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Los resucitados y el milenio, según lo explica santo Tomás de Aquino

Los resucitados y el milenio

Eudaldo Forment, el 1.09.21 a las 9:59 AM

1394. –¿Los resucitados serán inmortales?

–Después de la explicación de la resurrección, que ha ofrecido Santo Tomás en los capítulos anteriores, presenta dos consecuencias, en los dos siguientes. La primera es que: «en la resurrección futura los hombres resucitarán de modo que no volverán a morir».

Para confirmarla da varios argumentos filosóficos y teológicos. Uno de los meramente racionales es el siguiente: «Si los hombres resucitados vuelven a morir, volverán a resucitar de dicha muerte o no». En el primer caso: «hay que afirmar que resucitarán, porque «si no resucitan, las almas permanecerán perpetuamente separadas, cosa que no conviene, como ya se dijo (IV, c. 79). En el segundo caso, «si no resucitan después de una segunda muerte, no hay razón para que resuciten después de la primera».

No obstante, en este segundo caso, a pesar de todo: «si han de volver a morir, habrá un proceso infinito, que alternarán la muerte y la vida en un mismo sujeto». Pero es también un inconveniente, porque: «es preciso que la intención de Dios se dirija a algo determinado», y, en cambio, «la alternación sucesiva de vida y muerte es como una cierta transmutación, que no puede ser un fin, ya que el fin es contrario a la esencia del movimiento, porque todo movimiento tiende hacia algo», que es su término o fin.

En otro argumento filosófico, se arguye, por una parte, que: «la intención de la naturaleza inferior», la que, en la escala de los entes, está debajo de los de naturaleza espiritual, «al obrar persigue perpetuarse». La razón es porque: «toda acción de la naturaleza inferior, se ordena a la generación, cuyo fin es conservar perpetuamente el ser de la especie, por eso la naturaleza no intenta este individuo como último fin, sino conservar la especie en él».

Además: «esto es propio de la naturaleza en cuanto obra por virtud de Dios, que es la primera raíz de la perpetuidad. De ahí que Aristóteles afirmara que el fin de la generación es que los engendrados participen el ser divino en cuanto a la perpetuidad (Cf. La gener. y la corrupc., 10).». Se puede inferir, de ello, que: «con mayor razón tendera la propia acción de Dios a algo perpetuo».

Por otra: «la resurrección no está destinada a perpetuar la especie, que podría conservarse por la generación». Por consiguiente: «conviene a la resurrección que se ordene a perpetuar al individuo». La perpetuidad o perdurabilidad: «no sólo en cuanto al alma, porque ésta ya lo tenía antes de resucitar», sino también «según el compuesto», de alma y cuerpo. Por tanto, debe concluirse que: «el hombre resucitado vivirá perpetuamente».

También es destacable el siguiente argumento filosófico: «El alma y el cuerpo parecen relacionarse en diverso orden según la primera generación del hombre y según la resurrección del mismo. Porque según la primera generación, la creación del alma sigue a la generación del cuerpo: preparada la materia corporal (…) Dios infunde el alma creándola». En cambio: «en la resurrección el cuerpo se adapta al alma preexistente». De manera que: «La primera vida que alcanza el hombre por la generación se atiene a la condición del cuerpo corruptible, cesando con la muerte». La segunda, por la resurrección, es el cuerpo el que se adapta al alma inmortal. Por todo ello: «la vida que el hombre alcanza resucitando será perpetua, ateniéndose a la condición del alma incorruptible».

1395. –¿Cuál es la argumentación teológica?

–Para confirmar que los resucitados «resucitarán para nunca más morir», Santo Tomás concluye este capítulo con una confirmación de carácter teológico. Es la siguiente: «Por eso se dice en Isaías: «El Señor destruirá a la muerte para siempre» (Is 25, 8); y en el Apocalipsis: «La muerte ya no existirá» (21, 4)».

Comenta seguidamente que: «con esto se excluye el error de ciertos gentiles de la antigüedad que creían que «se repetían los mismos ciclos de tiempos y de cosas temporales. Por ejemplo, así como en este siglo enseñó el filósofo Platón a sus discípulos en la ciudad de Atenas, en la escuela que se llamó Academia, así también durante innumerables siglos hacia atrás, con muchos y prolongados intervalos, pero, no obstante, ciertos, repetidos, el mimo Platón, la misma ciudad, la misma escuela y los mismos discípulos se repetían innumerablemente por siglos indefinidos», como cita San Agustín en La ciudad de Dios (XII, c. 13, n. 2)»[1].

En este lugar, comenta finalmente San Agustín: «¡Lejos de nosotros tales creencias! Cristo sólo ha muerto una vez por nuestros pecados, y «resucitado de entre los muertos ya no muere más, la muerte no tiene ya dominio sobre Él» (Rm 6, 9). Y nosotros, después de la resurrección «estaremos siempre con el Señor» (1 Tes 4, 16), a quien ahora dirigimos las palabras del salmo sagrado: «Tú nos guardarás, Señor, y nos librarás, para siempre de esta gente». A las anteriores palabras creo que cuadra bien lo que sigue. «Los malvados andan dando vueltas» (Sal 11, 8, 9), y no porque en estos ciclos de su invención vayan a vivir de nuevo su vida, sino por el laberinto de errores en que están metidos, es decir, por sus falsos conocimientos»[2].

