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DOMINGO XIII T O 2020

alfre1240
Día 28 XIII Domingo del Tiempo Ordinario Escuchadas fuera de su contexto estas afirmaciones de Nuestro Señor, nos pueden parecer al menos secas. Además, podrían inducirnos a pensar que Jesús …More
Día 28 XIII Domingo del Tiempo Ordinario Escuchadas fuera de su contexto estas afirmaciones de Nuestro Señor, nos pueden parecer al menos secas. Además, podrían inducirnos a pensar que Jesús pretendía un protagonismo desconsiderado; ser únicamente punto necesario de referencia para el hombre y no tanto quien vino al mundo para que todos los hombres se salven y conozcan la verdad, manifestando así el amor que Dios nos tiene. Resulta, por eso, imprescindible recordar siempre, al leer y meditar la Sagrada Escritura, que Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, únicamente ha querido venir al mundo para salvarnos. Así, una vez reconocida su indiscutible bondad, podremos –iluminados por el Espíritu Santo y humildemente– avanzar en el conocimiento de Jesucristo, que se hizo hombre para nuestro bien. ¿Acaso sería justo amar a alguien más que a Dios, por muy próximo y querido que sea para nosotros? Por otra parte, ya hemos considerado a fondo –y es a diario punto de partida de nuestras reflexiones– la razón de ser de nuestra existencia, lo que justifica la presencia nuestra en el mundo: somos –y somos personas– para Dios. Nos hiciste, Señor, para ser tuyos, declara San Agustín. Únicamente Dios nos puede colmar. Pero nuestro acceso a la divinidad ha de ser humano, consecuencia del ejercicio de nuestra libertad. Estando, pues, en buscar, encontrar y poseer a Dios eternamente el único sentido y fin de la existencia del hombre, ¿acaso no es razonable cualquier sacrificio antes que perder lo único que nos puede llenar plenamente, aquello en lo que, por otra parte, consiste la plena felicidad humana? Es muy conocida la tendencia a ponernos cada uno como objetivo de nuestro interés; tanto que parece natural y hasta irremediable. Se trata, sin embargo, de una consecuencia del pecado y de la rebeldía humana. El gran don que el hombre ha recibido y lo eleva sobre el resto de las criaturas de este mundo es la capacidad de amar. Sólo los hombres somos capaces de entregarnos conscientemente en beneficio de otros, que eso es amar. Ciertamente esa capacidad de buscar el bien podemos intentar emplearla en nosotros mismos, podemos buscar la autosatisfacción. Pero esto no sería amar, sería egoismo o soberbia. El hombre fue ideado por su Creador para vivir amando como decíamos, dándose a Él en cada circunstancia de la vida buscando agradarle. Así tiene su existencia el sentido que le es propio: se asemeja al Creador como debe –ya que somos a su imagen y semejanza–, que es puro don. Por el contrario, una vida humana si busca como objetivo su propio bien fracasa: Quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. "Perder la vida por Dios...", nos dice el Señor. Porque se trata de emplear a cada paso esa capacidad que poseemos para darnos, "como Dios manda". Y está usada en este caso la conocida expresión en su sentido más literal. Se trata, en efecto, de caminar cuando Dios quiere, donde Dios quiere, como Dios quiere, porque Dios lo quiere. Caminar, o correr, o descansar, o trabajar con las manos o la inteligencia, o dar un consejo, o preguntar una duda; ayudar o pedir ayuda... Cualquiera de las infinitas actividades del hombre son –vividas por Dios– perder la vida por Él, gastándola en el cumplimiento de su voluntad y, por tanto, encontrarla.