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El modo de manifestarse el nacimiento de Cristo, según Tomás de Aquino

El modo de manifestarse el nacimiento de Cristo

Eudaldo Forment, el 3.10.22 a las 12:02 PM

Manifestación de la divinidad por Cristo[1]

Después de estudiar la conveniencia de la manifestación de Cristo a los pastores, a los Magos y a los profetas Simeón y Ana, Santo Tomás se ocupa del modo como se manifestó. Se pregunta, en primer lugar, si no hubiera sido conveniente que se manifestase por sí mismo, porque parecen existir tres razones para ello.

La primera está basada en lo que dice Aristóteles: ««La causa que actúa por sí misma es siempre más noble que la que obra movida por otro» (Física, VIII, 5, 7)». Sin embargo, sabemos que: «Cristo manifestó su nacimiento por medio de otros, a saber: a los pastores por medio de los ángeles, y a los Magos por medio de la estrella». Por consiguiente: «con mayor razón debió revelar Él mismo su nacimiento»[2].

La segunda es más teológica, porque su exposición es la siguiente: «se dice en la Escritura: «La sabiduría oculta y el tesoro escondido: ¿Qué utilidad reportan?» (Eclo 20,32)». Además: «Cristo, desde el principio de su concepción, poseyó en plenitud el tesoro de la sabiduría y de la gracia». Por consiguiente, si: «no manifestara esta plenitud con obras y palabras, la sabiduría y la gracia le hubieran sido dadas en vano. Lo cual resulta inconveniente, porque «Dios y la naturaleza no hacen nada en vano» (Aristóteles, El cielo, I, 4, 2)»[3].

En la tercera, que es la de menor consistencia, se recuerda que se ha ducho que: «Cristo hizo muchos milagros en su niñez». Con ello: «así parece que por sí mismo dio a conocer su nacimiento»[4].

La repuesta de Santo Tomás es opuesta, porque argumenta: «El nacimiento de Cristo estaba ordenado a la salvación de los hombres, que se consigue sólo por medio de la fe. Pero para que la fe sea causa de la salvación, ha de confesar la divinidad y la humanidad de Cristo». Se desprende de ello que: «era necesario que el nacimiento de Cristo fuese revelado de tal modo que la demostración de su divinidad no perjudicase la fe en su humanidad». Por ello: «esto lo hizo Cristo mostrando en sí mismo la semejanza de la flaqueza humana, y dando a conocer, sin embargo, por las criaturas de Dios, el poder de su divinidad. Y así Cristo no manifestó por sí mismo su divinidad, sino por otras criaturas»[5].

Razones de la manifestación posterior a la Natividad

Queda confirmada esta respuesta con: «lo que dice el papa San León Magno, que los Magos encontraron al Niño Jesús que «en nada se diferenciaba de la generalidad de los niños» (Serm. 34, VI). Y los otros niños no se dan a conocer por sí mismos. Luego tampoco convino que Cristo revelase por sí mismo su nacimiento»[6].

Por ello, la primera razón, que arguye que Cristo, dada su importancia, tenía que manifestar por mismo su divinidad, no es aceptable. No es valida, porque: «en toda generación y movimiento es necesario llegar a lo perfecto por medio de lo imperfecto. Y, por ese motivo, Cristo se manifestó primero por medio de otras criaturas, y después se manifestó por sí mismo con una manifestación perfecta»[7].

Respecto la segunda, sobre la necesidad, que parece que tenía Cristo de desvelar ya desde el principio su sabiduría, precisa Santo Tomás: «aunque la sabiduría escondida no sea de provecho, no toca, sin embargo, al sabio manifestarse en cualquier momento, sino en el tiempo oportuno. En el Eclesiástico se dice: «Hay quien calla porque no tiene respuesta; y hay quien calla esperando el tiempo oportuno» (Eclo 20, 6). Así pues, la sabiduría dada a Cristo no fue inútil, porque se manifestó a sí misma en el tiempo oportuno. Y el haber permanecido oculta el tiempo oportuno es señal de sabiduría»[8].