También indica Santo Tomás que aquellos que siguen esta doctrina de la repetición, para corroborarla, como dice el mismo San Agustín, citan aquello que se dice en el Eclesiastés: «¿Qué es lo que fue? Lo que será ¿Qué es lo que fue hecho? Lo que está por hacer. Nada hay nuevo bajo el sol y nadie puede decir: mira, esto es nuevo, pues esto mismo fue ya en los siglos, que nos precedieron» (Ecles 1, 9-10)».

Sin embargo, lo rebate Santo Tomás, al advertir que: «esto no se ha de entender como si las mismas cosas se repitieran numéricamente durante varias generaciones, sino semejantes en especie, como allí mismo explica San Agustín. Esto mismo también enseñó Aristóteles al final del libro Sobre la generación (II, c. 11), hablando contra dicha secta»[3].

1396. ¿Cuál es la segunda consecuencia de la doctrina de la resurrección de los cuerpos?

–Advierte también Santo Tomás que: «por lo dicho anteriormente se demuestra que entre los hombres resucitados no tendrá lugar el uso de los alimentos y de la sexualidad».

Da varias razones. Una de ellas, la primera, es la siguiente: «Suprimida la vida corruptible, es necesario suprimir cuanto estaba al servicio de la misma». Es patente, por un lado, que: «el uso de los alimentos está al servicio de la vida corruptible, pues tomamos los alimentos para evitar la corrupción que pudiese sobrevenir del agotamiento de los elementos corporales naturales». Además: «al presente, el uso de los alimentos es necesario para el crecimiento, el cual no existirá, pues todos los hombres resucitarán con la cantidad, como ya se dicho (IV, c. 81).

Por otro que: «de igual modo, la unión del hombre y la mujer está al servicio de la vida corruptible, pues se ordena a la generación, mediante la cual, lo que no puede conservarse siempre según el individuo, se conserva según la especie».

Además, si se tiene en cuenta que: «como ya se ha demostrado (IV, c. 82) que la vida de los resucitados será incorruptible», se debe concluir que: «entre ellos no tendrá lugar el uso de los alimentos ni la sexualidad».

En otro argumento sobre la imposibilidad de la alimentación en la otra vida, se toma como punto de partida la siguiente tesis: «La vida de los resucitados será no menos, sino más ordenada que la presente». Sin «fomes», la inclinación desordenada de los apetitos sensibles», siempre presente en esta vida temporal como hábito, desparecerá. El espíritu entonces someterá completamente al cuerpo y sus apetitos desordenados. Habrá orden, porque la razón del resucitado estará centrada y subordinada a Dios, sus apetitos estarán sometidos a la misma y todo el cuerpo sujeto al alma espiritual. Además ya no habrá posibilidad de desorden o pecado.

Este orden completo y absolutamente perfecto: «el hombre lo alcanza obrando sólo Dios», con todas sus gracias. En cambio, en el hombre, en la vida presente, existe también el orden, si ha recibido la gracia de Cristo –por la que supera toda la falta de orden, que se encuentra en el estado de pecado de su naturaleza–, aunque, incompleto e imperfecto, porque conserva el «fomes». Este orden, que se debe a también a Dios, «lo ha conseguido con cooperación de la naturaleza», que debe ser vencida en la lucha de sus facultades por la gracia.

Se infiere de ello que, como: «en esta vida el uso de los alimentos se ordenan a algún fin, ya que se toma el alimento para que mediante la digestión se transforme su cuerpo», en la otra vida: «si entonces se hiciera uso de los alimentos, sería para convertirlos en cuerpo». Sin embargo: «no sería posible, porque: «nada del cuerpo se disolverá, pues será incorruptible» y no podrá ser substituido por lo aportado por los alimentos. Habría que decir, por tanto, que: «todo lo que se convierte por el alimento se transforma en aumento». Pero: «el hombre resucita en su debida cantidad, como ya se dijo (IV, c. 81)» y en esta suposición, el hombre «alcanzaría una cantidad inmoderada, pues la cantidad que excede a la debida es inmoderada». Su vida, sería entonces menos ordenada que la actual. Luego no puede admitirse la necesidad de alimentos en los resucitados,

En uno de los argumentos sobre la insostenibilidad de la existencia de la sexualidad en los resucitados, se recuerda que: «el uso de la sexualidad se ordena a la generación». De acuerdo con esta tesis: «si después de la resurrección cabe el uso de lo sexual, de no ser inútil, habrá también entonces generación de hombres como ahora». Por consiguiente: «después de la resurrección se darán muchos hombres que antes de ella no fueron», y, por tanto: «en vano se retrasa la resurrección de los muertos para que todos los que tienen una misma naturaleza recobren simultáneamente la vida».

1397. –¿No se podría pensar que la vida de los resucitados será como la de muchos hombres en la vida temporal, que usan el ingerir alimentos y la sexualidad sólo por el placer que les acompaña?

–Es cierto que contra éste y otros argumentos análogos, se podría decir que: «en los resucitados tendrá lugar el uso de alimentos y el uso de la sexualidad no para conservar o aumentar el cuerpo ni para conservar la especie o multiplicar los hombres, sino por el puro placer que hay en esas cosas, a fin de que los hombres no carezcan de delectación alguna en la última remuneración». Sin embargo, replica Santo Tomás que: «se puede ver de muchas maneras que tal afirmación es inconveniente».

