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TÚ NO PUEDES, PERO YO SÍ

jamacor
Comieron todos hasta quedar satisfechos. Y de los trozos que sobraron, recogieron doce cestos (Lc 9) Al desembarcar se vieron rodeados por la multitud. El Señor se llenó de compasión, porque estaba…More
Comieron todos hasta quedar satisfechos.
Y de los trozos que sobraron, recogieron doce cestos

(Lc 9)
Al desembarcar se vieron rodeados por la multitud. El Señor se llenó de compasión, porque estaban como ovejas sin pastor, abandonados por unos y por otros. Y comenzó a enseñar y a curar, y así continuó durante todo el día. Al caer la tarde seguía allí la muchedumbre. Entonces, los apóstoles le hicieron ver a Jesús la situación en que se hallaban: el lugar es desierto –dijeron– y la hora ya avanzada. Y le sugieren que los despida, para que compraran algunas provisiones en las aldeas vecinas. Jesús les dijo: Dadles vosotros de comer. Y después, dirigiéndose a Felipe, le preguntó: ¿Dónde compraremos panes para que coman? Así hablaba para probarle, pues Él sabía lo que iba a hacer.

Felipe respondió con un cálculo aproximado: Doscientos denarios no eran suficientes. Ellos, que siempre andaban escasos de dinero, de ninguna manera tenían esa cantidad. Entre tanto, Andrés había llevado a cabo las primeras averiguaciones. Aquí hay un muchacho –dijo– que tiene cinco panes de cebada y dos peces. Casi nada. Pero el Maestro, con eso, dará de comer a todos. Él puso lo que faltaba. No quiso prescindir de los medios humanos, aunque fueran pocos. Después ejerció su poder divino... y comieron hasta quedar saciados. Dios otorga siempre sus dones con generosidad, con sobreabundancia, como sucedió también en las bodas de Caná.
Un día de agosto de 1958 caminaba san Josemaría Escrivá por la calles de la City en Londres y, al pasar ante la sede central de los bancos más famosos y de las empresas comerciales e industriales más antiguas, se quedó sobrecogido por aquel poderío. Por contraste, sintió toda su personal debilidad.
Señor, le dijo en su corazón a Dios: ¡Esto se te ha escapado de las manos... Yo no puedo Señor, Señor, yo no puedo! El Señor permitió que en ese momento el santo se diera cuenta muy vivamente de su impotencia para llevar adelante, solo con sus propias fuerzas, la empresa sobrenatural que le había sido confiada de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. También allí, en Londres, en el tráfago de las empresas y de los negocios. Aquello le superaba.
Pero, enseguida, el Señor le habló en su interior y le reafirmó con unas palabras que dieron nuevo vigor a su esperanza apostólica: «Tú no puedes..., pero Yo sí».
Unos días más tarde, él mismo recordaba en una meditación estas palabras de ánimo y de seguridad. «De pronto, en medio de una calle por la que iban y venían gentes de todas las partes del mundo, dentro de mí, en el fondo de mi corazón, sentí la eficacia del brazo de Dios: tú no puedes nada, pero Yo lo puedo todo; tú eres la ineptitud, pero Yo soy la omnipotencia. Yo estaré contigo, y ¡habrá eficacia!, ¡llevaremos las almas a la felicidad, a la unidad, al camino del Señor, a la salvación! ¡También aquí sembraremos paz y alegría abundantes!»1.
A nosotros también nos superan las dificultades de la propia vida y del apostolado. La mera objetividad humana nos llevaría al desaliento y al pesimismo, nos haría olvidar el optimismo cristiano, que tiene otros fundamentos. La sabiduría popular dice que quien deja a Dios fuera de sus cuentas, no sabe contar; y no le salen las cuentas porque olvida precisamente el sumando de mayor importancia. Los Apóstoles hicieron bien los cálculos, contaron con exactitud los panes y los peces disponibles..., pero se olvidaban de Jesús, que estaba a su lado con su poder. Y este dato cambiaba radicalmente el resultado final; la verdadera realidad era otra muy distinta. Olvidar ese sumando sería falsear la verdadera situación. Ser sobrenaturalmente realistas nos lleva a contar con la gracia de Dios, que es un dato real.
El optimismo del cristiano no se fundamenta en la ausencia de dificultades, de resistencias y de errores personales, sino en Dios, que nos dice: Yo estaré con vosotros siempre (Mt 28). Con Él vencemos... incluso cuando aparentemente fracasamos. Es el optimismo de los santos: Teresa sola no puede nada; Teresa y un maravedí, menos que nada; Teresa, un maravedí y Dios lo pueden todo2, repetía la santa de Ávila. También nosotros. «Echa lejos de ti esa desesperanza que te produce el conocimiento de tu miseria. –Es verdad: por tu prestigio económico, eres un cero..., por tu prestigio social, otro cero..., y otro por tus virtudes, y otro por tu talento...
»Pero, a la izquierda de esas negaciones, está Cristo... Y ¡qué cifra inconmensurable resulta!»3. Con Él sí podemos.

1.- San Josemaría Escrivá, Meditación, 2-XI-1958, citada por Álvaro del Portillo en Sum. 1642.
2.- A. Ruiz, Anécdotas teresianas, Monte Carmelo, 3ª ed., Burgos 1982, p. 217.
3.- San Josemaría Escrivá, Camino, 473.

Cfr. El día que cambié mi vida

Para poder hablar de Dios, lo primero es Hablar con Dios y querer escucharle : Nueva Evangelización