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Elogio de la libertad, la verdadera. Diálogo entre un cardenal y un pensador laico

Elogio de la libertad, la verdadera. Diálogo entre un cardenal y un pensador laico

Por Sandro Magister | 24 febrero, 2020

La explosión de los deseos individuales transformados en derechos para todos es materia de las noticias cotidianas, en Occidente y no sólo en éste. Sin ningún límite. Incide sobre el nacimiento y la muerte, las técnicas y el ambiente, la política y las migraciones, en síntesis: sobre la naturaleza misma del hombre. ¿Pero es triunfo de la libertad o de la dictadura, a expensas de los más débiles? ¿Y cuál es entonces la otra libertad, la que se nutre de la verdad y no puede subsistir sin ella?

El cardenal Camillo Ruini, de 89 años, con toda una vida como filósofo y pastor, discute con Gaetano Quagliariello, senador, profesor de Historia Contemporánea en la LUISS de Roma y presidente de la Fundación Magna Carta, en un libro lúcido y apasionado, en venta en Italia desde el 20 de febrero:

> C. Ruini, G. Quagliariello, “Un’altra libertà. Contro i nuovi profeti del ‘paradiso in terra’”, Rubbettino Editore, 2020.

A continuación ofrecemos una muestra. Son tres fragmentos en los que el cardenal Ruini afronta la cuestión del aborto voluntario. En primer lugar como dato de hecho, después analizándolo a la luz de la sola razón, y por último con una atención especial a la enseñanza de la Iglesia, que ha culminado en el pronunciamiento “infalible e irreformable” de Juan Pablo II en la encíclica “Evangelium vitae”, una encíclica que “parece escrita hoy”, tanto que sus previsiones se han hecho realidad, pero que muchos – advierte el cardenal – parecen haber dejado de lado.

*

EL ABORTO, ESPEJO DE LA CRISIS DE OCCIDENTE

Por Camillo Ruini


(tomado de: “Otra libertad. Contra los nuevos profetas del ‘paraíso en la tierra’”)

1. LA VALENTÍA DE LLAMARLO “HOMICIDIO”

En los casos que se refieren al comienzo de la vida la reivindicación de la libertad individual está fuera de lugar, porque se decide no por uno mismo sino por otro, el nascituro, a menos que se piense que el nascituro mismo es simplemente parte del cuerpo de la madre: un absurdo insostenible, porque él tiene su propio “ADN”, un desarrollo propio e interactúa con la madre, como resulta cada vez más claramente.

La alternativa es pensar que el nascituro no es un ser humano sino que podrá serlo solamente después (después del nacimiento, después de la formación del sistema nervioso o después de su implante en el útero…). En realidad se trata siempre del mismo ser que evoluciona, como sucede también después del nacimiento. Su continuidad está determinada, al igual que su distinción de la madre. No es jamás, entonces, un “animalito” de una especie no humana. Suprimirlo es siempre, desde la concepción – o sea, desde la fecundación del óvulo en adelante – suprimir un ser humano. Por eso la encíclica “Evangelium vitae” de Juan Pablo II no duda en hablar de homicidio y pone en guardia contra las manipulaciones del lenguaje que esconden la realidad. En vez de ello, pide tener la valentía de llamar a las cosas por su nombre: “aborto voluntario” y no aséptica “interrupción del embarazo”.

2. EL NO AL ABORTO A LA LUZ DE LA SOLA RAZÓN

¿Hay un nexo entre el ataque a la vida y la crisis de Occidente y del humanismo occidental? Creo que sí, y para rastrear el rasgo común me remito a la encíclica “Evangelium vitae”. […] Ha sido escrita hace veinticinco años, pero en esencia parece escrita hoy, con la única diferencia que hoy la situación se ha agravado y los riesgos entonces denunciados en gran medida se han hecho realidad.

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En el primero de sus cuatro capítulos, la ”Evangelium vitae” pone efectivamente en evidencia las amenazas actuales a la vida humana, que todos conocemos. Pero no se limita a describir la situación, sino que examina las causas.

La justificación base de los atentados a la vida humana es la reivindicación de la libertad individual, como se puede apreciar en el eslogan de los años’70: “El útero es mío y lo administro yo”. Hoy, siempre sobre la base de la libertad individual, se afirma el derecho al testamento biológico y de allí al suicidio asistido, situaciones en las que no sólo decido yo sino que vinculo a los demás, incluidos los médicos, a mi libre decisión […].

Pero hay una profunda contradicción en la base del malestar y de la infelicidad de nuestra época, en consecuencia, de su tendencia a evadirse de nosotros mismos y de la realidad. Por una parte, es grande la reivindicación de la libertad y de los derechos del sujeto, hasta erigir esta libertad como criterio absoluto de nuestras elecciones. Por otra parte, el sujeto es concebido simplemente como un fruto de la evolución, una “partícula de la naturaleza” (“Gaudium et spes,” n. 14), que como tal no puede ser real e interiormente libre y responsable ni puede reivindicar ninguna centralidad o algún derecho frente a la naturaleza que lo ignora y no se ocupa de él. Esta contradicción explota dramáticamente en casos como la muerte de un joven o una enfermedad invalidante, que aparecen privadas de sentido y son totalmente inaceptables.

