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¡Un auténtico plebiscito! (por lo eclesiástico)

¡Un auténtico plebiscito! (por lo eclesiástico)

José Luis Aberasturi, el 30.07.21 a las 7:28 PM

Es la impresión -gozosa y esperanzadora- que me da. Desde que tengo uso de razón en la Iglesia no había presenciado NUNCA, que yo recuerde, este manantial de Fe y de Firmeza en la Fe de tantos Pastores. Auténticos Pastores según el Corazón de Cristo, porque lo llevan en su Corazón: de otra forma, seguirían mudos. Y sordos. Y ciegos. Y “muertos".

Porque han dejado de callar ante tanto desvarío, por decirlo lo más finamente que puedo; y están no ya hablando, sino “atronando” la Iglesia con sus voces, en una larga y sostenida escalada en defensa de Cristo, de su Iglesia y de las almas fieles, que están sufriendo profunda y dolorosamente, ante este descuartizar, públicamente, a la Esposa más Fiel.

Me refiero expresamente a la gran cantidad de declaraciones sobre “Traditionis custodes”, frente a los poquísimos pasos al frente de miembros de la Jerarquía a su favor. Llamativísimo. Además de esperanzador, por supuesto, por confirmar en la Fe, en especial la defensa de la Liturgia por excelencia, la Santa Misa: “Sacramento de nuestra Fe”. Porque sin la Eucaristía ni hay Iglesia, ni hay Salvación que nos valgan.

El destrozo que ha provocado este último Documento es solo comparable -porque no es sino su perfecta y coherente continuidad-, del producido por “Amoris laetitia“, con la que, según algunas interpretaciones, se cargó TODOS los Sacramentos, del primero al último. Aquí fue, aparentemente, más sutil: de hecho, a muchos les pareció incluso “positivo", que ya es parecer.

Me decía una persona, sacerdote por más señas, de buena doctrina, supuestamente bien formado y con proyección y capacidad de enseñar, me decía en confianza: “Bueno, yo es que no me meto en líos, y cuando llego a eso que dices me lo salto. Y si alguien pregunta, me salgo por la tangente”.

Y otra persona, también aparentemente formada, me decía al respecto: “Pues yo lo he leído un par de veces, y no veo las cosas que usted dice”: ¡como si yo tuviera la culpa de lo que dice el susodicho Documento, o de su capacidad de “entender", y el equivocado y exagerado fuera yo, sí o sí, y estuviera criticando “de malas maneras” al Santo Padre!

No me voy a pronunciar sobre el Documento, que choca frontalmente con la Tradición de la Iglesia e que incide sobre su mismo Corazón, porque no lo he leído: lo confieso humildemente. Ni lo voy a leer. Tampoco me hace falta, porque no voy a ninguna de las ideas que, en concreto desarrolle o pueda desarrollar la tal obrita: paso. Me basta con lo que todo el mundo dice al respeto: que se carga, es decir prohíbe -por “ordeno y mando” como toda “justificación"-, la llamada Misa Tridentina. Porque esto es lo esencial del tema.

Para los defensores a ultranza -y sin más criterio- de ciertas lecturas interesadas del CV II, aquí está exactamente lo que ha traído de suyo, por la misma fuerza de las cosas que allí se fraguaron. Y que ha sido su auténtico estribillo desde entonces, hasta “comerte el coco": “¡Concilio, Concilio, Concilio!”.

Y si alguien pretende decirnos que no viene de ahí, al menos que tenga la honradez intelectual, moral y eclesial -pura caridad- de decirnos de dónde viene todo lo que se cuece y se está cociendo en la Iglesia desde entonces. Porque está hecha unos zorros. Y, claramente, hay un antes y un después del Concilio, como es patente.

Y si a la vuelta de sesenta años y con la que ha caído sobre la Iglesia y sus hijos se pretende decir que “no se ha entendido el Concilio", solo quedan dos opciones: o es ininteligible de suyo como primera opción; o “nos están dando gato por liebre” y seguimos diciéndonos que estamos comiendo liebre con judías, día sí y día también. Por cierto: ese plato, exquisito es poco.

