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Apostasía: insoslayable evidencia

jueves, 26 de noviembre de 2020

Hablábamos hace algunos días sobre la realidad de un cisma silencioso que estaba ya presente entre nosotros y en el que los cismáticos eran los miembros de la iglesia oficial que se había separado de la iglesia de los apóstoles, de los Padres y de los santos, es decir, de la iglesia de Cristo. Un extraño cisma encabezado por el Papa Francisco y secundado por la mayor parte de obispos, sacerdotes, religiosos y fieles. Si yo mismo hubiese leído este párrafo un tiempo atrás, no habría seguido con la lectura del artículo. Me hubiese resultado suficiente para calificar a su autor de exaltado y extremista. Y estimo que muchos de lo que lo lean ahora me calificarán del mismo modo.

Sin embargo, ante nuestro ojos se está desplegando con evidencia insoslayable la realidad de una apostasía que fue pintada hace muchas décadas por quienes nos precedieron: la traición de los hombres de iglesia y su entrega a los poderes y al espíritu del mundo.
Y hablo de una evidencia cuyo único modo de ser negada es tapándose los ojos, o la inteligencia. Y pongo como ejemplo un hecho que pasó inadvertido. Hace pocos días tuvo lugar el congreso de “superiores y superioras” generales de congregaciones religiosas dedicadas a la enseñanza y, por supuesto, el Papa Francisco hizo su aparición virtual en el condumio, dejándoles un mensaje del que transcribo las partes centrales:
El Pontífice invita a los religiosos a entrar en tres líneas de acción concreta: “centrarse, acoger e implicarse”.
Centrarse, entendido como centrarse en la persona, en “su valor, su dignidad, para poner de relieve su propia especificidad”, de manera que los jóvenes crezcan y maduren en “las capacidades y recursos necesarios para construir juntos un futuro de justicia y paz”.
Por esta razón, la acogida se convierte en “escucha del otro, de los destinatarios de nuestro servicio: los niños y jóvenes” necesitados, haciéndoles “atentos a otro tipo de voces, que no son sólo las de nuestro círculo educativo” para que no se “encierren en su propia autorreferencialidad” y para que “se abran al grito que brota de todos los hombres y de la creación”. El objetivo es “animar a nuestros niños y jóvenes para que aprendan a relacionarse, a trabajar en grupo, a tener una actitud empática que rechace la cultura del despilfarro”, “a salvaguardar nuestra casa común”, “adoptando estilos de vida más sobrios”, “respetando los principios de subsidiariedad y solidaridad y la economía circular”.
“Involucrarse y comprometerse”, dice el Papa Francisco, presupone “el compromiso activo de todos en esta labor educativa” para lograr “una mirada crítica, capaz de comprender los problemas en el campo de la economía, la política, el crecimiento y el progreso, y de buscar soluciones que estén verdaderamente al servicio del hombre y de toda la familia humana en la perspectiva de una ecología integral”.
Estaban presentes en la reunión los sucesores de San Juan Bautista de Lasalle, de San José de Calasanz, de San Marcelino Champagnat, de San Juan Bosco y de tantísimos otros santos y santas que fundaron un sinfín de congregaciones religiosas, que fueron la flor de la iglesia, destinadas a la educación de niños y jóvenes y dirigida a un solo objetivo: hacer de ellos buenos cristianos a fin de que alcanzaran el cielo. Además de enseñarles las letras, las ciencias y las artes con pasión y calidad, les enseñaban sobre todo el camino de la salvación. Era esto tan obvio que nadie podía pensar siquiera en otra posibilidad o, mejor aún, los únicos que la pensaban eran novelistas o exégetas de imaginación calenturienta como Benson, Castellani, Soloviev, Hugo Wast y tantos otros.
Lo que tenemos ante nuestros ojos —y que los neocones tomen nota puesto que no se trata de interpretaciones antojadizas—, es que el Sumo Pontífice propone que todas las congregaciones religiosas dedicadas a la enseñanza promuevan una educación en la que Cristo, la salvación del alma y las verdades de la fe están completamente ausentes. Más aún, tampoco están presentes las ciencias, las letras y las artes. Los únicos objetivos son los mismos proclamados durante siglos por el humanismo masónico y anticristiano, la promoción del hombre por el hombre mismo, despojado de cualquier indicio de trascendencia y encerrado en el mundo inmanente de la fraternidad ecológica y universal.
A estas alturas, nadie puede hacerse ya el distraído. Estamos ante una gran apostasía encabezada por el Sucesor de Pedro, secundado por una riada de obispos apóstatas y cobardes, y de curas y fieles bobos y cómodos, que están convirtiendo a la iglesia visible en una ciénaga en la que más pronto que tarde deberemos dejar de embarrarnos.
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