En cuanto a los supuestos milagros de la infancia de Cristo, en los que se apoya la tercera la tercera razón, y que representa un obstáculo a la tesis del Aquinate, la refuta de este modo «dice San Juan Crisóstomo que «Cristo no hizo milagro alguno antes de convertir el agua en vino, conforme a lo que se lee en el Evangelio de San Juan: ‘Este fue el primero de los milagros de Jesús’ (Jn 2, 11). Si hubiera hecho milagros en el principio de su vida, los israelitas no hubieran necesitado que lo manifestase otro, cuando, sin embargo, Juan Bautista dice: ‘Para que sea manifestado a Israel, por eso he venido yo a bautizar en el agua’ (Jn 1,31). Justificadamente, pues, no comenzó a hacer milagros en los albores de su vida. Hubieran tomado su encarnación por una fantasía, y le hubieran crucificado antes del tiempo oportuno, consumados de envidia» (Com. Evang. S. Juan, Hom. 21)»[9].

La manifestación de los ángeles

En segundo lugar, se pregunta Santo Tomás por las razones de la manifestación del nacimiento de Cristo por los ángeles. Previamente a la exposición de las mismas, aporta dos en contra. La primera es la siguiente: «Los ángeles son sustancias espirituales, según palabras de salmo: «Que hace a sus ángeles espíritus» (Sal 103,4). Pero el nacimiento de Cristo era en la carne, no en sustancia espiritual. Luego no debió ser manifestado por los ángeles»[10].

No es una conclusión correcta, advierte Santo Tomás, porque: «necesita de manifestación lo que de suyo es oculto, pero no lo que, por naturaleza, es manifiesto. La carne del recién nacido era manifiesta, mientras que sólo su divinidad era oculta. Y por eso su nacimiento es manifestado convenientemente por los ángeles, que son ministros de Dios. Por lo que el ángel apareció también rodeado de claridad, para hacer ver que el recién nacido era «el esplendor de la gloria del Padre» (Heb 1,3)»[11].

Todavía podría replicarse que: «mayor es la afinidad que tienen los justos con los ángeles que con cualesquiera otros seres, conforme el dicho del salmo: «El ángel del Señor acampa en torno a los que le temen, y los salva del peligro» (Sal 33,8). Pero a los justos, como Simeón y Ana, no se les manifestó el nacimiento de Cristo por el ministerio de los ángeles. Luego tampoco debieron manifestarlo a los pastores»[12].

Por el contrario, Santo Tomás da dos razones de la intervención de los ángeles en la manifestación de la natividad. Una por: «esta sentencia del Deuteronomio: «Las obras de Dios son perfectas» (Dt 32,4). Y tal manifestación fue obra de Dios. Luego se realizó mediante señales convenientes»[13].

En la otra, argumenta que, por una parte: «como la demostración silogística se hace por medio de las nociones que son más conocidas de aquel a quien se trata de demostrar algo, así la manifestación que se realiza mediante señales debe hacerse por medio de las que son familiares a aquellos a quienes se orienta la manifestación».

Por otra, que, como es sabido: «a los justos les resulta familiar y habitual el ser instruidos por interior instinto del Espíritu Santo, a saber, por el espíritu de profecía, sin la intervención de signos sensibles«. En cambio: «otros, acostumbrados a las cosas corporales, son llevados mediante éstas a las realidades espirituales». Por último, otros como: «los judíos estaban acostumbrados a recibir las instrucciones divinas por medio de ángeles, mediante los cuales también habían recibido la Ley, según aquellas palabras de la Escritura: «Recibisteis la Ley por mediación de los ángeles» (Hch 7,53). Precisa asimismo que entre: «los gentiles y sobre todo los astrólogos, estaban acostumbrados a contemplar el curso de las estrellas».

Así se explica que: «A los justos, esto es, a Simeón y a Ana, les fue revelado el nacimiento de Cristo por interior instinto del Espíritu Santo, según las palabras de San Lucas: «A Simeón le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver el Cristo del Señor» (Lc 2, 26). Pero a los pastores y a los Magos, como dados a las cosas corporales, les fue manifestado el nacimiento de Cristo por medio de apariciones visibles. Y como el nacimiento no era puramente terrenal, sino en cierto modo celestial, por eso a unos y a otros les fue revelado el nacimiento de Cristo mediante señales del cielo, pues, como dice San Agustín en su Sermón sobre la Epifanía: «los ángeles moran en los cielos, y las estrellas son el ornamento de los mismos; a unos y a otros cuentan los cielos la gloria de Dios». (Serm. 204)».

Las manifestaciones celestiales

Queda así justificada la manifestación celestial del nacimiento de Cristo pues: «a los pastores, como judíos que eran, entre los cuales fueron frecuentes las apariciones angélicas, se revela por medio de loa ángeles; a los Magos, hechos a la contemplación del cielo se les manifiesta mediante la señal de la estrella».

