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Arcadi Espada, Richard Dawkins y Peter Singer: el derecho al aborto 'eugenésico'.

Menudo relato...

Pedro L. Llera, el 28.10.20 a las 9:48 AM

Uno de los problema del mundo moderno es la pérdida del sentido de la realidad. El subjetivismo radical obliga a creer al hombre postmoderno que la realidad no existe, que existen tantas realidades como individuos; que la realidad es una construcción mental; que la historia es una construcción mental; que el futuro es una construcción mental. Creen estos cretinos que el relato construye la realidad a gusto del consumidor; que el hombre es capaz de cambiar el mundo y de cambiarse a sí mismo a su gusto solo con desearlo. “Querer es poder", “Juntos derrotaremos al coronavirus", “Juntos saldremos más fuertes", “Tú puedes cambiar el mundo", “Cambiar la educación para cambiar el mundo"… Podríamos seguir con una interminable retahila de eslóganes estúpidos que ofrecen la salvación y la felicidad al precio de un simple ejercicio de la voluntad o de la imaginación de la gente.

Pero es la realidad la que construye el relato: yo soy lo que soy y las cosas son lo que son. Por eso los que creen que pueden cambiar la realidad a base de inventar relatos están condenado a estrellarse contra la realidad. Si la imaginación del creador de relatos creara el mundo, este sería un universo disparatado y surrealista. Pero el mundo y la realidad están bien creados por su Creador. Y el hombre no es el Creador, sino criatura. Somos parte del relato de Dios: no somos Dios. El dueño y creador de la Historia es Cristo y el hombre, barro en las manos de Dios, no puede suplantar al Dios Creador. Es cierto que, desde nuestros primeros padres, el ser humano siempre ha tenido la tentación de la serpiente: “seréis como Dios”. Pero al caer en la tentación de suplantar a Dios, no nos convertimos en Dios ni creamos paraísos terrenales ni jardines del Edén con derecho a consumiciones gratis, sino que nos volvemos hijos de Satanás y fogoneros expertos en atizar el fuego del infierno. Experiencias no nos faltan: desde los campos de exterminio nazis hasta los Gulag comunistas o la Revolución Cultural maoísta.

Para un hijo de la Modernidad – esa gran ramera – la historia la escribo yo a mi gusto. Yo construyo y escribo el pasado a mi gusto. Yo determino quién ganó y quién perdió una guerra. Y si ganó el bando equivocado, el mátrix progre puede reescribir la historia para que la gane quien él quiere que la gane. Hace unos días, por ejemplo, un imbécil decía en el parlamento que la dictadura de Franco había sido derrotada en la calle por los partidos de izquierda. Los revisionistas viven en una realidad paralela que ellos mismos se inventan y así van creando el relato como mejor les parece. Porque la realidad es que Franco murió de viejo y en su cama y su régimen duró cuarenta años y cayó por razones biológicas. Pero ninguna izquierda derrotó a Franco ni acabó con su régimen. Fueron la enfermedad y los muchos años los que acabaron con Franco: no Errejón ni Pablo Iglesias. Y así todo.

En la Ley de Memoria Democrática, los republicanos eran demócratas respetuosos con la vida y con las ideas de sus rivales políticos. No hubo quema de iglesias ni asesinato de curas y obispos ni violaciones de monjas ni fusilamientos extrajudiciales ni checas ni purgas comunistas contra cualquier oposición a sus pretensiones estalinistas. No se robó el Banco de España ni se entregó el oro a la Unión Soviética ni hubo apoyo estalinista a la República ni pretensión de implantar en España un régimen comunista. La Ley de Memoria Democrática construye el relato de una España en la que los demócratas lucharon contra los golpistas fascistas. Los republicanos eran buenísimos y los “nacionales” franquistas eran todos fascistas, nazis y asesinos. Por eso media España (por lo menos) se levantó contra la democracia. Media España era fascista… En fin…

Crear el relato significa inventarse la Historia, convertir la Historia en una mala novela de ficción, con personajes planos y un maniqueísmo que solo puede engañar a los muy tontos. Pero lo importante es crear el relato e imponerlo. Y que nadie escriba otro relato que se pueda superponer al mío, claro… Para eso hay que prohibir que los historiadores escriban la Historia, salvo que se ciñan al relato del gobierno totalitario. Y si algún historiador se empeña en desafiar el relato oficial de la Historia, deberá ser sancionado, perseguido, inhabilitado, multado… Y además, será injuriado y desprestigiado adecuadamente: es un fascista, un reaccionario. Y con esos calificativos quedas liquidado socialmente.

De esta manera se instaura un régimen de pensamiento único en el que quienes ejercen el poder escriben el relato. Y lo imponen obligatoriamente a todos. Y si murieron cincuenta mil y a mí me viene mal, pues yo determino que solo murieron veinte mil e impongo mi relato en los medios de propaganda, antiguamente llamados “medios de comunicación”. Porque ahora a los periodistas les pasa con la información de lo que pasa en el presente lo mismo que a los historiadores con el pasado. Lo que pasa de verdad no importa: importa que mi relato sea difundido a todas horas por todos los medios de propaganda para que la opinión pública compre el relato del gobierno. No importa cuál sea la verdad: importa lo que la gente se crea que es la verdad. No importa que seas inocente: importa que la gente se crea que eres inocente. Porque si eres inocente y todos creen que eres culpable, no importa tu inocencia: tú ya eres culpable porque la opinión pública ya te ha juzgado y condenado, porque quienes escriben el relato han conseguido convencer a todo el mundo de que eres culpable. No importa que la mujer del César sea deshonesta. La cuestión es que la gente se crea que es decente.

La voluntad construye la realidad, que no existe en sí misma. Yo soy lo que yo quiero ser y la realidad es lo que yo quiero que sea. Tanto el mundo como yo somos una pura construcción mental. Por eso cada uno crea el relato de lo que quiere ser y de cómo quiere que sea el mundo. Se trata de un subjetivismo que termina en la locura de quien se cree caballo y galopa a cuatro patas porque se ha autodeterminado como caballo; y en la dictadura de un pensamiento único que determina que el mundo se calienta por culpa del hombre o que somos demasiados millones de habitantes en la tierra y que hay que reducir la población a la cuarta parte; o que solo deben sobrevivir los más fuertes. Y a quienes se oponen al relato dominante se les acusa de “negacionistas", de “homófobos", de “fascistas", de cometer “delitos de odio” o de ser “ultracatólicos".

No os enteráis: la ideología dominante es maltusianismo puro y darwinismo social: solo sobrevivirán los más fuertes. Los débiles deben ser eliminados porque suponen una carga insostenible para la sociedad en forma de pensiones, atención médica, gasto farmacéutico o dependencia. Ese es el mundo que estáis construyendo. Pues aquí lo tenéis. Como decía Nietzsche en El Anticristo, “los débiles y malogrados deben perecer: artículo primero de nuestro amor a los hombres. Y además se les debe ayudar a perecer”.

Lo dijo Arcadi Espada no hace mucho en un memorable artículo en El Mundo, titulado Un crimen contra la humanidad.

youtube.com/watch?v=H-ATBMGqnvQ

Aborto, eutanasia, suicidio asistido, eugenesia, experimentación con embriones humanos, producción de quimeras (híbridos de humanos y animales)… Vuestro relato es una mierda, es basura y apesta y ni Orwell en sus peores pesadillas habría podido llegar a imaginar el grado de sordidez del mundo del siglo XXI. Esta generación perversa y asesina será juzgada como se merece por Dios. El Anticristo no prevalecerá.

¡Viva Cristo Rey!

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