En primer lugar, porque, por un lado: «la vida de los resucitados será más ordenada que la nuestra, según se ha dicho». Por otro, porque: «en esta vida es desordenado y vicioso que alguien use por sólo placer de los alimentos y del goce sexual, y no por necesidad de sustentar el cuerpo o procrear la prole».

Es razonable que: «el placer que hay en dichas acciones no sean fines de las acciones, sino más bien lo contrario, pues la naturaleza dispuso los deleites en estos actos a fin de que los animales no se abstuvieran a causa del trabajo de estos actos necesarios para los mismos; cosa que sucedería de no ser provocados por el deleite». Se sigue de ello que: «el orden es pospuesto e inconveniente si tales acciones se ejecutan sólo por deleite». Por consiguiente: «de ninguna manera se darán tales cosas en los resucitados, cuya vida se considera ordenadísima».

En segundo lugar, porque los resucitados no realizarán actividad correspondiente a la vida animal, porque: «la vida de los resucitados está ordenada a la conservación de la bienaventuranza perfecta. Pero la bienaventuranza y felicidad del hombre no está en los deleites corporales, que son la comida y el goce sexual, como ya se demostró (III, c. 27). Luego no se puede afirmar que en la vida de los resucitados se dan tales deleites».

En tercer y último lugar, porque no es conveniente sostener que los resucitados buscan el placer que acompaña la alimentación y la sexualidad, porque: «parece ridículo buscar deleites corporales, que nos son comunes con los animales brutos, donde se esperan deleites nobilísimos, que nos son comunes con los ángeles, y que consistirán en la visión de Dios que tendremos los ángeles y nosotros, tal como se demostró (III, cc. 48 y ss.)»,

Además, si se afirmará esta tesis sobre el placer sensible en la otra vida, se diría entonces que: «la bienaventuranza de los ángeles es imperfecta porque carecen de los deleites de los brutos, lo cual es absolutamente absurdo»[4]. Lo confirma lo que dice el Señor: «en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino que serán como los ángeles de Dios»[5].

1398. –¿Se pueden dar más argumentos sobre la imposibilidad del uso de la vida nutritiva y generativa en los resucitados?

–En la Suma teológica prueba que los hombres no pueden resucitar con la vida animal con un argumento, que sintetiza los expuestos en la Suma contra los gentiles: Es el siguiente: «La generación se ordena a subsanar el defecto que se da por la muerte en la multiplicación del género humano. Y comer, para restaurar las pérdidas y aumentar la cantidad. Pero, en el estado de la resurrección, el género humano tendrá ya toda la multitud de individuos señalada por Dios, porque hasta entonces durará la generación; igualmente, todo hombre resucitará con su debida cantidad, y «ya no habrá más muerte» (Ap 21, 4), ni las partes del hombre sufrirán pérdida. Luego en vano existirían los actos de la generación y de la nutrición»[6].

También da un nuevo argumento. Estriba en considerar que, por una parte: «el hombre, para su primera perfección, que consiste en tener íntegramente cuanto requiere la naturaleza, no precisa de la resurrección, ya que puede adquirir esta perfección en el estado presente mediante la acción de las causas naturales». Por otra, que: «la resurrección es necesaria para alcanzar la última perfección, que consiste en la llegada del último fin».

Por consiguiente: «Las acciones naturales, que se ordenan a producir o conservar la primera perfección de la naturaleza humana, no existirán en la resurrección», puesto que ya no serán necesarias. «Y como el comer, beber, dormir y engendrar pertenecen a la vida animal, pues están ordenados a la primera perfección natural, no se darán en la resurrección»[7].

Se podría objetar a este argumento que: «La distinción de sexo se ordena a la generación, e igualmente los órganos que sirven a la vida nutritiva se ordenan a comer». Según lo dicho: «el hombre resucitará con todo ello». Por tanto, es lógico pensar que: «usara de los actos de la generación y de la nutrición»[8].

La objeción queda resuelta si se tiene en cuenta, como responde Santo Tomás, que: «la diferencias de sexos y la variedad de miembros será para devolver a la naturaleza humana su perfección tanto en la especie como en el individuo», perfección que implica su conservación y restauración en sus imperfecciones naturales. Por consiguiente, de ello: «no se sigue que existan en vano, aunque falten las operaciones animales»[9].

Sin embargo, podría replicarse que, como se ha dicho también: «Todo el hombre será beatificado en su alma y en su cuerpo. Más la bienaventuranza o felicidad consiste, según Aristóteles, en la operación perfecta (Ética, 1, c. 7, n. 15). Luego es preciso que todas las potencias del alma y todos los miembros del cuerpo funcionen en los bienaventurados después de la resurrección»[10].

A ello, responde Santo Tomás con esta precisión: «dichas operaciones no son del hombre en cuanto hombre, como dice también Aristóteles (Ética 10, c. 7, n. 8), Por tanto, no está en ellas la felicidad del cuerpo humano». En la otra vida, por tanto: «el cuerpo humano recibirá su felicidad por redundarle de la razón –por la cual el hombre es hombre–, por cuanto que el cuerpo estará sujeto a ella»[11].