Advierte seguidamente que esta explicación: «se puede apoyar en San Juan Crisóstomo, pues dice que: «el Señor, condescendiendo con ellos, quiso llamarlos por medio de las cosas a que estaban habituados» (Com. S. Mt, hom. 6)».

También en San Gregorio Magno, ya que explica que: «a los judíos, como a seres que usan de la razón, debió predicarles un ser racional, esto es, un ángel. Los gentiles, en cambio, que no sabían servirse de la razón para conocer a Dios, son conducidos a El no por medio de la voz sino mediante señales. Y como a los gentiles anunciaron un Señor, ya dotado de palabra, los predicadores por medio de la palabra, así cuando aún carecía de palabra, lo pregonaron los elementos mudos» (Hom. Evang. l. 1, hom. 10)».

Por último, incluso puede añadirse lo que expone San Agustín en un Sermón sobre la Epifanía: «A Abrahán se le había hecho la promesa de una descendencia innumerable, que sería engendrada no por vía carnal, sino por la fecundidad de la fe. Y por eso fue comparada esta sucesión a la muchedumbre de las estrellas, con el fin de que surgiese la esperanza de una descendencia celestial». Por ese motivo los gentiles «designados por las estrellas, son alentados por la aparición de un nuevo astro» (Cf. S. León Magno, Sermones, serm. 33), para que vengan a Cristo, por quien se convierten en descendencia de Abrahán»[14].

Se puede así replicar a la argumentación de la segunda razón por la que se pretende probar que no debió ser manifestado por loa ángeles el nacimiento de Cristo, que: «los justos no necesitaban de la aparición visible de los ángeles, porque siendo perfectos, les bastaba el interior instinto del Espíritu Santo»[15].

La manifestación de la estrella

A pesar de estas razones que da Santo Tomás sobre la manifestación de la natividad de Cristo, podría todavía objetarse que: «a los Magos no debió serles manifestado el nacimiento de Cristo por medio de la estrella (Mt 2,2.9), pues da la impresión de que eso sería ocasión de error para los que piensan que los astros se enseñorean del nacimiento de los hombres. Y como las ocasiones de pecar deben ser apartadas de los hombres, parece que no fue conveniente que el nacimiento de Cristo fuese revelado por medio de la estrella»[16].

A ella, responde Santo Tomás: «La estrella que manifestó el nacimiento de Cristo eliminó toda ocasión de error, porque, como escribe San Agustín,: «Nunca los astrólogos señalaron el destino de los hombres por las estrellas, diciendo que una estrella, al nacer un hombre, abandonaría su curso, ni aseguraron que se debe ir al que acaba de nacer», como acaeció con la estrella que anunció el nacimiento de Cristo. Y por tanto, con esto no queda confirmado el error de quienes «piensan que la suerte de los hombres que nacen está ligada al orden de los astros, pero no creen que el orden de los astros pueda alterarse con el nacimiento de un hombre» (Contra Fausto, l. 2, c. 5)».

Además: «como dice San Juan Crisóstomo: «no es obra de la astronomía conocer, por medio de las estrellas, a los que nacen, sino predecir las cosas futuras a partir de la hora del nacimiento. Y los Magos no conocieron el tiempo del nacimiento para que, partiendo de aquí, conociesen el futuro por el movimiento de las estrellas, sino que procedieron más bien al contrario» (Com. S. Mt, hom. 6)»[17], pues por la estrella conocieron el nacimiento de Cristo.

Por último, todavía podría objetarse que «para que algo sea manifestado por medio de un signo, éste debe ser cierto, pero la estrella no parece que sea una señal segura del nacimiento de Cristo. Parece, por tanto, incorrecto que el nacimiento de Cristo fuese manifestado por medio de una estrella»[18].

La respuesta de Santo Tomás sobre la señal de la estrella es la siguiente: «cuenta San Juan Crisóstomo que se lee, en algunos escritos apócrifos, que cierta nación, que mora en el extremo Oriente, cerca del Océano, poseía un escrito, atribuido a Set, que habla de esta estrella y de los dones que deben ofrecer. Esta nación vigilaba con diligencia el nacimiento de tal estrella. Para ello, señalaban doce exploradores que, por turno devotamente subían a un monte. Desde allí vieron la estrella, que tenía forma de un niño y encima algo como una cruz (Cf. Pseudo-San Juan Crisóstomo, Com. S. Mat., Mt 2, 2, hom. 2)».