La ”Evangelium vitae” da un paso adelante muy exigente para salir de la contradicción. Para que la reivindicación de nuestra libertad pueda tener verdaderamente sentido no es necesario que Dios no exista – como ha considerado gran parte del pensamiento moderno –, sino al contrario, que Dios exista.

En efecto, sólo si en el origen de nuestra existencia no solamente hay una naturaleza inconsciente sino también y más todavía una libertad creadora, podemos ser real e interiormente libres. Ésta es una gran intuición de Kant, tomada de Schelling, que la encíclica propone en su propia óptica. […] Cuando reflexionamos sobre esto que hace posible que una vida humana sea verdaderamente libre y tenga realmente un significado, nos damos cuenta de que no podemos prescindir de Dios, y no de un Dios cualquiera sino de Dios creador nuestro, autor y fundamento de nuestra vida y de nuestra libertad.

Es por eso que la pretensión de ser nosotros los dueños de la vida y de la muerte, nuestra o también de los demás, es errónea por diversas razones. En primer lugar, porque la libertad no es algo aislado y absoluto, sino que puede existir solamente en relación con la realidad, es decir, con los otros y con el ambiente en el que vivimos. En segundo lugar, porque nuestra vida y nuestra libertad provienen de Dios y están en intrínseca relación con Él, están ligadas a Él y en última instancia dependen de Él.

Por eso no tiene sentido tratarla como algo que es solamente nuestro, de la que no debemos responder a nadie: debemos responder frente a la realidad que somos, frente a la sociedad a la que pertenecemos y en última instancia frente a Dios creador nuestro.

En el debate público no hablamos nunca de esta relación con Dios para evitar la acusación de defender la vida por motivos confesionales, y es justo proceder así. Por el contrario, para profundizar esto me parece obligatorio aludir a este aspecto, que arroja luz sobre las raíces últimas de nuestra libertad. Quien defiende la vida y no es creyente puede, naturalmente, no estar de acuerdo: la defensa de la vida es posible sin más también prescindiendo de la relación con Dios.

3. UN “NO MATAR” QUE VALE MÁS TODAVÍA PARA LOS CATÓLICOS

La enseñanza de la “Evangelium vitae” es propuesta con argumentos racionales, como recomienda la encíclica misma, que está dirigida a todos y pide a todos atención y simpatía para la causa de la vida, sin tener miedo a la impopularidad y sin descender a compromisos. Pero la misma encíclica se dirige en primer lugar a los católicos, comenzando por los obispos, y propone una verdad que vale para todos, pero que vale especialmente para los creyentes.

Al publicarla, Juan Pablo II intentó llevar a cabo un acto del más elevado valor doctrinal, sumamente exigente para los creyentes. Es en efecto este documento de su pontificado en el que compromete mayormente su magisterio, afirmando que el mandamiento “No matar” tiene un valor absoluto cuando se refiere a personas inocentes. Esta precisión, la de “inocentes”, es importante en relación al problema de la legítima defensa, que puede conducir lícitamente hasta el asesinato del agresor injusto, y también para la cuestión de la pena de muerte, que la Iglesia excluye hoy porque se puede defender la convivencia humana sin recurrir a ella, pero que no siempre la ha excluido en el pasado.

Según la ”Evangelium vitae”, el “carácter absoluto inviolable de la vida humana inocente es una verdad moral explícitamente enseñada en la Sagrada Escritura, mantenida constantemente en la Tradición de la Iglesia y propuesta en forma unánime por su Magisterio”. Esa unanimidad moral es fruto evidente del sentido sobrenatural de la fe, que suscitado y guiado por el Espíritu Santo “preserva del error al pueblo de Dios cuando muestra estar totalmente de acuerdo en cuestiones de fe y moral”. “Por lo tanto, con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus sucesores, en comunión con los obispos de la Iglesia Católica – escribe Juan Pablo II –, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral” (n. 57). Esta fórmula solemne expresa un pronunciamiento infalible e inmodificable. […] El Papa usa la palabra “confirmo” – y no “declaro” – para subrayar que se trata de una verdad ya perteneciente desde antes al patrimonio de la fe católica. […]

De todo esto muchos católicos también practicantes no parecen sin embargo conscientes: en efecto, sostienen y ponen también en práctica respecto al aborto posiciones incompatibles con la fe que profesan. […]

Es interesante lo que podemos calificar como el reverso intraeclesial de esta intervención: en la encíclica “Veritatis splendor”, publicada dos años antes, el Papa había afirmado que existen verdades de orden moral contenidas en la Revelación divina, y que el magisterio de la Iglesia las puede definir infaliblemente. Varios teólogos católicos, de opinión contraria, habían objetado que de hecho no hay verdades morales sobre las que el magisterio haya intervenido infaliblemente. La toma de posición no reformable de la encíclica “Evangelium vitae” respecto a la inviolabilidad de la vida humana inocente y en especial al aborto responde en una forma muy concreta a una objeción de este tipo.

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