Por último, se podría objetar: «nuestra resurrección se conformará con la de Cristo», como se ha dicho. Además: «se lee que Cristo comió después de resucitar, según se lee en la Escritura (Jn 21, 12; Lc 24, 43)». Se infiere de ello que: «los hombres, después de la resurrección, comerán», en incluso puede decirse que: «por lo mismo también engendrarán»[12].

Sin embargo, no pueden hacerse tales inferencias de estos pasajes de los Evangelios, porque explica Santo Tomás que: «aquella acción de comer con que Cristo comió, no fue de necesidad, como si su naturaleza humana precisara de alimentos después de la resurrección, sino potestativa, es decir, para demostrar que había tomado una verdadera naturaleza humana: la que tenía en aquel estado cuando comía y bebía con sus discípulos. Y esta prueba no se dará en la resurrección común, porque todos lo sabrán».

De una manera más precisa se dice que: «Cristo comió por dispensación, según el modo de hablar de los juristas, que dicen que: «la dispensación es una detención del derecho común» (S. Raimundo de Peñafort, Suma iuris canonici, III, tit 29, 2), pues Cristo dejo de hacer lo que comúnmente hacen los bienaventurados, o sea, no utilizar alimentos, por lo ya dicho». Por consiguiente, «la objeción no hace al caso»[13].

1399. –¿Por qué el Aquinate insiste, y da tantas demostraciones, sobre la no realización de las funciones de la vida animal en los resucitados?

–En la Suma contra los gentiles, después de exponer todos los argumentos que prueban que los resucitados, aunque conservarán los órganos corporales, éstos no serán activos, añade: «Y con esto se excluye el error de los judíos y de los sarracenos, quienes afirman que los hombres resucitados usarán de alimentos y de placeres sexuales como ahora. A los cuales siguieron también algunos herejes cristianos afirmando el futuro reinado de Cristo en la tierra durante mil años».

Creían que así se declaraba en este pasaje del Apocalipsis: «Vi un ángel que descendía del cielo trayendo la llave del abismo y una gran cadena en la mano. Cogió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo Satanás, y le encadenó por mil años. Le arrojo al abismo y cerró, y encima de él puso un sello, para que no extraviase más a las naciones hasta terminados los mil años, después de los cuales será soltado por poco tiempo. Vi tronos y sentáronse en ellos y les fue dado el poder de juzgar, y vi las almas de los que habían sido degollados por el testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, y cuantos no habían adorado a la bestia, ni a su imagen, y no habían recibido la marca sobre frente y sobre su mano; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Los restantes muertos no vivieron hasta terminados los mil años. Esta es la primea resurrección»[14].

Santo Tomás tenía interés en refutar en esta obra apologética este «error» judío y musulmán, y también la creencia, que califica de herética, de algunos cristianos de los primeros siglos, de un milenio especial del reinado de Cristo con los justos. Indica que siguieron a «judíos y sarracenos (…) algunos herejes cristianos, afirmando el futuro reinado de Cristo en la tierra durante mil años»[15],

Añade que, en cuyo espacio de tiempo, según refería San Agustín, en el siguiente pasaje que cita Santo Tomás: «dicen que los santos resucitados en ese período se entregarán a los más inmoderados festines de la carne, con tal abundancia de manjares y bebidas que, lejos de toda moderación, sobrepasarán la medida de lo increíble, una tal hipótesis sólo puede ser sostenida por hombres totalmente dominados por los bajos instintos. Cosa que únicamente podían creer los hombres carnales. Pues los que son espirituales llaman a quienes creen tal cosa «kiliastas», en lengua griega, que, traduciendo al pie de la letra llamaríamos «mileniaristas».

Había explicado San Agustín que ante las palabras citadas del Apocalipsis: «ha habido quienes han sospechado que la primera resurrección será corporal. Pero, sobre todo han quedado impresionados por el número de los mil años, como si los santos debieran tener, una especie de descanso sabático de tamaña duración, o sea, un santo reposo después trabajar durante seis mil años, desde la creación del hombre, su expulsión de la felicidad del paraíso y la caída en la calamidades de esta vida mortal en castigo de aquel gran pecado. De suerte que –según aquel pasaje «Para el Señor un día es como mil años y mil años como un día» (Pedr. 3, 8)– pasados seis mil años como si fueran seis días, seguirá como día séptimo el sábado, significado en los últimos mil años, y, para celebrar, en fin este sábado resucitarán los santos».

Se entendía así la historia dividida en siete edades, de manera parecida a los siete días de la creación y la última, que se correspondía al sábado, día de descanso de Dios al crear, al milenio del Apocalipsis. San Agustín no aceptó un milenarismo materialista o carnal, pero, al igual que otros muchos cristianos de los primeros cuatro siglos de la Iglesia, si profesó, hasta el año 400, un milenarismo espiritual sobre la creencia del reinado de Cristo con los justos antes del juicio final,

Por ello, indica seguidamente que: «Esta opinión sería de algún modo tolerable si admitiera que los santos durante este tal sábado disfrutan, por la presencia del Señor, de unas ciertas delicias espirituales». Confiesa San Agustín que: «Incluso hubo un tiempo en que nosotros fuimos de la misma opinión».

1400. –¿Cuál es la posición de San Agustín sobre el milenarismo?

