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El Espíritu Santo- 3. en Jesucristo

El Espíritu Santo- 3. en Jesucristo

José María Iraburu, el 3.06.20 a las 9:57 AM

–¿Y a quiénes representan esas tres acompañantes?
–A tres ángeles, vestidos con tres colores distintos; cosa singular.

El Espíritu Santo y María

La fecundidad del Padre
se expresa en la generación del Hijo. La fecundidad del Padre y del Hijo en la procesión amorosa del Espíritu Santo. Y la fecundidad del Espíritu Santo se manifiesta a través de la Virgen María, en el gran misterio de la encarnación del Hijo. Es precisamente en la Virgen, donde el Espíritu Santo se revela plenamente como «Señor y dador de vida». Y esta manifestación la realiza no solamente en Jesús, sino, como veremos, en todo su Cuerpo místico.

El ángel dijo a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35). Y el ángel del Señor dijo a José: «José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo» (Mt 1,20). Creemos, pues, «en un solo Señor Jesucristo, nacido del Padre antes de todos los siglos…, que por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre».

Enseña Santo Tomás que «la Encarnación se atribuye de especial manera al Espíritu Santo» por tres razones:

[Espíritu-Amor] «La primera, porque el Espíritu Santo es personalmente el Amor del Padre y del Hijo. Ahora bien, la encarnación del Hijo de Dios en el seno purísimo de la Virgen es por excelencia una obra de amor, pues el mismo Salvador dijo de sí en el Evangelio: “tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito” (Jn 3,16).

[Espíritu-Don] «La segunda, porque así se nos da a entender que la naturaleza humana no fue asumida por el Verbo en unidad de Persona por mérito alguno de ella, sino por pura gracia.
[Espíritu-Santo] «La tercera, en fin, porque a esto se enderezaba la Encarnación: a que el hombre que era concebido en las entrañas de la Virgen fuese Santo e Hijo de Dios (Lc 1,35). Ahora bien, entrambas cosas se atribuyen al Espíritu Santo, que nos hace hijos de Dios y que es el Espíritu de santificación (Rm 1,4)» (STh III,32,1; +León XIII, Divinum illud 6).

–Jesús bautizado y ungido

La unción de Jesús por el Espíritu Santo se da ya en el momento de su encarnación inmaculada
, pues el Hijo divino «por obra del Espíritu Santo se encarnó» en la Virgen María.Los tres Evangelios sinópticos, lo mismo que el de San Juan, nos aseguran unánimes este hecho misterioso. Pero esa unción del Espíritu se manifiesta por primera vez, al comenzar su vida pública, en el marco grandioso de las orillas del Jordán, cuando Juan le bautiza.: no sólo posee la gracia de unión hipostática, por la que es personalmente el Hijo de Dios,

«Bautizado Jesús, y puesto en oración, se abrió el cielo y bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma, y se dejó oir una voz del cielo: “tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”» (Lc 3,21; +Is 42,1).

Por tanto en «el hombre Cristo Jesús» (1Tim 2,5) «habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9). «Él es el Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Y todos nosotros hemos recibido de su plenitud gracia sobre gracia» (Jn 1,14.16). El mismo Cristo da testimonio de este misterio: «el Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha consagrado con su unción y me ha enviado» (Lc 4,18; +Is 61,1). Bautizado en el Jordán bajo el Espíritu divino en forma de paloma, es el que va a «bautizar en el Espíritu Santo» (Jn 1,32-33).

Siempre los Santos Padres advirtieron que Jesús no recibe el Bautismo de Juan para purificarse de sus inexistentes pecados, sino para inaugurar en sí mismo el Bautismo de Jesús, el Bautismo de fuego, el del Espíritu Santo, el que daba a los hombres la purificación del pecado, la filiación divina, el nuevo nacimiento a una vida sobrenatural nueva.

Los Apóstoles confiesan que «a Jesús de Nazaret le ungió Dios con Espíritu Santo y poder» (Hch 10,38). Jesús es «el Ungido», esto es, el Cristo (Hch 4,26-27), el ungido por el Espíritu Santo. Él es «santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y más alto que los cielos» (Heb 7,28).

Se cumple así en Jesús lo que muchos siglos antes había anunciado Isaías: «brotará un retoño del tronco de Jesé y retoñará de sus raíces un vástago nuevo. Sobre Él se posará el Espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, y será henchido del espíritu del temor de Dios» (11,1-3).

