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DE NICEA AL VATICANO II.

"De Nicea al Vaticano II" - Mario Caponnetto - 07/12/2025.

NOTA PREVIA: La única salvedad que hago a este excelente análisis del Dr. Mario Caponnetto -por quien tengo la más alta estima y un profundo respeto-, es la siguiente: considerar al actual ocupante del Vaticano como legítimo Vicario de Cristo, llamarlo “Santo Padre” y luego criticar su magisterio es una postura incoherente, porque el Sucesor de San Pedro es el Doctor supremo e infalible de la Iglesia en materia de fe y de moral. Esto es, desafortunadamente, un error muy habitual entre los católicos “conservadores” y “tradicionalistas”. Pero es precisamente gracias a esta falta de discernimiento teologal de los buenos católicos que los “papas conciliares” han podido efectuar su tarea devastadora sin encontrar obstáculo alguno, amparados en su pretendida autoridad pontificia, pudiendo así desvirtuar sin solución de continuidad la doctrina católica con sus envenenadas ideas modernistas, ecuménicas y liberales, todas ellas condenadas de manera expresa e infalible por el magisterio de la Iglesia. No es esta entrada el lugar para explayarme al respecto, pero considero indispensable hacer esta aclaración, para evitar malentendidos.

La celebración de los mil setecientos años del Concilio de Nicea no se ha centrado en la afirmación de la Fe de frente a las herejías que la niegan (que eso fue, en esencia, Nicea) sino antes bien en un nuevo relanzamiento del ecumenismo. De acuerdo con la visión de la Santa Sede, Nicea es signo de unidad; por tanto, nada más propio de este gran aniversario que renovar los esfuerzos en pro de la unidad de los cristianos, particularmente en lo que se refiere a la unión de la Iglesia Católica con las Iglesias cismáticas orientales. El viaje del Santo Padre León XIV a Turquía, los encuentros que mantuvo con los líderes de dichas Iglesias, los discursos y declaraciones, evidencian claramente que el propósito del Papa estuvo signado por un marcado intento de lograr la unidad con los hermanos separados de Oriente.

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Apresurémonos a decir que tal propósito ecuménico es en sí mismo loable. Si, efectivamente, aquel gran Concilio niceno confutó la herejía arriana y fijó frente a ella, con toda claridad, el Credo -el mismo que, con las variantes posteriores a Nicea, hoy profesamos- consolidando de este modo la unidad de la Iglesia amenazada por el error, nada parece más oportuno que volver a intentar a la luz de la única Fe y de la única Iglesia el retorno de quienes se han separado de ella poniendo como fundamento de ese retorno la Fe y el pleno reconocimiento del primado de Pedro.

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Pero las cosas no se desarrollaron, precisamente, en este sentido; y no cabía esperar nada distinto habida cuenta del rumbo que ha tomado el ecumenismo a partir de las formulaciones del Concilio Vaticano II y el posterior desarrollo que ha exhibido, sin variantes, en los años del post concilio.

El magisterio anterior al Vaticano II no permaneció indiferente ante la desgraciada separación de las Iglesias orientales. Por el contrario, León XIII, Pío X, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII, por nombrar solo los más recientes, dedicaron varios documentos magisteriales en los que, a la par que se alertaba respecto de los riesgos de un falso ecumenismo, se exhortaba a la unidad de la Iglesia sobre la firme base del retorno de los separados al seno de la única Iglesia de Cristo, la Iglesia Católica.

Es harto sabido que a partir del Concilio Vaticano II, el ecumenismo, en solidaridad con una eclesiología problemática (por decir lo menos), cambió radicalmente aquella perspectiva. Los documentos conciliares dedicados al tema, particularmente el Decreto Unitatis redintegratio, omitiendo claramente toda la doctrina anterior, pusieron en marcha un ecumenismo que soslayaba casi por completo, aunque sin negarla expresamente, toda idea de un regreso de los separados a la verdadera Iglesia. En su lugar, se enfatizaba el reconocimiento de los elementos salvíficos presentes en las Iglesias separadas, la necesidad de un diálogo fraterno centrado en la caridad, en la humildad y en el mutuo reconocimiento del valor de las diversas tradiciones. Este énfasis, venía acompañado de un cierto eclipse de la verdad -que no era negada, por supuesto, aunque sí en cierto modo matizada- como fundamento de la unidad.

El desarrollo posterior del ecumenismo no ha hecho sino profundizar esta novedosa orientación al punto de formular un ecumenismo que ya no reconoce a la Iglesia Católica como la única y verdadera Iglesia e, incluso, sostiene que la unión con quienes se separaron supone un enriquecimiento de la propia Iglesia Católica como si ésta no tuviera en sí la plenitud de la verdad y de los medios de salvación.

Pues bien, este ecumenismo nada tiene que ver con el Concilio de Nicea. En aquella gran asamblea, se afirmó la suprema verdad de Cristo en clara confutación del error de Arrio y se estableció la fórmula cristológica exacta y se redactó el verdadero Credo, luego enriquecido por concilios, papas y teólogos posteriores.

Los Padres de Nicea buscaron, sin duda, la unidad. Pero tuvieron en vista dos cosas que hoy han desaparecido por completo del horizonte del ecumenismo al uso, a saber, que es el error el que rompe la unidad y que la unidad solo puede lograrse en la afirmación de la verdad. No estuvieron ausentes en aquel Concilio ni la caridad fraterna ni el dialogo. De hecho, el mismo Arrio estuvo presente en las deliberaciones, le fueron propuestas diversas fórmulas, se lo exhortó de todos los modos posibles; pero su terquedad pudo más y así quedó excluido de la unidad.

Nada de esto se ha hecho presente en esta conmemoración de Nicea. Por el contrario, solo se han repetido los tópicos usuales del ecumenismo conciliar con la inevitable esterilidad de los esfuerzos realizados, más allá de las buenas intenciones. En efecto, la Declaración Conjunta firmada por León XIV y Bartolomé I, en la festividad del Apóstol San Andrés, es un documento lleno de buenas intenciones, frases bonitas y difusas generalidades carentes de substancia y de vigor; sin contar la caída en ciertas muletillas modernas como la paz universal y un utópico pacifismo. No faltaron tampoco la mención a los sesenta años de Nostra aetate, ni el consabido “cuidado de la creación”, ni el llamado a trabajar juntos en pro de “un mundo más justo y solidario”.

El Papa León XIV, en su discurso del 29 de noviembre, al final de la Divina Liturgia, propuso una unidad que responda a ciertos desafíos como procurar la paz universal, afrontar “la amenazadora crisis ecológica” y el adecuado uso de las nuevas tecnologías. Un ideal de unidad bastante pobre. Tal vez sea oportuno recordar que la unidad de los cristianos es para que el mundo crea en Jesucristo.

En resumen, una celebración para el olvido en la que estuvo ausente el espíritu de Nicea cubierto por las sombras del Vaticano II.

Fuente: De Nicea al Vaticano II
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