También en La ciudad de Dios declara que en estos momentos ha cambiado de opinión respecto al milenarismo espiritual por nuevas y numerosas interpretaciones exegéticas. De manera que refutar tanto al milenarismo carnal como al espiritual: «punto por punto sería demasiado largo». No obstante, seguidamente «muestra el verdadero sentido de este pasaje de la Escritura»[16].

Considera San Agustín que el milenio puede referirse a la edad actual, desde la venida de Cristo hasta el juicio final. De manera que: «la Iglesia, ya desde ahora, es reino de Cristo y reino de los cielos»,

Explica que: «es preciso comprender el reino de los cielos de dos modos distintos: el primero donde se encuentran dos clases de personas». A una pertenece: «el que no cumple lo que enseña»[17]. Se dice en el Evangelio: «si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseo, no entraréis en el reino de los cielos»[18], «porque ello dicen y no hacen»[19]. La otra clase es del «que lo pone en práctica» y entra así en el reino de los cielos.

Por consiguiente: «allí donde existen las dos clases de personas es la Iglesia en la actualidad». Es la Iglesia en este mundo. «En cambio, la otra modalidad, en la que sólo existe una clase de personas, es la Iglesia tal cual será cuando ya en ella no haya nadie malo».

La iglesia, o el milenio, es el reino de Cristo, «Y los santos reinan con Él incluso ahora, claro que de otra manera a como reinarán entonces», en el cielo. Sin embargo, la otra clase de personas, «la cizaña, no reina con Él por más que crezca juntamente con el trigo en la Iglesia. Con Él reinan quienes ponen en práctica lo que dice San Pablo: «Si habéis resucitado en Cristo, buscad lo de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios, buscad las cosas de arriba, no las de la tierra» (Col 3, 1-1)»[20]. Por ello, en el pasaje del Apocalipsis se habla de la «primera resurrección», de la vuelta a la nueva vida de la gracia, después de haber muerto a la vida del pecado. Es, por tanto, una resurrección espiritual anterior a la resurrección de los cuerpos al fin del mundo.

Cuando se dice en el mismo «Vi tronos y sentáronse en ellos y les fue dado el poder de juzgar» considera San Agustín que: «No se trata aquí de la sentencia del último juicio, sino más bien de asientos de las autoridades: hemos de entender aquí las autoridades mismas por las que ahora se gobierna la Iglesia»[21], La potestad de atar y desatar (Mt 18, 18) que tienen los superiores de la Iglesia serían así la manera como en este mundo reina Cristo.

En cuanto a lo que se dice del diablo, nota que «fue capaz de tener cautivo al género humano». A los hombres, después de la caída originaría: «tenía detenidos en toda clase de pecados y de impiedades. Para amarrar a este forzudo (…) puso el ángel un freno y un impedimento al poder que tenía de seducir y cautivar a los que tenían que ser liberados».

Respecto a los mil años, sostiene San Agustín que pueden ser interpretados de dos modos. Uno: «que todo esto está teniendo lugar en los últimos mil años, saber, en el milenio sexto, como si fuera el día sexto», la edad de la venida de Cristo, «cuyos últimos períodos están transcurriendo ahora; vendría luego un sábado sin atardecer, el descanso de los santos, que no tendrá fin», el séptimo día, la edad última en el cielo. Otro, como: «su intención al hablar de mil años habría sido la de nuestro modo de hablar como la parte última del día que restaba hasta la terminación del mundo». La expresión «mil años» significaría los últimos años de la sexta edad.

Sin embargo, San Agustín se inclina por la primera, que considera «la más probable». La razón es porque «se interpreta la cifra de los mil años por los años de este mundo, citando con un número perfecto la plenitud de los tiempos», el tiempo que comienza con la venida de Cristo.

Argumenta que: «el número mil equivale al cubo de diez. Diez por diez dan cien, es una figura cuadrada, pero simplemente plana. Para darle altura y hacerla cúbica, hay que volverlo a multiplicar por diez y resultan los mil. Si hay veces que se utiliza el número cien por la totalidad –por ejemplo, aquel pasaje en que el Señor a quien lo deja todo y le sigue, le dice: «recibirá en este mundo el céntuplo» (MT 19, 29; Mc 10, 30) (…)

–. ¿Cuánto más el número mil puede significar la totalidad, siendo así que es la tercera dimensión del cuadrado de diez? Nunca se entenderán mejor que en tal sentido las palabras del salmo: «Se acuerda de la alianza eternamente, de la palabra dada por mil generaciones» (Sal 104, 8), es decir, por todas»[22].

De manera que: «el diablo ha sido amarrado y encerrado en el abismo: para que no pueda extraviar a los pueblos que constituyen la Iglesia». En cambio: «antes, cuando todavía no existía la Iglesia, él los engañaba y los capturaba. No se dice «para que no extravíe a alguien», sino «para que no extraviase más a las naciones»–y, en ellas, sin duda alguna, quiso significar la Iglesia– «hasta terminados los mil años», es decir, o bien, lo que queda del sexto día, que consta de mil años, o bien la totalidad de los años que desde ahora debe cumplir este mundo»[23].

Para San Agustín, no hay lugar para ningún milenio, ni carnal ni espiritual, como sostienen los milenaristas, porque: «los santos reinan con Cristo incluso ahora», en un reino con trigo y cizaña, con buenos ya malos, «claro que de otra manera como reinarán en el reino de los cielos», en que se habrá separado ya el trigo de la cizaña. Ahora, «sin embargo, la cizaña no reina con él, por más que crezca juntamente con el trigo en la Iglesia»[24].