–El Espíritu Santo revela a Jesús

Por otra parte, el Espíritu Santo revela a ciertos elegidos que Jesucristo es el Enviado del Padre. –Lo vemos en Isabel, que «llena del Espíritu Santo», reconoce en María, su humilde y servicial pariente, «la Madre de mi Señor» (Lc 1,41-42). –En Zacarías, que cuando habla de Juan y de Jesús, «profetiza, lleno del Espíritu Santo» (1,67). –Y en el anciano Simeón, que «movido por el Espíritu Santo» va al Templo y, si entre aquellos numerosos niños presentados por sus padres a los sacerdotes reconoce al Mesías salvador esperado, es porque «el Espíritu Santo estaba en él», y porque «le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte sin haber visto antes al Cristo del Señor» (2,25-27).

–También Juan el Bautista, por obra del Espíritu Santo, al bautizar a Jesús, lo reconoce como el Salvador esperado: «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo… Yo he visto al Espíritu Santo, que bajaba del cielo como una paloma y se quedaba sobre Él. Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar me dijo: “aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre Él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo vi, y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios» (Jn 1,29-34).

Sabemos, pues, que el Espíritu Santo es el primer evangelizador, el primeroque suscita la fe en Jesucristo. Gran verdad es, pues, aquello que dice San Pablo: «nadie puede confesar “Jesús es el Señor” sino bajo el impulso del Espíritu Santo» (1Cor 12,3).

–Jesús es movido por el Espíritu Santo

«Los que son movidos por el Espíritu de Dios, ésos son los hijos de Dios» (Rm 8,14). Esto, que el Apóstol dice de los hijos adoptivos de Dios, ha de afirmarse antes y absolutamente de Jesucristo de la humanidad sagrada de Jesús, Hijo natural de Dios. Él vive siempre movido por el Espíritu, por el Espíritu divino que eternamente une en el amor al Padre y al Hijo. De hecho, así nos lo muestran los evangelistas.

Jesús «lleno del Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y fue conducido por el Espíritu al desierto» (Lc 4,1; +Mt 4,1; Mc 1,12). –Y una vez cumplida aquella cuarentena de oración y de ayuno, «Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu» (Lc 4,14). –En otra ocasión, predicando, «se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo» (10,21). –Y él mismo asegura realizar sus formidables exorcismos por el Espíritu Santo: «antes y absolutamente expulso yo a los demonios» (Mt 12,28; +Lc 11,20). –«El Espíritu del Señor está sobre mí», afirma en la sinagoga de Nazaret; ý por eso ha recibido el poder de liberar a los cautivos, dar vista a los ciegos, movimiento a los paralíticos y vida a los muertos (+Lc 4,18-19).

Esta acción del Espíritu divino en Jesús, que tuvo una grandiosa epifanía trinitaria del bautismo en el Jordán, como ya vimos, se produjo –también en la Transfiguración, «mientras oraba» (Lc 9,29). El rostro y toda la imagen del Hijo encarnado se transfigura luminosamente, y al mismo tiempo que se escucha la voz del Padre, se manifiesta también el Espíritu Santo, esta vez en forma de nube luminosa.

En todo momento, pues, actúa el Espíritu Santo en Cristo, en el Ungido, no solamente en esas epifanías impresionantes, sino en cada acto de su vida ordinaria, y muy especialmente en su acción evangelizadora. Si creemos que «el Espíritu Santo habló por los profetas», con más razón afirmamos lo mismo de Jesús, culmen de todo el profetismo. La sabiduría inefable de su enseñanza ha de ser atribuída al Espíritu divino, como el mismo Jesús confiesa: «mis palabras son espíritu y vida» (Jn 6,63)

Y muy especialmente también hay que afirmar esa moción del Espíritu Santo sobre el alma de Cristo –en la hora de la Cruz. En efecto, Cristo, «por el Espíritu Santo, se ofreció a sí mismo a Dios como hostia inmaculada» (Heb 9,14). De este modo, la ofrenda sacrificial de su vida humana en el holocausto de la Cruz se vio consumada por el fuego amoroso del divino Espíritu.

En fin, es verdad que viendo a Jesús, vemos al Hijo divino y vemos al Padre (Jn 14,9). Pero también es cierto que viendo a Jesús estamos viendo al Espíritu Santo, pues en él actúa siempre y en él se manifiesta. De este modo, nuestro Señor Jesucristo es una epifanía continua de la santísima Trinidad.

–Jesucristo, fuente del Espíritu Santo

Jesús es gozosamente consciente de la acción del Espíritu Santo en él. Más aún, Jesús sabe que es para los hombres la Fuente del Espíritu Santo. Esta excelsa condición suya se hace particularmente explícita en algunos lugares del Evangelio:

-El diálogo con la Samaritana. «El que beba del agua que yo le diere no tendrá jamás sed, sino que el agua que yo le dé se hará en él una fuente de agua que brota para vida eterna» (Jn 4,14).

