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Melania Calvat, vidente de La Salette, nos da un retrato de la Santísima Virgen

Hagamos conocer y amar a María

La Santísima Virgen era muy alta y bien proporcionada. Parecía tan ligera, que con un soplo se habría agitado, pero estaba quieta y muy firme. Su fisonomía era majestuosa, imponente; pero no como la de los señores de aquí abajo: imponía un miedo respetuoso.

Al mismo tiempo que su majestad imponía un respeto mezclado con amor, atraía hacia ella. Su mirada era dulce y penetrante. Sus ojos parecían hablar con los míos, pero la conversación provenía de un profundo y vivo sentimiento de amor por esta deslumbrante belleza que me derretía. La suavidad de su mirada, su aire de incomprensible bondad hizo que entendiera y sintiera que atraía y quería entregarse. Era un movimiento de amor que no se puede expresar con la lengua de la carne ni con las letras del alfabeto.

El manto de la Santísima Virgen era de un blanco plateado muy brillante. No tenía nada material. Estaba compuesto de luz y gloria, variado y centelleante. En la tierra no hay expresión ni comparación que se pueda usar.

La Santísima Virgen era toda hermosa y toda hecha de amor. Mirándola, anhelaba fundirme con ella. En sus galas, como en su persona, todo irradiaba la majestad, el esplendor, la magnificencia de una reina incomparable. Parecía bella, blanca, inmaculada, de cristal, deslumbrante, celestial, fresca, nueva como una Virgen. Parecía que la palabra “amor” escapaba de sus labios puros y plateados. Me pareció una Madre buena, llena de bondad, de amabilidad, de amor, compasión y misericordia por nosotros.

María de la Cruz, nacida Melania Calvat, pastora de La Salette (Alpes de Francia) y vidente de la Santísima Virgen.
Castellamare, 21 de noviembre de 1878. Nihil obstat. Imprimatur Datum Lycii ex Curia Episcopali, die 15 nov 1879.