No presenta ninguna dificultad que, como se diga en el pasaje del Apocalipsis que Cristo reina con los mártires. Explica también San Agustín que: «la Iglesia reina en compañía ahora, en primer lugar, en las personas de los vivos y los muertos. «Por eso murió Cristo –dice, en efecto, San Pablo– para tener señorío sobre vivos y muertos» (Rm 14, 9). En este lugar del Apocalipsis, sólo se hace mención de las almas de los mártires, porque quienes principalmente reinan son los muertos que han luchado hasta perder la vida por defender la verdad. No obstante, si sabemos ir de la parte al todo, podemos entender por muertos al resto de los que pertenecen a la Iglesia, que es el reino de Cristo»[25].

Reina también así con los bienaventurados, que son los que «no habían adorado a la bestia, ni a su imagen, y no habían recibido la marca sobre frente y sobre su mano», según se lee también este pasaje escriturístico. Sobre esta frase, nota San Agustín que: «la debemos tomar como dicha de los vivos y muertos juntamente. ¿Cuál puede ser esta «bestia»? Por más que se deba reflexionar atentamente no se contradice con la recta fe el ver en ella la ciudad impía y el pueblo de los descreídos, contrario al pueblo fiel y a la ciudad de Dios (…) Pertenecen a esta misma bestia no sólo los declarados enemigos del nombre de Cristo y de su gloriosísima ciudad, sino también la cizaña, que al final del mundo ha de ser arrancada de su reino, la Iglesia».

El no «adorar» a la bestia, advierte asimismo San Agustín: «equivale a no prestarle su consentimiento, no someterse a ella. El no llevar su «marca», o sea la señal del crimen. Ni en la frente, a causa de su profesión de fe, ni en la mano, por sus obras. Ajenos, en efecto, a todos estos males, viviendo en esta carne mortal, o ya difuntos, están reinado con Cristo ya ahora, de una manera adecuada al tiempo actual, durante todo el período indicado en la cifra de mil años»[26].

1401. –¿El Aquinate siguió siempre la posición de San Agustín frente al milenarismo?

–Santo Tomás asumió la interpretación de San Agustín de este pasaje del Apocalipsis, que había dado lugar a los milenarismos, porque lo interpretaban literalmente y olvidaban el sentido en que esta escrito todo el libro. Indica en este capítulo de la Suma contra los gentiles que: «lo que se dice en el Apocalipsis de «mil años» y «la primera resurrección» de los mártires», en primer lugar, «se ha de entender de la primera resurrección de las almas, en cuanto resucitan del pecado, según aquello de San Pablo: «Levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará» (Ef 5, 14)».

En segundo lugar: «por mil años se entiende todo el tiempo que ha de durar la Iglesia, en el cual reinan los mártires con Cristo, y también otros santos, tanto de la Iglesia presente, que se llama reino de Dios, como de la patria celestial de las almas; pues milenario significa perfección, porque es número cúbico cuya raíz es el diez, que suele significar también perfección»[27].

No solamente Santo Tomás aceptó la interpretación agustiniana en la Suma contra los gentiles, sino también en la Suma teológica. Afirmó, en ella, que la Iglesia es el reino de Cristo; que en la misma reinan los mártires y los bienaventurados con Él tanto en el mundo como en el cielo. En el primero con los que han resucitado de la vida del pecado a la vida de la gracia; y en el segundo, que se dará con la resurrección de la carne. Asimismo, que con el milenio se significa el tiempo actual.

Sintetizó además la exégesis de San Agustín del texto citado del Apocalipsis del siguiente modo: «Con motivo de esas palabras algunos herejes, como refiere San Agustín (La ciud. de Dios, XX, c. 7), afirmaron que la primera resurrección venidera sería de los muertos para que reinen con Cristo, en la tierra durante mil años; por eso fueron llamados «kiliastas», equivalente a «milenarios». Por eso San Agustín, en el lugar citado, demuestra que dichas palabras se han de entender de otro modo, o sea, referida a la resurrección espiritual, por la que los hombres resucitan del pecado mediante el don de la gracia. Mas la segunda es la de los cuerpos».

Explica seguidamente que: «El reino de Cristo es la Iglesia, en la que reinan con Cristo los mártires y también otros elegidos, «tomando la parte por el todo» (Ibíd., XX, c. 9, n. 2). O bien puede decirse que reinan todos con Cristo en la gloria, aunque se hace especial mención de los mártires, pues «quienes principalmente reinan son los muertos que han luchado hasta perder la vida por defender la verdad (Ibíd.)».

Por último, precisa que: «la palabra «milenario» no se refiere a un número determinado de años, sino que designa todo el tiempo presente, en el cual reinan actualmente los santos con Cristo. Porque el número mil designa mejor que cien lo universal; pues cien es el cuadrado de diez, mientras que mil es el cubo de diez. Asimismo se dice en el salmo: «De la palabra que dio a mil generaciones» (Sal 104, 8), es decir a todos»[28].

1402. –¿El Aquinate da más razones para invalidar el milenarismo que atribuye a musulmanes, judíos y herejes?

