidad con el nuevo Señor Arzobispo, libres, por tanto, de aquella barahúnda en que estaban antes envueltos entre tanto andaluz y de los que no era el que menos le daba que hacer el hermano Nicolás; pero, vamos! ... éste se había hecho ya tan de Vds. como Vds. suyos por medio de un cariño casi filial, y jamás se tiene por molesto lo que voluntariamente se tiene. Doy gracias a Dios por los consuelos que les concede como si los recibiese yo mismo, y pido diariamente a Dios nuestro Señor continúe derramando sobre Vds. sus gracias y, sobre todo, les infunda su santo amor, que es la mayor de las gracias que puede el hombre recibir. Esto pido con mayor confianza desde que soy sacerdote en el Santo Sacrificio, tanto para Vds. como para mis demás buenos amigos...». Al acercarse la fiesta de San Francisco felicita a doña Francisca Gorrochategui, mujer del señor Hernández, conminándola con espiritual gracejo a que no le olvide en la fiesta familiar de ese día. «Y aunque doña Francisca no se acuerde de mí al disfrutar de algún corderillo o capón que haga ese día el extraordinario yo le perdono; mas si de otro mejor Cordero no me hace participante, acordándose de mí en tan abundarte convite, en la Comunión, no le disimularé, pues no le excusa la distancia» (Ib.).
II.- EL LLAMAMIENTO DE DIOS
De las citas que preceden se deduce que el amor y cariñó, tan naturales al hombre para con quienes le están ligados por lazos familiares o de amistad, eran en el bienaventurado mártir un cariño y amor sobrenaturalizados. Tan así es que a sus padres los quería más mirándolos con el prisma de lo sobrenatural. Los amaba tanto porque «sus desvelos y conatos fueron siempre enseñarme el temor y amor de Dios, que son los únicos medios de ser siempre feliz». Le rebosaba de gratitud el alma considerando que tales «bienes no son comunes a todos, como se ve a cada paso en la mayor parte de los padres, que miran la salvación de sus hijos corno medios secundarios de su felicidad». Tenía como uno de los principales favores que Dios le había dispensado el haberle dado tales padres.
En efecto, tuvo nuestro héroe la suerte inapreciable de nacer en el seno de un hogar profundamente cristiano, cual era el formado por los esposos Manuel Alberca y María Valentina Torres. No tuvieron los padres del Beato mayor empeño que la educación cristiana de su numerosa prole ni mayor satisfacción que la de ofrecer al Señor seis de los diez hijos que de Él recibieron.
Educado en un ambiente tan cristiano y levítico no es maravilla que su alma, iluminada por la gracia del Espíritu Santo, oyese el llamamiento del Señor y generosamente lo siguiese.
Desde la niñez estuvo Nicolás María dotado de una piedad sólida y ferviente. Piedad que no se evaporó en los años difíciles de la pubertad como acaece en tantos niños, que al desprenderse de los brazos de la madre desdeñan las prácticas piadosas como cosa impropia de hombres. Los años de la pubertad y la vida de trabajo asalariado probaron que el gusto por las cosas de Dios estaba profundamente enraizado en su alma.
Terminada la instrucción primaria, se puso a trabajar, ya que la situación económica de la familia no le permitía el lujo de seguir una carrera. Empezó de dependiente en un comercio. Mas porque el empleo no le dejaba holgura para sus ejercicios piadosos lo deje y se dio a las tareas agrícolas, ayudando primero a su padre y luego a un tío suyo.
Entonces convivió y trabó íntima amistad con un primo suyo, José María Luque, de iguales inclinaciones que él. Juntos trabajaban la tierra y juntos ocupaban los ocios en actos de piedad. Por su amigo sabemos que el futuro mártir frecuentaba los sacramentos y era aficionadísimo a la lectura del Año Cristiano, entusiasmándole las vidas de los santos, en especial las gestas de los mártires. Gustaba de las dulzuras de la soledad. Al empezar cualquier obra la ofrecía a Dios y en los casos difíciles acudía a la oración, encomendándose a sus santos predilectos, cuyo patrocinio imploraba con novenas y súplicas.