Estamos -lo admitamos o no, nos guste o no, miremos hacia otro lado o no, nos sangren todos los poros o estemos tan contentos y tan panchos-, frente por frente al “espíritu del Concilio” en estado “puro": su auténtico “motor” y su verdadera intención: desmantelar la Iglesia Católica que, hasta entonces había sobrevivido a todos los vaivenes de la historia de los hombres -el último envite: el modernismo impulsado por los masones, acogido desde dentro de la Iglesia por clérigos en todos sus niveles-; y de Ella misma también, como sociedad hecha, no solo por el Espíritu Santo, sino también por todos los que, generación tras generación, han sido el “hoy” de su historia interna y externa, desde la Jerarquía.

El Demonio es muy listo: ha sido ángel, “espíritu puro". Y viendo que desde fuera, y tras dos mil años de combate contra la Virgen y su Descendencia, no había logrado lo que pretendía: extirpar hasta el último germen o semilla de Ella; al contrario, se había fortalecido y, como consecuencia necesaria, se había desarrollado y extendido, espiritual y materialmente, cambió de táctica: y empezó a luchar contra Ella y sus hijos -o sea, contra Dios-, desde su mismo INTERIOR.

Y ahí está él, y ahí estamos nosotros -al menos, debemos estar, o se nos llevará la corriente, que es fortísima-, para perdición y/o condenación, propia y ajena.

Hoy, más que nunca -si se puede hablar así-, hace falta la verdadera Vida Sobrenatural o Vida Interior, que se cimenta y construye con la Oración, la frecuencia de Sacramentos, la petición de auxilio al Señor y a su Madre Santísima con el rezo del Santo Rosario, la buena y sólida Formación pues, sin ella, no podremos dar “razones de nuestra Fe", para que todo esto no nos destruya y pase de largo, además. Y nos salvemos. Y salvemos a muchos, si no puede ser salvar a todos: en Sus Manos -de Cristo y de su Madre- lo ponemos.

La lucha de los hijos de Dios en su Iglesia es la de SIEMPRE: contra el mundo, el demonio y la carne, sus enemigos “tradicionales". Ahora, los hijos de Dios en su Iglesia debemos luchar también y a la vez con un “cuarto enemigo": el “Caballo de Troya” dentro de la Iglesia.

Lo que el Demonio ha entendido a la perfección, y ha puesto en práctica -con gran éxito: todo hay que decirlo-, desde el CV II. Ha construido una “mina", que era el modo que se tenía hace siglos para “entrar” en los reductos mejor fortificados y -de ahí el nombre de su efecto-, “dinamitar” sus defensas.

Hoy, en la Iglesia, tantos hijos suyos, sabiéndolo o sin ni siquiera darse cuenta, están siendo invadidos y derrotados por el peor de los Enemigos: el Demonio. Y, o vamos a la brecha abierta, a taponarla, con la propia vida si es necesario -y puede serlo perfectamente-, o toda la ciudad perecerá. Porque una vez derribado el “muro” de la Eucaristía -Cristo mismo-, ya no quedan más muros que nos protejan: todo estará perdido.

Es la única “explicación” posible al “desmantelamiento", tan puesto al día y tan eficazmente, de la Iglesia desde dentro de la propia Iglesia.

En esas estamos: lo queramos o no, hagamos caso o nos apartemos. Porque a esa batalla nos ha convocado no solo el mismo Jesús, sino también su Madre.

En Garabandal quedó netamente puesto de manifiesto; pero algunos de los miembros de la Jerarquía Católica de España y de Roma -los que les tocaba pronunciarse como tal Autoridad-, no quisieron darse por aludidos: es más, intentaron, y lograron, echar tierra encima. Y lo enterraron todo: todo “un éxito". Y lo estamos pagando.

Sería interesantísimo volver a leer lo publicado sobre Garabandal, quedándonos con los mensajes de la Virgen María. Y buscar ponerlos por obra: con nuestros jerarcas, o al margen de ellos. Porque para rezar no tenemos que pedir permiso a nadie: nos lo ha dado Cristo mismo: ¡venid a Mí…! ¡Orad! Ni tampoco nos lo puede quitar nadie.

Amén.

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