–En este capítulo de la Suma contra los gentiles, dedicado a demostrar que «los resucitados no se entregarán a la comida ni a la bebida, como tampoco a los actos sexuales», aporta tres argumentos al examinar las razones que dan los milenaristas carnales, además de la ya indicada del texto del Apocalipsis sobre el reinado de «mil años» (Ap 20, 5) de los resucitados con Cristo.

La primera de ellas es la siguiente: «Adán antes del pecado tuvo vida inmortal, y, no obstante, pudo usar en aquel estado de alimentos y del goce sexual, pues antes de pecar se le dijo: «Creced y multiplicaos» (Gn 1, 28), y también: «podéis comer de todos los árboles que hay en el paraíso» (Gn 2, 16)».

A ello replica Santo Tomás: «Lo que se objeta, en primer lugar, sobre Adán carece de eficacia. Porque Adán tuvo cierta perfección natural, pero ni su naturaleza era totalmente perfecta ni el género humano se había multiplicado. Así que Adán fue constituido en una perfección cual convenía al principio de todo el género humano. Y por eso fue preciso que, para multiplicar el género humano, engendrara y usara de alimentos. Pero la perfección de los resucitados será cuando la naturaleza humana llegue a su total perfección, cumplido el número de los elegidos. Y por eso no habrá lugar a engendrar ni a comer».

Como consecuencia: «la inmortalidad e incorrupción de los resucitados serán distintas de las de Adán. Pues los resucitados serán inmortales e incorruptibles en el sentido de que no volverán a morir ni sus cuerpos se disolverán. Más Adán fue inmortal del siguiente modo: que no podía morir si no pecaba y que podía morir si pecaba; y podía conservar su inmortalidad de este modo, no porque su cuerpo no pudiese disolverse, sino porque, tomando alimentos, podía contrarrestar la disolución de sus elementos naturales, evitando la corrupción de su cuerpo».

1403. –¿Cuál es la segunda razón en que se apoyan los milenaristas, porque parece favorecerles?

En el segundo argumento, que presentó también Santo Tomás en la Suma teológica,es el siguiente: «Se lee en la Escritura que el mismo Cristo comió y bebió después de la resurrección. Pues se dice en el Evangelio de San Lucas: «Después de comer delante de ellos, tomó las sobras y se las dio» (Lc 24, 43). Y en los Hechos de los Apóstoles, dice San Pedro: «A éste (Jesucristo) Dios lo resucito al tercer día y quiso que se manifestase, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había elegido antes: a nosotros que comimos y bebimos con él, después que resucito de entre los muertos» (Hech 10, 40-41)».

Responde Santo Tomás con esta indicación: «De Cristo se ha de decir también que comió después de la resurrección, no por necesidad, sino para demostrar la verdad de la resurrección. Por eso, aquel alimento no se convirtió en carne, sino que se disolvió en la materia ya existente. Y este motivo para comer no se dará en la resurrección común».

1404. –¿Cuál es el tercer argumento milenarista?

–La última razón, que daban los milenaristas era que: «hay también algunas autoridades que parecen prometer de nuevo a los hombres el uso de alimentos en semejante estado. Pues se dice en Isaías: «El Señor de los ejércitos hará para todos los pueblos, en este monte, un convite de manjares suculentos, de manjares de tuétanos, de vinos generosos» (Is 25, 6). Y que esto se refiere al estado de los resucitados consta por lo que se añade que, en este monte, el Señor: «despeñará a la muerte para siempre, enjugará el Señor Dios las lágrimas de todo semblante y quitará el oprobio de su pueblo de toda la tierra» (Is 25, 8)».

También de manera parecida de los resucitados: «se dice en Isaías: «Esto dice el Señor Dios: He aquí que mis siervos comerán y vosotros tendréis hambre, mis siervos beberán y vosotros tendréis sed» (Is 65, 13). Y se ve que esto se refiere al estado de la vida futura por lo que añade luego: «Porque voy a crear cielos nuevos y una tierra nueva» (Is 65, 17)».

Incluso: «dice el Señor: «no beberé más de este fruto de la vid hasta aquel día cuando lo beba con vosotros, nuevo, en el reino de mi Padre» (Mt 26, 29). Igualmente, como se lee en el Evangelio de San Lucas: «Yo dispongo del reino en favor vuestro como mi Padre ha dispuesto de él en favor mío, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino» (22, 29).

Finalmente: «en el Apocalipsis se dice también que «de un lado y de otro del río», que estará en la ciudad de los bienaventurados, «había un árbol de vida que daba doce frutos» (Ap 22, 2)».

La respuesta de Santo Tomás es la siguiente: «Las autoridades que parecen prometer el uso de alimentos después de la resurrección se han de interpretar espiritualmente. Pues la Sagrada Escritura nos propone lo inteligible bajo signos sensibles,»para que nuestra mente aprenda a amar lo desconocido por aquello que ha conocido» (S. Greg. Magn., Cuar. Hom. Evang., XI, 1). Y, según esta manera, el placer que hay en la contemplación de la sabiduría y la asunción de la verdad inteligible por nuestro entendimiento se designan por el uso de los alimentos según el modo de hablar de la Sagrada Escritura».

