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En memoria del padre de los saltos, pionero en Tokio y sacerdote del Opus Dei

JUEGOS DE TOKIO
Atletismo

En memoria del padre de los saltos, pionero en Tokio y sacerdote del Opus Dei

ORFEO SUÁREZ


@OrfeoSuarez
Tokio

Actualizado Martes, 3 agosto 2021 - 08:24

La actuación de Peleteiro y Cáceres, bronce y diploma, se produce en el mismo lugar donde Areta fue sexto, en los Juegos del 64, en longitud. Antes de su mejor intento en la final, se fumó un pitillo.


Luis Felipe Areta, en Tokio'64.EFE

El carril de aceleración que conducía al foso del estadio de Tokio estaba encharcado, porque no era tartán. Era ceniza. Aceleraba un español, lanzado como un poseso, pero no era Eusebio Cáceres, tampoco Ana Peleteiro. Fue diploma como el primero, en longitud, no alcanzó el podio como la segunda, en triple, aunque compitió en ambas pruebas. No era 2021. Era 1964, el año de unos Juegos con toda su atmósfera, inflamado el estadio. Luis Felipe Areta, que entonces tenía 22 años, siete menos que Cáceres y tres menos que Peleteiro, dejó su pitillo y realizó el salto de su vida aunque no el más largo.

En una España en la que no existía el atletismo estructurado, Areta (San Sebastián, 1942) alcanzó un sexto puesto que no fue capaz de igualar ningún español en concursos olímpicos durante 40 años, hasta Atenas 2004. Fue Naroa Agirre, en pértiga. Peleteiro y Cáceres lo mejoraron en el mismo lugar, con dos vuelos en memoria del padre de los saltos en España. Areta compitió, de hecho, en tres Juegos, hasta México 68. Después, cambió los hábitos del atleta por los hábitos del sacerdocio, ordenado por el Opus Dei.

Luis Felipe Areta.Iñaki Andres

El clima también era distinto, porque Tokio había amanecido bajo una tormenta aquel 16 de octubre, similar a la que asoló el lunes el estadio. Eso había provocado que la ceniza se compactara. Areta acometía su segundo intento de entrar en la mejora de la final, después de haber intentado, sin éxito, clasificarse en la de triple, días atrás. De hecho, fue un saltador que alternó las dos pruebas, las que dominó durante años a nivel nacional, con 26 récord estatales y 17 títulos nacionales. Llevó el récord de la longitud de 7,40 hasta 7,77 y el de triple, la especialidad que más le gustaba, de 14,54 a 16,36. Fue el primer español en pasar de los 15 y de los 16 metros.

"FUMÁBAMOS EN LOS DESCANSOS"

La obsesión de Areta era la mejora, una vez entre los 12 que disputaban la final, y lo consiguió con un intento de 7,30. El suspense era máximo tras la medición, porque con el marcador metálico los números caían uno a uno mientras los atletas lo observaban. Al ver la marca, Areta sacó su paquete de tabaco y se refugió de la lluvia. "Entonces los saltadores fumábamos en la pista durante las esperas", declaró al Diario Vasco en el 50 aniversario de su hazaña.

Lo hacía el joven español junto a algunos de los grandes saltadores de los 60, como el estadounidense Ralph Boston, segundo con 8,03, y el soviético Igor Ter-Ovanesyan, tercero con 7,99. El británico Lynn Davis ganó el oro con 8,07. Areta, que ya había competido en Roma a los 18 años, era el representante de una España autárquica, en la que el régimen franquista festejaba los XXV años de Paz y los efectos económicos del Plan de Estabilización provocaban el primer gran año del 'babyboom'. Una España alejada del mundo en el que Lyndon Johnson aprobaba la Ley de Derechos Civiles, un año después del asesinato de JFK en Dallas, y en Inglaterra nacía la irreverente banda Pink Floyd.

Una España, asimismo, alejada del atletismo, salvo por personajes vocacionales como Gasca, al que el jovencísimo Areta encontró en el Atlético San Sebastián. "Había jugado en los juveniles de la Real, incluso había jugado al baloncesto, pero él me propuso que me dedicara al triple salto", ha explicado el protagonista.

LESIÓN EN MÉXICO

En México, cuatro años más tarde, Areta se clasificó entre los 12 atletas que debían disputar la final, pero en pleno concurso se lesionó. Otra lesión le impidió cerrar en Múnich el siguiente ciclo olímpico y dijo adiós a las pistas para dedicarse a los estudios de Teología. Era miembro numerario del Opus Dei desde 1959. En 1980, fue ordenado sacerdote con otro grupo de profesionales en Torreciudad, Santuario mariano.

La dirección espiritual ha ocupado desde entonces su tiempo, mientras el testigo que dejó en la longitud fue recogido por otros, todavía pioneros en el atletismo, como Rafa Blanquer, el primer español en superar los ocho metros, en 1976, y acabar con el récord nacional de Areta. Después llegaron Antonio Corgos o Raúl Chapado, actual presidente de la Federación, sin olvidar al malogrado Yago Lamela, el prodigio incomprendido, que dejó el récord actual (8,56). Para todos los que han pasado una gran parte de su vida en el foso y conocen su historia, existe una conexión entre los dos grandes momentos de Tokio.

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