De otro modo se explica: «en Cuestiones del Antiguo y Nuevo Testamento, que «los Magos seguían la tradición de Balaam, el que anunció que: ‘Una estrella saldrá de Jacob’ (Núm 24,17)» (Pseudo-Agustín, q. 62). Por donde, al ver una estrella que se movía fuera de su ordinario curso, entendieron ser la que había predicho Balaam como anunciadora del Rey de los judíos».

Hay otra interpretación distinta, porque: «dice San Agustín, en un Sermón sobre la Epifanía, que: «los Magos oyeron una revelación de parte de los ángeles», de que la estrella significaba a Cristo. Y parece probable que de los ángeles buenos tuvieran esta noticia, «cuando ya buscaban su salvación en Cristo, a quien iban a adorar» (Serm, 374)».

Por último, Santo Tomás, cita la siguiente opinión, que puede considerarse como una conclusión: «dice el San León Magno, en un Sermón sobre la Epifanía, que «fuera de aquella figura que estimuló su mirada corporal, un rayo de luz más brillante infundía en sus corazones la claridad de la fe» (Sermones, s. 34, c. 3)»[19].

Igualmente podría responderse a la objeción con la reflexión de Benedicto XVI sobre la señal de la estrella. Nota, por una parte, lo siguiente: «Que los Magos fueran en busca del rey de los judíos guiados por la estrella y representen el movimiento de los pueblos hacia Cristo significa implícitamente que el cosmos habla de Cristo, aunque su lenguaje no sea totalmente descifrable para el hombre en sus condiciones reales. El lenguaje de la creación ofrece múltiples indicaciones. Suscita en el hombre la intuición del Creador. Suscita también la expectativa, más aún, la esperanza de que un día este Dios se manifestará. Y hace tomar conciencia al mismo tiempo de que el hombre puede y debe salir a su encuentro»[20].

Por otra, recuerda que: «en el mundo antiguo los cuerpos celestes eran considerados como poderes divinos que decidían el destino de los hombres. Los planetas tenían nombres de divinidades. Según la opinión de entonces, dominaban de alguna manera el mundo, y el hombre debía tratar de avenirse con estos poderes»[21].

De ahí que: «al entrar en el mundo pagano, la fe cristiana debía volver a abordar la cuestión de las divinidades astrales. Por esto San Pablo insiste con vehemencia en sus cartas, desde el cautiverio, a los Efesios y a los Colosenses en que Cristo resucitado ha vencido a todo principado y poder del aire y domina todo el universo».

Así se advierte que: «el relato de la estrella de los Magos está en esta línea: no es la estrella la que determina el destino del Niño, sino el Niño quien guía a la estrella». De tal manera que: «si se quiere, puede hablarse de una especie de punto de inflexión antropológico: el hombre asumido por Dios –como se manifiesta aquí en el Hijo unigénito– es más grande que todos los poderes del mundo material y vale más que el universo entero»[22].

Eudaldo Forment

[1] Rembrandt, Ana y Simeón en el Templo (1628).

[2] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, III, q. 36, a. 4, ob. 1.

[3] Ibíd., III, q. 36, a. 4, ob. 2.

[4] Ibíd., III, q. 36, a. 4, ob. 3.

[5] Ibíd., III, q. 36, a. 4, in c.

[6] Ibíd., III, q. 36, a. 4, sed c.

[7] Ibíd., III, q. 36, a. 4, ad 1.

[8] Ibíd., III, q. 36, a. 4, ad 2.

[9] Ibíd., III, q. 36, a. 4, ad 3.

[10] Ibíd., III, q. 36, a. 5, ob. 1.

[11] Ibíd., III, q. 36, a. 5, ad 1.

[12] Ibíd., III, q. 36, a. 5, ob. 2.

[13] Ibíd., III, q. 36, a. 5, sed c.

[14] Ibíd., III, q. 36, a. 5, in c.

[15] Ibíd., III, q. 36, a. 5, ad 2.

[16] Ibíd., III, q. 36, a. 5, ob. 3..

[17] Ibíd., III, q. 36, a. 5, ad. 3..

[18] Ibíd., III, q. 36, a. 5, ob. 4..

[19] Ibíd., III, q. 36, a. 5, ad 4.

[20] Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, La infancia de Jesús, Barcelona, Planeta, 2012, pp. 105-106.

[21] Ibíd., pp. 105-106.

[22] Ibíd., pp. 106-107.

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