Un ejemplo de ello es, añade Santo Tomás: «lo que en los Proverbios se dice de la sabiduría: «Mezcló su vino y dispuso su mesa (…) A los faltos de juicio les dijo: Venid, comed mi pan y bebed mi vino, que para vosotros he mezclado» (Prov 9, 2-5). Y en el Eclesiástico se dice: «Le alimentará con el pan de vida y de entendimiento y le dará a beber el agua saludable de la sabiduría» (Eclo 15, 3). Y de la misma sabiduría se dice en el libro de los Proverbios: «Árbol de vida es para aquellos que la alcanzan y bienaventurado el que la posee» (3, 18). Por lo tanto, dichas autoridades no obligan a decir que los resucitados usen de alimentos».

Por último, con respecto a las palabras de Cristo, citadas por San Mateo, pueden entenderse: «refiriéndolo a que cuando Él, después de la resurrección, comió y bebió vino nuevo con sus discípulos, bebió vino de una forma «nueva», o sea, no por necesidad, sino para demostrar su resurrección. Y dice «en el reino de mi Padre», porque en la resurrección de Cristo comenzó a manifestarse el reino de la inmortalidad»[29].

1405. –A pesar de estas dificultades, podría todavía argumentarse para defender que el hombre resucitará con vida animal, que: «después de la resurrección habrá en los bienaventurados perfecto gozo». Puede decirse que: «tal gozo supone toda clase de deleites, pues la felicidad es «el estado perfecto por la suma de todos los bienes» y perfecto es «lo que de nada carece». Como: «en los actos de la generación y de la nutrición hay un gran placer», se sigue que: «tales actos de la vida animal se darán también en los bienaventurados»[30]. ¿Como resuelve el Aquinate esta última dificultad?

–Responde Santo Tomás que «no es preciso que placeres tales se den en la perfecta felicidad como suponen los judíos, los sarracenos y ciertos herejes llamados quiliastas». Dice Aristóteles que: «los placeres corporales son medicinales pues se dan al hombre para evitar el fastidio», pero son también: «enfermedades, cuando el hombre se complace en ellas desordenadamente como si fueran verdaderas». De manera que: «sólo las delectaciones espirituales son realmente tales, y deben buscarse por sí mismas (Cf. Arist., Ética, VII, c. 14, n. 4 y X, c. 5, n. 5)». Y, por tanto: «sólo éstas se requieren para la felicidad»[31].

De ello y de todo lo expuesto, se concluye, en primer lugar, que los resucitados no tendrán una vida animal, por tanto, no tendrán que alimentarse ni reproducirse. En segundo lugar, que en la otra vida «cesarán todas las ocupaciones de la vida activa, que parecen ordenadas al uso de los alimentos, de los goces sensuales y de otras cosas necesarias a la vida corruptible». Por consiguiente: «Sólo permanecerá en los resucitados la ocupación de la vida contemplativa».

Se dice por esto en el Evangelio de San Lucas: «de María la contemplativa, que «escogió la mejor parte, que no le será arrebatada» (Lc 10, 42)». También en el Libro de Job se dice: «El que desciende a los infiernos no subirá, ni volverá ya a su casa, ni le conocerá más el lugar donde estaba» (Jb 7, 9-10). Con estas palabras niega Job la resurrección tal como la afirmaron algunos, que decían que después de la resurrección volverá el hombre a ocupaciones semejantes a las que tiene a hora, es decir, a edificar casas y a ejercer oficios parecidos»[32].

Eudaldo Forment

[1] Santo Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, IV, c. 82.

[2] San Agustín, La ciudad de Dios, XII, c. 13, n. 2.

[3] Santo Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, IV, c. 82.

[4] Ibíd., IV, c. 83.

[5] Mt, 22, 30.

[6] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, Supl. q. 81, a. 4, sed c.

[7] Ibíd, Supl. q. 81, a. 4, in c.

[8] Ibíd., Supl., q. 81, a. 4, ob. 2.

[9] Ibíd., Supl., q. 81, a. 4, ad 2,

[10] Ibíd., Supl., q. 81, a. 4, ob. 3.

[11] Ibíd., Supl., q. 81, a. 4, ad 3.

[12] Ibíd., Supl., q. 81, a. 4, ob. 1.

[13] Ibíd., Supl., q. 81, a. 4, ad 1

[14] Ap 20, 1-6.

[15] Santo Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, IV, c. 83.

[16] San Agustín, La ciudad de Dios, XX, c. 7, n. 1.

[17] Ibíd., XX, c. 9, n. 1.

[18] Mt 5, 20.

[19] Mt 23, 3.

[20] San Agustín, La ciudad de Dios, XX, c. 9, n. 1.

[21] Ibíd., XX, c. 9, n. 2.

[22] Ibíd., XX, c. 7, n. 2.

[23] Ibíd., XX, c. 7, n. 3.

[24] Ibíd., XX, c. 9, n. 1.

[25] Ibíd., XX, c. 9, n. 2.

[26] Ibíd., XX, 9, 3.

[27] Santo Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, IV, c. 84.

[28] ÍDEm, Suma teológica, Supl., q. 77, a. 1, ad 4,

[29] ÍDEM, Suma contra los gentiles, IV, c. 83.

[30] ÍDEM, Suma teológica, Supl., q. 81, a. 4, ob. 4.

[31] Ibíd., Supl., q. 81, a. 4, ad 4.

[32] ÍDEM, Suma contra los gentiles, IV, c. 83.

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