Los coloquios de entrambos amigos giraban a menudo en torno al tema de sus aspiraciones. Por una parte, las ansias de ser sacerdote eran poderosísimas en Nicolás María. Por otra, su primo veía muy difícil que lo pudiese alcanzar. Y de la tenacidad con que ambos defendían sus respectivas posiciones, se originaban a veces amigables altercados. Para ser sacerdote -opinaba Luque- no contaba Nicolás María con el patrimonio exigido por las leyes canónicas y era imposible que llegara a vestir un hábito religioso, pues las órdenes religiosas estaban suprimidas desde el año 1836, gracias al ilustrado celo de los Gobiernos masónico-liberales de la época. Nicolás María reconocía gustoso toda la fuerza del razonamiento de su amigo; empero aquellas dificultades no bastaban a descorazonarle. «Como para Dios nada hay imposible -argüía el Beato- yo confío en que su Divina Majestad me dará gusto y dispondrá las cosas de tal manera que, si yo lo merezco, tengan cumplimiento mis deseos». A esto, Luque callaba reconociendo a su vez que la lógica sobrenatural a que apelaba su primo no es menos lógica que la de la razón.
No se piense, sin embargo, que el joven se cruzara bobamente de brazos, esperándolo todo de un milagro de Dios. Su carácter no se casaba bien con una actitud pasiva. Ponía en práctica lo que el 10 de septiembre de 1858 (segunda carta del apéndice) aconsejara a su madre respecto de su hermano menor, Francisco Javier, que tropezaba con los mismos obstáculos para ser sacerdote que se opusieran a su vocación. «Entre tanto que Dios demuestra claramente lo que quiere de Javier, puesto que V. no puede otra cosa, le aconsejo no deje su honrado oficio, pero al mismo tiempo no deje de abrigar su buen pensamiento, no sea que verdaderamente Dios le llame y malogre la vocación; que el tiempo que pueda lo aproveche aunque no sea más que en aprender muy bien, a fuerza de repetidos repasos, todas las reglitas latinas». A Dios rogando y con el mazo dando, parecía repetirse el mozo andaluz, decidido a poner todos los medios a su alcance para no desaprovechar por negligencia suya la oportunidad de ser sacerdote, si Dios quería que se le presentara.
Por propia iniciativa se fue con los Hermanos de las Ermitas de Córdoba, de donde le sacó su madre, que procuró se colocara en Sevilla al servicio de un religioso exclaustrado, capellán de las Teresas, con ánimo de que fuera haciendo al mismo tiempo los estudios eclesiásticos. Era una solución corrientemente adoptada entonces por los que, aspirando al sacerdocio, no podían sufragarse los gastos de la carrera.
Los diez meses que pasó en Sevilla estudió Nicolás María bajo la dirección del capellán la lengua del Lacio con gran aprovechamiento. Pero un quite amoroso probó doblemente su vocación. El Beato no había pensado nunca en mujer alguna como confesara a su primo -que le preguntaba curiosamente acerca de una determinada muchacha-, porque deseaba ser sacerdote, y no le parecía bien, por consiguiente, engañar a nadie. Mas no contaba él con la huéspeda; en este caso, la sobrina del capellán, que se enamoró ciegamente de él. Teniendo que vivir en constantes relaciones, las pretensiones de la muchacha envolvían para la vocación de Nicolás María un riesgo nada despreciable, tanto más de temer cuanto ella andaría a la caza de pretextos para manifestarle su inclinación amorosa. Con todo, el joven se mantuvo firme, desoyendo los requerimientos de la muchacha. Esta, por su parte, viendo su afecto incorrespondido, planeó vengarse. Efecto de sus manejos, el capellán terminó por descontentarse de los servicios de Nicolás María, despidiéndolo de su casa.
El despido tronzaba en lo humano las esperanzas que Nicolás María abrigaba de hacer la carrera eclesiástica. Mas no por ello se desanimó el Beato; tornó a su pueblo y a las faenas del campo, y tenaz en su resolución, continuó manejando la gramática latina para no olvidar lo aprendido, en espera de que la Providencia dispusiera otra cosa.
Mientras, Dios le iba preparando calladamente el camino con la suavidad y la fuerza tan características de su providencia. Sólo cuatro meses permaneció en Aguilar de la Frontera. Por consejo de su confesor marchó a Córdoba, donde ingresó en el noviciado de los Hermanitos del Hospital de Jesús Nazareno. En atención a sus relevantes cualidades profesó antes del tiempo reglamentario, y poco después el mismo Hospital lo envió a Madrid a representar sus intereses. Se instaló en la calle de San Justo, en una buhardilla del palacio arzobispal, que le cedieron gratuitamente. Portero del palacio era don Juan Hernández Cornejo, a quien ya conocemos. Nicolás María vivió en Madrid más de dos años: desde principios de 1854 hasta julio de 1856.
Lejos de serle impedimento la vida de la Corte, en ella precisamente encuentra el joven andaluz el ambiente en que cuaja su espiritualidad con perfiles bien definidos, adelanta su preparación intelectual con miras al sacerdocio y halla, por fin, el camino que ha de conducirle al claustro y al altar.