-En Jerusalén, el último día de los Tabernáculos, «gritó diciendo: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Quien cree en mí, como dijo la Escritura, ríos de agua viva manarán de su seno». Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él, pues aún no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado» (7,37-39).

-En la cruz, al morir, Jesús «entregó el espíritu [el Espíritu]» (19,30). Como un frasco que al ser roto derrama su perfume, así la humanidad sagrada de Jesús, al ser destrozada en el Calvario, entrega el alma y comunica el Espíritu.

En efecto, Jesucristo es aquel Templo-fuente de aguas vivas que habían anunciado los profetas (Ez 47,1-12; Zac 13,1). Y si Moisés convirtió la roca en fuente, golpeando la roca con su cayado (Ex 17,5-6), ahora a Él «uno de los soldados, con su lanza, le traspasó el costado, y al instante brotó sangre y agua» (Jn 19,34). San Pablo interpreta esta escena misteriosa afirmando: «la Roca era Cristo» (1Cor 10,4). En efecto, gracias a Cristo «a todos se nos dio a beber del mismo Espíritu» (12,13). Él es la fuente del Espíritu Santo.

Así se cumplieron las antiguas profecías: «Aquel día derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de oración; y mirarán hacia mí. Y a Aquel a quien traspasaron, le llorarán como se llora al unigénito. Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, a fin de lavar el pecado y la impureza» (Zac 12,10; 13,1).

–Jesucristo, Templo de Dios

Jesús venera el Templo antiguo
, a él peregrina, lo considera Casa de Dios, Casa de Oración, paga el tributo del Templo, frecuenta sus atrios con sus discípulos, expulsa de él a los mercaderes (Mt 12,4; 17,24-27; 21,13; Lc 2,22-39. 42-43; Jn 7,10).

Pero Jesús sabe que él es el nuevo Templo. Él sabe que, destruido por la muerte, en tres días será reedificado (Jn 2,19). El es consciente de ser «la piedra angular» del Templo nuevo y definitivo (Mc 12,10). En efecto, «la piedra angular es el mismo Cristo Jesús, en quien todo el edificio, armónicamente trabado, se alza hasta ser Templo santo en el Señor; en el cual también vosotros sois juntamente edificados para ser morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2,20-22; +1Cor 3,11; 1Pe 2,4-6).

En su vida mortal, Jesucristo es todavía un Templo cerrado, «pues aún no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado» (Jn 7,39). Muerto en la cruz, se rasga el velo del Templo antiguo, que ya no tiene función salvífica. Y al tercer día, cuando se levanta Jesucristo para la vida inmortal, se hace para los hombres el Templo abierto, «mejor y más perfecto, no hecho por manos de hombre, esto es, no de esta creación» (Heb 9,11; +Ap 7,15; 13,16; 21,3). Y es en Pentecostés cuando los discípulos, «bautizados en el Espíritu Santo» (Hch 1,5), pueden ya entrar en el Templo nuevo, santo y definitivo, para ser así ellos mismos templos en el Templo (2Cor 6,16; Ex 29,45).

Entremos, pues, por el Espíritu Santo en Cristo-Templo, inaugurado para todos los hombres que crean en él. «Acercáos a él, piedra viva, rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios, y vosotros también edificáos como piedras vivas, como Casa espiritual, para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales, gratos a Dios por Jesucristo» (1Pe 2,4-5).

«Teniendo, pues, hermanos, en virtud de la sangre de Cristo, firme confianza de entrar en el Templo que él nos abrió como camino nuevo y vivo a través del Velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la Casa de Dios, acerquémonos con sincero corazón» (Heb 10,19-22; +4,16).

La consumación del Templo nuevo será en la Parusía, cuando se complete el número de los elegidos, al fin de los tiempos, cuando venga Cristo con sus ángeles y santos. Y será como lo dice el Apocalipsis: «Vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa que se engalana para su esposo. Y oí una voz potente, que del trono decía: He aquí la Morada de Dios entre los hombresHe aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,2-5).

Todas las antiguas promesas divinas, también las más formidables, las más increíbles, se han cumplido en Cristo: «Yo os daré un corazón nuevo y pondré en vosotros un Espíritu nuevo» (Ez 36,26). «Jesús dijo: Todo está consumado”. E inclinando la cabeza, entregó el Espíritu» (Jn 19,30).

Ven, Espíritu Santo, ilumina los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor.

José María Iraburu, sacerdote

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